miércoles, noviembre 07, 2007

Artristeza

Badar quedaba lejano, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Volvía a mi piso en Pamplona, solitario como un lobo extraviado de mi manada. El buzón me deparó una alegría: había un paquete en él, un sobre acolchado de papel marrón, arrugado, que contenía algo que parecía una carpeta.

Mi piso fue lo único que me dio la bienvenida. Tenhime se ausentaba cada vez más en sus viajes para auditar compañías extranjeras, y ni Landelón, que volvía a esconderse de los Capas Plateadas, ni el hombre del piano, que estaría rindiendo homenaje a su mujer, iban a pasarse por mi casa. Al entrar en mi salón, arrojé sobre el sofá el paquete, abrí una de las cervezas sin que tengo en la nevera, y me senté frente al televisor, para no pensar.

Fué inútil. La hija pequeña del Rey de Badar rondaba mis pensamientos. Más que rondarlos, reinaba y gobernaba sobre los mismos. Apagué la televisión con gesto desganado, y me terminé de un trago la cerveza. Mierda, pensé, de tener algunas con alcohol podría permitirme el lujo de emborracharme en mi propia casa. Tenía que sacarme a esa mujer de la cabeza.

Me abalancé sobre el paquete, con la esperanza de que pudiese distraerme. La hija pequeña del Rey de Badar parecía haberme apagado un cigarrillo en el corazón. Pensaba en todo momento en cómo me observaron en Todos Los Santos sus ojos azules llenos de gozo, pero en sus pupilas encontraba los negros ojos de Tenhime, mirándome llena de tristeza y decepción.

En el sobre ponía sólo la dirección, así que lo abrí. En su interior había un portafolio rígido, sin marcas ni muescas, un contenedor que acumulaba intriga por momentos. Al abrirlo, descubrí que contenía retratos, dibujos tan acertadamente exactos a sus modelos que por un momento pensé que eran fotografías sobre las que se había pintado.

El primero de todos era Landelón, con su pañuelo amarillo al cuello y su sombrero de Viajero. Miraba al horizonte, apoyado en la barandilla de lo que parecía ser un barco en plena alta mar. En el fondo del dibujo, una niña pequeña de tirabuzones dorados lo admiraba con los ojos como platos, escondida tras una esquina.

El segundo era un bar oscuro, donde cuatro personas jugaban a póquer en una mesa cuadrada. Landelón era reconocible por su pañuelo, a pesar de que la artista había preferido retratarle despeinado, en lugar de con su sombrero. El Extraño y el hombre del piano, así como una cuarta figura de espaldas que, supuse, era yo, completaban la escena. Bajo la mesa, el Extraño estaba descalzo.

Pasé intrigado al siguiente retrato, y me quedé helado. Era una playa, en un atardecer, la clásica escena romántica que pedía a gritos ser interpretada. En la arena, una rosa clavada, tras la cual se elevaban dos figuras fundidas en un beso. Una delicada mujer con un reloj de arena en la mano, y un joven con la camisa rota. Éramos la hija pequeña del Rey de Badar y yo, años atrás. La imagen era una réplica tan exacta que la artista parecía haber estado allí.

Busqué una firma en los tres retratos. Y conseguí lo que Landelón no había logrado con su encanto, su canallesca, y sus críticas a Málevich. Descubrí el nombre de la artista.

Inés. Se llama Inés. Y había conseguido hacerme llorar.

3 comentarios:

Duff dijo...

"Stat rosa pristina nomime, nomina nuda tenemus"*

El Nombre de la Rosa.

Sir Potato dijo...

Joe, estos bajones postpartida te dejan mucho tiempo para pensar :-)

Algun día tienes que pasarlo todo a un libro, aunque sea con tapa de plastico y anillas negras. Merecera la pena.

Letichan dijo...

Enhorabuena por la delicadeza con la que consigues describir y transmitir un estado de ánimo semejante...
¿Qué más puedo decirte, compañero?
Sigue así.