miércoles, noviembre 09, 2005

Leche con galletas

Landelón llegó aquel día con una enorme caja metálica de pastas a mi puerta. Y me dijo que no podía soportarlo más. Necesitaba leche con galletas.
Esta Navidad se acerca inexorablemente. Para aquellos que no tenemos los pies en la tierra ni la cabeza sobre los hombros, la navidad ya está aquí. Ya había turrón en mi despensa. Ya ahorraba para los papanoeles de chocolate, y sobre mi mesa se apilaban los borradores que empezaban todos igual: "queridos reyes magos"
Pero Landelón nunca se queda en Navidad.
Generalmente, yo pensaba que era entonces cuando volvía a su casa, estuviera donde estuviese, y cenaba pavo, o pollo, o gorrín la noche del 24. Nunca me habló de su familia, así que supuse que no tenía. A lo mejor se dejaba regalos bajo su árbol el 5 de enero por la noche, y el 6 los abría ilusionado.
Landelón no celebra la navidad. La vive.
Vino a mi casa, y comimos leche con galletas. Y bizcocho. Jugamos al Risk con Tenhime. Landelón sacó de su mochila un libro de monólogos, e hicimos nuestra especial noche de comedia. Tenhime reía hasta que se le saltaban las lágrimas. El Viajero sonreía.
Cuando nos despertamos, Landelón se había vuelto a marchar. Nos dejó un papanoel de chocolate, y se llevó un taperwer con el resto del bizcocho que Tenhime había preparado. No le entendí. Pensaba que había venido para quedarse estas navidades, porque no soportaba el pasarlas solo.
Y luego lo comprendí. Ahora está tomando leche con bizcocho en casa de Jill, quizás. O en casa de aquel sueco que cuida de Bob. No pasa las navidades con su familia. Las pasa en el camino, de ser querido en ser querido, visitándonos a todos una última vez este año, antes de que el año nuevo le sorprenda en algún sitio, comiendo pavo. O pollo. O gorrín.

martes, noviembre 08, 2005

Desconfianza

En general, la desconfianza es buena. Eso me dijo Landelón, cuando por fin atrapamos al bastardo que le había robado el pañuelo que Fátima le regaló el día que decidió matarle.
En general. Luego me explicó que mucha gente se cierra por la desconfianza, muchas veces ante el desconocido de otro país o cultura, y al cerrarse dentro de sí, la desconfianza se pudre y se torna prejuicio.
Voltaire, y Landelón, ya me habían dejado claro que el prejuicio no llega siquiera a juicio.
Pero no así la desconfianza. Es bueno desconfiar. Hace que los demás te sorprendan agradablemente, y que los que te desagraden, lo hagan sin sorprenderte.
Hoy siento que me han robado algo, y en parte así ha sido. La historia es larga, y no viene a cuento, pero alguien del que desconfiaba cogió algo mío sin permiso para usarlo en su beneficio.
Me ha desagradado. Mucho. Pero no me ha sorprendido.
Al fin y al cabo, desconfiar es bueno.

El prejuicio no llega siquiera a juicio, pero cuando desconfías de alguien, y luego te desagrada, te reconforta saber que desconfiabas de él con toda la razón del mundo. Y entonces, ya has llegado al juicio.