jueves, junio 14, 2007

De familia

Su historia era divertida para contarla, pero no para vivirla. Había sido concebido en un pueblo anónimo, en un hospital con nombre de santo, mientras su madre estaba de gira.
Ella era trapecista en un circo ambulante, profesión que le acabó costando la vida cuando él tenía ocho años. Un terrible accidente de carretera acabó con la vida de tres payasos, cuatro trapecistas y una cebra. El tigre sobrevivió milagrosamente, y extendió el caos durante una semana hasta que lo capturaron de nuevo.

Para entonces, él estaba integrado con el resto de los niños del circo: juntos formaban la más pequeña pirámide humana del mundo. Conforme creció, se convirtió en una persona amable que sabía escuchar y comprender. A los dieciséis años, cansado de que el peso de sus compañeros recayese siempre en sus hombros, abandonó el mundo del espectáculo. Afortunadamente, sólo dos de sus compañeros sufrieron heridas leves cuando la pirámide humana se derrumbó por completo.

Sin saber qué hacer, trató de localizar a su padre, quien, según su madre, “era alguien increíble”. Comenzó su búsqueda por las iglesias, dado que allí siempre encontraba a alguien en quien no podía creer. Jamás llegó a encontrarle, así que dedujo cosas de su padre mirándose a sí mismo. Su madre no era muy alta, pero él sí. Supuso que eso le vendría de familia. Como sus orejas. Esas también se las debía a su padre.

Mientras tanto, se ganaba la vida aquí y allá. Aquí como jardinero, y allá, en esa panadería, como repartidor. Había aprendido mucho en el circo: la mitad de lo que le enseñaban los adultos, y la otra mitad de lo que no le enseñaban pero él espiaba. Había crecido entre actores ambulantes, con una conquista en cada pueblo, y los había observado, a través de agujeros en las lonas del circo, hacer cosas que no enseñaban en ningún lado.
Por eso encontró rápidamente a una mujer que lo amase, y la abandonó igual de rápido. Supongo que eso lo heredó de su madre.

Acababa cada día frente a mi banco, lavándose las manos esa fuente. Se sentaba ahí, y se cenaba un bocadillo. Después me robaba un par de admiradoras, echando las migas que quedaban al suelo. Las palomas preferían su pan al mío, y rodeaban su banco con expectación hasta que él se levantaba y se marchaba a casa.

Había días en los que no venía, pero al día siguiente llegaba con la mirada cansada y la sonrisa fácil. Llegó a hacerlo hasta nueve veces: las nueve bodas de los nueve componentes de la pirámide de su niñez. Hacía años que no se soportaban, así que jamás volvieron a repetir la actuación, pero de vez en cuando se veían, y hablaban de lo viejos que se habían vuelto.

Otro día volvió con los ojos enrojecidos y el dolor en el rostro. No fue el primero de sus amigos en morir.

No sé cuándo empezó a sentarse a mi lado y echar las migas a mis pies, para darme compañía, ni cuándo empezó a contarme su vida. Hablábamos con sinceridad de nuestros éxitos y fracasos. Él pensaba que el único valor que tenían las palabras era el del Scrabble, y que no existían razones para ocultar una verdad. Por eso conozco su pasado con más seguridad que el mío.
Recuerdo que los últimos días que hablamos, parecía preocupado. Decía que pronto se tendría que ir, de una forma u otra, y que tenía curiosidad por saber cuál. Y llegó el día en el que no apareció, ni ese día, ni el siguiente, ni el siguiente.

Y hoy llegas tú, idéntico al joven de hace veinte años, preguntando si lo he visto, si lo conozco. Quieres saber cómo era, qué hacía, qué le gustaba. Quizás quieras averiguar por qué abandonó a tu madre. Supongo que eso te viene de familia.