jueves, septiembre 28, 2006

Cenizas en el patio interior

La punta de mi cigarro se ilumina levemente cuando le doy la primera calada, y siento como el mono sale de mi cuerpo a la vez que el humo entra en él. Observo como un copo de ceniza nieva lentamente hacia el patio interior, veinte metros más abajo, y detengo mi mirada en el tercer piso, donde a través de la ventana puedo ver como mi vecino termina de darle los últimos golpes de la paliza a su mujer.

Desde que el predictor dio positivo, mi mujer no me deja fumar dentro del piso, así que cada vez que quiero encenderme el vicio, me tengo que asomar a la ventana de la cocina. A pesar de tener que soportar que se me congelen las cejas cada vez que quiero un cigarrillo, estaba empezando a acostumbrarme al hábito de fumar mirando al patio interior, a través del cual suelo ser testigo de las peleas de la pareja del tercero.

Le doy otra calada al cigarro, y miro despreocupado a la ventana del tercero. El hombre ya ha parado de pegarle, y ella trata de levantarse, dolorida, apoyándose en la mesa. Creo que está llorando, pero lleva el pelo tan revuelto de los agarrones de su marido que apenas puedo verle la cara desde mi alféizar. Sí, me parece estar escuchando sus sollozos, así que puede que esté llorando.

A él no alcanzo a verlo, pero sí a oírlo. Oiría sus gritos aunque cerrase la ventana. ¿Qué le reprochará esta vez? Tal vez la tortilla de patata estaba fría cuando llegó del trabajo, o a ella se le olvidó comprarle el Marca. Cada vez una cosa distinta, cada vez una causa distinta.

Él se ha callado ahora, por fin un poco de tranquilidad. Una calada más al cigarro, y la ceniza vuelve a nevar en el patio. Ella se está incorporando poco a poco, incluso ha conseguido sentarse en una de las sillas de la cocina. Buff, esta vez ha debido de darle duro. Le cuesta moverse, tal vez le ha roto alguna costilla y Dios sabe qué más. Pocos detalles se pueden ver desde aquí.

Parece ser que está sola en la cocina. Apoya los codos sobre la mesa y echándose las manos a la cara rompe a llorar. No se le oye apenas, pero su imagen es un retrato entre sollozos. Tiene los nudillos rojos, eso se ve incluso desde aquí, y cuando aparta un mechón de cabello con la mano puedo ver que tiene un ojo morado y el pómulo magullado.

Sí que ha debido de ser fuerte. Ella sigue llorando desconsolada, y él no aparece por ningún lado. Me pregunto cuál fue la causa de la primera paliza y cómo cogió él el hábito de apalearla regularmente. Al fin y al cabo, esto debió empezar alguna vez, ¿no?, de la misma manera que yo empecé a fumar en el patio interior. No creo que le lleve dando palizas desde que eran novios. Bueno, puede que sí, pero yo jamás me casaría con alguien que tiene por costumbre agarrarme de la melena para golpearme contra la mesa de la cocina.

Ya voy por la mitad del cigarrillo, y la verdad, me está sabiendo a poco. Ella sigue llorando, y por fin él aparece a través de la ventana. La abraza y le susurra algo, no entiendo muy bien el qué. Supongo que le estará pidiendo disculpas. O diciéndole que lo hizo porque la quería. Al menos eso pone en los periódicos, que los que abusan de sus mujeres lo hacen por amor. Aunque a lo mejor es mentira. También dijeron en los periódicos que el Titanic no se hundiría, y ahí está. A lo mejor me están tomando el pelo.

Ella parece estar contestándole. Sí, sus labios se mueven, pero no alcanzo a oírla. Mecagüenlaleche, esto es como ver una peli para sordos pero sin subtitular. La verdad, a él no parece gustarle nada lo que está oyendo. Está poniendo la misma cara que pone en el bar de la esquina cuando está perdiendo el Atleti, y no es precisamente una mueca agradable ni graciosa.

Parece que él se ha cansado de escuchar. Le acaba de pegar una bofetada que la ha dejado tendida sobre la mesa, inerte. Ahora la agarra de los pelos mientras le vocifera algo más, y le empuja la cabeza contra la tabla. No sé qué le dijo ella pero no le ha hecho nada de gracia.

Por un momento me parece que uno de los dos va a coger un cuchillo y va a apuñalar al otro, pero la posibilidad se disipa cuando él desaparece de la escena y ella vuelve a quedarse sola. Se enciende una luz en la habitación contigua, y me llega el resplandor parpadeante y plateado de una televisión. Acaba de dar por zanjada la discusión.

Ella sigue llorando maltrecha y derrumbada sobre la mesa como una muñeca rota que una niña desechó en un ataque de mal genio. Estaba tan absorto con la situación que el final del cigarro se ha consumido por su cuenta y me he quedado sin las últimas caladas. Amargado porque se me ha estropeado mi último ratito de fumar, lanzo la colilla con desprecio apuntando a las macetas de la vieja del segundo.

Cuando vuelvo a mirar al piso, ella está abriendo un cajón. Extrae un enorme cuchillo de cocina de él y se aleja de la ventana. Durante unos instantes no pasa nada. Luego ella reaparece en escena con un paquete de la carnicería en la mano, y se pone a trocear los filetes con alarmante tranquilidad.

Un escalofrío le recorre la espalda. Ya ha terminado todo. Por hoy. Sigue cortando la carne.

Miro hacia abajo, no puedo decir si mi colilla ha caído dentro de la maceta o no. Cuando resoplo de frío mi aliento forma vaho que se deshace en el aire. Ella sigue cortando los filetes. Veo en su codo otra magulladura. Creo que incluso está sangrando. Otro escalofrío le recorre el cuerpo entero, pero ella sigue cortando la carne.

Creo que la oigo sollozar, pero está de espaldas a mí y no puedo verla bien. Dejo de apoyarme en el alféizar y me meto en el piso. Ella sigue ahí.

Cierro la ventana, dejando que el viento se lleve las cenizas del patio interior.

(Didac Lakofpauer, 2003)

martes, septiembre 26, 2006

Quiero ser echicero

Sí. Así como suena. Quiero ser echicero. Sin H.

Quiero ser octavo hijo, estudiar en la Universidad Invisible, y, como corresponde, ser completamente inútil.

Porque como dijo el Sr. Ponder Stibbons, al que respeto con todo mi corazón, ser mago consiste en no usar la magia. Eso hace que muchos de nosotros descubramos, en nuestro interior, que siempre hemos sido octavos hijos, y por lo tanto, magos de nacimiento.

Por eso, quiero reivindicar mi derecho a vestir una túnica larga cubierta de sígnos místicos y Runas Recientes. Como la túnica se asemeja demasiado a un vestido elegido con mal gusto, también quiero llevar un sombrero puntiagudo cubierto de estrellas, en el que esté la palabra ECHICERO bordada en lentejuelas. Quiero poder pensar que soy la persona más sabia del planeta, y el derecho a actuar como si lo fuese. Quiero tres comidas abundantes al día en el comedor de la Universidad, y disfrutar del placer de poder lanzar réplicas sarcásticas por doquier como si de bolas de fuego se trataran.

Y hasta que no tenga en mi haber todos esos derechos, me limitaré a escribir a la sombra de mi maestro.

sábado, septiembre 23, 2006

Quedan los solos

"Dicen que la distancia es el olvido. Están equivocados. La distancia es el recuerdo."

Fátima se habia vuelto a marchar, y como siempre que se va, Landelón no sabía si la volvería a ver.
Resulta curioso ver como alguien que se va sin despedirse y llega sin avisar es capaz de derramar una única lágrima por el amor de su vida. Fátima, al fin y al cabo, es la única mujer en el mundo que ha osado intentar casarse con el Viajero.

De todas formas, Landelón habla muy poco de Fátima. Yo sólo sé que estuvieron juntos una temporada. Fátima trató de poner una alianza en el dedo del Viajero, y al fracasar, decidió matarle. De momento, no ha avanzado en ninguna de las dos cosas.

Pero a Landelón se le ven las marcas de Fátima en el alma. Siempre tiene un brillo triste en los ojos cuando hablamos de ella. Siempre hay una fondo de amargura cuando hablamos de Tenhime, y de cómo construimos nuestro futuro juntos. Y siempre que hay un piano libre, las canciones de Landelón no suelen ser alegres. Son arrebatos de nostalgia, frías notas que hablan de amantes que no pueden tocarse, de voces que se oyen en la distancia y de corazones vaciados por el dolor.

Landelón recuerda a Fátima ahora mucho más que cuando viajaban juntos, ya que entonces él no necesitaba recordar constantemente lo mucho que la ama. Quizás algún día ella le reclame todos los años de soledad a los que Landelón la castigó. Quizás algún día, por la esperanza de un final feliz, yo convenza al Viajero para que deje de serlo. Hasta entonces, queda la espera, y con ella la esperanza. Quedan las cervezas con los amigos, quedan los libros y una televisión para adormecer los sentidos, y matar el dolor. Queda la poesía, quedan los relatos, queda el arte que se alimenta del recuerdo.

Quedan los solos de piano.

lunes, septiembre 11, 2006

Kenson Gakka

"Kenson Gakka" significa Lección de Humildad.

Desde que la aprendí, empleo esta expresión cuando alguien, confiado de sus habilidades, da por supuesto que sus acciones automáticamente dan como resultado un éxito completo, cuando en realidad ha dado lugar a un acto mediocre y en muchas ocasiones, manifiestamente mejorable.

Kenson Gakka en este caso para mí mismo. Últimamente he escrito cosas de las que creía con una cierta calidad, confiado en mis últimos progresos. Kenson Gakka, repito, porque mi prosa sigue siendo manifiestamente mejorable, aunque me haya negado a reconocerlo. Por lo tanto, asiduos lectores, presento aqui mis disculpas. El orgullo es traicionero y se esconde en rincones oscuros para atacar cuando uno está desprevenido.

Gracias por estar siempre atentos a mis fallos, para que yo, con un espíritu renovado y humilde, pueda seguir puliendo mi único arte.
Espero que mis siguientes obras tengan la calidad a la que os tengo acostumbrados, sea cual sea.

viernes, septiembre 08, 2006

Una canción de soledad

Landelón tocaba el piano en el hall del hotel, mientras el pianista y yo nos tomábamos nuestras bebidas favoritas sentados en la mesa más cercana desde el escenario. Él, whisky con hielos, desde que su mujer murió. Yo, una cerveza sin con limón, desde que Tenhime me prohibió el alcohol.


- La solitudine trionfa- murmuré, mirando los dedos de Landelón bailar sobre el teclado.

- ¿Cómo? – dijo el hombre del piano, a mi lado.

- Es el último verso de un poema. Una amiga me lo recitó hace poco, y tiene razón. La soledad triunfa.

El hombre del piano da otro sorbo a su whisky. Sabe de lo que estoy hablando. Sin embargo, como es mi costumbre, digo algo que todos los de la conversación ya saben.

- Triunfa por encima de la alegría. Por encima de la felicidad. La soledad lo inunda todo, todo lo pinta de ese gris a tonos que te hace empequeñecer.

- Triunfa por encima de la risa. Triunfa por encima de la vida.- añade el pianista.

Landelón, ajeno a todo, sigue con su melodía.

- Da igual lo que tuvieses con ella. Si ella no está, no te queda nada.

- Sólo el recuerdo. El recuerdo pintado de gris soledad. Al fondo brilla la esperanza que no se ha de perder, pero la luz te llega a través del velo de la soledad. Y a este lado, sólo queda vacío y lágrimas.

- Quieres morir, quieres desaparecer, meterte en un agujero oscuro y esperar a que todo pase, a que la existencia cese, a que el dolor acabe. Más allá de la vida, espera el olvido. Quizás la solución esté en esperar.

El hombre del piano deja el vaso vacío sobre la mesa, y se levanta de su silla.

- Hay demasiado que el tiempo no cura.

Avanza hacia el piano, mientras Landelón termina su pieza. El Viajero le deja su sitio al Hombre del Piano, que ocupa el lugar para el que nació, y comienza a tocar una canción.

Una canción de soledad.