jueves, diciembre 20, 2007

Catedrales de Cristal

Siempre que hablo de planes futuros y proyectos, empleo la misma metáfora: la catedral de cristal. Supongo que se debe al hecho de que es hermosa, frágil e irrealizable. Por eso en cuanto la ví, supe que esa catedral eran mis propios sueños.

Medía apenas un metro de alto, y se encontraba en el centro de una genuina catedral. La luz atravesaba las vidrieras y caía sobre ella, reflejándose, atravesando y bañándo la pequeña figura de vidrio. Me producía un extraño placer detenerme a contemplarla, como si el hecho de ver materializada mi metáfora me hiciese creer que mis sueños podían hacerse realidad.

Pasos ajenos retumban en la auténtica catedral, con esa acústica maravillosa que posee tan solemne construcción. Es la hija pequeña del Rey de Badar. Se acerca sonriendo a mí y al pedestal en que descansa la maqueta de vidrio, con pasos de zancada larga y oscilante, con las manos detrás, como fingiendo inocencia.

Y cuando está al lado de la catedral de cristal, saca una gigantesca maza dorada de su espalda y aplasta mis sueños delante de mis ojos.

Me incorporo tan violentamente que me doy un cabezazo contra algo.
- ¡Auch! - dice una voz femenina.
- Auch- dice la voz de Landelón, irónicamente, un poco más lejos.
- Ow- digo yo, llevándome la mano a la frente. Al abrir los ojos, veo a la enfermera de nombre largo y difícil de recordar en una postura simétrica a la mía. He debido de quedarme dormido en el sofá de la sala de espera, y la pesadilla no ha mejorado mi situación- Lo siento. No ha sido un buen despertar.
Mi voz está ronca y la garganta me sabe a eso que te sabe todo por las mañanas hasta que desayunas. No me siento persona. Necesito una ducha, un afeitado y un corte de pelo, pero antes de todo eso necesito ver a la Reina, y a la hija pequeña del Rey de Badar.
- Ayyyy...- se queja la enfermera- Quería... bueno, que ya podéis pasar.
Landelón me sonríe como diciéndome "patoso". Me hace señas para que me levante y le siga, y yo prácticamente me arrastro hasta él. Me cuesta mover mi cuerpo. Estúpidas pesadillas.

Yanroud nos está esperando en la puerta de la habitación. Odio los hospitales, y odio este momento más que ninguno de todos los que se pueden tener dentro de este maldito edificio. Entramos en la habitación.
La Reina está tendida en la cama, conectada a más cosas de las que alguien consideraría saludable. Está pálida y demacrada, y el hecho de que el corpulento y robusto Rey se encuentre a su lado inclinado sobre ella no le hace parecer mucho mejor. No hay rastro de la Princesa, pero la hija pequeña se lanza a mí en cuanto me ve llegar. Se envuelve en mis brazos y hunde su rostro en mi pecho. No pasa mucho antes de que lo note húmedo.
Landelón se arrodilla al lado del Rey, quien le dirige una mirada afirmativa, y le coge una mano blanca y fláccida a la Reina.

Un hilillo de voz brota de sus labios. Landelón acerca su rostro para poder oírlo, y asiente con la cabeza varias veces.
- Ya está. Hemos llegado, mi Reina.
- Entonces- dice, más alto- ya me puedo ir.
Es sólo un momento el que espero que todas las máquinas comienzen a pitar y a lanzar alarmas. La frase había sido tan dramática que aquella parecía la única conclusión lógica de la escena. Hasta que el Viajero habló de nuevo.
- Que podáis no significa que tengáis que hacerlo.
Entonces, los labios de la Reina se curvan, en una frágil sonrisa de ternura.
- ¿Por qué no dejas de hacer de tu vida un cuento de hadas, Ert?- dice.
- Ya os contesté la primera vez que me lo preguntásteis, milady.
- Por eso... sabes... - la voz de la Reina es más entrecortada- que éste es el final de mi... cuento, Viajero.
- Marina...- murmura el Rey, temeroso de terminar la frase. La Reina gira su cabeza hacia él. Su mirada casi perdida, su rostro pálido y delgado, sus rasgos carentes de toda la luz que solían tener, en nada parecen los suyos, y sin embargo sé que es ella la que agoniza en esa cama.
- Al final... al final, mi Rey... he... marcado... la diferencia.

Y es entonces cuando empieza el alboroto de pitidos, alarmas y lágrimas.

2 comentarios:

Duff dijo...

Pero ni la calle del parque ni el nombre del palacio colindante eran de Velázquez el pintor, de Velázquez el arquitecto, sí, Velázquez Bosco [...]

Dídac dijo...

¿Velázquez Bosco? Me suena. ¿Ése no era el eclecticista? ¿También hacía catedrales de cristal?