martes, mayo 16, 2006

Gólem

Landelón se inclinó sobre la olla y repitió la receta de Mag como si fuese un conjuro.
"Sobre la base derretida añádanse dos porciones del material principal, para luego licuarlo y removerlo hasta que adopte la consistencia de material de construcción"
Lo hacía con tanto énfasis que me ví obligado a mirar el interior del puchero. Era una especie de fango marrón oscuro que despedía un olor dulce rápidamente reconocible.
-Esto es...
- Gólem, amigo mío. Una bruja me enseñó la receta, y yo te la transmito a tí.
- ¿A MI? ¡Pero si yo no quiero verme involucrado en nada relacionado con eso!
Tenhime entró corriendo en la cocina y miró el lodo marrón que ahora Landelón vertía sobre una ensaladera, porque no teníamos ningun molde más adecuado.
- Mmmh, gólem...- dijo, mientras hundía un dedo en la masa y se lo llevaba a la boca.
- ¡Ey! ¡Espera a que se enfríe!- protestó Landelón
- Pero...- comencé a decir.
- Me voy, amor, que me esperan en la Universidad- Tenhime me plantó un beso en la mejilla y se colgó su maletín del hombro.
- Pero...
- Ya estará frío para cuando vuelvas- le informó Landelón.
- Guardarme mi parte, ¿vale? ¡Chao!
- Pero...
Me dio otro beso y salió hacia el ascensor.
- ¡Pero! -salí tras ella al pasillo, protestando inútilmente.
El ruido de la puerta del ascensor cerrándose fue la única respuesta que obtuve.
- Anda, bobo- Landelón me cogió de los hombros y me arrastró de nuevo dentro del piso- Para una vez que te enseño algo que a ella le va a gustar...

domingo, mayo 07, 2006

Polvo

Si bien el funeral no era secreto, la ceremonia se había organizado con mucha discreción. No había que olvidar que al que hoy se despedía había sido acusado de traición y ejecutado por orden directa de la Duquesa Niowyn de Copomar, ahora Reina Regente de Kendoria.
Pocos eran los allí reunidos. El Conde de Atria, el Barón Brina, su tesorero y canciller en funciones Darine y su mujer, y unos pocos amigos cercanos y compañeros.
El abad Alessio de Mecia había oficiado una misa sencilla y sin más aspiraciónes que la de asegurar un puesto en el Cielo de aquél al que se le había cavado un puesto en la tierra.
Hoy se enterraba a Thobicus Larep.
"Polvo somos, y en polvo nos convertiremos"- finalizó el padre Alessio.
El tesorero del Barón, Albus Darine, se separó del círculo de personas que rodeaban el agujero en el que yacía el antiguo canciller del Barón. Echó un vistazo al ataúd que yacía en el fondo, y se volvió hacia los reunidos.
"Thobicus Larep ha sido siempre un gran apoyo y una enorme fuente de sensatez para los gobernantes de esta tierra. El Barón tuvo la fortuna de tener un hombre de su talla para ocuparse de todos los asuntos que hubiesen impedido a nuestro señor ocuparse de los problemas más acuciantes de sus tierras. Era un hombre de ley, y supo discernir entre lo que se debía y lo que no se debía hacer. Se ganó mi respeto, a pesar de que nunca lo necesitó para llevar a cabo todo lo que ha hecho para esta baronía.
Pero sobre todo, fue un hombre leal.
Fue leal al Barón, sí, pero también leal a aquellos que no son llamados "sir" o "lord". Fue llamado traidor por no querer sacrificar más vidas a una causa que bien podía estar ya perdida. Fue leal al pueblo, más de lo que se puede ser leal a un señor. Por que el séñor al que se sirve puede cambiar. Pero el pueblo al que se es leal es eterno. Thobicus Larep lo sabía. Y murió por ello.
Ahora la causa que el creía perdida puede tener una chispa de esperanza. Pero sin embargo, cada vez nos faltan más hombres en los que esa chispa pueda prender. Hombres como Thobicus Larep."
Darine se volvió a asomar al borde de la tumba de antiguo canciller.
"Adiós, amigo".
Todos pasaron tras él a despedir a la que durante años fue la mano derecha del Barón, el hombre que en nombre de Lord Brina hizo tanto por la Baronía de Mecia. Y ahora descansaría en el cementerio de Mecia, en los restos de la ciudad que tanto amó y donde él deseaba ser enterrado. Cuando todos hubieron pasado ante su ataúd, el padre Alessio dio una última bendición, y pronto allí sólo quedó en enterrador y su trabajo.
Albus Darine se apresuró hasta sus aposentos, dejando a su mujer Irineia, el deber de disculparle ante el resto de reunidos, y se encerró en la habitación que le habían reservado.
Y allí, solo, rompió a llorar de ira.