domingo, diciembre 23, 2007

El relato más corto del mundo (VIII)

La encontraron al tercer día, en un claro del bosque, abrazada a un árbol caído. Cuando le preguntaron por qué, sólo respondió que le estaba llamando.

jueves, diciembre 20, 2007

Catedrales de Cristal

Siempre que hablo de planes futuros y proyectos, empleo la misma metáfora: la catedral de cristal. Supongo que se debe al hecho de que es hermosa, frágil e irrealizable. Por eso en cuanto la ví, supe que esa catedral eran mis propios sueños.

Medía apenas un metro de alto, y se encontraba en el centro de una genuina catedral. La luz atravesaba las vidrieras y caía sobre ella, reflejándose, atravesando y bañándo la pequeña figura de vidrio. Me producía un extraño placer detenerme a contemplarla, como si el hecho de ver materializada mi metáfora me hiciese creer que mis sueños podían hacerse realidad.

Pasos ajenos retumban en la auténtica catedral, con esa acústica maravillosa que posee tan solemne construcción. Es la hija pequeña del Rey de Badar. Se acerca sonriendo a mí y al pedestal en que descansa la maqueta de vidrio, con pasos de zancada larga y oscilante, con las manos detrás, como fingiendo inocencia.

Y cuando está al lado de la catedral de cristal, saca una gigantesca maza dorada de su espalda y aplasta mis sueños delante de mis ojos.

Me incorporo tan violentamente que me doy un cabezazo contra algo.
- ¡Auch! - dice una voz femenina.
- Auch- dice la voz de Landelón, irónicamente, un poco más lejos.
- Ow- digo yo, llevándome la mano a la frente. Al abrir los ojos, veo a la enfermera de nombre largo y difícil de recordar en una postura simétrica a la mía. He debido de quedarme dormido en el sofá de la sala de espera, y la pesadilla no ha mejorado mi situación- Lo siento. No ha sido un buen despertar.
Mi voz está ronca y la garganta me sabe a eso que te sabe todo por las mañanas hasta que desayunas. No me siento persona. Necesito una ducha, un afeitado y un corte de pelo, pero antes de todo eso necesito ver a la Reina, y a la hija pequeña del Rey de Badar.
- Ayyyy...- se queja la enfermera- Quería... bueno, que ya podéis pasar.
Landelón me sonríe como diciéndome "patoso". Me hace señas para que me levante y le siga, y yo prácticamente me arrastro hasta él. Me cuesta mover mi cuerpo. Estúpidas pesadillas.

Yanroud nos está esperando en la puerta de la habitación. Odio los hospitales, y odio este momento más que ninguno de todos los que se pueden tener dentro de este maldito edificio. Entramos en la habitación.
La Reina está tendida en la cama, conectada a más cosas de las que alguien consideraría saludable. Está pálida y demacrada, y el hecho de que el corpulento y robusto Rey se encuentre a su lado inclinado sobre ella no le hace parecer mucho mejor. No hay rastro de la Princesa, pero la hija pequeña se lanza a mí en cuanto me ve llegar. Se envuelve en mis brazos y hunde su rostro en mi pecho. No pasa mucho antes de que lo note húmedo.
Landelón se arrodilla al lado del Rey, quien le dirige una mirada afirmativa, y le coge una mano blanca y fláccida a la Reina.

Un hilillo de voz brota de sus labios. Landelón acerca su rostro para poder oírlo, y asiente con la cabeza varias veces.
- Ya está. Hemos llegado, mi Reina.
- Entonces- dice, más alto- ya me puedo ir.
Es sólo un momento el que espero que todas las máquinas comienzen a pitar y a lanzar alarmas. La frase había sido tan dramática que aquella parecía la única conclusión lógica de la escena. Hasta que el Viajero habló de nuevo.
- Que podáis no significa que tengáis que hacerlo.
Entonces, los labios de la Reina se curvan, en una frágil sonrisa de ternura.
- ¿Por qué no dejas de hacer de tu vida un cuento de hadas, Ert?- dice.
- Ya os contesté la primera vez que me lo preguntásteis, milady.
- Por eso... sabes... - la voz de la Reina es más entrecortada- que éste es el final de mi... cuento, Viajero.
- Marina...- murmura el Rey, temeroso de terminar la frase. La Reina gira su cabeza hacia él. Su mirada casi perdida, su rostro pálido y delgado, sus rasgos carentes de toda la luz que solían tener, en nada parecen los suyos, y sin embargo sé que es ella la que agoniza en esa cama.
- Al final... al final, mi Rey... he... marcado... la diferencia.

Y es entonces cuando empieza el alboroto de pitidos, alarmas y lágrimas.

miércoles, diciembre 19, 2007

Largo y con sólo una vocal

- Y entonces, ¡el Gigante lo cogió y lo arrojó hasta el otro lado del acantilado!
Los niños escuchan con la boca abierta a un gesticulante Viajero, quien les cuenta la historia de Germán el Gigante repleta de coletillas, voces falsas y gestos exagerados. Hago la anotación mental de pedirle más tarde que me la vuelva a contar, para que pueda escribirla.

- ¿Lo hace mucho?- pregunta una voz suave a mi espalda. Parte de mí espera que sea la hija pequeña del Rey, pero la otra mitad dice que ésa no es su voz. En efecto, al girarme hay una joven, muy bonita, que mira al Viajero con una mezcla de curiosidad y cariño maternal. En una plaquita sobre su pecho izquierdo pone su nombre, pero es muy largo y con cuatro vocales idénticas, así que no consigo memorizarlo de un vistazo. Peor para ella.
- ¿Contar cuentos? Sí. Le encanta. Supongo que piensa que es la única manera de que alguien le crea cuando habla.
- No, decía... los niños...- parece no saber cómo decírmelo.
- Oh. Bueno. Siempre dice que el público elige al cuentacuentos, y no al revés. Creo que va un poco unido, todo. ¿Le digo que pare? La verdad es que suele ser muy inoportuno...
La chica sacude la cabeza, haciendo que una nube de tirabuzones oscuros se agite como si estuviese a punto de descargar un relámpago.
- Nonono, si está bien. Sólo que... siempre estamos haciendo cosas con ellos, y... - Se me acerca hasta susurrarme al oído, y me señala discretamente uno de los niños. No se diferencia en mucho a los demás. Se ríe de las payasadas del Viajero, temblando entero con cada carcajada que sale de su infantil garganta.- Ése es Abraham. Llevaba dos semanas rechazando toda atención. El de más allá es Mattewz. Nunca antes había reído. Tu amigo es...
"Todo un Patch Adams, sí.", pienso. Pero como siempre me pasa al fijarme en las personas que componen éste sitio, comienzo a sentirme débil y mareado.
- Un tipo encantador. Mira, - vuelvo a mirar la plaquita en su pecho ¿Cómo puede un nombre tan largo hacerse con sólo una vocal?- ehm... guapa, ¿puedes dejarlo ahí un rato más? Estamos esperando que nos dejen ver a una vieja amiga.

La enfermera me dice, encantada, que claro, que ningún problema, que es genial para los niños. Me despido de ella y me alejo de la Sección de Oncología y Terminales, buscando un balcón en el que pueda respirar aire fresco y ver el atardecer en los tejados de bronce. Incluso aquí, en Badar, odio los hospitales.

martes, diciembre 18, 2007

La Risa

Estábamos llegando a Badar por el camino que empleé la primera vez: subiendo por la adoquinada Calzada de Marfil. Irónicamente, la Calzada de Marfil no está hecha de marfil, y nadie sabe por qué se llama así. Supongo que, quizás, las antiguas estelas con las que marcaban los distintos caminos de la Calzada estarían hechas de ese material.

- ¡Ey, mira, Dídac, La Loma sigue ahí! - grita Landelón, ilusionado, y se separa del grupo para subir a un terraplén lleno de árboles.
"Claro que La Loma sigue ahí, Viajero", tengo ganas de decirle. Es una loma. No se mueve, salvo con explosivos. Y en Badar no se usa mucho de eso. Sin embargo, reconozco que yo también tenía ganas de volver a subirme a La Loma, así que dejamos atrás al resto del séquito y corrimos cuesta arriba.

Una vez pasas los árboles, La Loma te permite la visión más bonita de Badar. Desde allí, la ciudad entera resplandece, como un amplísimo campo de tejados de bronce. No se alcanza a ver el delta del Dwat, pero sí se atisba un indicio de mar en el horizonte. Se ve cada casa y castillo de Badar, los barrios de los Artesanos, el Distrito de la Plata, incluso el Pináculo de Toremund. Los Jardines Colgantes, el Faro de Bienvenida, y la Casa de la Esperanza. Prácticamente, todo Badar está al alcance de la vista desde La Loma, a la que posiblemente llamen de otra forma en todo el reino, pero a la que Landelón y yo bautizamos como La Loma la primera vez que llegamos juntos a Badar.

- Qué, Viajero, ¿llegamos como la primera vez?- le propongo.
- Para mí fue la segunda.
- Oh, vamos. Sabes a qué me refiero. Como la primera vez que llegamos juntos.
- Si insistes...

Nos colocamos en el borde de La Loma, y, con dos o tres golpes de talón, rompemos el borde de tierra que nos separa del terraplén. La caída subsiguiente se convierte en una carrera de rodar, deslizarse, arañarse, rebozarse de polvo, golpearse, volver a rodar, tratar de agarrarse a las raíces y hierbas, y volver a golpearse, y llenarse de tierra, hasta que llegamos a la falda de La Loma.

Cuando Yanroud y el emisario de la Reina, ese hombrecillo con cara de roedor, nos alcanzan (la distancia más corta entre dos puntos es la nada; y después, la línea recta. Bajar por la Calzada de Marfil cuesta doce minutos más que rodar por el terraplén desde La Loma), estamos aún tirados sobre la hierba, con una risa estúpida y descontrolada saliendo de nuestros pulmones como si la hubiéramos estado almacenando durante décadas. Estamos cubiertos de polvo y tierra, y mañana tendremos el cuerpo lleno de cardenales, pero el vertiginoso descenso y el recuerdo de la primera vez que lo hicimos nos llena el alma de alegría.

- Pero, ¿qué están haciendo?- dice el emisario, mirándonos ultrajado. Yanroud, en cambio, nos contempla divertido. Seguro que de vuelta, él se tira otra vez con nosotros por La Loma. - ¡La Reina está enferma! ¿Cómo pueden perder el tiempo con juegos banales y risas?
Landelón se incorpora, recoge su sombrero y le empieza a sacudir el polvo de encima.
- Porque no hay nada que ilumine tanto los tiempos oscuros como la risa, emisario.
- Ya veo... Cualquier tiempo pasado fue mejor, ¿no?
Landelón le mira, perplejo, y parpadea.
- No. Cualquier tiempo pasado fue anterior.
Yanroud ríe. Yo, en cambio, no he parado de hacerlo. El emisario parece enfurecerse, pero entonces su facciones ratoniles se relajan, y una sonrisa curva sus finos labios.
- ¿Ve?- dice Landelón- Ahora el mundo es un lugar menos oscuro, ¿no cree?

domingo, diciembre 16, 2007

Pregunta Perniciosa

Cortesía de Herman Toothrot

Si un árbol cae en mitad del bosque y no hay nadie para escucharlo... ¿De qué color es el árbol?

viernes, diciembre 14, 2007

Anuncio

Ayer a la mañana, cuando aún no había amanecido, encontré sobre el césped helado del parque un corazón que alguien dejó allí olvidado. No lo cuidaron bien. Tiene una esquina rota, y se le escapa el sentimiento gota a gota.

Voy a tener que remendarlo, y ponerle un cubo debajo, para que no se pierda nada de lo que de él se escape.

Posibles propietarios, pónganse en contacto conmigo.

martes, diciembre 11, 2007

Viejas Amistades

Sabía que alguien nuevo había llegado antes de notar su mano sobre mi hombro, porque a Landelón se le iluminó la cara. Mi mente trabajó a toda velocidad, para calcular a quién de todos mis amigos hacia mucho que el Viajero no veía. No fui lo suficientemente rápido. Al girarme, estaba frente al mejor ladrón del mundo.

- ¡Yanroud!- nada es tan sincero como el nombre que sale de tu boca tras años de no ver a su dueño- ¡Maldito canalla!
Parecía más flaco cuando lo abracé, pero su abrazo no había perdido fuerza, ni cariño. Se tapaba la frente con una banda negra, pero yo sabía qué se ocultaba debajo.
- ¡Dídac, bastardo mentiroso!- me dice, lleno de alegría.- ¿Cuánto hacía?
- Desde... hace casi dos años. Navidad, ¿recuerdas?
- Dios... ¿Qué ha pasado desde entonces?
Mirar atrás casi hace daño. Tantos cuentos, tantas historias... Tenhime, la hija pequeña del Rey de Badar, Fátima, el Extraño y el hombre del piano, Eternidades, Amaneceres...
- Muchísimo. Te lo contaré frente a una cerveza. ¿Qué te trajo de vuelta?

El Mejor Ladrón del Mundo no ha perdido práctica, y pone entre mis manos una cajita de cristal oscuro, similar a la que ví en la caja de madera que tenía el Viajero. Es una Urna de lo Imposible, donde se guardan cosas que, realmente, no pueden guardarse. Yo tenía una en la que guardo las cosas que ya nunca serán, y el Extraño debería haber tenido una donde guardar todo lo que sentía por Inés.
- ¿Qué tiene?
Yanroud sonríe como un canalla. A veces pienso que su vida es el reflejo de las de los demás, desordenada. En su pasado aún arde el recuerdo de Elisa, como para mí el de la hija pequeña del Rey de Badar. Durante años, compartieron una historia similar a la de Landelón y Fátima. Cuando la perdió, fue un hombre del piano durante mucho tiempo. La sonrisa que esgrime ahora es la misma que pone el Viajero cuando un plan le está saliendo bien.
- Un día entero de Badar. De amanecer a amanecer. Te lo regalo.
Me tiemblan de repente las manos. Mi cumpleaños había sido hace tres días. No es un día que celebre mucho. Lo justo para recordar que sigo vivo, que no es poco.
- Oh...- dice, y se golpea la frente con la mano- El día es sólo para tí. Si lo compartes, tendrás sólo medio día o una noche. Acabado ese tiempo, será como si nunca hubiera pasado, pero sólo tú lo recordarás.

Como un flash a mi cabeza, me llega la imagen del cuadro que Inés pintó. Si tengo medio día compartido, significa desde la salida a la puesta de sol. O viceversa. La oportunidad que nunca tuvimos. Aún rondaban estas ideas por mi cabeza, cuando entran por la puerta del bar dos hombres, resplandecientes en su armadura de placas con capas plateadas pendiendo de sus anchos hombros.

Para cuando el hombrecillo que les sigue ha entrado, Landelón ya había gritado un "joder" y había empezado a correr hacia la puerta de atrás. Yanroud le seguía por poco. Pero los capas plateadas no les persiguen. Una persona de rostro enjuto y rasgos de roedor se me acerca, y me dice:
- ¿Dídac Lakofpauer?
- Sí, soy yo.
- Debe venir con nosotros, y también el Viajero y el Ladrón...
- Eso será si queremos- desafía Yanroud, poniéndose en guardia. El hombrecillo le responde con voz tranquila y conciliadora.
- Pero es que querrán venir. Lamento comunicarles que la Reina de Badar está gravemente enferma... y ha pedido verles por si éstos días resultan ser sus últimos.

lunes, diciembre 10, 2007

La joya en la caja de cristal

Landelón se quitó el sombrero, se pasó la mano por el pelo, y se lo volvió a calar. Carraspeó. Inspiró profundamente. Y avanzó hacia Fátima, que parecía esperarle sentada con los pies en el asiento del banco y el culo en el respaldo, al modo de la juventud actual.

La gente se suele preguntar por qué lleva Landelón un pañuelo amarillo al cuello, y un sombrero de ala ancha. Algunos piensan, simplemente, que lo hace por ser estrafalario. Otros, porque es la indumentaria de un Viajero (decía la cancioncilla "que no es buen Viajero/ quien no usa pañuelo/ ni lleva sombrero").

En parte, es por eso. El pañuelo al cuello es símbolo de Viajero, pero el color es lo importante. Los Viajeros ni creen en el azar ni confían en la casualidad. Landelón, que es más culto que la mayoría de ellos, sabe que Molière murió vestido de amarillo, y que por lo tanto trae mala suerte vestir ese color en un teatro. Y dado que para él su vida es la obra más importante que va a representar, solía vestir ese color.

Fátima le regaló el pañuelo amarillo el día que juró matarle. Desde entonces, es lo único amarillo que lleva el Viajero.

Conversan durante minutos. Landelón le da algo a Fátima, pero no alcanzo a verlo desde aquí. Continúan hablando. Al final, se abrazan. Landelón acaricia la barbilla de Fátima bajo su velo, y ella aparta la cara. Él le besa la frente, se levanta, y viene hacia mí. Fátima le arroja algo.

Interpongo la mochila del Viajero, que le estaba guardando mientras hablaba con su amada, en la trayectoria del filo cuyo objetivo era la espalda de Landelón. El arma arrojadiza queda clavada en algo de su interior. Para cuando el Viajero y yo queremos volver a mirar, Fátima ha desaparecido.

-¿Ésta ha estado cerca, eh? - le digo.
- No. Sabía que lo haría, por eso te dejé la mochila.
- ¿Qué le has dado?
- Mi corazón.
- No, estúpido. Digo ahora, qué le has dado.
Landelón me mira, con sus ojos ambarinos. Sonríe como cuando algo le hace daño en el alma, y continúa caminando, dejándome atrás.

Miro dentro de la mochila. El filo se ha clavado en una caja de madera, de manufactura persa. En su interior hay una urna de cristal, a la que el arma no ha llegado a rozar. Y dentro, hay una joya en forma de corazón, con un nombre escrito en arabescos que no logro descifrar, pero puedo imaginarme lo que pone.

domingo, diciembre 09, 2007

Romanticismo

El Extraño se une a nuestra mesa con una caja de madera entre las manos. Tiene los ojos enrojecidos e hinchados, y no dice nada.

Landelón y yo, con cara de preocupación, nos inclinamos sobre la caja. Contiene muchas cosas: un CD de un grupo musical desconocido, cuyo single parece llamarse "Jonnhy perdió su fusil", un rotulador que parece hecho para escribir en espejos, una pajarita de papel con algo escrito en éste, una antigua cinta de coplas, un papel arrugado con un trozo de poesía de Rimbaud ("Y mis deseo brutales cuelgan de sus labios", alcanzo a leer), un dibujo abocetado de una chica solitaria bajo un árbol raquítico, una lágrima de cristal, un par de entradas para ver el "Orfeo de Monteverdi" dentro de un par de semanas, y así hasta hacer un montón de titos cuyo valor total, o es sentimental, o no sirven ni para comprarte un MENU's(tm) en cualquier Burguer Lord de la región.

- Inés dice que me quiere, pero que no podemos estar juntos.- lo suelta como el Enola Gay soltó la Bomba. Casi con indiferencia. Landelón y yo intercambiamos miradas, y luego volvemos a mirarle a él, como esperando que termine la frase, pero parece que a eso se reduce la historia.

Me acompaña a casa. No lo entiendo. Parece que solamente necesita una presencia amiga. No habla en todo el viaje, y queda de pie en mi portal mientras yo chequeo el correo y subo a mi piso. Tengo un paquete, similar al que recibí de Inés con anterioridad. Al llegar a mi piso lo desenvuelvo. Es otro dibujo. Se ve a una mujer en la cama con su amante. En la espalda de ella se aprecia un tatuaje cuya forma se asemeja a la del ojo de una cerradura. En el primer plano, al otro lado de la puerta del dormitorio y de espaldas a los amantes, el Extraño (¡Tiene que ser él!) llora sangre mientras aprieta los puños.

Desde la calle, oigo un "¡A la mierda!", acompañado del ruido de la caja al chocar contra un contenedor.

miércoles, diciembre 05, 2007

Revelación Casi Poética


A través de una botella de cerveza, la vida se ve deforme, pero dorada.

martes, diciembre 04, 2007

Contraadicción

Creo que fue Cecil B. DeMille quien dijo "Una buena película comienza con un terremoto. Y de ahí, para arriba". Landelón debía saberlo, porque inició la conversación con un cañonazo.
- Espero que no hagas ni una tontería más con la hija pequeña del Rey de Badar. Fátima estuvo hablando horas con Tenhime. No tienes ni idea de lo que le cuesta ser empática.

No tenía ni idea de que la "hassassiyyin" había tenido nada que ver en la solución del problema con Tenhime. Fátima no suele inmiscuirse mucho en asuntos ajenos, y me sorprendió que tuviese ese gesto conmigo. Supongo que pensó que sería bueno para Landelón.
- Por supuesto. Ni una tontería más- digo, automáticamente. Con el gesto habitual, le pido a la camarera habitual mi cerveza sin con limón habitual.

Desde el inicio de la discusión, no había parado de pensar en la hija pequeña del Rey de Badar, y en Tenhime. Antonio Machín decía que no se puede querer dos personas a la vez, y no estar loco. Landelón ha tenido tantas conquistas, tantas amantes... y sin embargo, llevaba a Fátima en su corazón en todo momento. Quería saber cómo lo hacía, cómo apartaba esa mirada acusadora que te dirige la conciencia cuando acaricias una piel que no es la que te pertenece, cuando besas unos labios distintos a los que realmente quieres, cuando haces el amor a otra que no es la que amas.

Y aun así, no sabía si eso me serviría, porque no sé realmente si alguna vez dejé de amar a la hija pequeña del rey de Badar. Y quiero a Tenhime con locura, y no quiero perderla por nada de este mundo. Salvo, quizás, por la hija pequeña del Rey de Badar. En realidad, no, ni siquiera por ella. Salvo que pudiera quedarme en Badar para siempre. Excepto si...

-Estás pensando en ella.
- No es verdad.
- Por supuesto que sí. Estás dibujando un reloj de arena sobre la mesa.
Parpadeo, y centro mi vista sobre la madera. Ahí está trazado una especie de ocho encerrado en un rectángulo, hecho con las gotitas de agua condensada en el culo de la botella de cerveza.
- Bueno... quizás.
- ¿Sabes que algún día te meterás en un problema por ella, verdad?
- Y tú con la Princesa Isabel.
- Mis problemas llevan un velo negro.
- Y los míos un reloj de arena.
- ¿La amas?
- Sí. No. No sé. Quizás.
- Amar es como estar embarazado. O lo estás, o no lo estás.
- No es cierto. Puedes querer mucho una persona sin estar enamorado.
- Pero entonces no le amas, le quieres.
- Imbécil.
- Yo también te quiero. Entonces, ¿la amas?
- No. Sí. No sé.

La tragedia es poderosa, pienso. Algunos, quizás, estamos hechos para sentirnos desgraciados nos ocurra lo que nos ocurra. Nos gusta ese sentimiento de felicidad incompleta, de constante frustración. Esa espinita clavada en el corazón nos estimula a seguir adelante, a filtrar el mundo entero con un velo de amargura que nos ayuda a sacar lo mejor, o lo peor, de nosotros mismos.

En ocasiones pienso que, si llovieran besos, yo sería el único con un paraguas.

lunes, diciembre 03, 2007

Buscadores

Cuando me acerqué a su mesa, ví que Landelón y el Extraño estaban muy atareados, discutiendo llenos de energía algún proyecto conjunto, en el que ambos parecían estar muy ilusionados.
- ¿Qué hacéis?
- Estamos diseñando el Buscaminas Multiplayer.
Parpadeé perplejo.
- ¿El Buscaminas Multiplayer?
- Sep. - añadió el Extraño- Con nuevos personajes y nuevas armas.
- ¿Con nuevos personajes y nuevas...? Déjalo. Pedidme una cerveza sin con limón, que ahora vengo del baño.
Conforme entraba en los servicios recordé que, igual que hay preguntas que es mejor no hacer, porque no quieres saber la respuesta, también existen respuestas que no deben darte, porque no deberías haber hecho la pregunta.

domingo, diciembre 02, 2007

El relato más corto del mundo (VII)

De la misma forma que el abismo te devuelve la mirada si lo miras mucho rato, él había leído tantos libros que, al final, los libros optaron por leerle a él. Y quedaron sorprendidos.

viernes, noviembre 30, 2007

Despertares

A las 6.30 de la mañana, Inés, recién levantada en su pijama y con legañas en los ojos, abrió la puerta de su casa al Extraño.
- Es viernes. -dijo él, con la voz llena de ilusión.
- ¿Y qué?
- Y me gustas.

domingo, noviembre 25, 2007

Un buen plan

Hoy no ha sido un gran día.

Pero mañana lo arreglo.

viernes, noviembre 23, 2007

El relato más corto del mundo (VI)

Ambas heridas fueron hondas, dolorosas, en las vísceras.
Cuando la amante infiel se desplomó empapada en sangre, alcanzó a decir:
- Me... me has matado.
Y un hombre despechado empuñando una daga ensangrentada, le respondía:
- No, mi amor. Tú me has matado a mí.

jueves, noviembre 22, 2007

Espíritu Crítico.

- ¿Y cómo dices que es de guapa? - pregunta Landelón.
- Pues... hombre, yo diría que 0.6 helenios. - replica el Extraño
- Eso es mucho... - "Te estás pasando" parece ser la frase que se oculta tras ese comentario.
- Sep. Y eso que trato de ser objetivo.

Seguro que os ha pasado alguna vez. Estáis completamente hundidos en la miseria, y vuestros amigos acuden prestos en vuestro apoyo. Y, cuando estáis hablando de cualquier cosa para quitarte los problemas de la mente, uno de ellos comienza a hablar de un tema que te vuelve a deprimir profundamente.

En mi caso, Landelón vino para animarme por lo de Tenhime. Y a cuento de nada, el Extraño le acompañó. Durante un rato, estuvimos hablando de Prattchett y Gaiman, de Martin y Tolkien, de Eurípides y Plauto. Y a raíz de nosequé, el Extraño comenzó a hablar de una joven a la que había conocido.

Y conforme iba hablando de ella, me empecé a dar cuenta de que se comportaba como yo, hace tres años, cuando me enamoré de Tenhime. Hablaba de ella con espíritu crítico, con palabras poco idealistas, pero una sonrisa tonta en los labios. Resaltaba sus virtudes, sus manías, y hasta había apreciado uno o dos defectos en ella ("No es algo que se considere bueno", dijo), pero al muy imbécil no parecían importarle ("Claro que es imperfecta. No me gustaría de otro modo"). Todo era tan absolutamente similar a mi caso con Tenhime, que me vinieron a la cabeza millares de recuerdos, y me volví a hundir en la tristeza. El Extraño me sonreía, pero a mí me daban ganas de partirle la cara.

Desde la bronca del otro día, Tenhime no ha aparecido por casa. Últimamente tampoco estaba mucho por ella, pero ahora el matiz es diferente. La espera no tiene sentido, si decide no venir. Es absurdo. Todo era mejor cuando sabía que, tarde o temprano, estaría revoloteando por el piso, ajena a las oscuras actividades a las que nos dedicábamos Landelón, el hombre del piano, el Extraño y yo. Ahora no estaba trabajando fuera del país. Ahora estaba pensando si podría volver a besarme sin pensar en la hija pequeña del Rey de Badar.

- Así que tengo ganas de ver más dibujos suyos. - dice el Extraño.
- Dídac no. Mira el lío en el que se ha metido por el último dibujo de tu... Artrista.
Aquí falla algo. Me veo obligado a volver a la conversación.
- ¿Ahora habláis de Inés?
- Y antes también.
- ¿Inés es la que has...? Dios... te la estás jugando, ¿lo sabes?
El Extraño señala a la insignia del Gremio de Jugadores que luce en su pecho, y me pregunta si he leído bien lo que pone.

Alguien ha llegado a mi piso. El Extraño y Landelón miran hacia el recibidor, y palidecen.
- Esto... creo que ha llegado el momento de que nos vayamos.
Cuando han dejado el piso, Tenhime avanza hacia mí. Se sienta en el sofá, enfrentando su cuerpo al mío con un metro de distancia entre ellos. El universo entero ocupa esa distancia.

Me mira con ojos enrojecidos. Yo le mantengo la mirada, pero no orgulloso y desafiante. Le miro como un cordero degollado. Como un mendigo moribundo. Como si no pudiese respirar. Como un hombre enamorado. Ella sostiene la mirada, oscura, inescrutable como la mayoría de las mujeres.

Y entonces, se derrumba sobre mí, dejándome que la abrace.
- Eres un imbécil- dice.
- Lo sé. Pero te quiero.

martes, noviembre 20, 2007

El relato más corto del mundo (V)

Durante todo el tiempo que la amó, no se acercó a ella.

Cuando una flecha le atravesó el pecho, avanzó tambaleándose, cruzando las atónitas filas enemigas y, abrazándose a su asesina, dijo:

"Sabed, hermosa, que por vos moría, y por vos muero"

domingo, noviembre 18, 2007

Historias del Reino de Badar (II): Miserias y Penurias

Una vez, un Viajero llegó a un reino lejano, y vio que era el sitio más miserable en el que jamás había estado. Los campos estaban áridos, los bosques marchitos, el ganado famélico, y las personas hambrientas, enfermas y tristes.

“¿Qué ocurre?” Preguntó “¿Por qué está todo el reino hundido en esta desgracia?”
“Ay, Viajero” le contaron “nuestra desgracia habita en una torre en medio del bosque. Es el hogar de una malvada bruja que obtuvo su magia pactando con un demonio. Se dice que éste le puso una condición: que jamás hiciera una buena obra. De tener un gesto de bondad, perdería todos sus poderes de inmediato. Por eso, embruja la tierra y trae miserias y penurias al reino”

El Viajero decidió ayudar a esa gente, y puso rumbo a la torre de la bruja. En el centro de un bosque marchito y seco se alzaba la torre de la bruja, oscura y amenazadora.
“Has invadido mi territorio” le dijo ésta “y por eso serás encerrado”

La bruja arrojó al Viajero a la más horrible catacumba de su torre. Al cabo de unos días, bajó a las mazmorras para deleitarse con el sufrimiento de su prisionero pero, cuál fue su sorpresa, cuando lo halló sonriente.
"Estoy bien, muchas gracias. Siempre he vagado por el mundo, y es estupendo tener un techo bajo el cual dormir todos los días” le dijo.

La bruja, temerosa de perder sus poderes al haber ayudado al Viajero, rellenó de piedras su lecho para que no pudiese dormir. A los días, bajó a la mazmorra otra vez, y volvió a encontrarlo sonriendo.
“Gracias, gracias. Antes dormía demasiado, pero ahora que no puedo dormir mucho, tengo más tiempo para meditar”

La bruja tenía cada vez más miedo de estar siendo buena, así que conjuró una nube de moscas que distrajeran al Viajero de sus meditaciones. Al día siguiente estaba feliz otra vez.
“Antes no entendía cómo podían las moscas volar tan rápido sin chocarse unas con otras. Ahora que me regalaste un enjambre de ellas, he podido observar cómo lo hacían”.

Y así, durante un año y un día, la bruja hacía pasar una calamidad tras otra al Viajero, pero éste continuaba soportándolas con una sonrisa y agradeciéndole cada penuria que le conjuraba.
Finalmente, la bruja pensó “Si tan feliz le hace mi encierro, le desgraciará la libertad” y liberó al Viajero.

Cuando lo vio partir, se dio cuenta desde su torre de que había estado tan ocupada torturando a su prisionero, que se había olvidado del resto del reino: el bosque ya no estaba marchito y seco, ni la tierra árida, ni las personas infelices. Todo era frondoso, verde y rico.
Al intentar lanzar un maleficio sobre la tierra que antes embrujaba, se dio cuenta de que había perdido sus poderes. Al verse engañada por el Viajero, que le había hecho creer que disfrutaba de las miserias que le había hecho pasar, la bruja se enfureció, llena de rabia, pero ahora sólo era una anciana loca, sola en su torre, y nunca más podría hacer mal a nadie.

Los habitantes del reino aclamaron la valentía del Viajero, y hasta el propio Rey le ofreció la mano de su hija, pero lo que sucedió entonces, ah, lo que sucedió entonces, es para contarlo en otra historia.

martes, noviembre 13, 2007

L'amour

- ¡La besaste!
- Eso no fue así. Ella me besó a mí.
- ¡Pero no te apartaste!
- ¡Apenas fue un roce!
- Claro, y seguro que te pareció horrible...

Landelón coge mi vaso y lo olfatea.
- Hay alcohol en tu cerveza, y Tenhime está en el país. Mala señal.
No le contesto. Continúo con la mirada clavada en la pared.
- ¿Has discutido con ella?

- No significó nada.
- ¡Oh, por supuesto que significó! ¡Es ella!
- Eso pasó hace mucho tiempo. Las rosas en la arena...
- No echan raíces, ¿no? Entonces, ¿por qué la besaste?
- Ella a mí. Y te juro que...
- No. No, Dídac. No me jures nada. No te creería.

Landelón se sienta a mi lado, en el sofá. Se quita el sombrero, y se pasa la mano por el pelo.
- Es por la hija pequeña del Rey de Badar, ¿verdad?
Si por mí fuera, derribaría la pared sólo por pura fuerza de voluntad. No me caben más sentimientos en mi corazón, así que se han subido a la cabeza, se han extendidos por todo mi cuerpo a través de las arterias.
- Tenhime se ha debido de enfadar mucho para que estés así. ¿Qué piensas hacer?
Landelón obtiene su respuesta cuando le doy otro trago a mi vaso.

- Sabes que te amo.
- ¿Y por qué no lo demuestras?
- Lo hago día a día.
- ¡Menos cuando la ves a ella!
- Es la primera vez que la veía en años...
- ¡Y ahora tienes un cuadro suyo!

Levanto mi vaso hacia el cuadro que Inés, la misteriosa artista de Landelón, me envió. Y, frente a esa imagen, pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor, y digo con voz rota.
- Parece que yo hago del amor algo caprichoso e inmoral. Respecto a tí, sólo soy un cuentacuentos, y ahora estoy triste y mal...

lunes, noviembre 12, 2007

el Fin de la Atalaya

Los pendones de Ardragón estaban siendo retirados por los deseríes, quienes, como una colmena de hormigas trabajadoras, iban limpiando de escombros quemados el edificio, y retirando a un desván toda propiedad que los Torreblanca habían dejado atrás.

Desde lo alto de la colina, un abatido don Román de Torreblanca encabezaba la caravana de aquellos que, durante seis años, habían amado y odiado la Atalaya de las Viudas a partes iguales. Atrás dejaban restos chamuscados, recuerdos grises, momentos felices, y cadáveres de seres queridos.

Don Adalberto, su sobrino, y su mujer doña Elisa Milano, cabalgaban erguidos, soportando con estoicismo el duelo. Gadea, la hija que aun les sobrevivía, no era tan fuerte, y sus lágrimas corrían por sus mejillas hasta que María, la criada, las enjuagaba.
- ¿Es esta vuestra decisión, galeno? ¿Nos abandonáis?- La voz de doña Elisa era como el sonido de una regla al chocar contra una mesa. Rígida, inflexible, llena de dolor. Jorge de Aldeanueva agachó la cabeza como un perro herido.
- Mi señora... no hay palabras de gratitud suficientes para todo aquello que su señor esposo, y vuestra familia, me han otorgado en estos años. Pero... la Atalaya ha sido quizás el único sitio que he podido llamar hogar y no creo poder seguiros a ningún otro. Catalina está suficientemente preparada para cuidar de la salud de don Román. No os soy necesario.
Gadea, empapada en llanto, se resistía a perder a uno de los pocos rostros amigables que le quedaban.
- ¿Y adónde iréis? ¿Qué vida os esperará allá?
- Ya os lo dije. Volvería a los puertos de Bárcena, a coser puñaladas de reyertas marineras en las trastiendas y en las tabernas. No es una mala vida. Perra, pero no mala. Si alguna vez me requerís, mandad buscarme allá.
- Pero... Podríamos no volver a vernos...
- ¡Basta, Gadea!- interrumpió su madre- Contáis con la amistad de la familia, Jorge. Que el Sacrosanto vele por vos.
- Y por vos, señora.
No hubo más cortesías. Con un gesto de doña Elisa, los pocos soldados leales que quedaban pusieron en marcha la caravana, y pronto los Torreblanca no eran más una mancha en el horizonte, rumbo al norte, dejando atrás en soledad al galeno, su poni y su pasado.

Jorge se agachó y recogió del suelo la que quizás fuese la única flor que osaba crecer cerca de aquella Atalaya maldita. Aspiró su aroma. Olía a doña Clara.

Puso rumbo noreste, dejando atrás todo aquello que había amado, con lágrimas en los ojos.

miércoles, noviembre 07, 2007

Artristeza

Badar quedaba lejano, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Volvía a mi piso en Pamplona, solitario como un lobo extraviado de mi manada. El buzón me deparó una alegría: había un paquete en él, un sobre acolchado de papel marrón, arrugado, que contenía algo que parecía una carpeta.

Mi piso fue lo único que me dio la bienvenida. Tenhime se ausentaba cada vez más en sus viajes para auditar compañías extranjeras, y ni Landelón, que volvía a esconderse de los Capas Plateadas, ni el hombre del piano, que estaría rindiendo homenaje a su mujer, iban a pasarse por mi casa. Al entrar en mi salón, arrojé sobre el sofá el paquete, abrí una de las cervezas sin que tengo en la nevera, y me senté frente al televisor, para no pensar.

Fué inútil. La hija pequeña del Rey de Badar rondaba mis pensamientos. Más que rondarlos, reinaba y gobernaba sobre los mismos. Apagué la televisión con gesto desganado, y me terminé de un trago la cerveza. Mierda, pensé, de tener algunas con alcohol podría permitirme el lujo de emborracharme en mi propia casa. Tenía que sacarme a esa mujer de la cabeza.

Me abalancé sobre el paquete, con la esperanza de que pudiese distraerme. La hija pequeña del Rey de Badar parecía haberme apagado un cigarrillo en el corazón. Pensaba en todo momento en cómo me observaron en Todos Los Santos sus ojos azules llenos de gozo, pero en sus pupilas encontraba los negros ojos de Tenhime, mirándome llena de tristeza y decepción.

En el sobre ponía sólo la dirección, así que lo abrí. En su interior había un portafolio rígido, sin marcas ni muescas, un contenedor que acumulaba intriga por momentos. Al abrirlo, descubrí que contenía retratos, dibujos tan acertadamente exactos a sus modelos que por un momento pensé que eran fotografías sobre las que se había pintado.

El primero de todos era Landelón, con su pañuelo amarillo al cuello y su sombrero de Viajero. Miraba al horizonte, apoyado en la barandilla de lo que parecía ser un barco en plena alta mar. En el fondo del dibujo, una niña pequeña de tirabuzones dorados lo admiraba con los ojos como platos, escondida tras una esquina.

El segundo era un bar oscuro, donde cuatro personas jugaban a póquer en una mesa cuadrada. Landelón era reconocible por su pañuelo, a pesar de que la artista había preferido retratarle despeinado, en lugar de con su sombrero. El Extraño y el hombre del piano, así como una cuarta figura de espaldas que, supuse, era yo, completaban la escena. Bajo la mesa, el Extraño estaba descalzo.

Pasé intrigado al siguiente retrato, y me quedé helado. Era una playa, en un atardecer, la clásica escena romántica que pedía a gritos ser interpretada. En la arena, una rosa clavada, tras la cual se elevaban dos figuras fundidas en un beso. Una delicada mujer con un reloj de arena en la mano, y un joven con la camisa rota. Éramos la hija pequeña del Rey de Badar y yo, años atrás. La imagen era una réplica tan exacta que la artista parecía haber estado allí.

Busqué una firma en los tres retratos. Y conseguí lo que Landelón no había logrado con su encanto, su canallesca, y sus críticas a Málevich. Descubrí el nombre de la artista.

Inés. Se llama Inés. Y había conseguido hacerme llorar.

lunes, noviembre 05, 2007

Rumbo al exilio

El barco cortaba el mar, rumbo a Myr. Lord Davenfor Rykker, ahora un exiliado acusado de traición, miraba desde el castillo de popa como Poniente se iba convirtiendo en una línea oscura cada vez más irreconocible en la distancia. Allí ya no quedaba nadie para él. Su padre había rehusado ayudarle. Su príncipe parecía estar condenado al frío Muro, si no lograba escapar. Sus tierras eran gobernadas por un cambiacapas. Y Alyssa... Alyssa había muerto.

Con él viajaban los pocos hombres que le quedaban leales. La bodega estaba llena de las posesiones que había logrado salvar, y de los tesoros que nadie podría arrebatarle, aunque se viese obligado a venderlos para subsistir en el exilio. En Myr, dos futuros le esperaban. Quizás un final apacible, una casa con un patio lleno de luz, y un lento marchitarse hasta la muerte. Quizás una espera impaciente, hasta que el Príncipe Arys pagase su lealtad y le devolviese lo que había ganado con sangre y sudor.

Ser Markek de Adlas, Olyver Clegane y Atom Marbrand eran los pocos hombres que le habían seguido al exilio en Myr. Atom continuaba enfermo en las bodegas inferiores, y Olyver seguía sospechando que había sido envenenado por los Stark. Ser Markek le había sorprendido con una muestra de lealtad sin límites. Ahora velaba por su señor en el exilio, aun pudiendo haber jurado fidelidad a Ser Arti, el nuevo Lord Rykker.
- Mi señor... ¿Cuáles son sus planes en Myr?
- Contactar con los agentes del Príncipe Arys. Contratar ballesteros myrienses. Establecer alguna reunión con los Hombres sin Rostro de Braavos. Negociar el contrato de los Segundos Hijos o de la Compañía Maldita.
- Entonces... ¿Preparamos un alzamiento?
El rostro ensombrecido de Davenfor no se apartaba de la visión de un Poniente lejano y oscuro. Su voz, en cambio, pareció relajarse y, en lo más profundo de su corazón, Ser Markek notó que su señor se rendía.
- También podríamos comprar una casa, y abrir alguna ruta de comercio con Lys o Pentos. Podríamos plantar naranjos, o formar una escuela para los hijos de los mercaderes Myrienses. La guerra no tiene por qué estar en nuestros planes.

La voz de Olyver Clegane interrumpió la conversación cuando subió con zancadas poderosas al castillo de popa, arrastrando dos pequeños bultos oscuros.
- Pues haced sitio en vuestros planes para ellas.
Al arrojar frente a sí los bultos, Davenfor y Ser Markek descubrieron que eran las jóvenes hijas de Lord y Lady Caron, aún vistiendo los dorados vestidos que llevaron en el torneo, pese a que los habían cubierto por pesadas capas grises.
- Las encontré de polizones en la segunda bodega. Para mí que deberíamos tirarlas por la borda.
Davenfor vió el horror en los ojos de las chiquillas ante la macabra idea de arrojarlas en alta mar a una muerte segura. Sin embargo, los Caron eran amigos personales de Davenfor, y no podía permitir una crueldad semejante.
- ¿Qué hacíais ahí metidas? ¿Sabe vuestra madre dónde estáis?
Las niñas agacharon la cabeza.
- No... pero nos da igual. Ni yo seré septa, ni ella se casará con ese hombre horrible. ¡Yo quiero ser una capitana pirata!
- Pues aprende a nadar primero. Por la borda- sentenció Clegane.
- Mi señor, los Caron pueden...- intercedió Ser Markek.
- Lo sé, lo sé. Pero ahora no podemos volver a Poniente. Lady Myranda expresó su intención de venir a visitarme a Myr, así que es posible que tengamos que cuidar de este par de salvajes hasta entonces.
Las jóvenes estallaron en una confusa mezcla de ruegos, amenazas, insultos y súplicas de libertad, en las que cada una solapaba los argumentos de la otra. Davenfor estaba cansado, cansado de agachar la cabeza, de aceptar órdenes, y de perder a seres queridos. Cansado de todo. Levantó ambas manos para callar a las niñas.
- Yo no soy vuestra madre, pequeñas. Y puede que pase mucho tiempo antes de que ella llegue a Myr. Así que comportáos como debéis.
Lord Davenfor Rykker, hijo de Lord Lannister, se caía a pedazos. De los hombres hechos de ceniza, surgen personas nuevas. Davenfor miró condescendientemente a sus nuevas pupilas, quienes vieron por primera vez ternura en sus ojos.
- Y puede que yo me comporte con vosotras.

Previendo los planes de su señor, Olyver Clegane resopló resignado. Ya podía oír las quejas indignadas de Lady Myranda, cuando viese en qué se iban a convertir sus criaturitas...

jueves, noviembre 01, 2007

Historias del Reino de Badar

El Palacio de Mármol de Badar, para el ojo entrenado y la mente culta, poseía una belleza sin límite. El edificio podría parecer en un principio enteramente neoclasicista, pero descubrías los toques eclecticistas en la decoración si lo examinabas con más detenimiento, sin tener en cuenta que se encontraba coronado por bóvedas de bronce de estilo Bizantino. En su interior se celebraba una de esas fiestas elitistas que la nobleza de Badar era tan propensa a dar. Y allí, en Todos Los Santos, estabamos Landelón y yo.

Junto a una mesa cubierta de canapés, me apoyaba en una columna próxima. Landelón estaba sentado a apenas metro y medio, con su pañuelo amarillo en lugar de pajarita o corbata, y el sombrero bien puesto. Los dos sosteníamos nuestras respectivas copas con gesto desganado; incluso me había permitido el lujo de servirme un tinto de Badar, aprovechando que Tenhime no se encontraba en el país.

- Con ustedes, Lady Isabel Mylene, Princesa de Badar. - anuncia el mayordomo. Landelón se recuesta en su silla, arrogante. Yo tomo un sorbo del vino, preparándome para el acto primero de lo que promete ser la mejor obra dramática del año.

Como toda princesa, entra radiante. Su traje aguamarina destaca el negro de su pelo, que a su vez hace relucir el blanco de su sonrisa. La gargantilla de diamantes que lleva, como una telaraña, contra su pecho puede valer más que mi vida. De la púa de su pelo cuelgan tres trenzados de hilo de plata, hasta casi llegar al suelo. Sonríe al grupo de psicofantes y aduladores que la rodean en cuanto entra en la sala, y luego sus ojos encuentran al Viajero que, sin levantarse, se quita y pone el sombrero como saludo.

Sus ojos se abren como platos, y hace un gesto rápido con la cabeza. Cuatro capas plateadas salen de la nada, en su ceremonial armadura de placas, levantando en volandas al Viajero y literalmente arrastrándolo ante la princesa. Landelón no pierde la sonrisa en ningún momento; casi parece divertirle el revuelo que está (que estamos) causando. Yo mantengo el tipo, y doy otro sorbo al excelente caldo de Badar.

- ¿Cómo va, Princesa?- pregunta el Viajero.
La bofetada le hace girar la cara, mientras una de sus mejillas comienza a ponerse colorada.
- ¿Cómo osas presentarte aquí?
El Viajero la mira a los ojos, y en su cara enrojecida brota de nuevo la perenne sonrisa de canalla.
- Porque era lo que vos queríais, ¿no? Si no, ¿para qué tanta capa plateada?

Unos dedos delgados y fríos se deslizan por mi cuello, y me distraen del espectáculo. Al girarme sobresaltado, me encuentro cara a cara con la hija pequeña del Rey de Badar, cuyos ojos azules me miran llenos de gozo.
- Te he echado de menos.
- Y yo a tí. Pero... - no me deja terminar la frase. Me da un beso rápido sobre los labios, como para callarme, y me coge la mano.
- Ven, vamos pasear por la playa. Tienes mucho de qué hablarme, cuentacuentos.
- Pero, Tenhime...
- Sshh... - me susurra, mientras sus ojos inundados de radiante alegría me atraviesan las pupilas- Seré leve... y parecerá que no te amo.

martes, octubre 30, 2007

La noche/1

Cortesía de E. Galeano.

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

lunes, octubre 29, 2007

Viajando juntos

Habían pasado diez días desde que Landelón se había marchado de mi piso, pero no fue hasta que dejé de hacer comida para tres cuando volvió a llamar a mi puerta.

Tenía un aspecto horrible: la ropa que vestía estaba polvorienta y sucia, tenía una magulladura en la mejilla, y la cara tenía un aspecto demacrado y exhausto. De no ser por su siempre presente pañuelo amarillo al cuello y el sombrero de ala ancha, podría haber llegado a pensar que el que sonreía, fatigado, en mi umbral era otra persona distinta del Viajero.

- Ey.- fue lo que dijo. No suele saludar cuando llega, así que no me extrañó.
- ¿Landelón? ¿Qué te ha pasado?
- Una incorrecta primera impresión.

Tenhime le prestó una toalla, y cuando salió de la ducha le limpió las heridas mientras yo le preparaba algo de comer. Tenía algunos cortes serios, pero la mayoría de las heridas eran contusiones y magulladuras, como si se hubiera caído rodando por una ladera rocosa.
- ¿Dónde ha sido todo esto?
- En Ishashi. Venía de visitar a los Sabios, y decidí quedarme la noche en un pueblito antes de volver aquí a recogerte. No sabía que ahí estaban los hombretones de la Princesa de Badar.

Como en cada una de las tropelías de Landelón, las piezas comenzaban a encajar ahora. La primera vez que estuvimos en Badar, Landelón causó una muy buena primera impresión en la Princesa. Tanta, que para nuestra segunda visita, ésta ya estaba irremediablemente enamorada del Viajero. Desafortunadamente, ninguna mujer ata al Viajero a un lugar, y cuando el "Espíritu de Florecita" salió del puerto, Landelón y yo íbamos en él, alejándonos de nuestras respectivas conquistas.

La hija pequeña del Rey de Badar lloró mi ausencia, según me han contado. La Princesa de Badar no tuvo tanta consideración. Ordenó a los Capas Plateadas que persiguiesen a Landelón allá donde fuere, y lo trajesen de vuelta. Por lo visto, Landelón se los encontró en la nación más idilicamente pacífica que conoce, Ishashi.

En cualquier otra fecha, el Viajero se hubiera dejado atrapar y llevar a Badar, para volver a ver a la Princesa antes de escaparse dramáticamente de nuevo. Sin embargo, se aproxima noviembre, y con él, Todos Los Santos. Desde que conocí a Tenhime, he reducido bastante la cantidad de veces que viajo con Landelón, pero la de Todos Los Santos es una de ellas. Landelón no podía permitirse el lujo de dejarme solo en tan entrañable fecha.

Sobre todo porque éste año, para Todos Los Santos, vamos a ir juntos a Badar, y no es lo mismo que le arrastren los Capas Plateadas en presencia de la Princesa, que entrar en el salón del Trono, quitándose el sombrero ante la mujer que no soporta perderle, acompañado por un hombre a quien la hija pequeña del Rey de Badar no ha conseguido olvidar...

lunes, octubre 22, 2007

Verdades

Landelón me dijo una vez:

No puedes timar a un hombre honrado.
Sólo puedes engañar a alguien que lo quiere todo a cambio de nada.
Así que dale nada, y cógele todo.

viernes, octubre 19, 2007

El tiempo

Otra vez se sentaba con nosotros el Extraño. De nuevo, parecía perdido en sus pensamientos mientras los demás conversábamos, mientras trazaba círculos sobre la mesa con el culo de la botella. Tenía las ojeras más pronunciadas que la última vez, pero ésta vez lucía un boceto de sonrisa en su cara. Mientras hablábamos de mis problemas de insomio, el Extraño pareció decidirse por participar en la conversación.

- Ayer se me apareció alguien en sueños.
- ¿Lo conocías?
- No. Era un hombre viejo pequeño y muy tiesecillo, con una gran placa de condecoración sobre su pecho clásico. En su cara arrugada veía a alguien que me tenía que resultar conocido, y sin embargo no lo era. Había algo en ese rostro que me decía que hacía años que ese hombre había muerto.
- ¿Y quién era? - intervino el hombre del piano.
- No lo sé, aún. En los días de hoy, es más fácil buscar un nombre que una cara. ¿Qué sale en un buscador si introduces una descripción?
El Viajero no tardó mucho en responder.
- ¿Porno?
Me llevé la mano a la cara, en un esfuerzo para no reprenderle su frivolidad.
- La mayor parte de las veces, sí. Pero este hombrecillo me dejó anonadado y confundido en mi sueño. Con una sonrisa en sus labios arrugados, me dijo:

"La seriedad, joven, es cosa del tiempo; se produce, esto por lo menos quiero revelártelo, se produce por una hiperestimación del tiempo. También estimé demasiado en mis días el valor del tiempo, por eso quería llegar a los cien años. En la eternidad, sin embargo, no hay tiempo, como ves: la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma".

- Después, riendo, se desvaneció en la oscuridad.
Nos quedamos todos callados de repente, en esos silencios incómodos que a veces se producen en las conversaciones. Supongo que el Extraño quería que interpretásemos su sueño, pero, como dicen los juristas, in claris non fit interpretatio. El Viajero, en tono solemne, fue quien rompió el silencio.
- Era Goethe.
- ¿Goethe? ¿El de Fausto? Pero si yo no he leído nada suyo...
- Da igual. Te aseguro que ese hombrecillo poco serio era Goethe.
- ¿Cómo lo sabes, Viajero?
- Porque a mí me dijo lo mismo.

martes, octubre 16, 2007

Málevich

- ¡La he encontrado! - Ruge Landelón, entrando en mi salón de golpe y haciendo que Tenhime dé tal salto que casi se encarama al respaldo del sofá.

A veces le dan estos pinchazos, al pobre. Se obsesiona con algo, o con alguien, y centra su ociosa vida en ese objeto de deseo, hasta que, una de dos, se le pasa, o lo incorpora permanentemente a su manera de vivir. Aún recuerdo la temporada en la que, además del sombrero de ala ancha y el pañuelo amarillo en el cuello, llevaba unas espuelas de plata en las botas. Aunque de esa historia, lo más divertido fue el final, y lo contaré otro día. Lo importante es que, por lo visto, Landelón iba a pasar otra temporada obsesiva.

- ¿A quién? ¿A la Princesa?
- No, a la artista, a la chica que dibujó la muñeca.
- ¿El autorretrato?
- El supuesto autorretrato.
- ¿Por qué dices "supuesto"? Si la has encontrado, habrás ido a verla y ya la habrás conocido. Es tu estilo, Viajero.
- Es que... - titubea. Rara vez lo hace, y siempre implica algún problema- No me atrevo a conocerla. Ya sabes, desde lo de Irene, estoy un poco más cortado.

Mentira. Y lo sé. Aquí hay algo raro, y no me lo quiere contar. Afortunadamente, la luz de mi vida, que ansía venganza por el sobresalto, es mucho más perspicaz que yo, y lo demuestra sacándome del apuro.
- Dos opciones: o es alguien que conoces ya, y con la que no has tenido muy buen pie, o es Irene, que viene a ser la misma situación.
Landelón le dirige esa mirada suya de "¿Quién ha muerto y te ha dejado al mando?" que suele reservar para cuando personas non gratas se entrometen en conversaciones ajenas. Por lo visto, la aprendió de un novio celoso, que se la dirigía al Viajero cuando flirteaba con su amante.

- Ya... la conocí.
- ¿Ah sí?- Tenhime no le deja respirar- ¿Y cómo es?
- Es... le gusta Málevich.
Es raro ver a Landelón hablar de arte conceptual o moderno. Y cuando lo hace, es para criticarlo con dureza, afirmando que hacer algo que todo el mundo puede hacer, pero antes que nadie lo haga, es innovador, sí, pero no artístico. Málevich es la víctima favorita del Viajero. O, al menos, la única de la que recuerdo el nombre.

- Así que ahí está el problema. Te metiste con un artista de su gusto, frente a ella. Posiblemente, en el propio museo. Además, y de esto estoy convencido, lo hiciste en su idioma natal. Por la cara que estas poniendo, no creo estar muy desencaminado. Dime una cosa, Viajero... ¿Te escupió a la cara, o llamó a los de Seguridad?

Landelón, últimamente, no da pie con bola. Raro, muy raro en él, que colecciona amantes como los demás coleccionamos sellos. Sin embargo, sonríe, y dice:
- Me demandó por calumnia e injurias.
Me extiende la citación. Muy correctamente redactada, pero inviable. No tendré ningún problema.
- ¿Te alegra que una mujer te demande?
- Sí.- y añade, señalando al primer párrafo del escrito- Ahora ya tengo todo lo que quiero: su nombre, su dirección, y su atención.

sábado, octubre 13, 2007

Pulso firme

Quiero decir que en el miedo
siempre hay algo nuevo
Que los cobardes son tantos
como tú y yo

- Landelón.
- ¿Sí?
- ¿Por qué siempre que nos quedamos bebiendo hasta las seis de la mañana, terminamos por poner esta canción de fondo?

Querría decirte
que hoy he cambiado de firme
Y ahora mi pulso
es mucho más firme que ayer

- Porque hace compañía. Porque nos da la razón. Porque ayuda.
- ¿Ayuda a qué?
- Escucha.

Vendría a buscarte si no tengo nada mejor que hacer
Que queriendo la he vuelto a cagar otra vez
Creo que debería volver al "te quiero"
Aun si estas palabras no dicen lo que hay que decir

- No estás respondiendo a mis preguntas.
- Ni tú preguntando mis respuestas.
- ¿Qué quieres que te pregunte?
- Nada. Quiero que sepas como estoy.

Creo que debería volver al "te quiero"
Creo que debería volver al "te quiero"

lunes, octubre 08, 2007

Cortesías

Tanto por parte de una, como de la otra.

Os debo mucho más de lo que os imagináis.

jueves, octubre 04, 2007

Entre desperdicios

Landelón y yo salimos ayer del bar en un estado de completa ebriedad. ¡Qué valientes somos los hombres, cuando bebemos! Parecía que me iba a comer el mundo, pero en realidad me sentía como si quisiese vomitarlo. En un momento de descuido, resbalé, choqué contra un contenedor de basura, y caí al suelo. Landelón, apoyado en el muro y tan borracho como yo, me señaló con un pulso poco firme, y comenzó a reírse como sólo aquellos a los que todo les parece divertido pueden hacerlo.

- Sí, sí, hijodeputa. Verás cuando se te acabe la pared.

Traté de incorporarme agarrándome al borde superior del contenedor. Craso error por mi parte: el anterior borracho que chocó contra él había considerado adecuado retirar los seguros de las ruedas, y bajo mi peso, el contenedor se deslizó hacia adelante para finalmente volcarse sobre la calle y, en menor medida, sobre mí.

Tenía suerte. El contenedor era de papel, por lo que en lugar de verme recubierto de cosas pegajosas, medio podridas y repugnantes, sólo tuve que nadar en un mar de folios y cartones para salir de allí. Cuando logré sentarme en el suelo comencé a quitarme de encima todos los papeles, hasta que vi que sobre mi regazo tenía lo que parecían fragmentos de un dibujo rasgado.
- Ey, Viajero, mira ésto.
Landelón se arriesgó a separarse de su estabilizadora pared para mirar el puzzle que tenía sobre mis rodillas. En cuanto estuvo a mi alcance, le golpeé detrás de las rodillas con mi mano, y Landelón pronto cayó a mi altura. Cuando terminó de decir cosas bonitas acerca de mi madre, le enseñé el dibujo que, juntando los pedazos rasgados, iba descubriendo.
- No está... nada mal.- dijo el Viajero.
- ¿Por qué tiene ese aspecto de muñeca?
- Quizás lo sea. Busca la firma, a ver si podemos localizar a la autora.
- ¿Autora? ¿Qué te hace pensar que...?
- El trazo es suave, buscando una delicadeza que está guiada más por un ideal de la modelo que por la propia modelo en sí... Esto lo ha dibujado una mujer. Posiblemente, mirando una foto o un espejo. Un hombre hubiese dibujado algo más idílico e improbable, o bien algo más realista y tosco.
Mi respuesta fue mirarle fijamente, parpadeando las veces suficientes como para denotar mi perplejidad. El Viajero pareció sentirse avergonzado de repente.
- ¿Qué? ¿A uno no le puede gustar el arte?
- Mentira. Te gusta la artista. Has visto algo en este dibujo que te ha hecho recordar, y quieres conocer a la autora para saber si tiene algo que ver con ese recuerdo.
El Viajero me miró, con los ojos traslúcidos por el alcohol. Por un momento, lo ví triste, con esa mirada que parece pedir socorro y cariño a partes iguales.
- Ha tirado el dibujo. Lo considera basura, no le gusta ni a sí misma. Me recuerda a tí.
- ¿Sabes? Yo también te quiero. Sé que lo último que he escrito es basura, y no me gusta ni a mí mismo. Pero hubo gente que me apoyó, como hay gente ahora que cree en mí. Y eso me anima a seguir escribiendo.
Justo después de decirlo fué cuando me escuché a mí mismo, y me dí cuenta de lo dramática que había quedado mi frase. Me resultó ridícula, pero ya que la había dicho, no me quedaba otra que creérmela.

El alcohol puede enturbiar tu raciocinio, pero también saca de tí cosas que no sabías que guardabas ahí dentro. Y entre la bruma de mis recuerdos, saqué algo que creía perdido en mi memoria.
- El Gran Leonardo me dijo una vez "Quizás lo que escribas sea basura, pero una de las funciones de la basura es el reciclaje".

lunes, octubre 01, 2007

Granitos de inspiración

Cortesía de Furgo

Me gusta tanto ser yo
que no me niego nada.
Luego, claro, no soy
ni mucho, ni poco, ni nada.

domingo, septiembre 30, 2007

Frente al Gremio de Alquimistas

Era raro ver una cara desconocida sentada en la mesa de nuestro bar. Generalmente, Landelón llevaba a sus conquistas a restaurantes elegantes, o a sitios exóticos en los que el hombre del piano y yo no pudieramos arruinar la noche con la eterna amargura de uno o las extrañas teorías del otro. Esa noche, en cambio, una cuarta cara se sumó a las nuestras.

Era joven, y alto, pero estaba encogido en su silla. Sus ojos tenían unas suaves patas de gallo, quizás porque en otro momento de su vida rió mucho y con ganas, y bajo sus párpados comenzaban a formarse bolsas oscuras por la falta de sueño. Sostenía la cerveza por el cuello con tres dedos, y la hacía girar, trazando círculos en la mesa con el culo del botellín.

- Existe una persona - nos cuenta - con la que quiero jugar una noche.

El hombre del piano levanta la vista del suelo, mientras que Landelón saca su mirada del trasero de la camarera. Yo pienso "no será tan cabrón..." antes de decidir darle la oportunidad de caerme bien.
- ¿Perdona?
- Conozco una mujer empeñada en esconder su belleza del mundo. Se oculta tras un velo de timidez y una sonrisa cortés, y no sabe que es una persona hermosa e inteligente. Yo creo que le falta autoestima, quererse un poco a sí misma, descubrir lo guapa que es. Y quiero jugar con ella.

Ya estamos. Otro tipo con síndrome de "Voy a salvar el mundo, aunque sea persona a persona". Últimamente, he conocido a un par de éstos. Alguien les dijo que quien es fiel en lo poco, lo será en lo mucho, y ellos decidieron que si salvan a tres millones de personas de sí mismas, el mundo sería un lugar mejor. Y por supuesto que lo sería... para esos tres millones.
- Ajá. ¿Y a qué pretendes jugar?
- A que le gusto. Le pediré que, por una noche, finja que está interesada en mí, y yo fingiré que estoy interesado en ella. Si ella lo desea, la llevaré a cenar a un sitio elegante, le regalaré flores, me vestiré de traje y corbata. Pero a cambio, quiero verla radiante, tan hermosa como yo sé que puede estar.
- ¿Quieres que se sienta atractiva fingiendo que te atrae? Eres un genio.- Si escupo al suelo, lo más posible es que se derrita. No me había sentido tan ácido en meses.
- No. Se sentirá atractiva cuando se vea frente a un espejo, y observe a la preciosidad que le devuelve la mirada.
- No tienes ni idea de mujeres.- interrumpe el hombre del piano- Ella nunca se verá atractiva si no quiere. El peor enemigo de una mujer es ella misma.
- Dime una cosa, jugador... Pongamos que accede a tu perverso juego. ¿A quién va a ayudar?
El nuevo esgrime una amplia sonrisa, que me recuerda a ese escudo blanco que luce Landelón cuando lo está pasando mal por Fátima.
- ¿No es evidente? A mí.

lunes, septiembre 24, 2007

Vivir

- ¿Cómo está Sara?
- Vivirá.

Para el hombre del piano, aquella palabra bastaba. Ya había perdido a un ser querido, y su triste corazón no necesitaba nada más que saber que Sara sobreviviría. Landelón era diferente.
- Contaba con eso. Pero, ¿cómo está Sara?
- No todos tienen tu determinación, Viajero. Vivirá, y con suerte, vivirá como ella quiera.
El Viajero me mira, a punto de replicarme con alguna verdad absoluta de difícil rebatimiento. Al final, tensa los labios, como para retener sus ideas dentro de su boca. Tenhime se levanta de la silla, y me abraza.
- Vivir es suficiente. - El hombre del piano se levanta, y se va alejando por el blanco pasillo.
- No, no lo es. Vivir es el vehículo, el viaje. Una vida comienza y termina, y después sólo queda lo que hayamos hecho con ella. Y si ella no puede... si ella no quiere... si ella no...
- Tú lo has dicho, Viajero. Ella. Es ella. No tú. No yo. Ni siquiera Dídac.
Por primera vez en mi vida, me parece ver que el Viajero se da por vencido. Tenhime aprieta su abrazo, y hunde su rostro contra mi pecho en un gesto que nos reconforta a ambos, pero deja a Landelón fuera del círculo.
El ruido de la puerta cerrándose al salir el hombre del piano parece hacerse eco en el vacío de nuestros pechos.
- ¿Y tú qué, Dídac? ¿Tampoco harás nada?
- A veces lo más difícil es no hacer nada, Landelón. Y a veces, no hay que hacer nada.
- Esta historia acabará mal, Cuentacuentos. Lo sabes.
Pronto, vuelve a sonar la puerta, y sólo quedamos la luz de mi vida y yo.
- Crees que tiene razón, ¿no es cierto?
La miro a los ojos. Es difícil expresar lo que uno siente cuando todo lo que deseas en la vida te examina el rostro en busca de un gesto delator.
- Sí. Pero yo también. No podemos hacer nada.
- Eso no es cierto. Anda, acompañémosla.
Los entierros son actos horribles en los que nunca he sabido cómo actuar ni qué decir. Pero Tenhime me cogía de la mano mientras tiraba de mí, y si algo tan sencillo me hacía sentir bien, ¿quién dice que no haría lo mismo por Sara?

Sara se rasca la cabeza

Sara me mira. Sara sonríe. Sara se rasca la cabeza. Sara no es feliz. Sara me llena de tristeza.

Sara quiere lo que no puede, y le gusta que los que no deben le quieran. A Sara le gusta esa espinita de tragedia griega tan dolorosa y adictiva, porque la tragedia es poderosa. Sara no disfruta sufriendo, pero a veces pienso que sufre disfrutando.

Sara no se quiere. Busca a alguien que la quiera más de lo que se quiere a sí mismo, pero que la quiera menos que lo que ella se quiere a sí misma. Sara aparenta ser frágil, tanto que quizás lo sea.

Sara necesita a alguien que nunca eres tú.

Sara vive de sueños, pero no sueña despierta. No conquista la vida como un sueño, sino como el pobre sustituto de esa gran historia que fue o que pudo haber sido.

Sara ya no me mira. Sara ya no ríe. Sara se rasca la cabeza. Sara no es feliz. Sara me llena de tristeza.

lunes, septiembre 10, 2007

Insomne

Es increíble lo que uno es capaz de pensar cuando no puede dormir.
Llevo ya una semana en la que Morfeo me castiga, y hace que me levante a la una de la mañana, cansado pero despierto, de la cama que comparto con Tenhime, y me vaya al sofá a ver la tele, en un desesperado intento de coger sueño.
Ahí tirado, viendo la horrenda programación que hay en la televisión pública a la madrugada, me dedico a cazar fantasmas de mi pensamiento. Todas las inseguridades, todos los miedos, incluso pasiones o pecados inconfesables, aprovechan para pasearse por mi mente mientras mis ojos se clavan en la nada que proyecta el tubo de rayos catódicos.
Siempre acuden primero los miedos. Primero, a perder a Tenhime. Desafortunadamente para ella, el hecho de que le dedique mi primer pensamiento hace que detrás lleguen todos los demás pensamientos que con ella van ligados. ¿Realmente la amo? ¿La necesito? ¿Qué aporta a mi vida, y cómo podría vivir sin ella? Las reflexiones oscuras no necesita esconderse, porque la oscuridad entera es un escondite. ¿Cómo sería mi vida con otra persona?
Y entonces aparece la hija pequeña del Rey de Badar. Quizás podría dejar a Tenhime, dejar mi trabajo, e ir a Badar. Allí no necesitaria trabajar. Sólo estar junto a ella, todo el día, y recordarle por qué soy el hombre que una vez la hizo feliz. Y ella me haría feliz como sólo ella ha sabido hacerlo.
Pero el miedo a que las cosas cambien es poderoso, y por eso los buenos recuerdos sólo son buenos recuerdos. Tenhime continúa durmiendo plácidamente en su cama, en nuestra cama, la cama que, como tantas otras cosas, compartimos, y de las que no me quiero desprender. Es tan doloroso renunciar a lo que con tanto esfuerzo se ha conquistado...
Al final, siempre termino con lo mismo. "Algún día cogeré un tren y no volverán a verme. Viajaré a algún sitio lejano, y acabaré trabajando en un fast food en Yamaguchi, mientras sigo escribiendo por las noches". Luego sacudo la cabeza, reprimo mis instintos autodestructivos, y vuelvo a esa comodidad burguesa tan apoltronante a la que nos hemos ido acostumbrando todos.
Porque los cambios dan miedo, y no los deseamos.
Hasta que alguien te los impone y ya no sirve agitar la cabeza y seguir viendo la tele con la esperanza de coger sueño antes de tomarte en serio lo que estás pensando.

jueves, septiembre 06, 2007

Rosas en la arena

- ¿De qué iba aquello de las rosas en la arena?- pregunta el hombre del piano.
- No tengo ganas de hablar de ello.
- Mentira. Tú siempre tienes ganas de hablar.
Suspiro. Parece que no me puedo librar de ésto.
"Cuando volví a Badar, por segunda vez, fuí a ver a la hija pequeña del Rey de Badar. Durante unos días, estuvimos juntos, reímos, hablamos, nos amamos."
- Demasiado bonito. No debí haberte preguntado.
- Haber elegido muerte.
El último día, estábamos paseando por la playa, cuando cogí la rosa que le había regalado y la clavé en la arena. Ella me preguntó por qué hacía eso, y yo le señalé a los rosales que su padre había plantado en el paseo marítimo.
- Mira. Mucha gente piensa que el amor es como una planta a la que hay que cuidar día a día para que florezca. Si es así, nuestro amor es como una rosa. Si la plantamos y cuidamos, se confundirá con los otros rosales, y, a pesar de su belleza, se convertirá en un rosal más, y la gente lo acabará olvidando.
Sin embargo, todo el mundo recuerda una rosa en la arena. La visión es tan hermosa y solitaria, que nadie olvida nunca la imagen. No florece, y aparentemente muere, pero el recuerdo de algo es mucho más poderoso que la vida, y por eso las rosas en la arena viven mucho más, y de forma mucho más brillante, que los rosales.
- Es la mayor estupidez que he oído en mi vida- dice el hombre del piano.
- Ey, que no soy yo el que compone canciones deprimentes aquí, ¿eh?
- Y Tenhime, ¿Qué piensa de todo esto?
- Al principio tenía celos de ella. Es comprensible, teniendo en cuenta lo que compartimos y lo que recordamos. Pero luego lo entendió, y ya no le molesta. No importa cuán hermosa haya sido una rosa. Nunca echa raíces en la arena.

lunes, agosto 27, 2007

Eternidades

- Los ángeles merecen morir.
La frase del hombre del piano parece retumbar, como un mazazo, por el salón. Landelón, que hace veinte minutos que no se mueve, y al que yo daba por dormido o borracho, levanta la cabeza por encima de su barricada de botellas de cristal marrón, y dirige una mirada de ignorancia hacia el autor de tan potente sentencia.
- Sí. Los ángeles merecen morir.
- ¿Cómo castigo, o como liberación?
- Como castigo.
Ahí me ha pillado. Antes hablábamos de que la vida eterna, en este mundo o en otro, no es sino un castigo. Debido a la teoría de opuestos que Landelón se esmera en explicar a todo aquél que le pregunta, una vida eterna implica al final un estadio de tedio o de neutralidad tan absoluta que se acaba convirtiendo en un sinsentido. No puede existir felicidad si no existe infelicidad, por lo que una vida eterna sin infelicidad hace que el eterno viviente no pueda ser feliz. Los ángeles, que (en teoría) viven felices eternamente en la contemplación de la gloria de Dios (sí, de Ése Dios) tienen que terminar deseando la muerte para escapar del sinsentido en el que se termina convirtiendo su existencia. Eso es la muerte como liberación... pero, ¿como castigo?.
- ¿Como castigo?- la voz, ronca por el cansancio y la bebida, del Viajero parece hacer eco a mis pensamientos.
- Sí. La vida eterna no debe pertenecerles. Merecen morir.
El hombre del piano, de repente, parece amargo y vengativo. Su tristeza suele ser introspectiva, casi tímida, que le gana el aspecto de un hombrecillo gris. Pero ahora parece indignado, como escupiendo su amargura a su alrededor.
- Y dime, entonces... ¿Qué han hecho los ángeles para merecer la muerte como castigo?
- El peor de los crímenes.
- ¿Adorar a Dios?
- Ser felices eternamente.

viernes, agosto 24, 2007

Puntos de vista

Cuando entré en mi salón, me encontré a Landelón sentado del revés en el sofá, con los pies en la pared y la cabeza colgando donde deberían haber estado sus piernas. Tras una semana de tener al Viajero deprimido por casa, escribiendo cosas acerca de la luna y de no se qué pelo en el viento, era agradable verle hacer algo tan propio del él.
- Qué, ¿meditando?
- Ajá. He descubierto muchas cosas pensando así.
- ¿Como, por ejemplo...?
- El sentido de la vida.
Si alguna pregunta es inefable, es ésta.
- Ilumíname. ¿Cuál es el sentido de la vida?
- Hacia adelante.
Je. Ya está. Landelón había vuelto. Fátima volvía a quedarse atrás, hasta la próxima vez que se cruzase.
- Vale. Me lo creo. - Hay que ver que bien mienten los humanos- ¿Y por qué?
- El por qué es sencillo. Porque si fuésemos hacia atrás, veríamos los errores que hemos cometido antes de que los cometamos, y podríamos evitar cometerlos.
- ¿Seguro que eso es por tu meditación, y no una alucinación porque se te acumula la sangre en el cerebro?
- No. Pero correré el riesgo.
Existen, desde mi punto de vista, tres cosas que no van a cambiar nunca: Que los seres humanos mientan, que las mujeres mientan más aún, y que no habrá ser en la tierra capaz de dejar a Landelón sin respuestas.
- Siempre me he preguntado, Viajero... ¿Por qué cuando meditas te sientas boca abajo?
- Para tener otro punto de vista.

martes, agosto 21, 2007

La sonrisa de la luna

La luna se ríe a escondidas. Lo sé bien, porque le he estado espiando.

Hace días que no puedo dormir bien, y por eso me dedico a mirar por mi ventana. La luna está allí, haciéndose la loca, mientras mira a los amantes conquistar la noche. Y en su momento de placer, a la luna le entra la risa, y se tapa la boca con la mano para que no se le oiga.

No quiere que la vean. Prefiere que los amantes se dediquen el uno al otro. Quiere que la chica apoye su cabeza en el pecho de él, para que éste le acaricie el pelo hasta que se queda dormida. A la luna le gustan las cosas tiernas. Se ríe cuando los humanos fingimos ser fuertes, porque ella ha estado mirándonos desde que la Tierra era joven y buscábamos alimento en la oscuridad. Ella sabe que los humanos somos torpes y necios, porque nos esforzamos en construir barreras que nos protejan de aquello que hace mucho deberíamos haber desterrado del mundo. Y aunque le demos lástima, a la luna le divierte espiarnos cuando somos nosotros mismos.

Le gusta cuando él recorre la espalda de ella con sus dedos. Cuando le roza el cuello suavemente con los labios. Disfruta cuando ella se estremece de placer, y ríe pícaramente cuando ella deja escapar un gemido.

La luna me miraba cada noche que le dedicaba mi cuerpo y mi alma a aquello que yo más quería. Y ahora, soy yo el que me dedico a espiar a la luna, para descubrir cuántas cosas me ha visto hacer, cuando amor me ha visto dar, cuanta ternura me ha visto desperdiciar.

Quiero saber cuánto me ha robado la sonrisa de la luna.

El susurro de tu pelo en el viento

He tratado de clavar mis uñas en la pared. Apretando los ojos, para no llorar. Extraño la silueta de tu cuerpo tanto como puedo echar de menos respirar. No, no, es mentira, porque prefiero verte a respirar, y eso vendría a significar que prefiero verte a vivir. Me paso el día sentado en la calle, con los ojos cerrados, muy callado. A veces creo que puedo oírlo, pero entonces el ruido de la vida me aleja de él, y tengo que volver a quedarme callado, muy callado, buscando ese sonido que llena mi cuerpo de algo que sólo puede describirse como la caricia de una flor contra la piel.

Cuando estoy sólo, dibujo tus curvas en el aire, como si perfilando tu cuerpo pudiera sentirte presente. Mis dedos se deslizan sólos, como si pudieran trazar la curva que une tus hombros con tu cuello. Como si pudieran darte esa caricia que tanto deseabas, y que tanto deseaba darte. Nadie me ve, pero aun así me siento viejo y triste. El tiempo no pasa en balde, dice mi hermano, y tiene razón. Me he vuelto un viejo idiota, soñando sueños estúpidos, y sentado en la calle con los ojos bien cerrados, bien cerrados, para ver si consigo escucharlo.

Me tumbo sobre el césped, mientras el viento va tirando sobre mí las hojas de los árboles. A veces pienso que podría enterrarme en ellas, echar raíces, fundirme con la tierra. Pero no estoy seguro de que eso acabase con mi vacío. Hay cosas que van más allá de la vida, ¿por qué no ha de haber cosas que vayan más allá de la muerte? Así que me quedo ahí, tumbado en el césped, con los ojos cerrados, bien cerrados, y los oídos bien abiertos, para ver si consigo oírlo.

Tarde o temprano, lograré escuchar el susurro de tu pelo en el viento.

domingo, agosto 19, 2007

Amanecer

"La tristeza empaña mis cristales de la misma forma que tu presencia iluminaba mi sonrisa. Tu ausencia ha pintado mis paredes con una capa opaca de cansancio y amargura. No me queda otra cosa que hacer que rellenar tu espacio con cosas que me gustan menos que tú, y que no me abrazan por las noches. Las estrellas que antes brillaban más, ahora me parecen lejanas y pobres reflejos de la luz que se reflejaba en tu sonrisa. La luna, que antes era testigo de nuestro amor, ahora es traidora y falsa, y se niega a acompañarme en mi soledad. Y sólo me queda alzar un vaso medio vacío al amanecer, deseando que todo acabe pronto, y se vuelva a hacer la oscuridad"

- Es... es absolutamente deprimente. Y mediocre.
Landelón deja la cerveza sobre la mesa. Son las siete de la mañana, y estamos repantingados en un balcón, mirando el cielo de una ciudad que podría ser cualquiera, bebiendo.
- Huy, ya salió el escritor. Mejóralo, anda.
Sabe que no puedo. Tenhime está en Hong Kong, visitando a sus padres, y aunque la echo de menos, mi sentimiento de soledad no puede igualar la angustia del Viajero. Ayer, Fátima volvió a cruzarse en su camino.
Hace ya casi cuatro años desde que se conocieron. Desde entonces, Landelón no ha conocido la paz. Fátima y el Viajero trazan sus caminos de forma que, al cruzarse, atrás queda un rastro de amor, tristeza y buenos recuerdos. Ella ansía conquistar el futuro con Landelón. El Viajero ansía conquistarla a ella.

- "He viajado por todo el mundo conocido. He conocido maravillas del mundo entero. He sentido placeres que sólo se pueden conocer fuera de éste mundo. Nada me basta. Nada me complace. Quiero estar a tu lado"
El Viajero chasquea la lengua, evidentemente decepcionado.
- No, no. No me parece que lo supere.
- Tenhime me preguntó por qué no estabas con Fátima, teniendo en cuenta que ella te ama y tú la amas a ella.
- ¿Y qué le contestaste?
- Que, a veces, no basta con estar enamorado.
Landelón mira el culo de licor que le queda en el vaso, y parpadea para despejar las lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos. Alza el vaso hacia mí y brinda.
- Por las cosas que sólo pasan una vez en la vida.
- Y es mejor que así sea.
Y cuando sale el sol, ahí estamos para brindar con él.

miércoles, agosto 01, 2007

Recuerdos

Acabábamos de pedirnos unas cervezas, cuado el hombre del piano entró en el bar y, al reconocernos, se sentó entre nosotros.
- No te veíamos desde hacía meses- dice el Viajero, a modo de saludo.
- Vacaciones- es la parca réplica que recibe.
- ¿Cancún? ¿Londres? ¿Ishashi? -pregunto.
- Badar. Muy bonito.
Mierda. Como siempre, me acuerdo de la hija pequeña del Rey de Badar, y me entra la nostalgia. Pasamos un buen rato, un rato maravilloso. De aquellos ratos que terminan con un "fue bonito mientras duró". Creo que es la única mujer que se ha acostado conmigo y no me odia. Aún.
Durante dos años estuve pensando en regresar a Badar, pero siempre había algo que me lo impedía. Antes, los estudios. Ahora, Tenhime.
-¿Nos has traído algo? ¿Algún recuerdo?- pregunta Landelón.
Conocía la respuesta sin que el hombre del piano dijera nada. Nunca traía recuerdos. Y posiblemente, nadie que le hubiera visto le recordaría. Más que un recuerdo de Badar, debería darnos un recuerdo de sí mismo.
- Me dieron algo- dice. Es tan sorprendente que dejo de mirar mi botella medio vacía para mirarle a él- Para tí.
La cara de desilusión del Viajero valía millones. El hombre del piano, por otra parte, me tiende un sobre marrón que no tiene precio.
Es una foto de la hija pequeña del Rey de Badar. Parece reciente, y sin embargo no ha cambiado nada. Luce, radiante, un vestido rojo que destaca las curvas de su pecho y caderas, y sonríe con alegría mientras saluda a la cámara. En la otra mano sostiene un pequeño reloj de arena. El pequeño reloj de arena.
-¿Quién te lo ha? ¿Cómo has? ¿Qué cojones?
- Prometo contestarte a las preguntas que termines.
Tomo aire. Casi hasta me cuesta esfuerzo.
- ¿Cómo ha llegado esto a tus manos?
- Me lo dio ella, por supuesto. Muy simpática.
- Y lista, incluso para ser una princ...- comienza el Viajero- La hija pequeña de un Rey.
Se ha corregido a tiempo. Le costó una reprimenda Real averiguar que la hija pequeña del Rey de Badar no era una princesa.
- ¿Y por qué te la dio?
- Hubiese sido descortés preguntárselo.
- ¿Y ella no te dijo nada?
- Sí. Que te lo hiciera llegar.
- ¿Nada más?
- Me dijo algo, pero no sabría decírte ahora... No me acuerdo bien.
- ¿Te sabes "In a gadda da vida" para órgano de memoria, y no te acuerdas de lo que una mujer preciosa te dijo en tus vacaciones?
Y lo digo sabiendo que es posible. El hombre del piano ha demostrado una memoria infalible si la cosa tenía corcheas y bemoles.
- Algo de una rosa y una playa. No, espera, dijo "Dile que la gente aún recuerda las rosas en la arena". No lo entendí.
Landelón se termina su cerveza, se recuesta en la silla, y antes de ponerse el sombrero sobre el rostro dice:
- Yo tampoco.
Miente.

jueves, julio 05, 2007

Tres meses

“Es posible que pudiera pasar desapercibida en un grupo, pero sólo si el grupo estuviese formado por las pretendientes a Miss Mundo de los últimos cuatro años. Poseía, en sí misma, una luz que la hacía destacar por encima de todas las demás. Era atractiva, encantadora, inteligente... todo aquello que se le puede pedir a una mujer. No había ningún defecto físico, mental o social que pudiera rebajar su valor a mis ojos. Era tan absolutamente perfecta, que me imponía respeto sólo tocarla, pues pensaba que podría desvirtuar su perfección al rozar mi imperfecta persona con su piel...”

- ¿No es Tenhime, verdad?
Landelón, molesto, me mira por encima de la foto frente a la cual lleva veinte minutos babeando como un marinero salidorro frente a una fulana de puerto.
- ¿Tú me ignoras cuando hablo, verdad?
- Sólo a partir del tercer minuto.
- Y si la mujer de la que hablas no es mi novia, ¿quién es?
- Se llama Gloria. Y es que hasta el nombre acompaña...
- “Y al saber que se llamaba Ángela dijo: pues le está bien puesto el nombre”, como dijo el señor García Márquez.
- No es exactamente así.
- ¿Pretendes que te cite “Crónica de una Muerte Anunciada” de memoria? Esa chica te ha sorbido el coco.
- Es que es tan perfecta...
Existen cosas odiosas, y el empalagamiento de amor es una de ellas. Afortunadamente para el sexo masculino, y desafortunadamente para la otra parte, es una fase que tiende a pasar en unos tres meses.
Tenhime lleva en torno a los dos meses (desde la última vez que le traje rosas frescas. Sospechoso...) recordando nostálgica lo enamorados que estábamos (y dice estábamos, como si no lo estuviéramos ya) cuando empezamos a citarnos. Afirma que los hombres nos esforzamos al máximo para conseguir una mujer, y que una vez conseguida, nos “descuidamos” (y lo suele decir señalándome al embrión de michelín que con tanta dedicación estoy cuidando).
Y tiene razón. Pero ¿cómo no iba a tenerla?.
Las mujeres, especialmente en el norte de España, tienen prisa en encontrar a su hombre ideal, y por lo tanto no quieren perder el tiempo con el resto de la oferta masculina. He visto a mujeres descartando hombres con un única mirada. ¿Cómo demostraros que somos todo lo que buscáis, si nos dais un parpadeo de tiempo para hacerlo?
Pues mostrándoos en tres meses “lo buenos que podemos llegar a ser”, y si el producto os convence y os lo lleváis a casa, ¡tendremos toda una vida para demostraros que os queremos!

- ¿Me estás escuchando?
Landelón lleva otros diez minutos hablando mientras yo pensaba en mis cosas.
- ¿Han pasado más de tres minutos? Entonces no.
- Decía que he quedado con ella para cenar. Tengo grandes expectativas para esta noche.
“Espero que me demuestre que es un tonta insulsa”, dije yo, la primera vez que quedamos para cenar Tenhime y yo. Nada de “tengo grandes expectativas”. Landelón no tiende a enamorarse (léase “enmarronarse”) tan profundamente. Me empiezo a preguntar si Landelón realmente está enamorado, y renunciará a su vida de Viajero y a todas sus amantes pasadas por una vida junto a ésta nueva chica.
- Landelón, ¿realmente crees que puede ser la definitiva?
- Al menos, para los próximos tres meses.
Genial, Viajero. No cambias nunca.

jueves, junio 14, 2007

De familia

Su historia era divertida para contarla, pero no para vivirla. Había sido concebido en un pueblo anónimo, en un hospital con nombre de santo, mientras su madre estaba de gira.
Ella era trapecista en un circo ambulante, profesión que le acabó costando la vida cuando él tenía ocho años. Un terrible accidente de carretera acabó con la vida de tres payasos, cuatro trapecistas y una cebra. El tigre sobrevivió milagrosamente, y extendió el caos durante una semana hasta que lo capturaron de nuevo.

Para entonces, él estaba integrado con el resto de los niños del circo: juntos formaban la más pequeña pirámide humana del mundo. Conforme creció, se convirtió en una persona amable que sabía escuchar y comprender. A los dieciséis años, cansado de que el peso de sus compañeros recayese siempre en sus hombros, abandonó el mundo del espectáculo. Afortunadamente, sólo dos de sus compañeros sufrieron heridas leves cuando la pirámide humana se derrumbó por completo.

Sin saber qué hacer, trató de localizar a su padre, quien, según su madre, “era alguien increíble”. Comenzó su búsqueda por las iglesias, dado que allí siempre encontraba a alguien en quien no podía creer. Jamás llegó a encontrarle, así que dedujo cosas de su padre mirándose a sí mismo. Su madre no era muy alta, pero él sí. Supuso que eso le vendría de familia. Como sus orejas. Esas también se las debía a su padre.

Mientras tanto, se ganaba la vida aquí y allá. Aquí como jardinero, y allá, en esa panadería, como repartidor. Había aprendido mucho en el circo: la mitad de lo que le enseñaban los adultos, y la otra mitad de lo que no le enseñaban pero él espiaba. Había crecido entre actores ambulantes, con una conquista en cada pueblo, y los había observado, a través de agujeros en las lonas del circo, hacer cosas que no enseñaban en ningún lado.
Por eso encontró rápidamente a una mujer que lo amase, y la abandonó igual de rápido. Supongo que eso lo heredó de su madre.

Acababa cada día frente a mi banco, lavándose las manos esa fuente. Se sentaba ahí, y se cenaba un bocadillo. Después me robaba un par de admiradoras, echando las migas que quedaban al suelo. Las palomas preferían su pan al mío, y rodeaban su banco con expectación hasta que él se levantaba y se marchaba a casa.

Había días en los que no venía, pero al día siguiente llegaba con la mirada cansada y la sonrisa fácil. Llegó a hacerlo hasta nueve veces: las nueve bodas de los nueve componentes de la pirámide de su niñez. Hacía años que no se soportaban, así que jamás volvieron a repetir la actuación, pero de vez en cuando se veían, y hablaban de lo viejos que se habían vuelto.

Otro día volvió con los ojos enrojecidos y el dolor en el rostro. No fue el primero de sus amigos en morir.

No sé cuándo empezó a sentarse a mi lado y echar las migas a mis pies, para darme compañía, ni cuándo empezó a contarme su vida. Hablábamos con sinceridad de nuestros éxitos y fracasos. Él pensaba que el único valor que tenían las palabras era el del Scrabble, y que no existían razones para ocultar una verdad. Por eso conozco su pasado con más seguridad que el mío.
Recuerdo que los últimos días que hablamos, parecía preocupado. Decía que pronto se tendría que ir, de una forma u otra, y que tenía curiosidad por saber cuál. Y llegó el día en el que no apareció, ni ese día, ni el siguiente, ni el siguiente.

Y hoy llegas tú, idéntico al joven de hace veinte años, preguntando si lo he visto, si lo conozco. Quieres saber cómo era, qué hacía, qué le gustaba. Quizás quieras averiguar por qué abandonó a tu madre. Supongo que eso te viene de familia.

martes, mayo 08, 2007

El relato más corto del mundo IV

A ella le caía todo el mundo mal, excepto él. Desafortunadamente, a él le caía todo el mundo bien, excepto ella.

lunes, abril 16, 2007

Destinos: Felipe murió ayer

Vengo a decirte que ya sólo quedamos tú y yo. Felipe murió ayer, de camino al hospital.
Tu respiración rítmica, mecánica, no se altera, pero sé que me has oído, y que has comprendido lo que significa.

Felipe murió. Cayó al hueco de la vía del metro y se fracturó las costillas. Una de ellas le perforó el pulmón. Fue el que más tardó en morir. No te incluyo a ti porque tu caso es especial. De los cuatro, Felipe es el que peor suerte ha tenido.

¿Recuerdas cómo nos reíamos a los veinte años? El metro era nuestro túnel a la aventura de cada noche. A veces, conseguíamos que alguno regresase acompañado de una chica, pero casi siempre volvíamos todos acompañados por una cogorza monumental.

Pedro fue el primero en morir. Una noche, más borracho de lo normal y de lo saludable, se puso a mear en la vía. La electricidad le subió por el meado y lo dejó frito. Sí, sí, tenías razón, era un imbécil. Siempre lo supiste.

José Miguel fue el siguiente. Las puertas del metro le atraparon el abrigo y el tren lo arrastró hasta estrellarlo contra la arcada del túnel. Sus restos cubrieron algunas de las pintadas que hicimos a los dieciséis. ¿Las recuerdas? Habíamos conseguido unos sprays nosedónde, y no se nos ocurrió un sitio mejor donde pintar garabatos y escribir obscenidades. Qué críos éramos, entonces.

Y ahora sólo quedamos tú y yo. Te has pasado quince años aquí, en coma, desde que tropezaste al salir de un vagón superpoblado y te golpeaste la cabeza contra las baldosas. Mientras tanto, el metro ha ido acabando con nosotros uno a uno, y ahora Felipe a muerto.
Algo en tu cara me dice que lo comprendes, y un pitido constante en una de las máquinas a las que te tienen enchufado me dice que te has ido.

Siempre has sido el más listo de todos nosotros, desde que nos chivabas las respuestas en secundaria. Siempre dijiste que yo sería el último en irme.

Me voy, Julián.
Me voy a enfrentarme al metro.

martes, marzo 20, 2007

Herencias: De Cartón Piedra

(Cortesía de J.M. Serrat)

Era la gloria vestida de tul
con la mirada lejana y azul
que sonreía en un escaparate
con la boquita menuda y granate
y unos zapatos de falso charol
que chispeaban al roce del sol.

Limpia y bonita.
Siempre iba a la moda.
Arregladita
como p'a ir de boda.

Y yo, a todas horas la iba a ver
porque yo amaba a esa mujer
de cartón piedra
que de San Esteban a Navidades
entre saldos y novedades
hacía mas tierna mi acera.

No era como esas muñecas de abril
que me arañaron de frente y perfil.
Que se comieron mi naranja a gajos.
Que me arrancaron la ilusión de cuajo,
y con la presteza que da el alquiler
olvida el aire que respiro ayer
y juega las cartas que le da el momento.
Mañana es solo un adverbio de tiempo.

No. Ella esperaba en su vitrina
verme doblar aquella esquina...
Como una novia,
como un pajarillo pidiendome...
libérame, libérame...
y huyamos a escribir la historia.

De una pedrada me cargue el cristal
y corrí, corrí con ella hasta mi portal.
Todo su cuerpo me tembló en los brazos.
Nos sonreía la luna de marzo.
Bajo la lluvia bailamos un vals,
un, dos, tres... un, dos, tres...
todo daba igual,
y yo le hablaba de nuestro futuro
y ella lloraba en silencio... os lo juro.

Y entre cuatro paredes y un techo
se reventó contra su pecho
pena tras pena.
Tuve entre mis manos el universo
e hicimos del pasado un verso
perdido dentro de un poema.

Y entonces llegaron ellos.
Me sacaron a empujones de mi casa y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas, donde vienen a verme mis amigos de mes en mes..., de dos en dos..., y de seis a siete.

miércoles, febrero 28, 2007

Siempre hay alguien limpiando en Hong Kong

Él era la piedra que en todas las cascadas cinematográficas se eleva sobre el agua para darle al protagonista la oportunidad de escapar de la corriente que le arrastra hacia su final.

En una de las ciudades con mayor flujo constante de personas, él permanecía quieto. Estaba casi todo el día ahí, de pie, en medio de la parada de metro que no ofrecía asiento alguno para los transeúntes que apenas tendrían que esperar tres minutos antes de coger el siguiente tren. Él se detenía donde los demás se apresuraban. Aguardaba su oportunidad en un sitio donde debías salir a buscarla. Siempre hay alguien limpiando en Hong Kong, pero él no era una mancha. Donde los demás eran masa, él era individuo.

A su lado pasaban hombres y mujeres de traje y maletín, colgados de su teléfono móvil y de sus enormes responsabilidades, y jóvenes colegialas de faldas y camisa y pañuelo alrededor del cuello, cuyo móviles contenían todo lo opuesto a la responsabilidad. Veía pasar viajeros con sombreros de ala ancha y pañuelos amarillos en el cuello y turistas despistados que buscan letreros en inglés. Le ignoraban jóvenes de rostro indiferente que fingen serlo, ancianas con bolsas de plástico que huelen a vegetales y pescado fresco, y hombres entrados en años y carnes por igual, que llevan la camisa manchada de salsa. Las madres arrastran de la mano a sus retoños que le miran extrañados, hasta que él les saca la lengua, y los niños rehúyen entonces su rostro. Los monjes que se le acercan en busca de limosna se alejan de él con apenas una moneda más.

Los únicos que le hacen caso son las incansables hormigas que son los de mantenimiento, que le piden que por favor se haga a un lado mientras ellos borran todas las pintadas que hay en la pared en la que se apoya, incluyendo una declaración de amor, un insulto vengativo y una cita de un libro no muy famoso.

Él se entretiene la mayor parte del día imaginando qué vidas viven los demás, encerrados en sus círculos de rutina, siguiendo el curso del flujo de personas que posee Hong Kong como si la estación fuera un gigantesco corazón que envía, cada segundo, a docenas de personas a través de las venas de transporte público de la ciudad.

Allí permanece, hora tras hora, esperando su momento. Esos escasos doce segundos que transcurren cuando sale un tren semivacío que no deja a nadie esperando en el andén, mientras los de mantenimiento se han marchado a limpiar los pasillos del centro comercial que se eleva sobre la estación de metro y los monjes shintoístas se han vuelto al monasterio, esos doce segundos en los que él está completamente solo en una ciudad donde seis mil personas conviven en el mismo kilómetro cuadrado.

En esos doce segundos, él saca el rotulador que lleva en el bolsillo trasero de su pantalón, y con una caligrafía rápida pero legible, escribe en la pared en la que se ha estado apoyando todas estas horas. Siempre escribe la frase de un libro que leyó hace mucho tiempo. No era famoso. Pero le gustó tanto que decidió rendirle homenaje.


Sabe que alguien habrá leído esa frase. Alguna colegiala que descansa la mirada en la pared mientras habla por el móvil. Algún joven que, fingiendo indiferencia, mire las pintadas de la pared para que se vea lo indiferente que es. Un ejecutivo, mientras se apoya en la pared a descansar su corazón obstruido por el colesterol y la responsabilidad. Una madre, mientras le ajusta el abrigo a su hijo. En algún momento, una mirada caerá por casualidad sobre su frase.


Si ningún ejecutivo, madre o joven tropieza con esa frase que tanto adora, siempre están los de mantenimiento. Siempre hay alguien limpiando en Hong Kong, y aunque sea antes de borrarla, alguno de esos hombres vestidos de amarillo y azul habrá leído lo que él escribe todos los días en la misma estación del metro.


"En la ribera de Dwat, los sueños recogen rosas con las manos desnudas, y lo demás no va a importar”, escribe. Luego se mete el rotulador de nuevo en el bolsillo, y coge el siguiente tren.


Debe descansar para estar allí el día siguiente, porque no importa cuantas veces escriba esa frase. Siempre hay alguien limpiando en Hong Kong.