domingo, septiembre 30, 2007

Frente al Gremio de Alquimistas

Era raro ver una cara desconocida sentada en la mesa de nuestro bar. Generalmente, Landelón llevaba a sus conquistas a restaurantes elegantes, o a sitios exóticos en los que el hombre del piano y yo no pudieramos arruinar la noche con la eterna amargura de uno o las extrañas teorías del otro. Esa noche, en cambio, una cuarta cara se sumó a las nuestras.

Era joven, y alto, pero estaba encogido en su silla. Sus ojos tenían unas suaves patas de gallo, quizás porque en otro momento de su vida rió mucho y con ganas, y bajo sus párpados comenzaban a formarse bolsas oscuras por la falta de sueño. Sostenía la cerveza por el cuello con tres dedos, y la hacía girar, trazando círculos en la mesa con el culo del botellín.

- Existe una persona - nos cuenta - con la que quiero jugar una noche.

El hombre del piano levanta la vista del suelo, mientras que Landelón saca su mirada del trasero de la camarera. Yo pienso "no será tan cabrón..." antes de decidir darle la oportunidad de caerme bien.
- ¿Perdona?
- Conozco una mujer empeñada en esconder su belleza del mundo. Se oculta tras un velo de timidez y una sonrisa cortés, y no sabe que es una persona hermosa e inteligente. Yo creo que le falta autoestima, quererse un poco a sí misma, descubrir lo guapa que es. Y quiero jugar con ella.

Ya estamos. Otro tipo con síndrome de "Voy a salvar el mundo, aunque sea persona a persona". Últimamente, he conocido a un par de éstos. Alguien les dijo que quien es fiel en lo poco, lo será en lo mucho, y ellos decidieron que si salvan a tres millones de personas de sí mismas, el mundo sería un lugar mejor. Y por supuesto que lo sería... para esos tres millones.
- Ajá. ¿Y a qué pretendes jugar?
- A que le gusto. Le pediré que, por una noche, finja que está interesada en mí, y yo fingiré que estoy interesado en ella. Si ella lo desea, la llevaré a cenar a un sitio elegante, le regalaré flores, me vestiré de traje y corbata. Pero a cambio, quiero verla radiante, tan hermosa como yo sé que puede estar.
- ¿Quieres que se sienta atractiva fingiendo que te atrae? Eres un genio.- Si escupo al suelo, lo más posible es que se derrita. No me había sentido tan ácido en meses.
- No. Se sentirá atractiva cuando se vea frente a un espejo, y observe a la preciosidad que le devuelve la mirada.
- No tienes ni idea de mujeres.- interrumpe el hombre del piano- Ella nunca se verá atractiva si no quiere. El peor enemigo de una mujer es ella misma.
- Dime una cosa, jugador... Pongamos que accede a tu perverso juego. ¿A quién va a ayudar?
El nuevo esgrime una amplia sonrisa, que me recuerda a ese escudo blanco que luce Landelón cuando lo está pasando mal por Fátima.
- ¿No es evidente? A mí.

lunes, septiembre 24, 2007

Vivir

- ¿Cómo está Sara?
- Vivirá.

Para el hombre del piano, aquella palabra bastaba. Ya había perdido a un ser querido, y su triste corazón no necesitaba nada más que saber que Sara sobreviviría. Landelón era diferente.
- Contaba con eso. Pero, ¿cómo está Sara?
- No todos tienen tu determinación, Viajero. Vivirá, y con suerte, vivirá como ella quiera.
El Viajero me mira, a punto de replicarme con alguna verdad absoluta de difícil rebatimiento. Al final, tensa los labios, como para retener sus ideas dentro de su boca. Tenhime se levanta de la silla, y me abraza.
- Vivir es suficiente. - El hombre del piano se levanta, y se va alejando por el blanco pasillo.
- No, no lo es. Vivir es el vehículo, el viaje. Una vida comienza y termina, y después sólo queda lo que hayamos hecho con ella. Y si ella no puede... si ella no quiere... si ella no...
- Tú lo has dicho, Viajero. Ella. Es ella. No tú. No yo. Ni siquiera Dídac.
Por primera vez en mi vida, me parece ver que el Viajero se da por vencido. Tenhime aprieta su abrazo, y hunde su rostro contra mi pecho en un gesto que nos reconforta a ambos, pero deja a Landelón fuera del círculo.
El ruido de la puerta cerrándose al salir el hombre del piano parece hacerse eco en el vacío de nuestros pechos.
- ¿Y tú qué, Dídac? ¿Tampoco harás nada?
- A veces lo más difícil es no hacer nada, Landelón. Y a veces, no hay que hacer nada.
- Esta historia acabará mal, Cuentacuentos. Lo sabes.
Pronto, vuelve a sonar la puerta, y sólo quedamos la luz de mi vida y yo.
- Crees que tiene razón, ¿no es cierto?
La miro a los ojos. Es difícil expresar lo que uno siente cuando todo lo que deseas en la vida te examina el rostro en busca de un gesto delator.
- Sí. Pero yo también. No podemos hacer nada.
- Eso no es cierto. Anda, acompañémosla.
Los entierros son actos horribles en los que nunca he sabido cómo actuar ni qué decir. Pero Tenhime me cogía de la mano mientras tiraba de mí, y si algo tan sencillo me hacía sentir bien, ¿quién dice que no haría lo mismo por Sara?

Sara se rasca la cabeza

Sara me mira. Sara sonríe. Sara se rasca la cabeza. Sara no es feliz. Sara me llena de tristeza.

Sara quiere lo que no puede, y le gusta que los que no deben le quieran. A Sara le gusta esa espinita de tragedia griega tan dolorosa y adictiva, porque la tragedia es poderosa. Sara no disfruta sufriendo, pero a veces pienso que sufre disfrutando.

Sara no se quiere. Busca a alguien que la quiera más de lo que se quiere a sí mismo, pero que la quiera menos que lo que ella se quiere a sí misma. Sara aparenta ser frágil, tanto que quizás lo sea.

Sara necesita a alguien que nunca eres tú.

Sara vive de sueños, pero no sueña despierta. No conquista la vida como un sueño, sino como el pobre sustituto de esa gran historia que fue o que pudo haber sido.

Sara ya no me mira. Sara ya no ríe. Sara se rasca la cabeza. Sara no es feliz. Sara me llena de tristeza.

lunes, septiembre 10, 2007

Insomne

Es increíble lo que uno es capaz de pensar cuando no puede dormir.
Llevo ya una semana en la que Morfeo me castiga, y hace que me levante a la una de la mañana, cansado pero despierto, de la cama que comparto con Tenhime, y me vaya al sofá a ver la tele, en un desesperado intento de coger sueño.
Ahí tirado, viendo la horrenda programación que hay en la televisión pública a la madrugada, me dedico a cazar fantasmas de mi pensamiento. Todas las inseguridades, todos los miedos, incluso pasiones o pecados inconfesables, aprovechan para pasearse por mi mente mientras mis ojos se clavan en la nada que proyecta el tubo de rayos catódicos.
Siempre acuden primero los miedos. Primero, a perder a Tenhime. Desafortunadamente para ella, el hecho de que le dedique mi primer pensamiento hace que detrás lleguen todos los demás pensamientos que con ella van ligados. ¿Realmente la amo? ¿La necesito? ¿Qué aporta a mi vida, y cómo podría vivir sin ella? Las reflexiones oscuras no necesita esconderse, porque la oscuridad entera es un escondite. ¿Cómo sería mi vida con otra persona?
Y entonces aparece la hija pequeña del Rey de Badar. Quizás podría dejar a Tenhime, dejar mi trabajo, e ir a Badar. Allí no necesitaria trabajar. Sólo estar junto a ella, todo el día, y recordarle por qué soy el hombre que una vez la hizo feliz. Y ella me haría feliz como sólo ella ha sabido hacerlo.
Pero el miedo a que las cosas cambien es poderoso, y por eso los buenos recuerdos sólo son buenos recuerdos. Tenhime continúa durmiendo plácidamente en su cama, en nuestra cama, la cama que, como tantas otras cosas, compartimos, y de las que no me quiero desprender. Es tan doloroso renunciar a lo que con tanto esfuerzo se ha conquistado...
Al final, siempre termino con lo mismo. "Algún día cogeré un tren y no volverán a verme. Viajaré a algún sitio lejano, y acabaré trabajando en un fast food en Yamaguchi, mientras sigo escribiendo por las noches". Luego sacudo la cabeza, reprimo mis instintos autodestructivos, y vuelvo a esa comodidad burguesa tan apoltronante a la que nos hemos ido acostumbrando todos.
Porque los cambios dan miedo, y no los deseamos.
Hasta que alguien te los impone y ya no sirve agitar la cabeza y seguir viendo la tele con la esperanza de coger sueño antes de tomarte en serio lo que estás pensando.

jueves, septiembre 06, 2007

Rosas en la arena

- ¿De qué iba aquello de las rosas en la arena?- pregunta el hombre del piano.
- No tengo ganas de hablar de ello.
- Mentira. Tú siempre tienes ganas de hablar.
Suspiro. Parece que no me puedo librar de ésto.
"Cuando volví a Badar, por segunda vez, fuí a ver a la hija pequeña del Rey de Badar. Durante unos días, estuvimos juntos, reímos, hablamos, nos amamos."
- Demasiado bonito. No debí haberte preguntado.
- Haber elegido muerte.
El último día, estábamos paseando por la playa, cuando cogí la rosa que le había regalado y la clavé en la arena. Ella me preguntó por qué hacía eso, y yo le señalé a los rosales que su padre había plantado en el paseo marítimo.
- Mira. Mucha gente piensa que el amor es como una planta a la que hay que cuidar día a día para que florezca. Si es así, nuestro amor es como una rosa. Si la plantamos y cuidamos, se confundirá con los otros rosales, y, a pesar de su belleza, se convertirá en un rosal más, y la gente lo acabará olvidando.
Sin embargo, todo el mundo recuerda una rosa en la arena. La visión es tan hermosa y solitaria, que nadie olvida nunca la imagen. No florece, y aparentemente muere, pero el recuerdo de algo es mucho más poderoso que la vida, y por eso las rosas en la arena viven mucho más, y de forma mucho más brillante, que los rosales.
- Es la mayor estupidez que he oído en mi vida- dice el hombre del piano.
- Ey, que no soy yo el que compone canciones deprimentes aquí, ¿eh?
- Y Tenhime, ¿Qué piensa de todo esto?
- Al principio tenía celos de ella. Es comprensible, teniendo en cuenta lo que compartimos y lo que recordamos. Pero luego lo entendió, y ya no le molesta. No importa cuán hermosa haya sido una rosa. Nunca echa raíces en la arena.