miércoles, febrero 28, 2007

Siempre hay alguien limpiando en Hong Kong

Él era la piedra que en todas las cascadas cinematográficas se eleva sobre el agua para darle al protagonista la oportunidad de escapar de la corriente que le arrastra hacia su final.

En una de las ciudades con mayor flujo constante de personas, él permanecía quieto. Estaba casi todo el día ahí, de pie, en medio de la parada de metro que no ofrecía asiento alguno para los transeúntes que apenas tendrían que esperar tres minutos antes de coger el siguiente tren. Él se detenía donde los demás se apresuraban. Aguardaba su oportunidad en un sitio donde debías salir a buscarla. Siempre hay alguien limpiando en Hong Kong, pero él no era una mancha. Donde los demás eran masa, él era individuo.

A su lado pasaban hombres y mujeres de traje y maletín, colgados de su teléfono móvil y de sus enormes responsabilidades, y jóvenes colegialas de faldas y camisa y pañuelo alrededor del cuello, cuyo móviles contenían todo lo opuesto a la responsabilidad. Veía pasar viajeros con sombreros de ala ancha y pañuelos amarillos en el cuello y turistas despistados que buscan letreros en inglés. Le ignoraban jóvenes de rostro indiferente que fingen serlo, ancianas con bolsas de plástico que huelen a vegetales y pescado fresco, y hombres entrados en años y carnes por igual, que llevan la camisa manchada de salsa. Las madres arrastran de la mano a sus retoños que le miran extrañados, hasta que él les saca la lengua, y los niños rehúyen entonces su rostro. Los monjes que se le acercan en busca de limosna se alejan de él con apenas una moneda más.

Los únicos que le hacen caso son las incansables hormigas que son los de mantenimiento, que le piden que por favor se haga a un lado mientras ellos borran todas las pintadas que hay en la pared en la que se apoya, incluyendo una declaración de amor, un insulto vengativo y una cita de un libro no muy famoso.

Él se entretiene la mayor parte del día imaginando qué vidas viven los demás, encerrados en sus círculos de rutina, siguiendo el curso del flujo de personas que posee Hong Kong como si la estación fuera un gigantesco corazón que envía, cada segundo, a docenas de personas a través de las venas de transporte público de la ciudad.

Allí permanece, hora tras hora, esperando su momento. Esos escasos doce segundos que transcurren cuando sale un tren semivacío que no deja a nadie esperando en el andén, mientras los de mantenimiento se han marchado a limpiar los pasillos del centro comercial que se eleva sobre la estación de metro y los monjes shintoístas se han vuelto al monasterio, esos doce segundos en los que él está completamente solo en una ciudad donde seis mil personas conviven en el mismo kilómetro cuadrado.

En esos doce segundos, él saca el rotulador que lleva en el bolsillo trasero de su pantalón, y con una caligrafía rápida pero legible, escribe en la pared en la que se ha estado apoyando todas estas horas. Siempre escribe la frase de un libro que leyó hace mucho tiempo. No era famoso. Pero le gustó tanto que decidió rendirle homenaje.


Sabe que alguien habrá leído esa frase. Alguna colegiala que descansa la mirada en la pared mientras habla por el móvil. Algún joven que, fingiendo indiferencia, mire las pintadas de la pared para que se vea lo indiferente que es. Un ejecutivo, mientras se apoya en la pared a descansar su corazón obstruido por el colesterol y la responsabilidad. Una madre, mientras le ajusta el abrigo a su hijo. En algún momento, una mirada caerá por casualidad sobre su frase.


Si ningún ejecutivo, madre o joven tropieza con esa frase que tanto adora, siempre están los de mantenimiento. Siempre hay alguien limpiando en Hong Kong, y aunque sea antes de borrarla, alguno de esos hombres vestidos de amarillo y azul habrá leído lo que él escribe todos los días en la misma estación del metro.


"En la ribera de Dwat, los sueños recogen rosas con las manos desnudas, y lo demás no va a importar”, escribe. Luego se mete el rotulador de nuevo en el bolsillo, y coge el siguiente tren.


Debe descansar para estar allí el día siguiente, porque no importa cuantas veces escriba esa frase. Siempre hay alguien limpiando en Hong Kong.

1 comentario:

Yo dijo...

Me ha encantado este cuento. Fantástico. Y como está bajo licencia de la Creative Commons, se puede difundir nada mas que diciendo de quien es. Debe ser un crack el tal Tarrafeta. ;)