domingo, octubre 15, 2006

Alegoría a la naturaleza

Con una risita, mi compañero me hace señas para que me acerque al matorral. Permaneciendo agachado, me agazapo tras las ramas y espío lo que más allá de mi escondite sucede.

Una ninfa solitaria se baña desnuda en el lago. Su dulce cantar es lo que nos ha atraído hasta ella. Vemos como el agua acaricia su cuerpo y deseamos, por un momento, ser líquidos y fluir sobre su piel como el lago hace.

Mi compañero me da un codazo, y con una sonrisa pícara, me señala más allá de la orilla del lago. Desde el bosque emerge una dríade, sus pies pequeños pisando la alfombra de hojas y barro hasta la orilla del lago. Las ramas de los árboles rozan su piel como dedos largos y delicados.

La nereida deja escapar una risita cuando ve la pequeña figura de la dríade avanzar cautelosa hacia el agua, y camina hacia la orilla. Cuando sale del agua, su pelo similar a las algas del lago cae sobre sus hombros y oculta parte de sus pechos. Deseo ser su pelo, y pegarme a sus curvas como si un alga fuera. Mi compañero deja escapar una risita llena de picardía, y me veo obligado a taparle la boca con la mano para que no nos delate.

La ninfa, alta y hermosa, camina al encuentro de la pequeña y bella dríade. La cuesta hacia el lago compensa la diferencia de altura entre ambas, permitiendo que la dríade mire a la ninfa a los ojos sin tener que levantar la vista. Tras ver cada una el deseo en los ojos de la otra, ninfa y dríade se funden en un tórrido beso. Sus cuerpos se entrelazan, piel azul sobre corteza verde, agua y tierra, la naturaleza satisfaciéndose a sí misma.
Las manos de la ninfa recorren la suave corteza de la dríade como las olas del mar acarician la arena. Los hábiles dedos de la dríade buscan en los oscuros y húmedos recovecos de la nereida.

Permanezco agazapado en mi escondite, con la mano tapando aún la boca de mi compañero. Tras los matorrales, día tras día, observamos el amor de la tierra y el agua. Porque es deber de los sátiros escondernos y observar que ningún enfado haya entre agua y tierra, pues de su amor tenemos que alimentarnos.

No hay comentarios: