viernes, noviembre 30, 2007

Despertares

A las 6.30 de la mañana, Inés, recién levantada en su pijama y con legañas en los ojos, abrió la puerta de su casa al Extraño.
- Es viernes. -dijo él, con la voz llena de ilusión.
- ¿Y qué?
- Y me gustas.

domingo, noviembre 25, 2007

Un buen plan

Hoy no ha sido un gran día.

Pero mañana lo arreglo.

viernes, noviembre 23, 2007

El relato más corto del mundo (VI)

Ambas heridas fueron hondas, dolorosas, en las vísceras.
Cuando la amante infiel se desplomó empapada en sangre, alcanzó a decir:
- Me... me has matado.
Y un hombre despechado empuñando una daga ensangrentada, le respondía:
- No, mi amor. Tú me has matado a mí.

jueves, noviembre 22, 2007

Espíritu Crítico.

- ¿Y cómo dices que es de guapa? - pregunta Landelón.
- Pues... hombre, yo diría que 0.6 helenios. - replica el Extraño
- Eso es mucho... - "Te estás pasando" parece ser la frase que se oculta tras ese comentario.
- Sep. Y eso que trato de ser objetivo.

Seguro que os ha pasado alguna vez. Estáis completamente hundidos en la miseria, y vuestros amigos acuden prestos en vuestro apoyo. Y, cuando estáis hablando de cualquier cosa para quitarte los problemas de la mente, uno de ellos comienza a hablar de un tema que te vuelve a deprimir profundamente.

En mi caso, Landelón vino para animarme por lo de Tenhime. Y a cuento de nada, el Extraño le acompañó. Durante un rato, estuvimos hablando de Prattchett y Gaiman, de Martin y Tolkien, de Eurípides y Plauto. Y a raíz de nosequé, el Extraño comenzó a hablar de una joven a la que había conocido.

Y conforme iba hablando de ella, me empecé a dar cuenta de que se comportaba como yo, hace tres años, cuando me enamoré de Tenhime. Hablaba de ella con espíritu crítico, con palabras poco idealistas, pero una sonrisa tonta en los labios. Resaltaba sus virtudes, sus manías, y hasta había apreciado uno o dos defectos en ella ("No es algo que se considere bueno", dijo), pero al muy imbécil no parecían importarle ("Claro que es imperfecta. No me gustaría de otro modo"). Todo era tan absolutamente similar a mi caso con Tenhime, que me vinieron a la cabeza millares de recuerdos, y me volví a hundir en la tristeza. El Extraño me sonreía, pero a mí me daban ganas de partirle la cara.

Desde la bronca del otro día, Tenhime no ha aparecido por casa. Últimamente tampoco estaba mucho por ella, pero ahora el matiz es diferente. La espera no tiene sentido, si decide no venir. Es absurdo. Todo era mejor cuando sabía que, tarde o temprano, estaría revoloteando por el piso, ajena a las oscuras actividades a las que nos dedicábamos Landelón, el hombre del piano, el Extraño y yo. Ahora no estaba trabajando fuera del país. Ahora estaba pensando si podría volver a besarme sin pensar en la hija pequeña del Rey de Badar.

- Así que tengo ganas de ver más dibujos suyos. - dice el Extraño.
- Dídac no. Mira el lío en el que se ha metido por el último dibujo de tu... Artrista.
Aquí falla algo. Me veo obligado a volver a la conversación.
- ¿Ahora habláis de Inés?
- Y antes también.
- ¿Inés es la que has...? Dios... te la estás jugando, ¿lo sabes?
El Extraño señala a la insignia del Gremio de Jugadores que luce en su pecho, y me pregunta si he leído bien lo que pone.

Alguien ha llegado a mi piso. El Extraño y Landelón miran hacia el recibidor, y palidecen.
- Esto... creo que ha llegado el momento de que nos vayamos.
Cuando han dejado el piso, Tenhime avanza hacia mí. Se sienta en el sofá, enfrentando su cuerpo al mío con un metro de distancia entre ellos. El universo entero ocupa esa distancia.

Me mira con ojos enrojecidos. Yo le mantengo la mirada, pero no orgulloso y desafiante. Le miro como un cordero degollado. Como un mendigo moribundo. Como si no pudiese respirar. Como un hombre enamorado. Ella sostiene la mirada, oscura, inescrutable como la mayoría de las mujeres.

Y entonces, se derrumba sobre mí, dejándome que la abrace.
- Eres un imbécil- dice.
- Lo sé. Pero te quiero.

martes, noviembre 20, 2007

El relato más corto del mundo (V)

Durante todo el tiempo que la amó, no se acercó a ella.

Cuando una flecha le atravesó el pecho, avanzó tambaleándose, cruzando las atónitas filas enemigas y, abrazándose a su asesina, dijo:

"Sabed, hermosa, que por vos moría, y por vos muero"

domingo, noviembre 18, 2007

Historias del Reino de Badar (II): Miserias y Penurias

Una vez, un Viajero llegó a un reino lejano, y vio que era el sitio más miserable en el que jamás había estado. Los campos estaban áridos, los bosques marchitos, el ganado famélico, y las personas hambrientas, enfermas y tristes.

“¿Qué ocurre?” Preguntó “¿Por qué está todo el reino hundido en esta desgracia?”
“Ay, Viajero” le contaron “nuestra desgracia habita en una torre en medio del bosque. Es el hogar de una malvada bruja que obtuvo su magia pactando con un demonio. Se dice que éste le puso una condición: que jamás hiciera una buena obra. De tener un gesto de bondad, perdería todos sus poderes de inmediato. Por eso, embruja la tierra y trae miserias y penurias al reino”

El Viajero decidió ayudar a esa gente, y puso rumbo a la torre de la bruja. En el centro de un bosque marchito y seco se alzaba la torre de la bruja, oscura y amenazadora.
“Has invadido mi territorio” le dijo ésta “y por eso serás encerrado”

La bruja arrojó al Viajero a la más horrible catacumba de su torre. Al cabo de unos días, bajó a las mazmorras para deleitarse con el sufrimiento de su prisionero pero, cuál fue su sorpresa, cuando lo halló sonriente.
"Estoy bien, muchas gracias. Siempre he vagado por el mundo, y es estupendo tener un techo bajo el cual dormir todos los días” le dijo.

La bruja, temerosa de perder sus poderes al haber ayudado al Viajero, rellenó de piedras su lecho para que no pudiese dormir. A los días, bajó a la mazmorra otra vez, y volvió a encontrarlo sonriendo.
“Gracias, gracias. Antes dormía demasiado, pero ahora que no puedo dormir mucho, tengo más tiempo para meditar”

La bruja tenía cada vez más miedo de estar siendo buena, así que conjuró una nube de moscas que distrajeran al Viajero de sus meditaciones. Al día siguiente estaba feliz otra vez.
“Antes no entendía cómo podían las moscas volar tan rápido sin chocarse unas con otras. Ahora que me regalaste un enjambre de ellas, he podido observar cómo lo hacían”.

Y así, durante un año y un día, la bruja hacía pasar una calamidad tras otra al Viajero, pero éste continuaba soportándolas con una sonrisa y agradeciéndole cada penuria que le conjuraba.
Finalmente, la bruja pensó “Si tan feliz le hace mi encierro, le desgraciará la libertad” y liberó al Viajero.

Cuando lo vio partir, se dio cuenta desde su torre de que había estado tan ocupada torturando a su prisionero, que se había olvidado del resto del reino: el bosque ya no estaba marchito y seco, ni la tierra árida, ni las personas infelices. Todo era frondoso, verde y rico.
Al intentar lanzar un maleficio sobre la tierra que antes embrujaba, se dio cuenta de que había perdido sus poderes. Al verse engañada por el Viajero, que le había hecho creer que disfrutaba de las miserias que le había hecho pasar, la bruja se enfureció, llena de rabia, pero ahora sólo era una anciana loca, sola en su torre, y nunca más podría hacer mal a nadie.

Los habitantes del reino aclamaron la valentía del Viajero, y hasta el propio Rey le ofreció la mano de su hija, pero lo que sucedió entonces, ah, lo que sucedió entonces, es para contarlo en otra historia.

martes, noviembre 13, 2007

L'amour

- ¡La besaste!
- Eso no fue así. Ella me besó a mí.
- ¡Pero no te apartaste!
- ¡Apenas fue un roce!
- Claro, y seguro que te pareció horrible...

Landelón coge mi vaso y lo olfatea.
- Hay alcohol en tu cerveza, y Tenhime está en el país. Mala señal.
No le contesto. Continúo con la mirada clavada en la pared.
- ¿Has discutido con ella?

- No significó nada.
- ¡Oh, por supuesto que significó! ¡Es ella!
- Eso pasó hace mucho tiempo. Las rosas en la arena...
- No echan raíces, ¿no? Entonces, ¿por qué la besaste?
- Ella a mí. Y te juro que...
- No. No, Dídac. No me jures nada. No te creería.

Landelón se sienta a mi lado, en el sofá. Se quita el sombrero, y se pasa la mano por el pelo.
- Es por la hija pequeña del Rey de Badar, ¿verdad?
Si por mí fuera, derribaría la pared sólo por pura fuerza de voluntad. No me caben más sentimientos en mi corazón, así que se han subido a la cabeza, se han extendidos por todo mi cuerpo a través de las arterias.
- Tenhime se ha debido de enfadar mucho para que estés así. ¿Qué piensas hacer?
Landelón obtiene su respuesta cuando le doy otro trago a mi vaso.

- Sabes que te amo.
- ¿Y por qué no lo demuestras?
- Lo hago día a día.
- ¡Menos cuando la ves a ella!
- Es la primera vez que la veía en años...
- ¡Y ahora tienes un cuadro suyo!

Levanto mi vaso hacia el cuadro que Inés, la misteriosa artista de Landelón, me envió. Y, frente a esa imagen, pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor, y digo con voz rota.
- Parece que yo hago del amor algo caprichoso e inmoral. Respecto a tí, sólo soy un cuentacuentos, y ahora estoy triste y mal...

lunes, noviembre 12, 2007

el Fin de la Atalaya

Los pendones de Ardragón estaban siendo retirados por los deseríes, quienes, como una colmena de hormigas trabajadoras, iban limpiando de escombros quemados el edificio, y retirando a un desván toda propiedad que los Torreblanca habían dejado atrás.

Desde lo alto de la colina, un abatido don Román de Torreblanca encabezaba la caravana de aquellos que, durante seis años, habían amado y odiado la Atalaya de las Viudas a partes iguales. Atrás dejaban restos chamuscados, recuerdos grises, momentos felices, y cadáveres de seres queridos.

Don Adalberto, su sobrino, y su mujer doña Elisa Milano, cabalgaban erguidos, soportando con estoicismo el duelo. Gadea, la hija que aun les sobrevivía, no era tan fuerte, y sus lágrimas corrían por sus mejillas hasta que María, la criada, las enjuagaba.
- ¿Es esta vuestra decisión, galeno? ¿Nos abandonáis?- La voz de doña Elisa era como el sonido de una regla al chocar contra una mesa. Rígida, inflexible, llena de dolor. Jorge de Aldeanueva agachó la cabeza como un perro herido.
- Mi señora... no hay palabras de gratitud suficientes para todo aquello que su señor esposo, y vuestra familia, me han otorgado en estos años. Pero... la Atalaya ha sido quizás el único sitio que he podido llamar hogar y no creo poder seguiros a ningún otro. Catalina está suficientemente preparada para cuidar de la salud de don Román. No os soy necesario.
Gadea, empapada en llanto, se resistía a perder a uno de los pocos rostros amigables que le quedaban.
- ¿Y adónde iréis? ¿Qué vida os esperará allá?
- Ya os lo dije. Volvería a los puertos de Bárcena, a coser puñaladas de reyertas marineras en las trastiendas y en las tabernas. No es una mala vida. Perra, pero no mala. Si alguna vez me requerís, mandad buscarme allá.
- Pero... Podríamos no volver a vernos...
- ¡Basta, Gadea!- interrumpió su madre- Contáis con la amistad de la familia, Jorge. Que el Sacrosanto vele por vos.
- Y por vos, señora.
No hubo más cortesías. Con un gesto de doña Elisa, los pocos soldados leales que quedaban pusieron en marcha la caravana, y pronto los Torreblanca no eran más una mancha en el horizonte, rumbo al norte, dejando atrás en soledad al galeno, su poni y su pasado.

Jorge se agachó y recogió del suelo la que quizás fuese la única flor que osaba crecer cerca de aquella Atalaya maldita. Aspiró su aroma. Olía a doña Clara.

Puso rumbo noreste, dejando atrás todo aquello que había amado, con lágrimas en los ojos.

miércoles, noviembre 07, 2007

Artristeza

Badar quedaba lejano, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Volvía a mi piso en Pamplona, solitario como un lobo extraviado de mi manada. El buzón me deparó una alegría: había un paquete en él, un sobre acolchado de papel marrón, arrugado, que contenía algo que parecía una carpeta.

Mi piso fue lo único que me dio la bienvenida. Tenhime se ausentaba cada vez más en sus viajes para auditar compañías extranjeras, y ni Landelón, que volvía a esconderse de los Capas Plateadas, ni el hombre del piano, que estaría rindiendo homenaje a su mujer, iban a pasarse por mi casa. Al entrar en mi salón, arrojé sobre el sofá el paquete, abrí una de las cervezas sin que tengo en la nevera, y me senté frente al televisor, para no pensar.

Fué inútil. La hija pequeña del Rey de Badar rondaba mis pensamientos. Más que rondarlos, reinaba y gobernaba sobre los mismos. Apagué la televisión con gesto desganado, y me terminé de un trago la cerveza. Mierda, pensé, de tener algunas con alcohol podría permitirme el lujo de emborracharme en mi propia casa. Tenía que sacarme a esa mujer de la cabeza.

Me abalancé sobre el paquete, con la esperanza de que pudiese distraerme. La hija pequeña del Rey de Badar parecía haberme apagado un cigarrillo en el corazón. Pensaba en todo momento en cómo me observaron en Todos Los Santos sus ojos azules llenos de gozo, pero en sus pupilas encontraba los negros ojos de Tenhime, mirándome llena de tristeza y decepción.

En el sobre ponía sólo la dirección, así que lo abrí. En su interior había un portafolio rígido, sin marcas ni muescas, un contenedor que acumulaba intriga por momentos. Al abrirlo, descubrí que contenía retratos, dibujos tan acertadamente exactos a sus modelos que por un momento pensé que eran fotografías sobre las que se había pintado.

El primero de todos era Landelón, con su pañuelo amarillo al cuello y su sombrero de Viajero. Miraba al horizonte, apoyado en la barandilla de lo que parecía ser un barco en plena alta mar. En el fondo del dibujo, una niña pequeña de tirabuzones dorados lo admiraba con los ojos como platos, escondida tras una esquina.

El segundo era un bar oscuro, donde cuatro personas jugaban a póquer en una mesa cuadrada. Landelón era reconocible por su pañuelo, a pesar de que la artista había preferido retratarle despeinado, en lugar de con su sombrero. El Extraño y el hombre del piano, así como una cuarta figura de espaldas que, supuse, era yo, completaban la escena. Bajo la mesa, el Extraño estaba descalzo.

Pasé intrigado al siguiente retrato, y me quedé helado. Era una playa, en un atardecer, la clásica escena romántica que pedía a gritos ser interpretada. En la arena, una rosa clavada, tras la cual se elevaban dos figuras fundidas en un beso. Una delicada mujer con un reloj de arena en la mano, y un joven con la camisa rota. Éramos la hija pequeña del Rey de Badar y yo, años atrás. La imagen era una réplica tan exacta que la artista parecía haber estado allí.

Busqué una firma en los tres retratos. Y conseguí lo que Landelón no había logrado con su encanto, su canallesca, y sus críticas a Málevich. Descubrí el nombre de la artista.

Inés. Se llama Inés. Y había conseguido hacerme llorar.

lunes, noviembre 05, 2007

Rumbo al exilio

El barco cortaba el mar, rumbo a Myr. Lord Davenfor Rykker, ahora un exiliado acusado de traición, miraba desde el castillo de popa como Poniente se iba convirtiendo en una línea oscura cada vez más irreconocible en la distancia. Allí ya no quedaba nadie para él. Su padre había rehusado ayudarle. Su príncipe parecía estar condenado al frío Muro, si no lograba escapar. Sus tierras eran gobernadas por un cambiacapas. Y Alyssa... Alyssa había muerto.

Con él viajaban los pocos hombres que le quedaban leales. La bodega estaba llena de las posesiones que había logrado salvar, y de los tesoros que nadie podría arrebatarle, aunque se viese obligado a venderlos para subsistir en el exilio. En Myr, dos futuros le esperaban. Quizás un final apacible, una casa con un patio lleno de luz, y un lento marchitarse hasta la muerte. Quizás una espera impaciente, hasta que el Príncipe Arys pagase su lealtad y le devolviese lo que había ganado con sangre y sudor.

Ser Markek de Adlas, Olyver Clegane y Atom Marbrand eran los pocos hombres que le habían seguido al exilio en Myr. Atom continuaba enfermo en las bodegas inferiores, y Olyver seguía sospechando que había sido envenenado por los Stark. Ser Markek le había sorprendido con una muestra de lealtad sin límites. Ahora velaba por su señor en el exilio, aun pudiendo haber jurado fidelidad a Ser Arti, el nuevo Lord Rykker.
- Mi señor... ¿Cuáles son sus planes en Myr?
- Contactar con los agentes del Príncipe Arys. Contratar ballesteros myrienses. Establecer alguna reunión con los Hombres sin Rostro de Braavos. Negociar el contrato de los Segundos Hijos o de la Compañía Maldita.
- Entonces... ¿Preparamos un alzamiento?
El rostro ensombrecido de Davenfor no se apartaba de la visión de un Poniente lejano y oscuro. Su voz, en cambio, pareció relajarse y, en lo más profundo de su corazón, Ser Markek notó que su señor se rendía.
- También podríamos comprar una casa, y abrir alguna ruta de comercio con Lys o Pentos. Podríamos plantar naranjos, o formar una escuela para los hijos de los mercaderes Myrienses. La guerra no tiene por qué estar en nuestros planes.

La voz de Olyver Clegane interrumpió la conversación cuando subió con zancadas poderosas al castillo de popa, arrastrando dos pequeños bultos oscuros.
- Pues haced sitio en vuestros planes para ellas.
Al arrojar frente a sí los bultos, Davenfor y Ser Markek descubrieron que eran las jóvenes hijas de Lord y Lady Caron, aún vistiendo los dorados vestidos que llevaron en el torneo, pese a que los habían cubierto por pesadas capas grises.
- Las encontré de polizones en la segunda bodega. Para mí que deberíamos tirarlas por la borda.
Davenfor vió el horror en los ojos de las chiquillas ante la macabra idea de arrojarlas en alta mar a una muerte segura. Sin embargo, los Caron eran amigos personales de Davenfor, y no podía permitir una crueldad semejante.
- ¿Qué hacíais ahí metidas? ¿Sabe vuestra madre dónde estáis?
Las niñas agacharon la cabeza.
- No... pero nos da igual. Ni yo seré septa, ni ella se casará con ese hombre horrible. ¡Yo quiero ser una capitana pirata!
- Pues aprende a nadar primero. Por la borda- sentenció Clegane.
- Mi señor, los Caron pueden...- intercedió Ser Markek.
- Lo sé, lo sé. Pero ahora no podemos volver a Poniente. Lady Myranda expresó su intención de venir a visitarme a Myr, así que es posible que tengamos que cuidar de este par de salvajes hasta entonces.
Las jóvenes estallaron en una confusa mezcla de ruegos, amenazas, insultos y súplicas de libertad, en las que cada una solapaba los argumentos de la otra. Davenfor estaba cansado, cansado de agachar la cabeza, de aceptar órdenes, y de perder a seres queridos. Cansado de todo. Levantó ambas manos para callar a las niñas.
- Yo no soy vuestra madre, pequeñas. Y puede que pase mucho tiempo antes de que ella llegue a Myr. Así que comportáos como debéis.
Lord Davenfor Rykker, hijo de Lord Lannister, se caía a pedazos. De los hombres hechos de ceniza, surgen personas nuevas. Davenfor miró condescendientemente a sus nuevas pupilas, quienes vieron por primera vez ternura en sus ojos.
- Y puede que yo me comporte con vosotras.

Previendo los planes de su señor, Olyver Clegane resopló resignado. Ya podía oír las quejas indignadas de Lady Myranda, cuando viese en qué se iban a convertir sus criaturitas...

jueves, noviembre 01, 2007

Historias del Reino de Badar

El Palacio de Mármol de Badar, para el ojo entrenado y la mente culta, poseía una belleza sin límite. El edificio podría parecer en un principio enteramente neoclasicista, pero descubrías los toques eclecticistas en la decoración si lo examinabas con más detenimiento, sin tener en cuenta que se encontraba coronado por bóvedas de bronce de estilo Bizantino. En su interior se celebraba una de esas fiestas elitistas que la nobleza de Badar era tan propensa a dar. Y allí, en Todos Los Santos, estabamos Landelón y yo.

Junto a una mesa cubierta de canapés, me apoyaba en una columna próxima. Landelón estaba sentado a apenas metro y medio, con su pañuelo amarillo en lugar de pajarita o corbata, y el sombrero bien puesto. Los dos sosteníamos nuestras respectivas copas con gesto desganado; incluso me había permitido el lujo de servirme un tinto de Badar, aprovechando que Tenhime no se encontraba en el país.

- Con ustedes, Lady Isabel Mylene, Princesa de Badar. - anuncia el mayordomo. Landelón se recuesta en su silla, arrogante. Yo tomo un sorbo del vino, preparándome para el acto primero de lo que promete ser la mejor obra dramática del año.

Como toda princesa, entra radiante. Su traje aguamarina destaca el negro de su pelo, que a su vez hace relucir el blanco de su sonrisa. La gargantilla de diamantes que lleva, como una telaraña, contra su pecho puede valer más que mi vida. De la púa de su pelo cuelgan tres trenzados de hilo de plata, hasta casi llegar al suelo. Sonríe al grupo de psicofantes y aduladores que la rodean en cuanto entra en la sala, y luego sus ojos encuentran al Viajero que, sin levantarse, se quita y pone el sombrero como saludo.

Sus ojos se abren como platos, y hace un gesto rápido con la cabeza. Cuatro capas plateadas salen de la nada, en su ceremonial armadura de placas, levantando en volandas al Viajero y literalmente arrastrándolo ante la princesa. Landelón no pierde la sonrisa en ningún momento; casi parece divertirle el revuelo que está (que estamos) causando. Yo mantengo el tipo, y doy otro sorbo al excelente caldo de Badar.

- ¿Cómo va, Princesa?- pregunta el Viajero.
La bofetada le hace girar la cara, mientras una de sus mejillas comienza a ponerse colorada.
- ¿Cómo osas presentarte aquí?
El Viajero la mira a los ojos, y en su cara enrojecida brota de nuevo la perenne sonrisa de canalla.
- Porque era lo que vos queríais, ¿no? Si no, ¿para qué tanta capa plateada?

Unos dedos delgados y fríos se deslizan por mi cuello, y me distraen del espectáculo. Al girarme sobresaltado, me encuentro cara a cara con la hija pequeña del Rey de Badar, cuyos ojos azules me miran llenos de gozo.
- Te he echado de menos.
- Y yo a tí. Pero... - no me deja terminar la frase. Me da un beso rápido sobre los labios, como para callarme, y me coge la mano.
- Ven, vamos pasear por la playa. Tienes mucho de qué hablarme, cuentacuentos.
- Pero, Tenhime...
- Sshh... - me susurra, mientras sus ojos inundados de radiante alegría me atraviesan las pupilas- Seré leve... y parecerá que no te amo.