jueves, febrero 09, 2012

Complementerios

La única persona que contactó conmigo mientras estaba en Suebia no fue, sorprendentemente, el Viajero. Ni Silvia. Ni, por supuesto, la hija pequeña del Rey de Badar. De hecho, tanto la persona como la ocasión de la visita fue completamente inesperada.

Fue aquella magnífica noche de verano en el balcón del palacio de Suebia. El Rey apostaba siempre un guardia en mi puerta para que ninguna de sus mujeres tratara de visitarme por la noche, así que me dedicaba a apoyarme en la barandilla y mirar el cielo nocturno. Y cuando eso me aburría, a escribir tirado en la tumbona que el Rey había mandado instalar allí para mí.

- Ayer maté a Hulián.
- ¡Rediós!
- No me gustaba como amante.

Reconozco que aquella breve conversación levantó cierta sensación de déjà vu en mi interior, como si ya hubiera visto, oído o, más posiblemente, leído algo similar, posiblemente de alguien con más talento que yo. Por otra parte, no era momento de ponerse quisquilloso cuando, estando yo apoyado en la barandilla del balcón, escuché la confesión de Fátima a apenas diez centímetros de mi oreja.
- ¿Qué haces aquí?
- Te lo acabo de decir. He matado a Hulián.
- Eso no es nuevo en ti, Fátima.
- ¿No me vas a preguntar por qué?

A lo largo de mis años de vida he aprendido dos cosas: que Fátima mata con la misma ligereza que da los buenos días, y que nunca se tienen demasiados años de vida. Por lo tanto, cada vez que la miro lo hago casi a hurtadillas, con temor a que aquel cuerpo, flexible como un junco, me ejecute en un movimiento tan elegante que casi parecería que lo ha hecho sin pretenderlo. He visto a Fátima matar a alguien mientras se tomaba el té. Literalmente, mientras levantaba la taza para apoyarla en aquellos labios, mientras el líquido descendía por su garganta. No existen momento de intimidad con ella. Y si existen, se esconden aterrorizados entre los largos segundos en los que sabes que está valorando si tienes el suficiente valor añadido en su vida como para conservar la tuya. Decidí crear valor añadido.
- ¿Por qué, Fátima?
- No sé por qué tiendes a repetir mi nombre al final de cada frase. Aquí estamos solos tú y yo.
- Y el guardia frente a mi pue... ya, claro, cómo no. A ver cómo se lo explico mañana al Rey. - dejo escapar un largo suspiro, para que sepa que ya me tiene encerrado en su conversación - ¿Por qué, Fátima?
- Se acostaba con otra. Al parecer no se lo dejé lo bastante claro. Aunque me lo esperaba en él. Cuerpo duro, mente blanda. Dominante en la cama, de ego grande pero necesitado de constante autoreafirmación. Hay muchos así en el mundo.

Dirigí mi vista al cielo de Suebia, con la esperanza de encontrar otra cosa que mirar que no fueran las caderas de Fátima. El cielo de Suebia, por su parte, se burlaba ofreciéndome un mar de negrura y pocas respuestas. En ocasiones me canso de esto, de esta eterna guerra de sexos donde el mío tiene las de perder y el otro no reconoce que tiene las de ganar. Me canso de tratar de explicar una y otra vez las mismas ideas, de ver una y otra vez las mismas reacciones, las mismas batallas. Entonces Fátima atrajo mis ojos con una frase que, sin duda, no le pertenecía a ella, sino al Viajero por el que tanto suspira.

- El clásico gilipollas que habitualmente ves con una tía buena colgada del brazo.
- Tú lo has dicho. Muchos así en el mundo. Rara vez verás a uno sin la otra.
- ¿Rara vez?
- Si estuviera aquí el Extraño te daría estadísticas. Yo me limitaré a señalar que las excepciones, por numerosas que sean, no dejan de ser excepciones.
- Si hubiera suficientes, dejarían de ser excepciones.
- Claro. Pero entonces tendrías que retirar las palabras "clásico" y "habitualmente" de tu frase, y entonces carecería de sentido.

La sombra de la boca de Fátima, bajo el velo, se muerde el labio.
- Pregúntame por ella.
- ¿Tengo que hacerlo?
- No, no tienes. Por eso te pido que lo hagas.
- ¿Y ella? ¿También la mataste?
- No. No estaba lo bastante buena para el gilipollas que tenía al lado.

jueves, febrero 02, 2012

Relatos de la Guerra de Kumei (XXIX)

La Campaña de las Botas Infieles es como se denomina a una de las contiendas más duras de la Guerra.Comenzó el primer otoño del conflicto, cuando los Incursores del Desierto del General Ronson atraparon al 404 de Cazadores del Coronel Kiber en una sierra montañosa.

Al principio de la campaña, los Incursores, poco preparados para el terreno, se vieron obligados a robar las botas de los enemigos caídos para no perder los dedos de los pies por congelación.

Llegado el Invierno, los Cazadores saquearon de vuelta las botas para tener algo que llevarse a la boca.

martes, enero 31, 2012

Berdades y Vrindis

- La verdad sobre la inmortalidad de los elfos - me confesó el mago una noche de borrachera - es que la hembras elfas son inmortales hasta que dan a luz al primer bebé, y los machos son inmortales hasta que les metes un palmo de acero en el pecho.
- Brindo por eso - añadió el enano, igualmente ebrio, a mi derecha.

jueves, enero 26, 2012

All hell breaks loose

Y fue en el instante en que ella me besó, cuando todo el infierno se desató a mi alrededor.

La puertas se abrieron, y una madeja de brazos y piernas cayó al interior de la habitación, retorciéndose en el caos de la pelea. El Clasificado estrelló su guantelete de acero en la cara de uno de los guardias del Rey, mientras a su lado el Viajero forcejeaba con otro guardia que trataba de estragular al Extraño, cuyo rostro estaba ya congestionado por el esfuerzo y la falta de oxígeno. Finalmente un puntapié en la entrepierna puso fin a la pelea, y el Extraño recuperó el aliento mientras el Clasificado me hacía gestos hacia el exterior.
- ¡Deprisa!
- ¿Qué? ¡No, idiotas, lo habéis arruinado todo!
El Viajero no me dió margen a explicarme. Me agarró del codo y tiró de mí con impaciencia, instándome a salir corriendo de palacio.
-Vamos, Cuentacuentos, vámonos de aquí antes de que lleguen más.

Me giré hacia ella, pero había desaparecido. Recogí lo único que había quedado atrás, un largo velo transparente, y corrí detrás de mis amigos. Cruzamos corriendo el jardín de palmeras por sus caminos de gravilla blanca y llegamos a las fastuosas puertas de la muralla que rodeaba el palacio, donde nos esperaba Yanroud con cuatro hermosos caballos, con su pelaje resplandecientes al sol.
- ¡Sube! - gritó, extendiéndo la mano hacia mí. De un fuerte tirón me subió a la grupa del caballo que montaba, y sin esperar al resto, tiró de las bridas para encararse hacia la verde llanura, y se lanzó al galope salvaje.

Dejaba entre las murallas de Suebia un año entero. Dejaba todo aquellos que había escrito y no me había dado tiempo a recuperar. Dejaba las ricas ropas con las que me había agasajado Arkahma, Rey de Suebia, famoso por su tendencia a obsesionarse de sus caprichos y por encapricharse con suma facilidad. Dejaba un harén de mujeres al que no me habían permitido acercarme nada más que para contarles cuentos escoltado por dos eunucos armados.

Y la dejaba a ella, ojos verde aceituna bajo aquella piel morena, y ese revuelto cabello negro que casi le llegaba a los tobillos. Por primera vez en mucho tiempo, sabía que no la volvería a ver. Cerré por un instante los ojos, con la esperanza de que se me escapara una lágrima solitaria, pero por lo visto no la iba a honrar ni siquiera con eso.

Yanroud gritó frenético cuando al volver la cabeza, vio que nuestros únicos perseguidores eran el Extraño, Landelón y el Clasificado. Llegaría el tiempo de las explicaciones, de los gritos, los reproches, los abrazos y las disculpas. Pero en ese momento, Yanroud celebraba otro golpe con éxito: esta vez, había logrado robar al Cuentacuentos personal del Rey de los Suebos.