viernes, abril 29, 2005

El desescritor

Escribía mucho, durante horas, todos los días. Pero sobre todo, desescribía.
En su mesa de la esquina de la biblioteca, su bolígrafo recorría hoja tras hoja, elaborando complicadas tramas y diversos personajes con letras muy junta, como si un montón de ideas tratasen de ponerse en formación empujándose unas a otras.
Hasta que, en un determinado instante, se quedaba quieto. Recogía entonces sus hojas, desperdigadas por toda mesa, y las leía, moviendo los labios, para sí mismo.
Y en un arranque de ira, rasgaba todo lo que había escrito.

En un par de ocasiones le ví traer una carpeta, y desescribir algo que no había escrito ante mí. Incluso una vez llegó a coger uno de los libros de la estantería para arrancarle las páginas.

Hoy no. Hoy ni ha escrito, ni ha desescrito. Se ha sentado en su mesa y se ha pasado mirando al infinito todo el tiempo. Y tras pasarse lo que han podido ser horas mirando más allá de donde mi vista podía seguirlo, a tomado su boli y ha escrito una única frase en la parte superior de la hoja. Luego ha alzado su obra maestra para contemplarla, y ha sonreído satisfecho.

Fue en un momento en el que se descuidó cuando yo pude leer la frase.


En la ribera de Dwat, los sueños recogen rosas con las manos desnudas, y lo demás no va a importar.

martes, abril 19, 2005

Ya nunca serán

Ya nunca serán. Así se refirió Landelón a aquellos sueños que yo, en mi ingenuidad adolescente, le había contado. Ya nunca serán. A todos has renunciado, porque ya no te perteneces. Da igual que catedrales de cristal hayas construido en tu imaginación. Ya nunca serán.

Recordé inevitablemente aquella frase de un ser, tan inexistente, ingenuo, joven e inútil como yo. Guybrush Threepwood, creo que se llamaba. Un joven lo suficientemente osado como para, de un día para otro, decirle a su abuelo: "Quiero ser pirata".

Ya nunca serán, dijo Landelón. Y me entregó una cajita.

Ahora guardo allí todos mi sueños que, por entregarme a otra persona, ya nunca serán.