miércoles, octubre 18, 2006

El relato más corto del mundo II

Acto III: Revelación.

Y cuando al llegar del entierro cerró la puerta de casa, se dió cuenta de que no volvería a verla, y rompió a llorar.

martes, octubre 17, 2006

Rafael Reig

(Cortesía de Ricardo Pita)

«Al fin y al cabo, la literatura no es más que un tipo que está en su casa y se pone a escribir en pijama. Este individuo obstinado escribe y escribe, sin parar, hasta que consigue terminar un libro. Después otro sujeto lo imprime, otro lo distribuye y, al final del recorrido, siempre aparece otro, también en su casa, que se pone a leer sin zapatos, con los pies encima de la mesa. Este es el fenómeno literario. Pare usted de contar. Tipos cansados, con ojeras, que escriben en pijama. Mujeres adormiladas en un vagón de tren. Hombres que se descalzan para leer más cómodos. Niños absortos en un rincón del patio durante todo el recreo».

No empezaré como en leer o ser leído. No me voy a meter en si lo que escribo es literatura, si lo que leo es literatura, si lo que se vende y se lee es literatura. No me meteré en quién es Rafael Reig, y en quién lo ha leído y quién no. Pero admitamos que tiene razón. Literatura es algo escrito por alguien que lo hizo mejor que otros. La literatura tiene Poder, crea Adicción, así, en mayúsculas. Un escrito, no.

Y, si sirve de algo, diré que yo escribo en pijama. Al menos, alguna vez lo he hecho.


domingo, octubre 15, 2006

Alegoría a la naturaleza

Con una risita, mi compañero me hace señas para que me acerque al matorral. Permaneciendo agachado, me agazapo tras las ramas y espío lo que más allá de mi escondite sucede.

Una ninfa solitaria se baña desnuda en el lago. Su dulce cantar es lo que nos ha atraído hasta ella. Vemos como el agua acaricia su cuerpo y deseamos, por un momento, ser líquidos y fluir sobre su piel como el lago hace.

Mi compañero me da un codazo, y con una sonrisa pícara, me señala más allá de la orilla del lago. Desde el bosque emerge una dríade, sus pies pequeños pisando la alfombra de hojas y barro hasta la orilla del lago. Las ramas de los árboles rozan su piel como dedos largos y delicados.

La nereida deja escapar una risita cuando ve la pequeña figura de la dríade avanzar cautelosa hacia el agua, y camina hacia la orilla. Cuando sale del agua, su pelo similar a las algas del lago cae sobre sus hombros y oculta parte de sus pechos. Deseo ser su pelo, y pegarme a sus curvas como si un alga fuera. Mi compañero deja escapar una risita llena de picardía, y me veo obligado a taparle la boca con la mano para que no nos delate.

La ninfa, alta y hermosa, camina al encuentro de la pequeña y bella dríade. La cuesta hacia el lago compensa la diferencia de altura entre ambas, permitiendo que la dríade mire a la ninfa a los ojos sin tener que levantar la vista. Tras ver cada una el deseo en los ojos de la otra, ninfa y dríade se funden en un tórrido beso. Sus cuerpos se entrelazan, piel azul sobre corteza verde, agua y tierra, la naturaleza satisfaciéndose a sí misma.
Las manos de la ninfa recorren la suave corteza de la dríade como las olas del mar acarician la arena. Los hábiles dedos de la dríade buscan en los oscuros y húmedos recovecos de la nereida.

Permanezco agazapado en mi escondite, con la mano tapando aún la boca de mi compañero. Tras los matorrales, día tras día, observamos el amor de la tierra y el agua. Porque es deber de los sátiros escondernos y observar que ningún enfado haya entre agua y tierra, pues de su amor tenemos que alimentarnos.

miércoles, octubre 11, 2006

Toreador II

¿Cómo puedo fingir que no puedo ver, lo que sin cuidado ocultas? En tus ojos se revela la verdad que me niego a reconocer. No podemos estar juntos, no por siempre. Eso sólo traería dolor.

Dolor, sea propio o ajeno. Qué más da. Como si mi corazón fuera un espejo, reflejo el dolor de mi alrededor desde mi interior. No me gusta, no me gusta. Pero lo hago. Por eso no quiero traer dolor.

Me criaron para vivir amando, y desde que tengo uso de razón no he parado de amar. Amo los amaneceres, por ser belleza. Amo la belleza, por tener tantas formas. Amo la sonrisa, y la risa si de humor va precedida. Amo la suavidad, amo el fluir de las aguas, y la forma en que la tela roza tu cuerpo cuando te mueves.

Amo las formas del mundo, porque son morfina para el alma. En los ojos de una madre orgullosa, en los labios de una mujer enamorada. En la forma en que te abraza, y te miente. No todo va a salir bien.

Pero por estas cosas, estas chispas de color en el gris de la vida, merece la pena vivir. Y más, si algunos de nosotros, tenemos la opción de repetirlas noche tras noche.

Yo vivo por vivir la vida que no es vida, porque no acaba.