martes, noviembre 08, 2005

Desconfianza

En general, la desconfianza es buena. Eso me dijo Landelón, cuando por fin atrapamos al bastardo que le había robado el pañuelo que Fátima le regaló el día que decidió matarle.
En general. Luego me explicó que mucha gente se cierra por la desconfianza, muchas veces ante el desconocido de otro país o cultura, y al cerrarse dentro de sí, la desconfianza se pudre y se torna prejuicio.
Voltaire, y Landelón, ya me habían dejado claro que el prejuicio no llega siquiera a juicio.
Pero no así la desconfianza. Es bueno desconfiar. Hace que los demás te sorprendan agradablemente, y que los que te desagraden, lo hagan sin sorprenderte.
Hoy siento que me han robado algo, y en parte así ha sido. La historia es larga, y no viene a cuento, pero alguien del que desconfiaba cogió algo mío sin permiso para usarlo en su beneficio.
Me ha desagradado. Mucho. Pero no me ha sorprendido.
Al fin y al cabo, desconfiar es bueno.

El prejuicio no llega siquiera a juicio, pero cuando desconfías de alguien, y luego te desagrada, te reconforta saber que desconfiabas de él con toda la razón del mundo. Y entonces, ya has llegado al juicio.

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