sábado, noviembre 11, 2006

El ¿relato? más corto del mundo III

Cortesía de Luis Tarrafeta.

Su chica tenía doble personalidad.
Una a la que él quería. Y otra la que le quería a él.

miércoles, noviembre 08, 2006

Querer leerme

Por fin ha llegado el día.

Alguien recordará la chapa que dí hace tiempo con el tema de leer o ser leído. Pues bien. Ayer llegué a mi piso para encontrarme con que Landelón estaba sentado en mi sofá. No le había terminado de saludar cuando levantó el folio plegado que tenía en su mano, y leyó del mismo.

"Su obra, "La uno no llega nunca", ha sido escogida como Mención Especial del Jurado, lo que no conlleva premio en metálico, pero sí el derecho a que sea publicado junto con los relatos ganadores." Enhorabuena, amigo mío. Tu primer relato publicado.

Mi primer relato. Fue extraño que fuese "La uno...", a pesar de que era precisamente el relato que esperaba que ganase algo. Hace ya casi tres años que lo escribí, y siempre tengo una extraña sensación de orgullo cuando lo leo.

Sin embargo, ahora no puedo parar de preguntarme. ¿Será mejor que lo que estoy escribiendo ahora? ¿Debería motivarme el hecho de que casi gano algo de dinero haciendo lo que quiero? Y lo que es peor... ¿Y si los relatos ganadores no me parecen mejores que el mío?.

De todas formas, toda la filosofía de escribir por escribir o para ser leído, me parece ya banal. Si alguien quiere publicar mi obra, significa que, en el fondo de toda la discusión, alguien quiere que se me lea.

miércoles, octubre 18, 2006

El relato más corto del mundo II

Acto III: Revelación.

Y cuando al llegar del entierro cerró la puerta de casa, se dió cuenta de que no volvería a verla, y rompió a llorar.

martes, octubre 17, 2006

Rafael Reig

(Cortesía de Ricardo Pita)

«Al fin y al cabo, la literatura no es más que un tipo que está en su casa y se pone a escribir en pijama. Este individuo obstinado escribe y escribe, sin parar, hasta que consigue terminar un libro. Después otro sujeto lo imprime, otro lo distribuye y, al final del recorrido, siempre aparece otro, también en su casa, que se pone a leer sin zapatos, con los pies encima de la mesa. Este es el fenómeno literario. Pare usted de contar. Tipos cansados, con ojeras, que escriben en pijama. Mujeres adormiladas en un vagón de tren. Hombres que se descalzan para leer más cómodos. Niños absortos en un rincón del patio durante todo el recreo».

No empezaré como en leer o ser leído. No me voy a meter en si lo que escribo es literatura, si lo que leo es literatura, si lo que se vende y se lee es literatura. No me meteré en quién es Rafael Reig, y en quién lo ha leído y quién no. Pero admitamos que tiene razón. Literatura es algo escrito por alguien que lo hizo mejor que otros. La literatura tiene Poder, crea Adicción, así, en mayúsculas. Un escrito, no.

Y, si sirve de algo, diré que yo escribo en pijama. Al menos, alguna vez lo he hecho.


domingo, octubre 15, 2006

Alegoría a la naturaleza

Con una risita, mi compañero me hace señas para que me acerque al matorral. Permaneciendo agachado, me agazapo tras las ramas y espío lo que más allá de mi escondite sucede.

Una ninfa solitaria se baña desnuda en el lago. Su dulce cantar es lo que nos ha atraído hasta ella. Vemos como el agua acaricia su cuerpo y deseamos, por un momento, ser líquidos y fluir sobre su piel como el lago hace.

Mi compañero me da un codazo, y con una sonrisa pícara, me señala más allá de la orilla del lago. Desde el bosque emerge una dríade, sus pies pequeños pisando la alfombra de hojas y barro hasta la orilla del lago. Las ramas de los árboles rozan su piel como dedos largos y delicados.

La nereida deja escapar una risita cuando ve la pequeña figura de la dríade avanzar cautelosa hacia el agua, y camina hacia la orilla. Cuando sale del agua, su pelo similar a las algas del lago cae sobre sus hombros y oculta parte de sus pechos. Deseo ser su pelo, y pegarme a sus curvas como si un alga fuera. Mi compañero deja escapar una risita llena de picardía, y me veo obligado a taparle la boca con la mano para que no nos delate.

La ninfa, alta y hermosa, camina al encuentro de la pequeña y bella dríade. La cuesta hacia el lago compensa la diferencia de altura entre ambas, permitiendo que la dríade mire a la ninfa a los ojos sin tener que levantar la vista. Tras ver cada una el deseo en los ojos de la otra, ninfa y dríade se funden en un tórrido beso. Sus cuerpos se entrelazan, piel azul sobre corteza verde, agua y tierra, la naturaleza satisfaciéndose a sí misma.
Las manos de la ninfa recorren la suave corteza de la dríade como las olas del mar acarician la arena. Los hábiles dedos de la dríade buscan en los oscuros y húmedos recovecos de la nereida.

Permanezco agazapado en mi escondite, con la mano tapando aún la boca de mi compañero. Tras los matorrales, día tras día, observamos el amor de la tierra y el agua. Porque es deber de los sátiros escondernos y observar que ningún enfado haya entre agua y tierra, pues de su amor tenemos que alimentarnos.

miércoles, octubre 11, 2006

Toreador II

¿Cómo puedo fingir que no puedo ver, lo que sin cuidado ocultas? En tus ojos se revela la verdad que me niego a reconocer. No podemos estar juntos, no por siempre. Eso sólo traería dolor.

Dolor, sea propio o ajeno. Qué más da. Como si mi corazón fuera un espejo, reflejo el dolor de mi alrededor desde mi interior. No me gusta, no me gusta. Pero lo hago. Por eso no quiero traer dolor.

Me criaron para vivir amando, y desde que tengo uso de razón no he parado de amar. Amo los amaneceres, por ser belleza. Amo la belleza, por tener tantas formas. Amo la sonrisa, y la risa si de humor va precedida. Amo la suavidad, amo el fluir de las aguas, y la forma en que la tela roza tu cuerpo cuando te mueves.

Amo las formas del mundo, porque son morfina para el alma. En los ojos de una madre orgullosa, en los labios de una mujer enamorada. En la forma en que te abraza, y te miente. No todo va a salir bien.

Pero por estas cosas, estas chispas de color en el gris de la vida, merece la pena vivir. Y más, si algunos de nosotros, tenemos la opción de repetirlas noche tras noche.

Yo vivo por vivir la vida que no es vida, porque no acaba.

jueves, septiembre 28, 2006

Cenizas en el patio interior

La punta de mi cigarro se ilumina levemente cuando le doy la primera calada, y siento como el mono sale de mi cuerpo a la vez que el humo entra en él. Observo como un copo de ceniza nieva lentamente hacia el patio interior, veinte metros más abajo, y detengo mi mirada en el tercer piso, donde a través de la ventana puedo ver como mi vecino termina de darle los últimos golpes de la paliza a su mujer.

Desde que el predictor dio positivo, mi mujer no me deja fumar dentro del piso, así que cada vez que quiero encenderme el vicio, me tengo que asomar a la ventana de la cocina. A pesar de tener que soportar que se me congelen las cejas cada vez que quiero un cigarrillo, estaba empezando a acostumbrarme al hábito de fumar mirando al patio interior, a través del cual suelo ser testigo de las peleas de la pareja del tercero.

Le doy otra calada al cigarro, y miro despreocupado a la ventana del tercero. El hombre ya ha parado de pegarle, y ella trata de levantarse, dolorida, apoyándose en la mesa. Creo que está llorando, pero lleva el pelo tan revuelto de los agarrones de su marido que apenas puedo verle la cara desde mi alféizar. Sí, me parece estar escuchando sus sollozos, así que puede que esté llorando.

A él no alcanzo a verlo, pero sí a oírlo. Oiría sus gritos aunque cerrase la ventana. ¿Qué le reprochará esta vez? Tal vez la tortilla de patata estaba fría cuando llegó del trabajo, o a ella se le olvidó comprarle el Marca. Cada vez una cosa distinta, cada vez una causa distinta.

Él se ha callado ahora, por fin un poco de tranquilidad. Una calada más al cigarro, y la ceniza vuelve a nevar en el patio. Ella se está incorporando poco a poco, incluso ha conseguido sentarse en una de las sillas de la cocina. Buff, esta vez ha debido de darle duro. Le cuesta moverse, tal vez le ha roto alguna costilla y Dios sabe qué más. Pocos detalles se pueden ver desde aquí.

Parece ser que está sola en la cocina. Apoya los codos sobre la mesa y echándose las manos a la cara rompe a llorar. No se le oye apenas, pero su imagen es un retrato entre sollozos. Tiene los nudillos rojos, eso se ve incluso desde aquí, y cuando aparta un mechón de cabello con la mano puedo ver que tiene un ojo morado y el pómulo magullado.

Sí que ha debido de ser fuerte. Ella sigue llorando desconsolada, y él no aparece por ningún lado. Me pregunto cuál fue la causa de la primera paliza y cómo cogió él el hábito de apalearla regularmente. Al fin y al cabo, esto debió empezar alguna vez, ¿no?, de la misma manera que yo empecé a fumar en el patio interior. No creo que le lleve dando palizas desde que eran novios. Bueno, puede que sí, pero yo jamás me casaría con alguien que tiene por costumbre agarrarme de la melena para golpearme contra la mesa de la cocina.

Ya voy por la mitad del cigarrillo, y la verdad, me está sabiendo a poco. Ella sigue llorando, y por fin él aparece a través de la ventana. La abraza y le susurra algo, no entiendo muy bien el qué. Supongo que le estará pidiendo disculpas. O diciéndole que lo hizo porque la quería. Al menos eso pone en los periódicos, que los que abusan de sus mujeres lo hacen por amor. Aunque a lo mejor es mentira. También dijeron en los periódicos que el Titanic no se hundiría, y ahí está. A lo mejor me están tomando el pelo.

Ella parece estar contestándole. Sí, sus labios se mueven, pero no alcanzo a oírla. Mecagüenlaleche, esto es como ver una peli para sordos pero sin subtitular. La verdad, a él no parece gustarle nada lo que está oyendo. Está poniendo la misma cara que pone en el bar de la esquina cuando está perdiendo el Atleti, y no es precisamente una mueca agradable ni graciosa.

Parece que él se ha cansado de escuchar. Le acaba de pegar una bofetada que la ha dejado tendida sobre la mesa, inerte. Ahora la agarra de los pelos mientras le vocifera algo más, y le empuja la cabeza contra la tabla. No sé qué le dijo ella pero no le ha hecho nada de gracia.

Por un momento me parece que uno de los dos va a coger un cuchillo y va a apuñalar al otro, pero la posibilidad se disipa cuando él desaparece de la escena y ella vuelve a quedarse sola. Se enciende una luz en la habitación contigua, y me llega el resplandor parpadeante y plateado de una televisión. Acaba de dar por zanjada la discusión.

Ella sigue llorando maltrecha y derrumbada sobre la mesa como una muñeca rota que una niña desechó en un ataque de mal genio. Estaba tan absorto con la situación que el final del cigarro se ha consumido por su cuenta y me he quedado sin las últimas caladas. Amargado porque se me ha estropeado mi último ratito de fumar, lanzo la colilla con desprecio apuntando a las macetas de la vieja del segundo.

Cuando vuelvo a mirar al piso, ella está abriendo un cajón. Extrae un enorme cuchillo de cocina de él y se aleja de la ventana. Durante unos instantes no pasa nada. Luego ella reaparece en escena con un paquete de la carnicería en la mano, y se pone a trocear los filetes con alarmante tranquilidad.

Un escalofrío le recorre la espalda. Ya ha terminado todo. Por hoy. Sigue cortando la carne.

Miro hacia abajo, no puedo decir si mi colilla ha caído dentro de la maceta o no. Cuando resoplo de frío mi aliento forma vaho que se deshace en el aire. Ella sigue cortando los filetes. Veo en su codo otra magulladura. Creo que incluso está sangrando. Otro escalofrío le recorre el cuerpo entero, pero ella sigue cortando la carne.

Creo que la oigo sollozar, pero está de espaldas a mí y no puedo verla bien. Dejo de apoyarme en el alféizar y me meto en el piso. Ella sigue ahí.

Cierro la ventana, dejando que el viento se lleve las cenizas del patio interior.

(Didac Lakofpauer, 2003)

martes, septiembre 26, 2006

Quiero ser echicero

Sí. Así como suena. Quiero ser echicero. Sin H.

Quiero ser octavo hijo, estudiar en la Universidad Invisible, y, como corresponde, ser completamente inútil.

Porque como dijo el Sr. Ponder Stibbons, al que respeto con todo mi corazón, ser mago consiste en no usar la magia. Eso hace que muchos de nosotros descubramos, en nuestro interior, que siempre hemos sido octavos hijos, y por lo tanto, magos de nacimiento.

Por eso, quiero reivindicar mi derecho a vestir una túnica larga cubierta de sígnos místicos y Runas Recientes. Como la túnica se asemeja demasiado a un vestido elegido con mal gusto, también quiero llevar un sombrero puntiagudo cubierto de estrellas, en el que esté la palabra ECHICERO bordada en lentejuelas. Quiero poder pensar que soy la persona más sabia del planeta, y el derecho a actuar como si lo fuese. Quiero tres comidas abundantes al día en el comedor de la Universidad, y disfrutar del placer de poder lanzar réplicas sarcásticas por doquier como si de bolas de fuego se trataran.

Y hasta que no tenga en mi haber todos esos derechos, me limitaré a escribir a la sombra de mi maestro.

sábado, septiembre 23, 2006

Quedan los solos

"Dicen que la distancia es el olvido. Están equivocados. La distancia es el recuerdo."

Fátima se habia vuelto a marchar, y como siempre que se va, Landelón no sabía si la volvería a ver.
Resulta curioso ver como alguien que se va sin despedirse y llega sin avisar es capaz de derramar una única lágrima por el amor de su vida. Fátima, al fin y al cabo, es la única mujer en el mundo que ha osado intentar casarse con el Viajero.

De todas formas, Landelón habla muy poco de Fátima. Yo sólo sé que estuvieron juntos una temporada. Fátima trató de poner una alianza en el dedo del Viajero, y al fracasar, decidió matarle. De momento, no ha avanzado en ninguna de las dos cosas.

Pero a Landelón se le ven las marcas de Fátima en el alma. Siempre tiene un brillo triste en los ojos cuando hablamos de ella. Siempre hay una fondo de amargura cuando hablamos de Tenhime, y de cómo construimos nuestro futuro juntos. Y siempre que hay un piano libre, las canciones de Landelón no suelen ser alegres. Son arrebatos de nostalgia, frías notas que hablan de amantes que no pueden tocarse, de voces que se oyen en la distancia y de corazones vaciados por el dolor.

Landelón recuerda a Fátima ahora mucho más que cuando viajaban juntos, ya que entonces él no necesitaba recordar constantemente lo mucho que la ama. Quizás algún día ella le reclame todos los años de soledad a los que Landelón la castigó. Quizás algún día, por la esperanza de un final feliz, yo convenza al Viajero para que deje de serlo. Hasta entonces, queda la espera, y con ella la esperanza. Quedan las cervezas con los amigos, quedan los libros y una televisión para adormecer los sentidos, y matar el dolor. Queda la poesía, quedan los relatos, queda el arte que se alimenta del recuerdo.

Quedan los solos de piano.

lunes, septiembre 11, 2006

Kenson Gakka

"Kenson Gakka" significa Lección de Humildad.

Desde que la aprendí, empleo esta expresión cuando alguien, confiado de sus habilidades, da por supuesto que sus acciones automáticamente dan como resultado un éxito completo, cuando en realidad ha dado lugar a un acto mediocre y en muchas ocasiones, manifiestamente mejorable.

Kenson Gakka en este caso para mí mismo. Últimamente he escrito cosas de las que creía con una cierta calidad, confiado en mis últimos progresos. Kenson Gakka, repito, porque mi prosa sigue siendo manifiestamente mejorable, aunque me haya negado a reconocerlo. Por lo tanto, asiduos lectores, presento aqui mis disculpas. El orgullo es traicionero y se esconde en rincones oscuros para atacar cuando uno está desprevenido.

Gracias por estar siempre atentos a mis fallos, para que yo, con un espíritu renovado y humilde, pueda seguir puliendo mi único arte.
Espero que mis siguientes obras tengan la calidad a la que os tengo acostumbrados, sea cual sea.

viernes, septiembre 08, 2006

Una canción de soledad

Landelón tocaba el piano en el hall del hotel, mientras el pianista y yo nos tomábamos nuestras bebidas favoritas sentados en la mesa más cercana desde el escenario. Él, whisky con hielos, desde que su mujer murió. Yo, una cerveza sin con limón, desde que Tenhime me prohibió el alcohol.


- La solitudine trionfa- murmuré, mirando los dedos de Landelón bailar sobre el teclado.

- ¿Cómo? – dijo el hombre del piano, a mi lado.

- Es el último verso de un poema. Una amiga me lo recitó hace poco, y tiene razón. La soledad triunfa.

El hombre del piano da otro sorbo a su whisky. Sabe de lo que estoy hablando. Sin embargo, como es mi costumbre, digo algo que todos los de la conversación ya saben.

- Triunfa por encima de la alegría. Por encima de la felicidad. La soledad lo inunda todo, todo lo pinta de ese gris a tonos que te hace empequeñecer.

- Triunfa por encima de la risa. Triunfa por encima de la vida.- añade el pianista.

Landelón, ajeno a todo, sigue con su melodía.

- Da igual lo que tuvieses con ella. Si ella no está, no te queda nada.

- Sólo el recuerdo. El recuerdo pintado de gris soledad. Al fondo brilla la esperanza que no se ha de perder, pero la luz te llega a través del velo de la soledad. Y a este lado, sólo queda vacío y lágrimas.

- Quieres morir, quieres desaparecer, meterte en un agujero oscuro y esperar a que todo pase, a que la existencia cese, a que el dolor acabe. Más allá de la vida, espera el olvido. Quizás la solución esté en esperar.

El hombre del piano deja el vaso vacío sobre la mesa, y se levanta de su silla.

- Hay demasiado que el tiempo no cura.

Avanza hacia el piano, mientras Landelón termina su pieza. El Viajero le deja su sitio al Hombre del Piano, que ocupa el lugar para el que nació, y comienza a tocar una canción.

Una canción de soledad.

miércoles, julio 19, 2006

El camino a casa

Sentaba en la misma mesa, en la misma cafetería, todos los días.

Y yo la observaba desde mi silla, atrincherado tras mi taza. ¿Tendría ya cuarenta años? ¿Le habría arrebatado ya el llanto toda la juventud? ¿Seguiría llorando cada noche, tirada semidesnuda en el sofá de su piso, mientras la absenta, el ron o el vodka trataban de cerrarle las heridas del corazón, aunque fuese con fuego?

Cuando el café de ella dejó de humear, ella se levantó, y se dirigió hacia la salida de la cafetería. Su mesa fue inmediatamente ocupada por una joven pareja enamorada. Salí detrás de ella, aunque ya sabía adónde iba. Ya sabía dónde acabaría.

Ella caminaba muy por delante de mí. Al pasar al lado de una parada de autobús, alcancé a oír un trozo de la conversación que mantenían dos jóvenes, sentados en el banco de la marquesina, mientras esperaban al autobús.
- ¿Qué tal con Elisa?- pregunta uno de ellos.
- Bien- gruñe el otro.
- Tan mal, ¿eh?

El resto de sus palabras se perdieron en la distancia conforme yo pasaba de largo la parada. La mujer había cruzado ya la calle y doblado la esquina que siempre doblaba. Yo seguí recto. No iba a acompañarla a casa.

Un coche de la policía con las luces intermitentes puestas pasó frente a mí a toda velocidad, rompiendo la tranquilidad de la noche al conectar la alarma. Quizás alguien se había sorprendido a sí mismo en su propia casa. O, asustado por la Muerte, alguien haya saltado desde la ventana a Sus brazos.

Conforme desciendo la calle, una vieja bruja, con la cara arrugada y una verruga en la nariz, camina en mi dirección, seguida por un gigantón con cara de pocas luces y mirada distraída. A una prudente distancia de ello, dos bedeles del Hospital Psiquiátrico los escoltan y vigilan. A éstos últimos les saludo al pasar. Los conocí cuando fui a visitar a un ex-detective de la policía que, según dicen, enloqueció y asesinó a su compañero en un bosque, aunque él no para de balbucir algo de un Gran Gusano.

Llego a mi portal. Frente a él, de pie, hay un hombre de pie con un ramo de rosas en la mano. Lleva ahí todo el día, y las flores están empezando a marchitarse. Cuando me ve, en sus ojos puedo leer que reconoce mi rostro. Pero no nos conocemos, así que no intercambiamos saludo alguno. Da igual, porque mañana volverá a estar ahí con un nuevo ramo de rosas, y nos cruzaremos las miradas de nuevo.

Por las escaleras me cruzo con mi vecina de abajo, Leyre. Durante nuestra conversación de cortesía, me cuenta que su marido se ha ido a Estrasburgo, para algo muy urgente en relación con el Parlamento Europeo. Santiago es periodista, y suele viajar por Europa cuando a las así llamadas “fuerzas políticas” les da por trabajar en exteriores.

De todas maneras, me gusta mi vida, pienso mientras subo a pie el último tramo de escaleras que me separa del piso en el que he asentado mi hogar. Qué más da lo demás. La riqueza, la fama y el que medio mundo conozca mi nombre y mi obra no son más que añadidos a la suerte que tengo de compartir mi vida con esos personajes que me rodean y a los que conozco tanto o tan poco como quiera.
Cuando abro la puerta, allí, revoloteando, me está esperando el último dragón.

jueves, julio 13, 2006

En medio estaba yo

Ayer, Landelón apareció en la puerta de mi casa con una guitarra. Al principio supuse que sería para Tenhime, que tocaba en el instituto y siempre ha dicho que le gustaría volver a aprender. Como ya es tópico cuando hablo de Landelón, me equivocaba. Después de una cena ligera en el balcón, se puso la guitarra en el regazo, y empezó a tocar un par de acordes.
- Ey, espera. Esa canción me la sé. “Todos menos tú”, de Sabina. Mi padre nos ponía ese disco en el coche casi siempre que teníamos un viaje largo por delante.
Landelón comenzó a cantar una letra muy diferente de la que yo pensaba oír. Por lo visto, se había enterado de mi primer trabajillo como ayudante en un despacho de abogados, y había decidido honrarme con un aborto de canción. La letra venía a decir algo así como:

"Hijos malhablados que se quedan sin herencia
Vicios de competencia, Asfalto en mal estado
Ventas de patrimonio que se saldan con violencia
Incapaces, divorciados, tutores, tutelados
Funcionarios arrestados en la cola del paro
Escalones, mudanzas en pública subasta
Fracturas craneales, tasaciones, peritajes,
Un zaragozano que no paga ni un peaje
Turistas italianos lesionados en las manos
Obreros que no cobran, Jefes que no pagan
Problemas con vagos, filiaciones impugnadas
Inocentes virgencitas quedándose embarazadas
Miren la factura. Yo no me lo creo.
Sentencias de doctrina con reyes del pleiteo
Principios del derecho, recurridos, recurrentes
Te aviso el día veinte, tu me dices si la vendes
Procuradores sin asiento, más peligro que en la ruta Quetzal
Hijos que se quedan, padres que los quieren donar
Fumadores, obesos, timadores cojonudos
Yo inicio el monitorio, no me ha pagado un duro
Topetazo en camioneta que ahora avanza dando tumbos
Insultos y calumnias que se quedan en rebuznos
Una vieja catalana que se ha torcido el dedo del pie
Incapaces del todo, un muerto el mes de mayo
Fotos que se merecen ser un calendario
Una casa hecha a orillas del mar. Me parece que la van a tirar
Recursos de reforma, impugnaciones de todo,
Niñatas descaradas que no miran a los ojos
Y allí en medio estabas tú.
En medio estabas tú.
Y yo llamando pa’ salir en sanfermines
Más solo que un navarro en medio de Pekín
Frente al ordenador y ya cansado de dormir"

Iba a cantar segunda estrofa, pero Tenhime le puso la mano en el brazo.
“Aún quiero sentir algún respeto por ti”, dijo.
Landelón dejó de tocar, con la expresion en la cara de quien le han disparado en el orgullo.

viernes, julio 07, 2006

Síndrome de Abstinencia

Qué bonito, qué bonito, qué bonito es Altojardín por las mañanas.

Landelón me encontró tirado en la cama, con marcas de sábanas enrojecidas en la piel y con una pierna colgada del colchón, intentando llegar al suelo como si quisiera echar raíces. Roncaba como nunca lo había hecho, o al menos eso dice él.

Cuando me despertó, me vio los ojos enrojecidos, y con ese tono de voz yonqui que tenemos todos por las mañanas, le dije.

- ¿Queeeee pashaaaa?
- Dídac... ¿qué has fumado? – Landelón me miraba divertido, mientras yo me movía hacia la cocina con la agilidad de un rinoceronte cojo y me servía un café.
- Naaadaaa.- le constesté- Yyyioo nno fummo, yia lo shabessssh.
- Ojos rojos, lengua seca, hablar pastoso... síntomas inequívocos de síndrome de abstinencia.

Qué va, le dije una vez el café reinstauraba el orden en mis neuronas. Son síntomas inequívocos de la falta de sueño. Por adicción sí, sin duda, pero no de nada que se fume. Llevo leídas unas mil quinientas páginas en poco más de un mes. Ese libro es una maldición.

- ¿Y qué tiene?.
- Realmente, tiene lo que tiene que tener un libro. Cuando mis mentores literarios me contaban que la literatura es como la Mastercard, dos círculos unidos, el “qué” y el “cómo” en perfecta armonía, yo siempre me centraba en adquirir un buen “cómo”. El “qué” llegaría más tarde, con la inspiración y esas cosas.

Pero ahora me encuentro que lo realmente importante es que el “cómo” se ajuste al “qué”. Al principio, piensas que el “cómo” de éste autor es lo que le ha hecho merecedor de todos los premios que le han dado. Pero luego descubres que su “cómo” no es lo que le hizo famoso. Es su “cómo” ajustado a su “qué”.

Empiezas reticente el libro, diciendo “a ver que tal es, que todos me dicen que es muy bueno”. Y de repente, en la página 100, te descubres por la mañana con pocas horas de sueño porque no podías dejarlo. Te encuentras al mediodía, pensando “ey, ¿qué pasará ahora?”. Y cuando te has terminado el primer tomo piensas “¿Y Harry Potter tuvo éxito? ESTO es un éxito”. Y corres como un adicto a la coca corre hacia la esquina de su camello, a comprarte el segundo tomo, porque no puedes esperar más.

El libro es una sucesión de tramas, cada capítulo centrado en un personaje distinto, y cada tomo formado por varios capítulos de cada personaje. Sin embargo, profundiza tanto y perfila tan perfectamente a sus personajes que no puedes evitar encariñarte con unos, identificarte con otros y odiar a unos cuantos... cosa que es un error.

Me dieron dos consejos antes de leerme el libro. Primero, que “Cada tomo acaba porque no le caben más páginas”, esto es, que si existe un desenlace más o menos feliz, éste está en el tomo sexto. Cada tomo termina con un CONTINUARÁ digno de las series de tensión con mayor éxito. Y segundo “No te encariñes con ningún personaje”. Queda demostrado que en cualquier momento, sin aviso previo (o casi sin aviso previo), una flecha perdida alcanza al apuntador. Nadie está a salvo. El héroe embutido en armadura-protege-un-taco y armado con espada-que-mata-mucho no existe. Si le pinchas, muere.
Además, los malos no son malvados, y los buenos no son bondadosos. Todos velan por sus intereses, la diferencia es cómo lo hacen.

- ¿Y cómo se llama el libro?- me pregunta Landelón.
Claro, me he pegado hablando quince minutos acerca de sus maravillas, y aún no he dicho título alguno. Muchos de mis lectores ya sabrán, sólo por la frase que abre este apartado, de qué estoy hablando. La saga se llama “Canción de Fuego y Hielo” de George R.R. Martin, que comienza con “Juego de Tronos”, primer tomo de una serie de libros que dará que hablar... cuando se termine.

¿El Código Da Vinci? Por favor... con las americanadas de personaje planos y con ritmo interrumpido nos meteremos otro día.

viernes, junio 09, 2006

Leer o ser leído

Lo siento. Hoy no hay cuento.
Por Dios, que alguien se lleve al niño que llora a otra habitación. Gracias.
Como siempre, la maquinaria de la veteranía se ha puesto en marcha, y otro de mis mentores en esto de la escritura (porque me sigo negando a llamarlos "maestros", no por falta de respeto sino porque "maestro" destruye mucha relación tutor-tutelado) ha publicado un libro. Que honor para todo escritor, oigo que dice alguien en el fondo. En parte, tiene razón.
Pero por otra parte, hay que considerar que el libro es un recopilatorio de sus artículos en el Diario de Navarra, periódico que, evidentemente, no se disfruta en toda España. Y aquí es cuando entran en juego dos factores que ya he mencionado: la veteranía y la territorialidad.
La veteranía no sólo le ha permitido tener un estilo fluido y literario en su escribir, sino que le ha brindado la oportunidad de escribir para ser leído en un periódico.
Sin embargo, sólo le han podido leer dentro de las fronteras de la Comunidad Foral, por eso de la territorialidad. Ignoro si "Dos centavos, un Diario" puede ser adquirido en las librerías del resto del país, pero sin duda, donde más se distribuirá será, de nuevo, en esta insigne provincia.
Que envidia, de todas formas, porque le van a poder leer.
Ambos tutores me han enseñado que en realidad, no hay que escribir para ser leído, sino escribir para leerte, escribir por escribir. Leonardo se inclinaba más ante la opinión de que a todos nos gusta que nos lean. Coelho será malo, pero le han publicado.
Y ahora me enfrento a mi dilema. Si me ofrecen publicar algún relato mío, ¿qué hago? ¿Confío en mis habilidades y pienso que soy lo bastante bueno como para que me publiquen, o rechazo la generosa oferta de quien quiere que se me lea, pensando que no debo escribir para ser leído?
La actitud de mi tutor no me saca de mi trance. Porque a él le han publicado, y puede ser leído, pero su publicación puede considerarse tan modesta que no contradice eso de "no escribir para ser leído"
De momento, no hay riesgo. Mis habilidades son limitadas y aún nadie me ha ofrecido publicarme. Pero si alguien me lee, por favor, no dude en comentarme, como mínimo, que piensa acerca de esta ley natural de leer o ser leído.

miércoles, junio 07, 2006

El relato más corto del mundo

Y cuando abrí los ojos, el Tiranosaurio seguía allí.

jueves, junio 01, 2006

Flores

Ayer, Landelón apareció en la puerta de mi casa, con un ramo precioso de flores en la mano.
- Espero que no sean para Tenhime- le dije- Porque su novio no le regala rosas desde hace meses.
- No, no son para Tenhime- Suspiré aliviado. De la que me había librado.
- ¿Entonces?
- Son para tí.
Levanté una ceja. Aquí había gato encerrado. Y conociendo a Landelón, no sólo encerrado sino también hambriento y furioso.
- Quiero que se las des a Irene de mi parte.
Ahi estaba el gato. Irene era una compañera mía de clase en la Universidad, con la que apenas hablaba. Me caía bien. Por eso no me acercaba más a ella. Quería que siguiese teniendo una buena imagen de mí.
- Y se las vas a dar porque...- dije, esperando que el Viajero acabase mi frase.
- Porque quiero invitarla a cenar, pero no me atrevo.
- No me lo creo. Has conquistado a más mujeres en un año de las que yo he conocido en toda mi vida, ¿y con Irene no te atreves?.
- Es que...- Landelón titubeó- Es que... ya me conoce.
- Oh, Dios. ¿Cómo sucedió, exactamente?

"Pues... comenzó conmigo sentado cómodamente en un banco, leyendo un libro de Dostoievsky mientras reflexionaba acerca de..."
- Mientes- le interrumpo- Tú odias Dostoievsky.
- Vale, vale. Te lo contaré tal como sucedió.

"Estaba jugando con lo niños en un parque de columpios. Yo les perseguía, rugiendo amenazadoramente, y ellos se escapaban, y me provocaban desde lo alto de los columpios de madera. Uno de los chicos echó a correr, y yo le perseguí. Me tropecé, caí de morros contra el suelo, y, cuando levanté la vista, allí estaba ella, mirándome y sonriendo."
- Demasiado bonito para ser cierto. - repliqué, cínico.
- Bueno, cuando levanté la vista, ahí estaban sus zapatillas. Era por darle algo de lirismo a la historia.

"Pero conforme levantaba la vista, se apoderaba de mí una extraña sensación. Es como si aquella chica no se acabase nunca. Y al final, estaba su sonrisa"
- Hombre, Irene es alta, pero como para no acabarse...
- La sonrisa. Céntrate en la sonrisa. Por favor.
- Ah, sí. La sonrisa. Sigue.

"Bueno, pues allí estaba ella, sonriendo. Había un brillo en sus ojos que decía "Que Co***es está haciendo este tipo", pero en aquella sonrisa no había maldad. Me dijo "¿Estás bien?" y yo le contesté algo así como "Sólo me duele el orgullo". Me ayudó a levantarme, le sonreí, todo iba bien, y entonces los niños la bombardearon con globos de agua"
- Y entonces ella huyó despavorida, supongo.
- No exactamente. Yo cargué contra los niños, que SÍ huyeron despavoridos. Cuando me quise disculpar, ella había desaparecido.
- Vive justo al lado de ese parque. Habría subido a secarse.
- ¿Le darás las flores de mi parte?
-¿Cenará contigo porque le regales flores?
- No creo, pero es un buen comienzo.
- Ya ha habido un comienzo y no era especialmente bueno...

Tenhime salió de su cuarto en ese momento, y abrió los ojos como platos cuando vió el ramo de flores.
- ¡Son preciosas! ¡Hace meses que no me regalas flores! ¿Son para mí?
Como todo novio que hace dejación de sus responsabilidades Y LE PILLAN, me puse a tartamudear.
- Bueno... no... yo... pero en realidad... quiero decir... ¡Landelón tiene un historia buenísima! ¡Deberías escucharla!

martes, mayo 16, 2006

Gólem

Landelón se inclinó sobre la olla y repitió la receta de Mag como si fuese un conjuro.
"Sobre la base derretida añádanse dos porciones del material principal, para luego licuarlo y removerlo hasta que adopte la consistencia de material de construcción"
Lo hacía con tanto énfasis que me ví obligado a mirar el interior del puchero. Era una especie de fango marrón oscuro que despedía un olor dulce rápidamente reconocible.
-Esto es...
- Gólem, amigo mío. Una bruja me enseñó la receta, y yo te la transmito a tí.
- ¿A MI? ¡Pero si yo no quiero verme involucrado en nada relacionado con eso!
Tenhime entró corriendo en la cocina y miró el lodo marrón que ahora Landelón vertía sobre una ensaladera, porque no teníamos ningun molde más adecuado.
- Mmmh, gólem...- dijo, mientras hundía un dedo en la masa y se lo llevaba a la boca.
- ¡Ey! ¡Espera a que se enfríe!- protestó Landelón
- Pero...- comencé a decir.
- Me voy, amor, que me esperan en la Universidad- Tenhime me plantó un beso en la mejilla y se colgó su maletín del hombro.
- Pero...
- Ya estará frío para cuando vuelvas- le informó Landelón.
- Guardarme mi parte, ¿vale? ¡Chao!
- Pero...
Me dio otro beso y salió hacia el ascensor.
- ¡Pero! -salí tras ella al pasillo, protestando inútilmente.
El ruido de la puerta del ascensor cerrándose fue la única respuesta que obtuve.
- Anda, bobo- Landelón me cogió de los hombros y me arrastró de nuevo dentro del piso- Para una vez que te enseño algo que a ella le va a gustar...

domingo, mayo 07, 2006

Polvo

Si bien el funeral no era secreto, la ceremonia se había organizado con mucha discreción. No había que olvidar que al que hoy se despedía había sido acusado de traición y ejecutado por orden directa de la Duquesa Niowyn de Copomar, ahora Reina Regente de Kendoria.
Pocos eran los allí reunidos. El Conde de Atria, el Barón Brina, su tesorero y canciller en funciones Darine y su mujer, y unos pocos amigos cercanos y compañeros.
El abad Alessio de Mecia había oficiado una misa sencilla y sin más aspiraciónes que la de asegurar un puesto en el Cielo de aquél al que se le había cavado un puesto en la tierra.
Hoy se enterraba a Thobicus Larep.
"Polvo somos, y en polvo nos convertiremos"- finalizó el padre Alessio.
El tesorero del Barón, Albus Darine, se separó del círculo de personas que rodeaban el agujero en el que yacía el antiguo canciller del Barón. Echó un vistazo al ataúd que yacía en el fondo, y se volvió hacia los reunidos.
"Thobicus Larep ha sido siempre un gran apoyo y una enorme fuente de sensatez para los gobernantes de esta tierra. El Barón tuvo la fortuna de tener un hombre de su talla para ocuparse de todos los asuntos que hubiesen impedido a nuestro señor ocuparse de los problemas más acuciantes de sus tierras. Era un hombre de ley, y supo discernir entre lo que se debía y lo que no se debía hacer. Se ganó mi respeto, a pesar de que nunca lo necesitó para llevar a cabo todo lo que ha hecho para esta baronía.
Pero sobre todo, fue un hombre leal.
Fue leal al Barón, sí, pero también leal a aquellos que no son llamados "sir" o "lord". Fue llamado traidor por no querer sacrificar más vidas a una causa que bien podía estar ya perdida. Fue leal al pueblo, más de lo que se puede ser leal a un señor. Por que el séñor al que se sirve puede cambiar. Pero el pueblo al que se es leal es eterno. Thobicus Larep lo sabía. Y murió por ello.
Ahora la causa que el creía perdida puede tener una chispa de esperanza. Pero sin embargo, cada vez nos faltan más hombres en los que esa chispa pueda prender. Hombres como Thobicus Larep."
Darine se volvió a asomar al borde de la tumba de antiguo canciller.
"Adiós, amigo".
Todos pasaron tras él a despedir a la que durante años fue la mano derecha del Barón, el hombre que en nombre de Lord Brina hizo tanto por la Baronía de Mecia. Y ahora descansaría en el cementerio de Mecia, en los restos de la ciudad que tanto amó y donde él deseaba ser enterrado. Cuando todos hubieron pasado ante su ataúd, el padre Alessio dio una última bendición, y pronto allí sólo quedó en enterrador y su trabajo.
Albus Darine se apresuró hasta sus aposentos, dejando a su mujer Irineia, el deber de disculparle ante el resto de reunidos, y se encerró en la habitación que le habían reservado.
Y allí, solo, rompió a llorar de ira.

lunes, abril 10, 2006

Ridiculous Thoughts

Y en Mayo las vacas saltan sobre la luna,
los elfos de Tolkien no tienen orejas puntiagudas
Los masters de túnica blanca son Altos Programadores
quizás de sueños
La mujer del troll es la trola,
y los que los sirven, troleros
Si lanzas contrahechizos en una llanura
crecen árboles con puntos de magia
Los días que no haces nada no se pierden
pero alguien los guarda para usarlos en tu lugar
y si dices la verdad y haces daño,
¿por qué no mentiste?
Y saltas. Y ríes. Y repites,
y te caes, pero te levantas
y todo te sale mal, pero no evita
que te despiertes cada mañana
Y si un cuento no gusta
haz que la gente lo lea hasta que sea bueno
tan bueno que los niños te pidan
que se lo cuentes otra vez
y en pijama de hombre
las mujeres están adorables
me gustan cuando sonríen
porque el mundo brilla
y más cuando ella rie
porque mi corazón vibra
pero a cambio cuando llora
se me derrite de dolor
y conocer el sentido de la vida
es saber que es hacia delante
y porque solo algunos
sabemos gritar "¡Carguen!"
Y puedes gritar tan fuerte
esos pensamiento ridículos
que albergabas en tu interior
esos pensamientos ridículos
que por gritarlos fuerte
no dejan de ser ridículos
pero tampoco dejan de ser
tus pensamientos

miércoles, marzo 15, 2006

Nacer para leer

Alberto nació el día que terminó de leer su primer cuento. Era de apenas un párrafo de largo y se titulaba “El pato despistado”, que pertenecía a su libro de la escuela. Desde entonces, no dejó de leer.

Leía cada mañana un poquito, antes de ir al colegio. Normalmente, los consejos de preparación de los cereales que desayunaba, y algunos días (en los que se sentía afortunado) las instrucciones de algún recortable que viniese con sus galletas.

Las tardes enteras las pasaba leyendo. Hasta que pudo leer cuentos más largos, leía los ejercicios de su colegio. A veces encontraba folletos de propaganda y se deleitaba tratando de pronunciar, sílaba por sílaba, largas palabras que no había leído jamás.

Con trece años su madre, consciente de su pasión, le regaló un reloj despertador sin números, en el que la hora venía puesta en letras. Por supuesto, aquello fue un regalo mucho más acertado que la videoconsola que ansiaban el resto de los niños de su edad. Pero a él le hizo mucha más ilusión dejar de levantarse a las “07:45” para despertarse a las “siete horas cuarenta y cinco minutos”.

Cuando cumplió los dieciocho años, su madre había encontrado otro regalo perfecto, aunque él tuvo que deshacerse de su armario para que cupiese en su habitación. Era la estantería de una biblioteca, que aún conservaba las letras con las que había ordenado tantos libros a lo largo de su vida. Alberto la rellenó enseguida con todo aquello que había leído desde que nació: en los estantes competían por hacerse un hueco libros, novelas y cuentos, pero también cajas de cereales, folletos de propaganda, etiquetas de ropa, partes de atrás de botes de champú, pasquines revolucionarios, posters de conciertos, recortables de cajas de galletas y tickets de compra.

Cuando a los veinte años su madre le regaló una cámara de fotos, se despertó en él el deseo de conservar todo aquello que leía y que no le habían dejado traerse a casa. Sacó de su habitación la mesa de estudio y acomodó un baúl en el que a lo largo de los años almacenó decenas de álbumes de fotos con nombres de pueblos, graffitis callejeros, anuncios en pantallas gigantes y grabados en la parte interior de las puertas de retretes públicos.
A los veintidós era licenciado en Historia (una carrera que le brindó numerosas oportunidades para leer) y comenzó a salir con una joven a la que siempre encontraba en la biblioteca. Le juró fidelidad eterna la noche de pasión que la desnudó para leer los aforismos que ella tenía tatuados en la espalda.

A los treinta y tres era director de publicaciones de la universidad, y la comunidad científica lo consideraba una eminencia. No importaba de qué tratase la conversación: él había leído algo acerca de ese tema, y se mostraba siempre interesado en que le recomendasen nuevas lecturas.
El año que cumplió treinta y cinco años, su mujer dio a luz a su primer hijo, Alejandro. Aunque Alfonso había madurado en sus lecturas (la prensa matutina había reemplazado a las cajas de cereales hacía muchos años), la cantidad de libros y revistas disponibles para padres primerizos y desorientados lo situó ante un mundo de lecturas completamente ignoradas hasta entonces.

Un domingo de marzo se levantó de su cama más tarde de lo habitual (“Nueve horas treinta y dos minutos”, decía su despertador, sucesor moderno del que le regaló su madre). Bajó las escaleras hacia la cocina donde su mujer leía las instrucciones de la leche en polvo para su segundo hijo, y vio a su primogénito Alejandro sentado en su silla frente a un tazón de desayuno intacto.
Preocupado por la inapetencia de su hijo, se acercó a él para preguntarle si estaba bien, cuando las lágrimas inundaron sus ojos.
Poquito a poco, y siguiendo la frase con su dedito, Alejandro leía en voz bajita los consejos de preparación de los cereales que desayunaba.

jueves, marzo 02, 2006

Confianza - exigencia

Landelón y yo estuvimos hablando el otro día. Bueno, Landelón escuchó, porque el que estuvo hablando fui yo. Hablamos de exigencia y de confianza.
Encontré a mi antiguo mentor (me niego a llamarle profesor) en todo este asunto de la escritura. Yo le saludé, respetuosamente, y le dije que no sabía que "su hija de usted" conocía a Tenhime. Él me dijo "¿Que tal te va?", lo habitual que se le dice a una persona después de mucho tiempo sin verla. "Bien", le respondí yo, sin querer abrumarle con detalles. Y entonces el me miró fijamente y me dijo "¿Me trabajas algo?"
Mierda. Tenía que preguntarlo.
Llevo desde navidad sin escribir algo mínimamente decente. Bueno, de hecho "A la pata coja" es anterior a la navidad, por lo que llevo algo así como tres meses sin terminar un relato. Y cuando miro los que he empezado y no llegaré a terminar me entra la depresión de haber dado a luz tantos abortos.
Siempre pensé que él, o bien no tenía ninguna fe en mí, o tenía mucha y por eso me exigía tanto. Y desde que no nos vemos cada semana, me da la impresión de que ha perdido el gusto por leer nuestras atrocidades.
Quizás por eso no escriba ahora tanto como antes. Me falta exigencia, puesto que hace tres años que no me exijo nada a mí mismo. Quizás eso sea lo que me está pasando. Si mi mentor no me exige... ¿cómo voy a escribir?.
Pero entonces volvemos al asunto de la confianza. "¿Me trabajas algo?". Lo preguntó el día que estrenaron 'Hiedras' de Tarrafeta (http://luis.tarrafeta.net/index.php?section=25) y yo me veía obligado a escribir algo que lo superase. Pero Tarrafeta escribe teatro, poesía y narrativa, mientras que yo aun sueño con espadas y dragones. ¿Me falta madurez? ¿O simplemente no tengo confianza? ¿Acaso alguien la tiene? ¿Acaso necesito tenerla, mía o de cualquier otro?
Quizás mi mentor me preguntase porque sabe que yo quiero escribir de verdad. Me gusta escribir como nada en este mundo, porque me encanta contar historias. Y quizás lo que me ocurre es que tengo una historia que contar... pero no la recuerdo.
Y cuando la recuerde, demostraré que soy digno de esa confianza, aunque no se me exija.

lunes, febrero 27, 2006

El paso de Rhoden

-¡Guardabosques!- Grita el capitán.
Los soldados se agrupan a su alrededor. Su lugarteniente, una mujer de rostro decidido, es la primera en situarse a su lado. Tras ellos dos, el más joven empuña su espada con decisión, tratando de que su entusiasmo supliese su falta de experiencia.
En la llanura, un ejército que les superaba en número. Todo podía parecer perdido, conforme los pueblos que quedaban detrás de las líneas de las tropas del Príncipe eran saqueados sin piedad.

- ¡Retroceded! ¡A los bosques!
Paso a paso, los Guardabosques Reunidos de Rhoden cedieron terreno. Una flecha pasó rozando el hombro del capitán. Todos aferraron las empuñaduras de sus armas, mientras la lealtad sustituía la desesperación de sus corazones.
Frente a ellos, las tropas del príncipe Galier el Usurpador dejaban atrás la llanura, viéndose obligados a romper su barrera de escudos conforme el bosque les dividía.

-¡Por el Rey!- el grito de guerra se unió al sonido de decenas de hombres buenos muriendo. Las tropas del Rey, aun superadas en número, se arrojaron sobre las líneas leales al Príncipe. Los Guardabosques se unieron a la carga, y flechas, espadas y escudos chocaron unos con otros. La alfombra de ramas y hojas secas por el invierno se mezcló con acero y sangre.
Aquí y allí silbaban las flechas. Los guardabosques de Rhoden combatían en cada árbol, sobre cada piedra, para ganar un palmo de terreno. Las tropas del Príncipe, mejor equipadas y más numerosas, mantuvieron firme su pulso.

Hombro a hombro, Pitt Hurray y el Capitán de los Guardabosques combatieron a los usurpadores, en un combate que bien podía decidir el destino de aquella guerra civil. Paso a paso, piedra a piedra, rama a rama, el bosque fue sembrado de cadáveres. El más joven de los guardabosques luchó por Kendoria y el Rey. Luchó por Rhoden, por su capitán, por sus camaradas. Y conforme avanzaba la batalla, luchó por su vida.

-¡Romped filas! ¡Retirada!- desorganizadas y desmoralizadas, las tropas del Príncipe salieron del bosque y huyeron por la llanura en un intento de reorganizarse. Los guardabosques efectuaron una persecución breve, cazando como conejos a los rezagados antes de reunirse con el grueso del ejército. El grito de victoria resonó por todo el paso de Rhoden.

...

-¡Señor! ¡Noticias señor!- El más joven de los guardabosques entró en la tienda de los oficiales y se inclinó ante el Comandante en Jefe de las tropas del Rey.
- ¿De qué se trata?- Contestó, firme, Lord Pitt Hurray.
- Las caravanas, milord. Fueron atacadas y destruidas en el camino. Un par de ellas lograron pasar, junto con un grupo de incursores de los Hachas Aliceas y los Lobos de Rhoden, pero aún así me temo que nuestros recursos han quedado severamente mermados.
El cejo de Lord Hurray se frunció un instante, mientras trazaba en su mente la siguiente estrategia a seguir. El capitán de los Guardabosques es el único que se atreve a alzar la voz.
- Eso significa que las tropas de señuelo fracasaron. Debemos actuar de inmediato. Si esperamos más, el fortín del Príncipe recibirá refuerzos. Y entonces...
- ...Entonces, capitán, no poseeremos la fuerza suficiente para asediarlo. - El cejo de Hurray se relajó.- Sí, tienes razón. Debemos actuar ya. ¿Sir Lock?
El más alto de los Caballeros de la Flor Argéntea se puso firme a la espera de las órdenes de su general.
- A sus órdenes, Milord.
Al más joven de los guardabosques le pareció ver un esbozo de sonrisa sádica en el rostro de su comandante en jefe.
- Prepare las catapultas.

...


Otro fragmento de piedra cayó sobre la muralla. Una catarata de cascotes de piedra cayó sobre el suelo del paso de Rhoden, mientras las murallas resistían en embate de las fuerzas del Rey.
Las puertas se abrieron, y el ejército del príncipe salió a destruir las máquinas de guerra de Sir Lock de Holmes.
- Por Dios Bendito- murmuró uno de los Custodios del muro de Orthen- ¡TROLL A LA VISTA!
Abriéndose paso entre los soldados leales al Rey, una masa negra y putrefacta avanzaba hacia las catapultas con el impulso inexorable de un monstruo reanimado por la magia nigromántica. Chocó contra las filas que protegían a Lord Pitt con la fuerza de una avalancha. El más joven de los guardabosques salió proyectado por un golpe de su gigantesca maza, chocando pesadamente contra el suelo. Los caballeros templarios y las Águilas Planteadas rodearon rápidamente a la bestia, hostigándola desde todos los flancos hasta abrir su guardia y acabar con ella en el mismo momento que la última piedra derribaba la muralla del castillo.
-¡A la torre del homenaje!- Gritó Hurray, liderando la carga- ¡Destruidlos a todos! ¡Por el Rey! ¡POR EL REY!

...

El más joven de los guardabosques desenvainó su espada, e hizo una mueca de dolor cuando la herida de su pierna le envió punzadas de dolor. Las medicinas del curandero de Orthen le habían salvado de la gangrena y posiblemente de la muerte, pero no eran milagrosas.
Delante de él, el capitán de los Guardabosques y Lord Hurray trazaban la última de las estrategias. Porque allí, en el fondo del paso, se agrupaban, oscuras y ordenadas, la última línea de batalla de las tropas del Príncipe Galier.

-Romped sus líneas, Capitán. Como una flecha. Una vez detrás de ellos, les rodearemos y cerraremos la pinza.
- Es arriesgado, milord.
- Dios proveerá, Capitán. Tenga fe.
"Es quizás lo que más tenemos en este momento" Pensó el joven guardabosques. A su alrededor, las tropas no eran tan oscuras ni tan amenazadoras como las que había al otro lado del valle. Estaban exhaustos, heridos, y en muchos casos habían perdido partes de sus armaduras en combates anteriores.
- ¿Donde estará usted, milord?- preguntó en Capitán de Rhoden.
- Justo detrás de ti, Capitán. Al frente del resto del ejército.
- Eso puede ser una imprudencia.
- Ya le he dicho que Dios proveerá, Capitán.

Los guardabosques cargaron como punta de lanza, y conforme se reducían las distancias con el ejército enemigo se descubrió su estrategia. Lo que Hurray esperaba que fuese una línea sólida de armaduras y escudos, se dividió en dos flancos dispuestos a atrapar a los Guardabosques.
- ¡No vaciléis!- gritó el Capitán- ¡Alineaos! ¡Línea de Batalla!
La punta de flecha formada por los Guardabosques se convirtió en una línea de batalla lo suficientemente amplia como para chocar directamente contra ambos frentes de las tropas del príncipe. Superados en número, en equipo y en organización, los Guardabosques sufrieron el envite más severo de toda la batalla por el paso de Rhoden. Las espadas bailaban al ritmo de una música que sólo el Demonio podía escuchar, y por doquier los hombres morían.

La oleada de Hurray llegó por adelantado al responder rápidamente a la estrategia enemiga, rompiendo entre las filas del Príncipe como las olas en un acantilado.
El más joven de los guardabosques lo vio avanzar entre el ejército enemigo. Una figura amenazadora, con una capa de pieles y una mascara de cuero negro. Hurray avanzó a su encuentro, y las armas de ambos generales silbaron en el viento. Golpe tras golpe, la lucha de titanes no parecía tener un claro vencedor. Un descuido, un hueco en la defensa, y el acero de Lord Hurray perforó el costado de la armadura de su adversario.

Las tropas de Rey aullaron de júbilo, pero las del Príncipe renovaron su ataque, furiosos por la pérdida de su general. El más joven de los guardabosques avanzó decidido y hundió su espada en el costado de uno de sus adversarios. De algún lugar salió un caballero Dragón, y algo frío se hundió entre las costillas del Lobo de Rhoden.
Cayó de rodillas, escupiendo sangre. Una neblina rojiza se apoderaba de su vista. Su espada resbaló de sus dedos sin fuerza.

Ajena a todas las muertes que se producían, la noche cayó sobre el paso de Rhoden.

...

La nieve logró cubrir los cadáveres, pero no los recuerdos. Lord Pitt Hurray dirigió su mirada hacia el paso de Rhoden, donde decenas de sus hombres habían perdido la vida por Kendoria y el Rey. Tosiendo levemente, el Capitán de los Guardabosques le sacó de su ensimismamiento.
- Lo conseguimos, milord. Las tropas del Príncipe se retiran. El paso de Rhoden es nuestro.
- No, Capitán. El paso de Rhoden sólo pertenece a ellos.
Señaló hacia el gigantesco cementerio del fondo del paso, y ambos permanecieron callados en un silencioso tributo a los muertos en la Batalla del Paso de Rhoden.

sábado, enero 14, 2006

TodosLosSantos

Hace ya dos años que voy junto a Landelón a Barcelona en Noviembre, lo que suele coincidir con el día de Todos los Santos. Eso implica que hace ya dos años que falto a la tradición de visitar el cementerio donde reposan los restos de mis abuelos.
-"Recuerdo a mi abuelo"- dijo Landelón, cuando se lo comenté- "Se sentaba todos los días en su sillón, nos daba chocolatinas y murmuraba cosas entre dientes que sólo mi abuela entendía. Sólo hablaba bien una vez al año, en Navidad, y siempre para decir alguna frase que quedaba flotando en el aire"
- ¿Cómo cuál?
- La felicidad no es un punto de llegada, sino una forma de caminar, o como Sólo el que sabe lo que es suficiente tendrá siempre lo suficiente.
- Ey, no está nada mal.
- Sí, pero cuando la anterior frase había sido "¿Alguien quiere más pollo?", la verdad, nos pillaba un poco desprevenidos.
- ¿Y luego?.
- Se murió. Pero eso no nos pilló desprevenidos. Ese año también habló, aunque no llegó a la Navidad.
-¿Cuando fue?-
- En mi cumpleaños. Me dijo "Felicidades".

lunes, enero 09, 2006

Van bien las cosas

La navidad ha terminado, y con ella Landelón regresó por mi casa, a traerme noticias del resto de mis amigos. Parece que las cosas no van tan mal sin mí, por ahí fuera.

Tenhime me echa de menos. Lo cual es normal, teniendo en cuenta que compartimos prácticamente todo el día cuando estamos juntos, y absolutamente nada cuando no lo estamos. Ella rellena mi espacio por la mañana centrándose en su trabajo, por la tarde visitando a sus amigos y familiares (o centrándose en su trabajo), y por la noche leyendo... o centrándose en su trabajo.
Landelón me comentó que le han vuelto los dolores de espalda. Su mirada no dejaba dudas acerca de la causa.

Yanroud está bien. No sabe qué hacer con Elisa. Él se muere por volver a verla, pero cuando la ve, procura no acercarse mucho a ella, para evitarse el dolor de separarse más tarde.

Elisa está bien. No sabe qué hacer con Yanroud. Quiere abrir su corazón para abrigarle, pero teme que la distancia duela más de lo que ella está dispuesta a soportar.

La chicas de la Falsa Nueva York también están bien. Algunas tienen un novio que las proteja. Otras no, pero se rodean de chicos que matarían por ellas para reforzar su seguridad. Y otras están aprendiendo a manejar un taco de billar de forma letal, para mantener al peligro lejos de ellas. Amenazando al peligro con sacarle un ojo si se acerca un paso más, por supuesto.

No sé que ha sido del resto de la gente. Ni siquiera sé que ha sido de mí. Esta Navidad ha pasado amarilla y fugaz, como el sol del verano de Kerrykeel. No sé donde ha ido a parar mi espíritu navideño. Creo que lo perdí junto con la responsabilidad. Y como no encuentro la esperanza, debo suponer que los tres han decidido tomarse sus propias vacaciones navideñas.

Landelón me dijo que no me preocupase. Que se me pasaría. "Síndrome de vuelta al trabajo", me dijo que se llamaba. O Depresión postnavideña.

O, sencillamente, que el hecho de que el año nuevo trae vida nueva es una farsa publicitaria. La vida nueva, a mi, me llegó el 22 de mayo del 2004. Y antes que esa, el 28 de septiembre del 2003. Y antes, otra más.

Ahora sé que puedo cambiar de vida cuando me apetezca. Porque, por ahí fuera, sin mí van bien las cosas.