miércoles, julio 19, 2006

El camino a casa

Sentaba en la misma mesa, en la misma cafetería, todos los días.

Y yo la observaba desde mi silla, atrincherado tras mi taza. ¿Tendría ya cuarenta años? ¿Le habría arrebatado ya el llanto toda la juventud? ¿Seguiría llorando cada noche, tirada semidesnuda en el sofá de su piso, mientras la absenta, el ron o el vodka trataban de cerrarle las heridas del corazón, aunque fuese con fuego?

Cuando el café de ella dejó de humear, ella se levantó, y se dirigió hacia la salida de la cafetería. Su mesa fue inmediatamente ocupada por una joven pareja enamorada. Salí detrás de ella, aunque ya sabía adónde iba. Ya sabía dónde acabaría.

Ella caminaba muy por delante de mí. Al pasar al lado de una parada de autobús, alcancé a oír un trozo de la conversación que mantenían dos jóvenes, sentados en el banco de la marquesina, mientras esperaban al autobús.
- ¿Qué tal con Elisa?- pregunta uno de ellos.
- Bien- gruñe el otro.
- Tan mal, ¿eh?

El resto de sus palabras se perdieron en la distancia conforme yo pasaba de largo la parada. La mujer había cruzado ya la calle y doblado la esquina que siempre doblaba. Yo seguí recto. No iba a acompañarla a casa.

Un coche de la policía con las luces intermitentes puestas pasó frente a mí a toda velocidad, rompiendo la tranquilidad de la noche al conectar la alarma. Quizás alguien se había sorprendido a sí mismo en su propia casa. O, asustado por la Muerte, alguien haya saltado desde la ventana a Sus brazos.

Conforme desciendo la calle, una vieja bruja, con la cara arrugada y una verruga en la nariz, camina en mi dirección, seguida por un gigantón con cara de pocas luces y mirada distraída. A una prudente distancia de ello, dos bedeles del Hospital Psiquiátrico los escoltan y vigilan. A éstos últimos les saludo al pasar. Los conocí cuando fui a visitar a un ex-detective de la policía que, según dicen, enloqueció y asesinó a su compañero en un bosque, aunque él no para de balbucir algo de un Gran Gusano.

Llego a mi portal. Frente a él, de pie, hay un hombre de pie con un ramo de rosas en la mano. Lleva ahí todo el día, y las flores están empezando a marchitarse. Cuando me ve, en sus ojos puedo leer que reconoce mi rostro. Pero no nos conocemos, así que no intercambiamos saludo alguno. Da igual, porque mañana volverá a estar ahí con un nuevo ramo de rosas, y nos cruzaremos las miradas de nuevo.

Por las escaleras me cruzo con mi vecina de abajo, Leyre. Durante nuestra conversación de cortesía, me cuenta que su marido se ha ido a Estrasburgo, para algo muy urgente en relación con el Parlamento Europeo. Santiago es periodista, y suele viajar por Europa cuando a las así llamadas “fuerzas políticas” les da por trabajar en exteriores.

De todas maneras, me gusta mi vida, pienso mientras subo a pie el último tramo de escaleras que me separa del piso en el que he asentado mi hogar. Qué más da lo demás. La riqueza, la fama y el que medio mundo conozca mi nombre y mi obra no son más que añadidos a la suerte que tengo de compartir mi vida con esos personajes que me rodean y a los que conozco tanto o tan poco como quiera.
Cuando abro la puerta, allí, revoloteando, me está esperando el último dragón.

6 comentarios:

cels dijo...

me encanta esa afición de mirar a una persona y novelar la vida que te imaginas sobre él... teatralizar la vida mundana y realzar lo que se ve desde fuera como se hacen en las películas y en las novelas; aunque a veces, la realidad, es más interesante viéndola desde dentro que desde un objetivo o una pluma.

Eso es justo lo que he pensado al leerte.

Pd: sigue escribiendo en vacaciones; te salien buenos textos. Saludos a Tenhime y Landerón de mi parte ;)

Duff dijo...

Solo se me ocurre recomendarte, si no lo has visto ya, "El vuelo de los dragones", en dibujos.

Un saludo

Dídac dijo...

Asiduos lectores de mi obra ya se habrán dado cuenta de que el post hace referencia a la mayoría de los relatos cortos que he escrito en los últimos siete años.

Y entonces es cuando yo me doy cuenta de que "Asiduos lectores de mi obra" no son más que mi madre y mi novia, y ninguna de las dos lee mi blog...

Duff dijo...

Quizá en ellos dejas parte de tus experiencias y ellas no necesitan leerlo porque las viven a diario.

Dídac dijo...

Más que eso, es que mi madre no suele usar internet, y mi novia suele leer mi blog mientras lo escribo...

Letichan dijo...

Es curioso Diego. Verás: algo sabrás acerca de que, desde el año pasado... No, espera, incluso el anterior, mi forma de vida y mis hábitos sufrieron un revés de esos que lo cambian todo. Durante mucho tiempo, fui recuperando costumbres, reconstruyendo aspectos, que había perdido y que antes formaban parte de mi personalidad igual que el agua forma parte del organismo. Es decir: tenía muchas tareas pendientes, conmigo y con el mundo que me rodeaba. Una de esas tareas consistía en leer todos los relatos que has tenido la amabilidad de enviarme en los últimos tiempos.
Y fue justo ayer, después de imprimirlos porque me fatiga mucho mantener la vista fija en la pantalla del ordenador. Los leí todos, del tirón. Había pensado enviarte hoy un email contándote qué me habían parecido y lo reconfortante que me había resultado hacerlo, así que me parece una graciosa coincidencia que, nada más entrar en tu blog, haya vuelto a encontrarme con los mismos personajes de ayer: la mujer enferma de melaconlía y nostalgia por la ausencia del ser amado, a los dos chicos que esperan al autobús de la línea 1...
Te lo he dicho mil veces, pero te lo repetiré la 1001 si hace falta: continúa, porque tienes talento, y lo que es más importante, pasión y tenacidad. Una parte muy importante de la escritura es el trabajo, el tiempo que invertimos en esta tarea, y creo que tú eres alguien muy trabajador. Llegarás lejos.