miércoles, marzo 15, 2006

Nacer para leer

Alberto nació el día que terminó de leer su primer cuento. Era de apenas un párrafo de largo y se titulaba “El pato despistado”, que pertenecía a su libro de la escuela. Desde entonces, no dejó de leer.

Leía cada mañana un poquito, antes de ir al colegio. Normalmente, los consejos de preparación de los cereales que desayunaba, y algunos días (en los que se sentía afortunado) las instrucciones de algún recortable que viniese con sus galletas.

Las tardes enteras las pasaba leyendo. Hasta que pudo leer cuentos más largos, leía los ejercicios de su colegio. A veces encontraba folletos de propaganda y se deleitaba tratando de pronunciar, sílaba por sílaba, largas palabras que no había leído jamás.

Con trece años su madre, consciente de su pasión, le regaló un reloj despertador sin números, en el que la hora venía puesta en letras. Por supuesto, aquello fue un regalo mucho más acertado que la videoconsola que ansiaban el resto de los niños de su edad. Pero a él le hizo mucha más ilusión dejar de levantarse a las “07:45” para despertarse a las “siete horas cuarenta y cinco minutos”.

Cuando cumplió los dieciocho años, su madre había encontrado otro regalo perfecto, aunque él tuvo que deshacerse de su armario para que cupiese en su habitación. Era la estantería de una biblioteca, que aún conservaba las letras con las que había ordenado tantos libros a lo largo de su vida. Alberto la rellenó enseguida con todo aquello que había leído desde que nació: en los estantes competían por hacerse un hueco libros, novelas y cuentos, pero también cajas de cereales, folletos de propaganda, etiquetas de ropa, partes de atrás de botes de champú, pasquines revolucionarios, posters de conciertos, recortables de cajas de galletas y tickets de compra.

Cuando a los veinte años su madre le regaló una cámara de fotos, se despertó en él el deseo de conservar todo aquello que leía y que no le habían dejado traerse a casa. Sacó de su habitación la mesa de estudio y acomodó un baúl en el que a lo largo de los años almacenó decenas de álbumes de fotos con nombres de pueblos, graffitis callejeros, anuncios en pantallas gigantes y grabados en la parte interior de las puertas de retretes públicos.
A los veintidós era licenciado en Historia (una carrera que le brindó numerosas oportunidades para leer) y comenzó a salir con una joven a la que siempre encontraba en la biblioteca. Le juró fidelidad eterna la noche de pasión que la desnudó para leer los aforismos que ella tenía tatuados en la espalda.

A los treinta y tres era director de publicaciones de la universidad, y la comunidad científica lo consideraba una eminencia. No importaba de qué tratase la conversación: él había leído algo acerca de ese tema, y se mostraba siempre interesado en que le recomendasen nuevas lecturas.
El año que cumplió treinta y cinco años, su mujer dio a luz a su primer hijo, Alejandro. Aunque Alfonso había madurado en sus lecturas (la prensa matutina había reemplazado a las cajas de cereales hacía muchos años), la cantidad de libros y revistas disponibles para padres primerizos y desorientados lo situó ante un mundo de lecturas completamente ignoradas hasta entonces.

Un domingo de marzo se levantó de su cama más tarde de lo habitual (“Nueve horas treinta y dos minutos”, decía su despertador, sucesor moderno del que le regaló su madre). Bajó las escaleras hacia la cocina donde su mujer leía las instrucciones de la leche en polvo para su segundo hijo, y vio a su primogénito Alejandro sentado en su silla frente a un tazón de desayuno intacto.
Preocupado por la inapetencia de su hijo, se acercó a él para preguntarle si estaba bien, cuando las lágrimas inundaron sus ojos.
Poquito a poco, y siguiendo la frase con su dedito, Alejandro leía en voz bajita los consejos de preparación de los cereales que desayunaba.

1 comentario:

Cels dijo...

Me gusta leerte en silencio, no me gusta llamar la atención, pero creo que después de leerte tanto tengo que llegar a afirmar una cosa, te encanta cerrar el círculo de tus relatos y escritos; terminar como empezaste, con las mismas palabras o al menos la misma idea. Creo que este recurso estilístico incluso tiene un nombre, el cual olvidé hace mucho.

Darme cuenta de esto me ha hecho esbozar una sonrisa de complicidad ya que yo también hacía lo mismo cuando escribía.