lunes, noviembre 12, 2007

el Fin de la Atalaya

Los pendones de Ardragón estaban siendo retirados por los deseríes, quienes, como una colmena de hormigas trabajadoras, iban limpiando de escombros quemados el edificio, y retirando a un desván toda propiedad que los Torreblanca habían dejado atrás.

Desde lo alto de la colina, un abatido don Román de Torreblanca encabezaba la caravana de aquellos que, durante seis años, habían amado y odiado la Atalaya de las Viudas a partes iguales. Atrás dejaban restos chamuscados, recuerdos grises, momentos felices, y cadáveres de seres queridos.

Don Adalberto, su sobrino, y su mujer doña Elisa Milano, cabalgaban erguidos, soportando con estoicismo el duelo. Gadea, la hija que aun les sobrevivía, no era tan fuerte, y sus lágrimas corrían por sus mejillas hasta que María, la criada, las enjuagaba.
- ¿Es esta vuestra decisión, galeno? ¿Nos abandonáis?- La voz de doña Elisa era como el sonido de una regla al chocar contra una mesa. Rígida, inflexible, llena de dolor. Jorge de Aldeanueva agachó la cabeza como un perro herido.
- Mi señora... no hay palabras de gratitud suficientes para todo aquello que su señor esposo, y vuestra familia, me han otorgado en estos años. Pero... la Atalaya ha sido quizás el único sitio que he podido llamar hogar y no creo poder seguiros a ningún otro. Catalina está suficientemente preparada para cuidar de la salud de don Román. No os soy necesario.
Gadea, empapada en llanto, se resistía a perder a uno de los pocos rostros amigables que le quedaban.
- ¿Y adónde iréis? ¿Qué vida os esperará allá?
- Ya os lo dije. Volvería a los puertos de Bárcena, a coser puñaladas de reyertas marineras en las trastiendas y en las tabernas. No es una mala vida. Perra, pero no mala. Si alguna vez me requerís, mandad buscarme allá.
- Pero... Podríamos no volver a vernos...
- ¡Basta, Gadea!- interrumpió su madre- Contáis con la amistad de la familia, Jorge. Que el Sacrosanto vele por vos.
- Y por vos, señora.
No hubo más cortesías. Con un gesto de doña Elisa, los pocos soldados leales que quedaban pusieron en marcha la caravana, y pronto los Torreblanca no eran más una mancha en el horizonte, rumbo al norte, dejando atrás en soledad al galeno, su poni y su pasado.

Jorge se agachó y recogió del suelo la que quizás fuese la única flor que osaba crecer cerca de aquella Atalaya maldita. Aspiró su aroma. Olía a doña Clara.

Puso rumbo noreste, dejando atrás todo aquello que había amado, con lágrimas en los ojos.

1 comentario:

Yäshkia dijo...

A pesar de no haber parado de llorar desde la lúgubre mañana en la que descubrieron el cuerpo de su hermana, Gadea sentía aún que todos los horrores de aquel horrible lugar que dejaban atrás oprimian con tanta fuerza su corazón que jamás habrían de parar las lágrimas.

En su alma pesaban la muerte de su adorada hermana, la de su querído Bernardo, quien había criado a ambas desde su nacimiento, la de todos aquellos soldados que habían muerto defendiendo aquello que sentían suyo, tanto sacros como deserís... Incluso le dolía, no es posibe negarlo, la muerte de aquel marcado. Aquel que le había abierto su corazón y le había hecho dudar de ese futuro al que estaba predentinada desde que vio la luz...

Por si todo esto no fuera suficiente, ahora Jorque también la dejaba sola...

Mientras el galeno se agachaba a recoger una flor del suelo, quizá la única que se atrevía a crecer cerca de esa maldita atalaya, la comitiva partió de nuevo en busca de su destino, y Gadea volvió su vista una última vez, y con una nueva lágrima de profunda desesperación, susurró...

-"No me abandones tú también..."