martes, diciembre 11, 2007

Viejas Amistades

Sabía que alguien nuevo había llegado antes de notar su mano sobre mi hombro, porque a Landelón se le iluminó la cara. Mi mente trabajó a toda velocidad, para calcular a quién de todos mis amigos hacia mucho que el Viajero no veía. No fui lo suficientemente rápido. Al girarme, estaba frente al mejor ladrón del mundo.

- ¡Yanroud!- nada es tan sincero como el nombre que sale de tu boca tras años de no ver a su dueño- ¡Maldito canalla!
Parecía más flaco cuando lo abracé, pero su abrazo no había perdido fuerza, ni cariño. Se tapaba la frente con una banda negra, pero yo sabía qué se ocultaba debajo.
- ¡Dídac, bastardo mentiroso!- me dice, lleno de alegría.- ¿Cuánto hacía?
- Desde... hace casi dos años. Navidad, ¿recuerdas?
- Dios... ¿Qué ha pasado desde entonces?
Mirar atrás casi hace daño. Tantos cuentos, tantas historias... Tenhime, la hija pequeña del Rey de Badar, Fátima, el Extraño y el hombre del piano, Eternidades, Amaneceres...
- Muchísimo. Te lo contaré frente a una cerveza. ¿Qué te trajo de vuelta?

El Mejor Ladrón del Mundo no ha perdido práctica, y pone entre mis manos una cajita de cristal oscuro, similar a la que ví en la caja de madera que tenía el Viajero. Es una Urna de lo Imposible, donde se guardan cosas que, realmente, no pueden guardarse. Yo tenía una en la que guardo las cosas que ya nunca serán, y el Extraño debería haber tenido una donde guardar todo lo que sentía por Inés.
- ¿Qué tiene?
Yanroud sonríe como un canalla. A veces pienso que su vida es el reflejo de las de los demás, desordenada. En su pasado aún arde el recuerdo de Elisa, como para mí el de la hija pequeña del Rey de Badar. Durante años, compartieron una historia similar a la de Landelón y Fátima. Cuando la perdió, fue un hombre del piano durante mucho tiempo. La sonrisa que esgrime ahora es la misma que pone el Viajero cuando un plan le está saliendo bien.
- Un día entero de Badar. De amanecer a amanecer. Te lo regalo.
Me tiemblan de repente las manos. Mi cumpleaños había sido hace tres días. No es un día que celebre mucho. Lo justo para recordar que sigo vivo, que no es poco.
- Oh...- dice, y se golpea la frente con la mano- El día es sólo para tí. Si lo compartes, tendrás sólo medio día o una noche. Acabado ese tiempo, será como si nunca hubiera pasado, pero sólo tú lo recordarás.

Como un flash a mi cabeza, me llega la imagen del cuadro que Inés pintó. Si tengo medio día compartido, significa desde la salida a la puesta de sol. O viceversa. La oportunidad que nunca tuvimos. Aún rondaban estas ideas por mi cabeza, cuando entran por la puerta del bar dos hombres, resplandecientes en su armadura de placas con capas plateadas pendiendo de sus anchos hombros.

Para cuando el hombrecillo que les sigue ha entrado, Landelón ya había gritado un "joder" y había empezado a correr hacia la puerta de atrás. Yanroud le seguía por poco. Pero los capas plateadas no les persiguen. Una persona de rostro enjuto y rasgos de roedor se me acerca, y me dice:
- ¿Dídac Lakofpauer?
- Sí, soy yo.
- Debe venir con nosotros, y también el Viajero y el Ladrón...
- Eso será si queremos- desafía Yanroud, poniéndose en guardia. El hombrecillo le responde con voz tranquila y conciliadora.
- Pero es que querrán venir. Lamento comunicarles que la Reina de Badar está gravemente enferma... y ha pedido verles por si éstos días resultan ser sus últimos.

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