lunes, agosto 27, 2007

Eternidades

- Los ángeles merecen morir.
La frase del hombre del piano parece retumbar, como un mazazo, por el salón. Landelón, que hace veinte minutos que no se mueve, y al que yo daba por dormido o borracho, levanta la cabeza por encima de su barricada de botellas de cristal marrón, y dirige una mirada de ignorancia hacia el autor de tan potente sentencia.
- Sí. Los ángeles merecen morir.
- ¿Cómo castigo, o como liberación?
- Como castigo.
Ahí me ha pillado. Antes hablábamos de que la vida eterna, en este mundo o en otro, no es sino un castigo. Debido a la teoría de opuestos que Landelón se esmera en explicar a todo aquél que le pregunta, una vida eterna implica al final un estadio de tedio o de neutralidad tan absoluta que se acaba convirtiendo en un sinsentido. No puede existir felicidad si no existe infelicidad, por lo que una vida eterna sin infelicidad hace que el eterno viviente no pueda ser feliz. Los ángeles, que (en teoría) viven felices eternamente en la contemplación de la gloria de Dios (sí, de Ése Dios) tienen que terminar deseando la muerte para escapar del sinsentido en el que se termina convirtiendo su existencia. Eso es la muerte como liberación... pero, ¿como castigo?.
- ¿Como castigo?- la voz, ronca por el cansancio y la bebida, del Viajero parece hacer eco a mis pensamientos.
- Sí. La vida eterna no debe pertenecerles. Merecen morir.
El hombre del piano, de repente, parece amargo y vengativo. Su tristeza suele ser introspectiva, casi tímida, que le gana el aspecto de un hombrecillo gris. Pero ahora parece indignado, como escupiendo su amargura a su alrededor.
- Y dime, entonces... ¿Qué han hecho los ángeles para merecer la muerte como castigo?
- El peor de los crímenes.
- ¿Adorar a Dios?
- Ser felices eternamente.

viernes, agosto 24, 2007

Puntos de vista

Cuando entré en mi salón, me encontré a Landelón sentado del revés en el sofá, con los pies en la pared y la cabeza colgando donde deberían haber estado sus piernas. Tras una semana de tener al Viajero deprimido por casa, escribiendo cosas acerca de la luna y de no se qué pelo en el viento, era agradable verle hacer algo tan propio del él.
- Qué, ¿meditando?
- Ajá. He descubierto muchas cosas pensando así.
- ¿Como, por ejemplo...?
- El sentido de la vida.
Si alguna pregunta es inefable, es ésta.
- Ilumíname. ¿Cuál es el sentido de la vida?
- Hacia adelante.
Je. Ya está. Landelón había vuelto. Fátima volvía a quedarse atrás, hasta la próxima vez que se cruzase.
- Vale. Me lo creo. - Hay que ver que bien mienten los humanos- ¿Y por qué?
- El por qué es sencillo. Porque si fuésemos hacia atrás, veríamos los errores que hemos cometido antes de que los cometamos, y podríamos evitar cometerlos.
- ¿Seguro que eso es por tu meditación, y no una alucinación porque se te acumula la sangre en el cerebro?
- No. Pero correré el riesgo.
Existen, desde mi punto de vista, tres cosas que no van a cambiar nunca: Que los seres humanos mientan, que las mujeres mientan más aún, y que no habrá ser en la tierra capaz de dejar a Landelón sin respuestas.
- Siempre me he preguntado, Viajero... ¿Por qué cuando meditas te sientas boca abajo?
- Para tener otro punto de vista.

martes, agosto 21, 2007

La sonrisa de la luna

La luna se ríe a escondidas. Lo sé bien, porque le he estado espiando.

Hace días que no puedo dormir bien, y por eso me dedico a mirar por mi ventana. La luna está allí, haciéndose la loca, mientras mira a los amantes conquistar la noche. Y en su momento de placer, a la luna le entra la risa, y se tapa la boca con la mano para que no se le oiga.

No quiere que la vean. Prefiere que los amantes se dediquen el uno al otro. Quiere que la chica apoye su cabeza en el pecho de él, para que éste le acaricie el pelo hasta que se queda dormida. A la luna le gustan las cosas tiernas. Se ríe cuando los humanos fingimos ser fuertes, porque ella ha estado mirándonos desde que la Tierra era joven y buscábamos alimento en la oscuridad. Ella sabe que los humanos somos torpes y necios, porque nos esforzamos en construir barreras que nos protejan de aquello que hace mucho deberíamos haber desterrado del mundo. Y aunque le demos lástima, a la luna le divierte espiarnos cuando somos nosotros mismos.

Le gusta cuando él recorre la espalda de ella con sus dedos. Cuando le roza el cuello suavemente con los labios. Disfruta cuando ella se estremece de placer, y ríe pícaramente cuando ella deja escapar un gemido.

La luna me miraba cada noche que le dedicaba mi cuerpo y mi alma a aquello que yo más quería. Y ahora, soy yo el que me dedico a espiar a la luna, para descubrir cuántas cosas me ha visto hacer, cuando amor me ha visto dar, cuanta ternura me ha visto desperdiciar.

Quiero saber cuánto me ha robado la sonrisa de la luna.

El susurro de tu pelo en el viento

He tratado de clavar mis uñas en la pared. Apretando los ojos, para no llorar. Extraño la silueta de tu cuerpo tanto como puedo echar de menos respirar. No, no, es mentira, porque prefiero verte a respirar, y eso vendría a significar que prefiero verte a vivir. Me paso el día sentado en la calle, con los ojos cerrados, muy callado. A veces creo que puedo oírlo, pero entonces el ruido de la vida me aleja de él, y tengo que volver a quedarme callado, muy callado, buscando ese sonido que llena mi cuerpo de algo que sólo puede describirse como la caricia de una flor contra la piel.

Cuando estoy sólo, dibujo tus curvas en el aire, como si perfilando tu cuerpo pudiera sentirte presente. Mis dedos se deslizan sólos, como si pudieran trazar la curva que une tus hombros con tu cuello. Como si pudieran darte esa caricia que tanto deseabas, y que tanto deseaba darte. Nadie me ve, pero aun así me siento viejo y triste. El tiempo no pasa en balde, dice mi hermano, y tiene razón. Me he vuelto un viejo idiota, soñando sueños estúpidos, y sentado en la calle con los ojos bien cerrados, bien cerrados, para ver si consigo escucharlo.

Me tumbo sobre el césped, mientras el viento va tirando sobre mí las hojas de los árboles. A veces pienso que podría enterrarme en ellas, echar raíces, fundirme con la tierra. Pero no estoy seguro de que eso acabase con mi vacío. Hay cosas que van más allá de la vida, ¿por qué no ha de haber cosas que vayan más allá de la muerte? Así que me quedo ahí, tumbado en el césped, con los ojos cerrados, bien cerrados, y los oídos bien abiertos, para ver si consigo oírlo.

Tarde o temprano, lograré escuchar el susurro de tu pelo en el viento.

domingo, agosto 19, 2007

Amanecer

"La tristeza empaña mis cristales de la misma forma que tu presencia iluminaba mi sonrisa. Tu ausencia ha pintado mis paredes con una capa opaca de cansancio y amargura. No me queda otra cosa que hacer que rellenar tu espacio con cosas que me gustan menos que tú, y que no me abrazan por las noches. Las estrellas que antes brillaban más, ahora me parecen lejanas y pobres reflejos de la luz que se reflejaba en tu sonrisa. La luna, que antes era testigo de nuestro amor, ahora es traidora y falsa, y se niega a acompañarme en mi soledad. Y sólo me queda alzar un vaso medio vacío al amanecer, deseando que todo acabe pronto, y se vuelva a hacer la oscuridad"

- Es... es absolutamente deprimente. Y mediocre.
Landelón deja la cerveza sobre la mesa. Son las siete de la mañana, y estamos repantingados en un balcón, mirando el cielo de una ciudad que podría ser cualquiera, bebiendo.
- Huy, ya salió el escritor. Mejóralo, anda.
Sabe que no puedo. Tenhime está en Hong Kong, visitando a sus padres, y aunque la echo de menos, mi sentimiento de soledad no puede igualar la angustia del Viajero. Ayer, Fátima volvió a cruzarse en su camino.
Hace ya casi cuatro años desde que se conocieron. Desde entonces, Landelón no ha conocido la paz. Fátima y el Viajero trazan sus caminos de forma que, al cruzarse, atrás queda un rastro de amor, tristeza y buenos recuerdos. Ella ansía conquistar el futuro con Landelón. El Viajero ansía conquistarla a ella.

- "He viajado por todo el mundo conocido. He conocido maravillas del mundo entero. He sentido placeres que sólo se pueden conocer fuera de éste mundo. Nada me basta. Nada me complace. Quiero estar a tu lado"
El Viajero chasquea la lengua, evidentemente decepcionado.
- No, no. No me parece que lo supere.
- Tenhime me preguntó por qué no estabas con Fátima, teniendo en cuenta que ella te ama y tú la amas a ella.
- ¿Y qué le contestaste?
- Que, a veces, no basta con estar enamorado.
Landelón mira el culo de licor que le queda en el vaso, y parpadea para despejar las lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos. Alza el vaso hacia mí y brinda.
- Por las cosas que sólo pasan una vez en la vida.
- Y es mejor que así sea.
Y cuando sale el sol, ahí estamos para brindar con él.

miércoles, agosto 01, 2007

Recuerdos

Acabábamos de pedirnos unas cervezas, cuado el hombre del piano entró en el bar y, al reconocernos, se sentó entre nosotros.
- No te veíamos desde hacía meses- dice el Viajero, a modo de saludo.
- Vacaciones- es la parca réplica que recibe.
- ¿Cancún? ¿Londres? ¿Ishashi? -pregunto.
- Badar. Muy bonito.
Mierda. Como siempre, me acuerdo de la hija pequeña del Rey de Badar, y me entra la nostalgia. Pasamos un buen rato, un rato maravilloso. De aquellos ratos que terminan con un "fue bonito mientras duró". Creo que es la única mujer que se ha acostado conmigo y no me odia. Aún.
Durante dos años estuve pensando en regresar a Badar, pero siempre había algo que me lo impedía. Antes, los estudios. Ahora, Tenhime.
-¿Nos has traído algo? ¿Algún recuerdo?- pregunta Landelón.
Conocía la respuesta sin que el hombre del piano dijera nada. Nunca traía recuerdos. Y posiblemente, nadie que le hubiera visto le recordaría. Más que un recuerdo de Badar, debería darnos un recuerdo de sí mismo.
- Me dieron algo- dice. Es tan sorprendente que dejo de mirar mi botella medio vacía para mirarle a él- Para tí.
La cara de desilusión del Viajero valía millones. El hombre del piano, por otra parte, me tiende un sobre marrón que no tiene precio.
Es una foto de la hija pequeña del Rey de Badar. Parece reciente, y sin embargo no ha cambiado nada. Luce, radiante, un vestido rojo que destaca las curvas de su pecho y caderas, y sonríe con alegría mientras saluda a la cámara. En la otra mano sostiene un pequeño reloj de arena. El pequeño reloj de arena.
-¿Quién te lo ha? ¿Cómo has? ¿Qué cojones?
- Prometo contestarte a las preguntas que termines.
Tomo aire. Casi hasta me cuesta esfuerzo.
- ¿Cómo ha llegado esto a tus manos?
- Me lo dio ella, por supuesto. Muy simpática.
- Y lista, incluso para ser una princ...- comienza el Viajero- La hija pequeña de un Rey.
Se ha corregido a tiempo. Le costó una reprimenda Real averiguar que la hija pequeña del Rey de Badar no era una princesa.
- ¿Y por qué te la dio?
- Hubiese sido descortés preguntárselo.
- ¿Y ella no te dijo nada?
- Sí. Que te lo hiciera llegar.
- ¿Nada más?
- Me dijo algo, pero no sabría decírte ahora... No me acuerdo bien.
- ¿Te sabes "In a gadda da vida" para órgano de memoria, y no te acuerdas de lo que una mujer preciosa te dijo en tus vacaciones?
Y lo digo sabiendo que es posible. El hombre del piano ha demostrado una memoria infalible si la cosa tenía corcheas y bemoles.
- Algo de una rosa y una playa. No, espera, dijo "Dile que la gente aún recuerda las rosas en la arena". No lo entendí.
Landelón se termina su cerveza, se recuesta en la silla, y antes de ponerse el sombrero sobre el rostro dice:
- Yo tampoco.
Miente.