domingo, diciembre 23, 2007

El relato más corto del mundo (VIII)

La encontraron al tercer día, en un claro del bosque, abrazada a un árbol caído. Cuando le preguntaron por qué, sólo respondió que le estaba llamando.

jueves, diciembre 20, 2007

Catedrales de Cristal

Siempre que hablo de planes futuros y proyectos, empleo la misma metáfora: la catedral de cristal. Supongo que se debe al hecho de que es hermosa, frágil e irrealizable. Por eso en cuanto la ví, supe que esa catedral eran mis propios sueños.

Medía apenas un metro de alto, y se encontraba en el centro de una genuina catedral. La luz atravesaba las vidrieras y caía sobre ella, reflejándose, atravesando y bañándo la pequeña figura de vidrio. Me producía un extraño placer detenerme a contemplarla, como si el hecho de ver materializada mi metáfora me hiciese creer que mis sueños podían hacerse realidad.

Pasos ajenos retumban en la auténtica catedral, con esa acústica maravillosa que posee tan solemne construcción. Es la hija pequeña del Rey de Badar. Se acerca sonriendo a mí y al pedestal en que descansa la maqueta de vidrio, con pasos de zancada larga y oscilante, con las manos detrás, como fingiendo inocencia.

Y cuando está al lado de la catedral de cristal, saca una gigantesca maza dorada de su espalda y aplasta mis sueños delante de mis ojos.

Me incorporo tan violentamente que me doy un cabezazo contra algo.
- ¡Auch! - dice una voz femenina.
- Auch- dice la voz de Landelón, irónicamente, un poco más lejos.
- Ow- digo yo, llevándome la mano a la frente. Al abrir los ojos, veo a la enfermera de nombre largo y difícil de recordar en una postura simétrica a la mía. He debido de quedarme dormido en el sofá de la sala de espera, y la pesadilla no ha mejorado mi situación- Lo siento. No ha sido un buen despertar.
Mi voz está ronca y la garganta me sabe a eso que te sabe todo por las mañanas hasta que desayunas. No me siento persona. Necesito una ducha, un afeitado y un corte de pelo, pero antes de todo eso necesito ver a la Reina, y a la hija pequeña del Rey de Badar.
- Ayyyy...- se queja la enfermera- Quería... bueno, que ya podéis pasar.
Landelón me sonríe como diciéndome "patoso". Me hace señas para que me levante y le siga, y yo prácticamente me arrastro hasta él. Me cuesta mover mi cuerpo. Estúpidas pesadillas.

Yanroud nos está esperando en la puerta de la habitación. Odio los hospitales, y odio este momento más que ninguno de todos los que se pueden tener dentro de este maldito edificio. Entramos en la habitación.
La Reina está tendida en la cama, conectada a más cosas de las que alguien consideraría saludable. Está pálida y demacrada, y el hecho de que el corpulento y robusto Rey se encuentre a su lado inclinado sobre ella no le hace parecer mucho mejor. No hay rastro de la Princesa, pero la hija pequeña se lanza a mí en cuanto me ve llegar. Se envuelve en mis brazos y hunde su rostro en mi pecho. No pasa mucho antes de que lo note húmedo.
Landelón se arrodilla al lado del Rey, quien le dirige una mirada afirmativa, y le coge una mano blanca y fláccida a la Reina.

Un hilillo de voz brota de sus labios. Landelón acerca su rostro para poder oírlo, y asiente con la cabeza varias veces.
- Ya está. Hemos llegado, mi Reina.
- Entonces- dice, más alto- ya me puedo ir.
Es sólo un momento el que espero que todas las máquinas comienzen a pitar y a lanzar alarmas. La frase había sido tan dramática que aquella parecía la única conclusión lógica de la escena. Hasta que el Viajero habló de nuevo.
- Que podáis no significa que tengáis que hacerlo.
Entonces, los labios de la Reina se curvan, en una frágil sonrisa de ternura.
- ¿Por qué no dejas de hacer de tu vida un cuento de hadas, Ert?- dice.
- Ya os contesté la primera vez que me lo preguntásteis, milady.
- Por eso... sabes... - la voz de la Reina es más entrecortada- que éste es el final de mi... cuento, Viajero.
- Marina...- murmura el Rey, temeroso de terminar la frase. La Reina gira su cabeza hacia él. Su mirada casi perdida, su rostro pálido y delgado, sus rasgos carentes de toda la luz que solían tener, en nada parecen los suyos, y sin embargo sé que es ella la que agoniza en esa cama.
- Al final... al final, mi Rey... he... marcado... la diferencia.

Y es entonces cuando empieza el alboroto de pitidos, alarmas y lágrimas.

miércoles, diciembre 19, 2007

Largo y con sólo una vocal

- Y entonces, ¡el Gigante lo cogió y lo arrojó hasta el otro lado del acantilado!
Los niños escuchan con la boca abierta a un gesticulante Viajero, quien les cuenta la historia de Germán el Gigante repleta de coletillas, voces falsas y gestos exagerados. Hago la anotación mental de pedirle más tarde que me la vuelva a contar, para que pueda escribirla.

- ¿Lo hace mucho?- pregunta una voz suave a mi espalda. Parte de mí espera que sea la hija pequeña del Rey, pero la otra mitad dice que ésa no es su voz. En efecto, al girarme hay una joven, muy bonita, que mira al Viajero con una mezcla de curiosidad y cariño maternal. En una plaquita sobre su pecho izquierdo pone su nombre, pero es muy largo y con cuatro vocales idénticas, así que no consigo memorizarlo de un vistazo. Peor para ella.
- ¿Contar cuentos? Sí. Le encanta. Supongo que piensa que es la única manera de que alguien le crea cuando habla.
- No, decía... los niños...- parece no saber cómo decírmelo.
- Oh. Bueno. Siempre dice que el público elige al cuentacuentos, y no al revés. Creo que va un poco unido, todo. ¿Le digo que pare? La verdad es que suele ser muy inoportuno...
La chica sacude la cabeza, haciendo que una nube de tirabuzones oscuros se agite como si estuviese a punto de descargar un relámpago.
- Nonono, si está bien. Sólo que... siempre estamos haciendo cosas con ellos, y... - Se me acerca hasta susurrarme al oído, y me señala discretamente uno de los niños. No se diferencia en mucho a los demás. Se ríe de las payasadas del Viajero, temblando entero con cada carcajada que sale de su infantil garganta.- Ése es Abraham. Llevaba dos semanas rechazando toda atención. El de más allá es Mattewz. Nunca antes había reído. Tu amigo es...
"Todo un Patch Adams, sí.", pienso. Pero como siempre me pasa al fijarme en las personas que componen éste sitio, comienzo a sentirme débil y mareado.
- Un tipo encantador. Mira, - vuelvo a mirar la plaquita en su pecho ¿Cómo puede un nombre tan largo hacerse con sólo una vocal?- ehm... guapa, ¿puedes dejarlo ahí un rato más? Estamos esperando que nos dejen ver a una vieja amiga.

La enfermera me dice, encantada, que claro, que ningún problema, que es genial para los niños. Me despido de ella y me alejo de la Sección de Oncología y Terminales, buscando un balcón en el que pueda respirar aire fresco y ver el atardecer en los tejados de bronce. Incluso aquí, en Badar, odio los hospitales.

martes, diciembre 18, 2007

La Risa

Estábamos llegando a Badar por el camino que empleé la primera vez: subiendo por la adoquinada Calzada de Marfil. Irónicamente, la Calzada de Marfil no está hecha de marfil, y nadie sabe por qué se llama así. Supongo que, quizás, las antiguas estelas con las que marcaban los distintos caminos de la Calzada estarían hechas de ese material.

- ¡Ey, mira, Dídac, La Loma sigue ahí! - grita Landelón, ilusionado, y se separa del grupo para subir a un terraplén lleno de árboles.
"Claro que La Loma sigue ahí, Viajero", tengo ganas de decirle. Es una loma. No se mueve, salvo con explosivos. Y en Badar no se usa mucho de eso. Sin embargo, reconozco que yo también tenía ganas de volver a subirme a La Loma, así que dejamos atrás al resto del séquito y corrimos cuesta arriba.

Una vez pasas los árboles, La Loma te permite la visión más bonita de Badar. Desde allí, la ciudad entera resplandece, como un amplísimo campo de tejados de bronce. No se alcanza a ver el delta del Dwat, pero sí se atisba un indicio de mar en el horizonte. Se ve cada casa y castillo de Badar, los barrios de los Artesanos, el Distrito de la Plata, incluso el Pináculo de Toremund. Los Jardines Colgantes, el Faro de Bienvenida, y la Casa de la Esperanza. Prácticamente, todo Badar está al alcance de la vista desde La Loma, a la que posiblemente llamen de otra forma en todo el reino, pero a la que Landelón y yo bautizamos como La Loma la primera vez que llegamos juntos a Badar.

- Qué, Viajero, ¿llegamos como la primera vez?- le propongo.
- Para mí fue la segunda.
- Oh, vamos. Sabes a qué me refiero. Como la primera vez que llegamos juntos.
- Si insistes...

Nos colocamos en el borde de La Loma, y, con dos o tres golpes de talón, rompemos el borde de tierra que nos separa del terraplén. La caída subsiguiente se convierte en una carrera de rodar, deslizarse, arañarse, rebozarse de polvo, golpearse, volver a rodar, tratar de agarrarse a las raíces y hierbas, y volver a golpearse, y llenarse de tierra, hasta que llegamos a la falda de La Loma.

Cuando Yanroud y el emisario de la Reina, ese hombrecillo con cara de roedor, nos alcanzan (la distancia más corta entre dos puntos es la nada; y después, la línea recta. Bajar por la Calzada de Marfil cuesta doce minutos más que rodar por el terraplén desde La Loma), estamos aún tirados sobre la hierba, con una risa estúpida y descontrolada saliendo de nuestros pulmones como si la hubiéramos estado almacenando durante décadas. Estamos cubiertos de polvo y tierra, y mañana tendremos el cuerpo lleno de cardenales, pero el vertiginoso descenso y el recuerdo de la primera vez que lo hicimos nos llena el alma de alegría.

- Pero, ¿qué están haciendo?- dice el emisario, mirándonos ultrajado. Yanroud, en cambio, nos contempla divertido. Seguro que de vuelta, él se tira otra vez con nosotros por La Loma. - ¡La Reina está enferma! ¿Cómo pueden perder el tiempo con juegos banales y risas?
Landelón se incorpora, recoge su sombrero y le empieza a sacudir el polvo de encima.
- Porque no hay nada que ilumine tanto los tiempos oscuros como la risa, emisario.
- Ya veo... Cualquier tiempo pasado fue mejor, ¿no?
Landelón le mira, perplejo, y parpadea.
- No. Cualquier tiempo pasado fue anterior.
Yanroud ríe. Yo, en cambio, no he parado de hacerlo. El emisario parece enfurecerse, pero entonces su facciones ratoniles se relajan, y una sonrisa curva sus finos labios.
- ¿Ve?- dice Landelón- Ahora el mundo es un lugar menos oscuro, ¿no cree?

domingo, diciembre 16, 2007

Pregunta Perniciosa

Cortesía de Herman Toothrot

Si un árbol cae en mitad del bosque y no hay nadie para escucharlo... ¿De qué color es el árbol?

viernes, diciembre 14, 2007

Anuncio

Ayer a la mañana, cuando aún no había amanecido, encontré sobre el césped helado del parque un corazón que alguien dejó allí olvidado. No lo cuidaron bien. Tiene una esquina rota, y se le escapa el sentimiento gota a gota.

Voy a tener que remendarlo, y ponerle un cubo debajo, para que no se pierda nada de lo que de él se escape.

Posibles propietarios, pónganse en contacto conmigo.

martes, diciembre 11, 2007

Viejas Amistades

Sabía que alguien nuevo había llegado antes de notar su mano sobre mi hombro, porque a Landelón se le iluminó la cara. Mi mente trabajó a toda velocidad, para calcular a quién de todos mis amigos hacia mucho que el Viajero no veía. No fui lo suficientemente rápido. Al girarme, estaba frente al mejor ladrón del mundo.

- ¡Yanroud!- nada es tan sincero como el nombre que sale de tu boca tras años de no ver a su dueño- ¡Maldito canalla!
Parecía más flaco cuando lo abracé, pero su abrazo no había perdido fuerza, ni cariño. Se tapaba la frente con una banda negra, pero yo sabía qué se ocultaba debajo.
- ¡Dídac, bastardo mentiroso!- me dice, lleno de alegría.- ¿Cuánto hacía?
- Desde... hace casi dos años. Navidad, ¿recuerdas?
- Dios... ¿Qué ha pasado desde entonces?
Mirar atrás casi hace daño. Tantos cuentos, tantas historias... Tenhime, la hija pequeña del Rey de Badar, Fátima, el Extraño y el hombre del piano, Eternidades, Amaneceres...
- Muchísimo. Te lo contaré frente a una cerveza. ¿Qué te trajo de vuelta?

El Mejor Ladrón del Mundo no ha perdido práctica, y pone entre mis manos una cajita de cristal oscuro, similar a la que ví en la caja de madera que tenía el Viajero. Es una Urna de lo Imposible, donde se guardan cosas que, realmente, no pueden guardarse. Yo tenía una en la que guardo las cosas que ya nunca serán, y el Extraño debería haber tenido una donde guardar todo lo que sentía por Inés.
- ¿Qué tiene?
Yanroud sonríe como un canalla. A veces pienso que su vida es el reflejo de las de los demás, desordenada. En su pasado aún arde el recuerdo de Elisa, como para mí el de la hija pequeña del Rey de Badar. Durante años, compartieron una historia similar a la de Landelón y Fátima. Cuando la perdió, fue un hombre del piano durante mucho tiempo. La sonrisa que esgrime ahora es la misma que pone el Viajero cuando un plan le está saliendo bien.
- Un día entero de Badar. De amanecer a amanecer. Te lo regalo.
Me tiemblan de repente las manos. Mi cumpleaños había sido hace tres días. No es un día que celebre mucho. Lo justo para recordar que sigo vivo, que no es poco.
- Oh...- dice, y se golpea la frente con la mano- El día es sólo para tí. Si lo compartes, tendrás sólo medio día o una noche. Acabado ese tiempo, será como si nunca hubiera pasado, pero sólo tú lo recordarás.

Como un flash a mi cabeza, me llega la imagen del cuadro que Inés pintó. Si tengo medio día compartido, significa desde la salida a la puesta de sol. O viceversa. La oportunidad que nunca tuvimos. Aún rondaban estas ideas por mi cabeza, cuando entran por la puerta del bar dos hombres, resplandecientes en su armadura de placas con capas plateadas pendiendo de sus anchos hombros.

Para cuando el hombrecillo que les sigue ha entrado, Landelón ya había gritado un "joder" y había empezado a correr hacia la puerta de atrás. Yanroud le seguía por poco. Pero los capas plateadas no les persiguen. Una persona de rostro enjuto y rasgos de roedor se me acerca, y me dice:
- ¿Dídac Lakofpauer?
- Sí, soy yo.
- Debe venir con nosotros, y también el Viajero y el Ladrón...
- Eso será si queremos- desafía Yanroud, poniéndose en guardia. El hombrecillo le responde con voz tranquila y conciliadora.
- Pero es que querrán venir. Lamento comunicarles que la Reina de Badar está gravemente enferma... y ha pedido verles por si éstos días resultan ser sus últimos.

lunes, diciembre 10, 2007

La joya en la caja de cristal

Landelón se quitó el sombrero, se pasó la mano por el pelo, y se lo volvió a calar. Carraspeó. Inspiró profundamente. Y avanzó hacia Fátima, que parecía esperarle sentada con los pies en el asiento del banco y el culo en el respaldo, al modo de la juventud actual.

La gente se suele preguntar por qué lleva Landelón un pañuelo amarillo al cuello, y un sombrero de ala ancha. Algunos piensan, simplemente, que lo hace por ser estrafalario. Otros, porque es la indumentaria de un Viajero (decía la cancioncilla "que no es buen Viajero/ quien no usa pañuelo/ ni lleva sombrero").

En parte, es por eso. El pañuelo al cuello es símbolo de Viajero, pero el color es lo importante. Los Viajeros ni creen en el azar ni confían en la casualidad. Landelón, que es más culto que la mayoría de ellos, sabe que Molière murió vestido de amarillo, y que por lo tanto trae mala suerte vestir ese color en un teatro. Y dado que para él su vida es la obra más importante que va a representar, solía vestir ese color.

Fátima le regaló el pañuelo amarillo el día que juró matarle. Desde entonces, es lo único amarillo que lleva el Viajero.

Conversan durante minutos. Landelón le da algo a Fátima, pero no alcanzo a verlo desde aquí. Continúan hablando. Al final, se abrazan. Landelón acaricia la barbilla de Fátima bajo su velo, y ella aparta la cara. Él le besa la frente, se levanta, y viene hacia mí. Fátima le arroja algo.

Interpongo la mochila del Viajero, que le estaba guardando mientras hablaba con su amada, en la trayectoria del filo cuyo objetivo era la espalda de Landelón. El arma arrojadiza queda clavada en algo de su interior. Para cuando el Viajero y yo queremos volver a mirar, Fátima ha desaparecido.

-¿Ésta ha estado cerca, eh? - le digo.
- No. Sabía que lo haría, por eso te dejé la mochila.
- ¿Qué le has dado?
- Mi corazón.
- No, estúpido. Digo ahora, qué le has dado.
Landelón me mira, con sus ojos ambarinos. Sonríe como cuando algo le hace daño en el alma, y continúa caminando, dejándome atrás.

Miro dentro de la mochila. El filo se ha clavado en una caja de madera, de manufactura persa. En su interior hay una urna de cristal, a la que el arma no ha llegado a rozar. Y dentro, hay una joya en forma de corazón, con un nombre escrito en arabescos que no logro descifrar, pero puedo imaginarme lo que pone.

domingo, diciembre 09, 2007

Romanticismo

El Extraño se une a nuestra mesa con una caja de madera entre las manos. Tiene los ojos enrojecidos e hinchados, y no dice nada.

Landelón y yo, con cara de preocupación, nos inclinamos sobre la caja. Contiene muchas cosas: un CD de un grupo musical desconocido, cuyo single parece llamarse "Jonnhy perdió su fusil", un rotulador que parece hecho para escribir en espejos, una pajarita de papel con algo escrito en éste, una antigua cinta de coplas, un papel arrugado con un trozo de poesía de Rimbaud ("Y mis deseo brutales cuelgan de sus labios", alcanzo a leer), un dibujo abocetado de una chica solitaria bajo un árbol raquítico, una lágrima de cristal, un par de entradas para ver el "Orfeo de Monteverdi" dentro de un par de semanas, y así hasta hacer un montón de titos cuyo valor total, o es sentimental, o no sirven ni para comprarte un MENU's(tm) en cualquier Burguer Lord de la región.

- Inés dice que me quiere, pero que no podemos estar juntos.- lo suelta como el Enola Gay soltó la Bomba. Casi con indiferencia. Landelón y yo intercambiamos miradas, y luego volvemos a mirarle a él, como esperando que termine la frase, pero parece que a eso se reduce la historia.

Me acompaña a casa. No lo entiendo. Parece que solamente necesita una presencia amiga. No habla en todo el viaje, y queda de pie en mi portal mientras yo chequeo el correo y subo a mi piso. Tengo un paquete, similar al que recibí de Inés con anterioridad. Al llegar a mi piso lo desenvuelvo. Es otro dibujo. Se ve a una mujer en la cama con su amante. En la espalda de ella se aprecia un tatuaje cuya forma se asemeja a la del ojo de una cerradura. En el primer plano, al otro lado de la puerta del dormitorio y de espaldas a los amantes, el Extraño (¡Tiene que ser él!) llora sangre mientras aprieta los puños.

Desde la calle, oigo un "¡A la mierda!", acompañado del ruido de la caja al chocar contra un contenedor.

miércoles, diciembre 05, 2007

Revelación Casi Poética


A través de una botella de cerveza, la vida se ve deforme, pero dorada.

martes, diciembre 04, 2007

Contraadicción

Creo que fue Cecil B. DeMille quien dijo "Una buena película comienza con un terremoto. Y de ahí, para arriba". Landelón debía saberlo, porque inició la conversación con un cañonazo.
- Espero que no hagas ni una tontería más con la hija pequeña del Rey de Badar. Fátima estuvo hablando horas con Tenhime. No tienes ni idea de lo que le cuesta ser empática.

No tenía ni idea de que la "hassassiyyin" había tenido nada que ver en la solución del problema con Tenhime. Fátima no suele inmiscuirse mucho en asuntos ajenos, y me sorprendió que tuviese ese gesto conmigo. Supongo que pensó que sería bueno para Landelón.
- Por supuesto. Ni una tontería más- digo, automáticamente. Con el gesto habitual, le pido a la camarera habitual mi cerveza sin con limón habitual.

Desde el inicio de la discusión, no había parado de pensar en la hija pequeña del Rey de Badar, y en Tenhime. Antonio Machín decía que no se puede querer dos personas a la vez, y no estar loco. Landelón ha tenido tantas conquistas, tantas amantes... y sin embargo, llevaba a Fátima en su corazón en todo momento. Quería saber cómo lo hacía, cómo apartaba esa mirada acusadora que te dirige la conciencia cuando acaricias una piel que no es la que te pertenece, cuando besas unos labios distintos a los que realmente quieres, cuando haces el amor a otra que no es la que amas.

Y aun así, no sabía si eso me serviría, porque no sé realmente si alguna vez dejé de amar a la hija pequeña del rey de Badar. Y quiero a Tenhime con locura, y no quiero perderla por nada de este mundo. Salvo, quizás, por la hija pequeña del Rey de Badar. En realidad, no, ni siquiera por ella. Salvo que pudiera quedarme en Badar para siempre. Excepto si...

-Estás pensando en ella.
- No es verdad.
- Por supuesto que sí. Estás dibujando un reloj de arena sobre la mesa.
Parpadeo, y centro mi vista sobre la madera. Ahí está trazado una especie de ocho encerrado en un rectángulo, hecho con las gotitas de agua condensada en el culo de la botella de cerveza.
- Bueno... quizás.
- ¿Sabes que algún día te meterás en un problema por ella, verdad?
- Y tú con la Princesa Isabel.
- Mis problemas llevan un velo negro.
- Y los míos un reloj de arena.
- ¿La amas?
- Sí. No. No sé. Quizás.
- Amar es como estar embarazado. O lo estás, o no lo estás.
- No es cierto. Puedes querer mucho una persona sin estar enamorado.
- Pero entonces no le amas, le quieres.
- Imbécil.
- Yo también te quiero. Entonces, ¿la amas?
- No. Sí. No sé.

La tragedia es poderosa, pienso. Algunos, quizás, estamos hechos para sentirnos desgraciados nos ocurra lo que nos ocurra. Nos gusta ese sentimiento de felicidad incompleta, de constante frustración. Esa espinita clavada en el corazón nos estimula a seguir adelante, a filtrar el mundo entero con un velo de amargura que nos ayuda a sacar lo mejor, o lo peor, de nosotros mismos.

En ocasiones pienso que, si llovieran besos, yo sería el único con un paraguas.

lunes, diciembre 03, 2007

Buscadores

Cuando me acerqué a su mesa, ví que Landelón y el Extraño estaban muy atareados, discutiendo llenos de energía algún proyecto conjunto, en el que ambos parecían estar muy ilusionados.
- ¿Qué hacéis?
- Estamos diseñando el Buscaminas Multiplayer.
Parpadeé perplejo.
- ¿El Buscaminas Multiplayer?
- Sep. - añadió el Extraño- Con nuevos personajes y nuevas armas.
- ¿Con nuevos personajes y nuevas...? Déjalo. Pedidme una cerveza sin con limón, que ahora vengo del baño.
Conforme entraba en los servicios recordé que, igual que hay preguntas que es mejor no hacer, porque no quieres saber la respuesta, también existen respuestas que no deben darte, porque no deberías haber hecho la pregunta.

domingo, diciembre 02, 2007

El relato más corto del mundo (VII)

De la misma forma que el abismo te devuelve la mirada si lo miras mucho rato, él había leído tantos libros que, al final, los libros optaron por leerle a él. Y quedaron sorprendidos.