miércoles, enero 30, 2008

Inutilidades

La mujer que quiero amar
distrae mi pensamiento
mis versos chocan con su sonrisa
y se convierten en frases
confusas y desordenadas

La mujer que quiero amar
es difícil del encontrar
se esconde, como la Luna
detrás de sí misma,

como la inspiración
y el artista


- ¿"Se esconde, cómo la Luna, detrás de sí misma"?
Landelón lo dice en tono burlesco, y razón no le falta. Mis últimos escritos han terminado arrugados en la papelera, y mis poemas me ganarían un pelotón de fusilamiento en cualquier sitio que los presentase. Sin embargo, defiendo mi obra.

- La poesía es sentimiento.
- Tienes razón. Ahora mismo siento pena. Siempre es mejor que la indiferencia, supongo.
- ¿Por qué no escribes tú algo, eh?
- Porque lo que yo hago es tradición oral. Ya sabes, rimas y leyendas, rollo Bécquer y todo eso.
- Como a aquellos niños del hospital de Badar, ¿no?
- 'sactamente...

Hundo la cara entre mis manos. El Viajero lleva ya meses sin Fátima, y está como nunca. Yo llevo ni dos semanas sin Tenhime, y me he convertido en un inútil.
Landelón parece notarlo. Coje uno de los marcos con su foto que hay en la mesilla del salón, y, colocándola frente a su cara, me pide en el tono más cursi posible:
- Venga, hazlo por mí. Por este bomboncito asiático. Escríbeme algo que me recuerde por qué te quiero.
- Vete a la mierda.

Pero el Viajero tiene el tonto subido, y no deja las chanzas. Malhumorado, me levanto del sofá y me voy a mi cuarto, con la esperanza de que Tenhime me haya enviado algún mail.

Lo ha hecho.
Dice "Te quiero".
Y Landelón ha dejado de importar.

lunes, enero 28, 2008

Aficiones

- No os lo váis a creer. Dispara pelotas de gomaespuma a veinticinco atopársecs por microquincena, pesa en torno a los cinco kilos, y está disponible por la nadería de seiscientos cuarenta y ocho euros. Yo pongo la parte de Yanroud hasta que vuelva. ¿Qué me decís?

Landelón y yo tenemos la cortesía de intercambiar una mirada de interrogación antes de volver la cabeza hacia el Extraño y decirle al unísono la sentencia.
- No.
La sonrisa ilusionada del Extraño se torna un mohín de decepción.
- Bah. Aburridos.

Esta vez no me pienso dejar engañar. La última vez que empezó así, trató de convencernos para que comprásemos un reloj de sol con segundero. Ni qué decir que aquello no terminó bien. Como cuando se empeñó en conseguir el high score del tetris unidimensional. No tenía ni idea de lo que la cafeína era capaz de hacerle al cuerpo humano.

Los hombres, todos sin excepción, sentimos la imperiosa necesidad de tener una afición a la que dedicarnos en cuerpo y alma. A unos el fútbol y la fórmula uno, a otros el dibujo, o los cómics, o el coleccionismo de toda clase, o los juegos de ordenador, o, como es el caso del Extraño, cualquier clase de juego. Nos dedicamos a ella con fervor, con una pasión exacerbada (para los de la LOGSE, intensa, exagerada), con un furor ardiente y muchas veces sin medida.

Landelón lo suele achacar a la necesidad del ego masculino de poder decir "Yo soy el que más..." o "Soy el mejor en...". Muchas veces no es cierto, pero hasta que alguien nos demuestra que no somos los que más o los que mejor, seguimos pensándolo, y el frágil ego masculino continúa inflándose de su propia autoconvicción.

Algunos son peores que otros en éste aspecto. Existe gente que no se conforma con ganar, sino que debe humillar al oponente para sentirse realizados, como acto de demostración de su propia superioridad. Ni qué decir que éstos son los más frágiles, por dentro.

Lo que me recuerda...

- Ey, Landelón, ¿tú sabes cómo se suicida un argentino?
El Extraño me dirige una mirada interrogante, pero Landelón se sonríe, porque se la sabe. No me extraña, él ya ha estado en Argentina.
- Saltando desde lo alto de su propio ego.

domingo, enero 27, 2008

Como a todas las demás

Me aburría, eso estaba claro. Ningún otro sentimiento, salvo el amor, la tristeza, o la desesperación podrían moverme a rebuscar en mis estanterías y en mi cajas para ver qué encontraba. En una caja de cartón, debajo de mi cama, encontré un sobre acolchado, del tamaño de un folio, lleno de cartas, textos y cuadernos. No todos los textos son míos, de la misma forma que no todas las cartas son ajenas.

No me sorprendo. La costumbre de Badar es que, cuando contestas a una carta, adjuntas aquélla que te envió tu destinatario, para que él te la devuelva junto con la que tú le envías. Es un sistema curioso al que tardas en acostumbrarte. Así, cuando la correspondencia es fluida entre dos personas, acabas acumulando cartas que enviaste de la misma manera que acumulas cartas que te enviaron.

Así, que, en pleno ramalazo de tristeza solitaria (porque, una vez más, la luz de mi vida había respondido a la llamada del deber, en la la City de Londres, y yo me quedaba sólo en casa) descubro cartas que le envié la hija pequeña del Rey de Badar, e incluso una que no llegué siquiera a meter en un sobre. Debe ser de las últimas. La leo de arriba abajo varias veces, y aunque noto las lágrimas acumularse en mis ojos, sé que ninguna rodará por mi mejilla.

"Podría, como a todas las demás niñas, contarte un cuento. Podría empezar diciendo "en las noches oscuras, cuando toda esperanza se encuentra escondida debajo de las sábanas por miedo a los monstruos que vagan en la negrura, el recuerdo de una preciosa joven brilla entre las tinieblas, como un faro de vida y de alegría, una señal que aligera las cargas en los corazones de los seres que caminan a la deriva en las noches oscuras, esas noches en las que la esperanza se encuentra escondida bajo las sábanas, bajo tus sábanas".

Pero ya eres mayor para que yo te cuente cuentos. Han ido pasando los años, los mismos años que se me han escapado entre los dedos sin poder estar contigo. Ahora ya eres toda una mujer, una joven preciosa que tiene sus propias metas. Me has olvidado, puesto nada he podido significar para tí todo este tiempo. No soy ya sino el recuerdo de tus años de juventud alocada, ese joven gallardo que hace años quiso conquistar el mundo para ponerlo a tus pies, que quiso abrazarte y no soltarte, y robarte todo el dolor para enviarlo lejos, a las nubes, para que le lloviese a otra persona toda la tristeza que albergabas en tu interior.

Tarde, demasiado tarde, descubro que en parte conseguí robarte la infelicidad, y la expulsé al cielo, quien, amablemente, ha esperado a que madurase para dejarla caer sobre mí, pasado todo este tiempo. Volver a verte fue un golpe en mi interior, tan duro que llegué a pensar que alguien había convertido mis entrañas en cristal, para que tu sonrisa las resquebrajase.

Te he extrañado mucho, estos años. He sido feliz, es cierto, pero siempre me ha quedado una espina de amargura en mi corazón, tallada con tu rostro. Echo de menos cada una de tus sonrisas, cada gesto característico de tí, cada cabello tuyo que ondea con el cierzo. Quizás te siga amando. Quizás nunca deje de hacerlo.


No me entiendo, porque no entenderme es parte de ser artista. A tí, quizás, sí que te entienda, y por eso sé que jamás acudirás a mis brazos, quienes nunca se cerrarán para tí. Nunca he dejado de amarte, creo yo, y nunca dejaré de hacerlo. No sé si te amo a tí, o amo lo que representas, o amo a algo que se te parece. Pero te amo, te amo con una fuerza inusitada. Te amo con un amor de otra época, puesto que no me preocupa ser el que besa tus labios o el que te abraza por las noches cuando la esperanza se esconde bajo tu sábana. No me preocupa vestirte de blanco frente a un altar, ni crear niños con tus virtudes y mi nombre. No me preocupa siquiera morir a tu lado. No me preocupa ser enterrado junto a tí.


Sólo me preocupa verte feliz. Saber que estás bien, que tu corazón late con vida y esperanza, con la misma esperanza que se esconde en tu cama cada noche. Saber que sonríes, sonríes como sólo tú lo haces cuando eres feliz. Que cada paso que das es un paso que merece la pena ser dado, porque he conseguido que tu vida merezca la pena ser vivida. Nunca conseguiré robarte toda la tristeza, pero mío podría ser el pecho por el que resbalasen tus lágrimas cuando no te cupiesen más en el alma.


Podría contarte cuentos, y de hecho, lo seguiré haciendo el resto de mi vida. Seguiré escribiendo, día tras día, relatos para niños y cuentos para adultos, poesías que no deben leerse y textos que nunca deberán publicarse. Escribiré y escribiré, derramando mi sangre y mi alma sobre el teclado, volcando el siempre escaso tiempo de mi vida en hacer todo lo posible para que te des cuenta de que, quizás hasta el fin de los días, soy el único hombre que conocerás dispuesto a hacerte feliz hasta el momento de tu muerte. De tu muerte, sí, porque la mía no será un final, sólo un cambio, y no existe cambio capaz de cambiar lo que por tí siento.


Hasta aquí llega mi testimonio. Hasta aquí tengo fuerzas para purgar mi deseo de tí, y destilar mi deseo de tu felicidad. Queda entre tu y yo, todo ésto, aunque sé que, en realidad, queda entre yo y yo. Porque no importa en cuantas palabras, en cuantos cuentos, ni en cuantas poesías siembre mi corazón. Porque te conozco y te comprendo.


Y sé que tú nunca las leerás
".

Pliego la carta entre mis dedos. Algún día, pienso, leerá todo lo que he escrito pensando en ella, y se dará cuenta. Es un pensamiento adolescente e inmaduro, pero es tan propio de un cuentacuentos que me veo en la obligación de creer en él.

Landelón dice que creer en algo nos da fuerzas. Que le gusta la gente que cree en cosas imposibles, porque es mucho más difícil creer en lo imposible, que no creer en nada.

martes, enero 15, 2008

Me gustas cuando duermes

Duerme. Ella duerme. A Neruda le gustaba cuando callaba, pero a mí me gusta cuando duerme. Es casi como de psicópata, verme agazapado a su lado mientras ella, apaciblemente, duerme.

Me gusta así, reposada. Me gusta su cabello alborotado en mi almohada, como el oleaje en el que navega y naufraga la flota formada por las yemas de mis dedos. En cada curva trazada por su cabello se esconde un sueño, en cada uno de sus bucles, en cada forma que dibujan. Me detengo en cada mechón como si fuese un puñado de monedas de oro. Nada tan valioso, nada tan hermoso.

De su boca entreabierta escapa su aliento, y con él mi vida. Me roba el corazón esa placidez dormida. ¿Habrá príncipes en sus sueños? ¿Le rescatarán caballeros con mi rostro, o preferirá soñar con amantes desconocidos?

Me gusta cuando duerme. Puedo en ese momento contemplar todos mis sueños, con los ojitos cerrados y los brazos bajo la almohada. Su espalda se eleva suavemente, y desciende, despacito, para que sepa que sigue viva, que sigue a mi lado, en mi mundo, en mi vida.

Deslizo mis dedos por su espalda. Tengo cuidado para no despertarla, pero ella se agita en su sueño, y su boquita se curva en una sonrisilla. No me sé contener. Mi mano vuelve a deslizarse por su espalda, casi sin tocarla, insinuando la caricia.

En la línea de los párpados aparece el brillo de su pupila. Me ve, y su sonrisa se ensancha. Un siseo sale de mi boca. Vuelve a cerrar los ojos, amor, que me gustas cuando duermes.

Rebuscando en cuadernos antiguos encontré...

- Recuerdas Irlanda.
Dice, no pregunta. Es algo a lo que tienes que acostumbrarte. Al final, no respondes, sino que corroboras.
- Por supuesto.
- Recuerdas a Anabel.
Otra vez. Tomo un sorbo de mi café, que se ha quedado frío. Cuando mi mujer comienza a dejar caer afirmaciones en cadena, es porque quiere llegar a algo.
- Cómo no.
- Se va a divorciar.
Finjo sorpresa de una forma tan dramática que resulta burlesca.
- Pero, ¿estaba casada?
- Eso parece.
- ¡Camarero, otro café!
- ¡Va!
A lo mejor está molesta porque no le invitó a la boda. No lo creo. Mi mujer piensa que las bodas son un espectáculo para presumir de estatus social, y la boda de Anabel no fue muy lujosa. El marisco se me repitió toda la noche, y la barra libre acabó tres copas antes del momento adecuado.
- ¿Y? ¿No dices nada?
- Esto... ¿me alegro por ella?
- Eres idiota. Se va a divorciar porque se la estaba pegando a su marido con otro.
Ya estamos. Lo mismo cuando la hija de Paco, el del cuarto, se quedó embarazada.
- ¿Y ese tengo que ser yo?
- Eso quiero saber. Porque oportunidades, has tenido. La volviste a ver en el aniversario de Luisa y Carlos, vive a tres manzanas de aquí, y ya llevo un mes sospechando que los viernes no te vas al Bar Andilla a jugar al mus con tus amigotes.
Se termina su café de un trago y lo deja sobre el platillo del golpe, con el mazazo que da el juez después de dictar sentencia. Levanto las manos como si me apuntaran con un arma cargada.
- Ante tal cantidad de pruebas irrefutables, sólo una conclusión es posible.
- Que idiota estás cuando te pones así.
- ¿Por qué tengo que ser yo el causante de todo?
- Porque sueles serlo.
- El café es para mí, gracias.
Ante mí es depositada una nueva taza humeante. Me detengo un minuto a observar como se eleva el vapor desde la superficie del líquido, como una cortinilla de pequeña niebla cálida.
- ¿Me estás escuchando?
- Perdona, no te estaba escuchando, ¿qué decías?
- Que eres idiota.
- No, después de eso.
- Ya lo sabes. Más de una vez me confesaste que Anabel te parecía guapa.
- ¡Pero si eso fue antes de casarme contigo!
Agito la bolsita de azúcar y la abro lentamente, disfrutando de la sensación de rasgar el papel antes de verter su contenido en la taza muy despacio.
- No te eches tanto azúcar, que luego te quejas de haber engordado.
- No, ésa eres tú. Yo quiero morir calvo y gordo, como mi padre.
- ¿Y también quieres divorciarte y morir solo, como tu padre?
- Hace un minuto te estaba engañando con otra, y ahora quiero estar solo.
- Digo que quieres parecerte a tu padre.
- Al menos no me parezco a mi madre.
- ¡Yo no me parezco a mi madre!
- Todas acabáis pareciéndoos a vuestra madre.
- ¿Anabel también? Porque su madre era feísima.
Saboreo el café. Me encanta esa sensación hirviente que desciente por tu garganta, quemándote el esófago hasta que te calienta el estómago como una estufa en las vísceras.
- ¿Nadie te enseñó que el físico no es lo más importante?
- Tú siempre has actuado demostrando lo contrario.
- Y eso no lo dices para satisfacer tu ego.
- Idiota.
- Yo también te quiero.
Se cruza de brazos y frunce el ceño y los morros, como una niña pequeña, durante el tiempo que tardo en terminarme el café. Conforme se va relajando su arruga, se le va pasando el enfado. Siempre es así.
- Por cierto, Luisa nos invitó a cenar en su casa el viernes que viene, así que nada de mus en el bar, ¿eh?
En todas las discusiones matrimoniales, yo tengo la última palabra.
- Sí, cariño.

domingo, enero 13, 2008

Contenidos

Llevábamos un rato callados, porque Tenhime se había quedado dormida en mis rodillas mientras le acariciaba el pelo, y porque el Extraño había terminado de contarme su affair mal acabado con Inés. Entonces, levantó la vista del suelo y me dijo, como imbuido de una súbita iluminación zen:

- Tío... ¿Te das cuenta de que en un nanosiglo hay pi segundos?

Landelón dijo que la mayoría de las personas se merecen a su pareja. ¿Me mereceré yo a mis amigos?

miércoles, enero 09, 2008

Toreador IV

Vale, mentí, ¿de acuerdo?.

Sabía que no serían los últimos versos que te dedicaría. ¿Cómo iban a serlo? Sé que no eres para mí, pero aun así, te deseo.¿Cómo no iba a hacerlo? Eres la receptora de mis versos a la deriva, si te pierdo ¿a quién escribo?

Te odio, te odio con la misma intensidad, porque te tengo enraizada en mi corazón, y arrancarte del tirón es imposible sin desgajar un trozo de mi ser.

Claro que no eran los últimos versos. ¿Como iban a serlo?

martes, enero 08, 2008

Historias del Reino de Badar (III): Un verdadero héroe

Cuando el Rey de Badar, satisfecho por haberse librado de la bruja, le ofreció la mano de su hija al Viajero que había devuelto la felicidad al Reino, la princesa se puso furiosa. ¡Cómo iba ella a casarse con el primer caminante polvoriento que liberase a un reino de la desgracia!
Así que dijo, delante de toda la corte, de su padre y del Viajero, “me casaré con él si demuestra ser un verdadero héroe”.

- Hija mía- le dijo el Rey- si ya es un héroe. Acabó con el poder de la Bruja.
- Un héroe no es quien realiza una hazaña. Un héroe es quien es capaz de repetirla. Así pues, si logra hacer algo que nadie haya hecho jamás, y le da al Reino de Badar algo que no tiene, accederé a casarme con él.

“Hecho”, dijo el Viajero, y de un salto, esquivó a la Guardia Real. Rodeando la cintura de la princesa con un brazo, la inclinó hacia atrás y le dio un largo y dulce beso ante la atónita mirada del Rey y de todos los presentes. “Y ahora, si me disculpan…”

Mientras la princesa caía sobre sus rodillas, tratando de recuperar el aliento y la compostura, el Viajero había vuelto a zafarse de la Guardia Real y escapaba corriendo del Castillo. El silencio del Salón del Trono sólo se veía roto por los jadeos de la princesa, ruborizada y arrodillada en el suelo. Fue entonces cuando el Rey comenzó a reír. Primero, bajito, esa risita que se te escapa cuando comprendes un chiste complicado. Luego, con sonoras carcajadas que hacían subir y bajar su real pecho.

- ¿Majestad?- preguntó uno de los cortesanos, el más osado de todos.
- Es un auténtico héroe.
- ¿Cómo podéis decir eso, mi Rey? Nunca se ha visto un ultraje semejante.
- Sólo ha hecho lo que la Princesa le ha pedido. Ha hecho algo que nadie había hecho jamás.
- ¿Y qué le ha dado al Reino que antes no tuviera?

El Rey señaló a la princesa, que seguía sonrojada, atónita y jadeante en la alfombra.
- ¿No lo veis? Una princesa enamorada.

lunes, enero 07, 2008

Retornos

Entré en casa arrastrando los pies, la maleta y el alma. Menudas navidades. Ha oscurecido hace rato. Afortunadamente, la cama está hecha. Me quito la ropa y me desplomo sobre el colchón. Dios, no hay nada como estar en casa.

Hay quien dice que viaja para tener ganas de regresar al hogar. No es el caso de Landelón, pero yo he de reconocer que existe un acogedor sentimiento que se dispara cuando atraviesas el umbral. Es una especie de alivio suave, un abrazo emocional, que deja atrás la siempre intensa turbulencia del viaje y te devuelve a tu aburrida cotidianeidad como un ancla espiritual que te dice "Mañana no será un día interesante; estás a salvo".

No os confundáis: me encanta viajar. Y mi concepto del hogar no es del todo ortodoxo. Sin embargo, me gusta tener un lugar al que regresar. Aunque, también he de reconocer que me suele gustar que alguien me reciba cuando llego.

Desnudo sobre el colchón, entrelacé los dedos de las manos detrás de mi cabeza mientras miraba al techo y respiraba profundamente. Yanroud y Landelón quedaron en Badar, al menos una temporada más, hasta que los ánimos volvieran a ser un valor en alza. Quizás con la distancia, todo fuese más fácil. De todas formas, echaré de menos a la Reina. Pero, mientras pueda escribir sobre ella, no morirá del todo. Quizás sea ése el fenómeno literario: como la religión, trata de dar ilusiones de inmortalidad a algo tan efímero como es el ser humano.

Estaba demasiado cansado para hacer nada. Me envolví en el edredón y le dí una patada al interruptor. No había sido un gran día, pero ya lo dijo Shinsei: el mejor día de tu vida siempre es mañana.

No sé cómo ni cuándo me quedé dormido, pero recuerdo despertarme cuando Tenhime se deslizó bajo las sábanas, y apretó su pecho contra mi espalda. Su voz me acarició el oído:
- ¿Qué te han traído los Reyes Magos, Cuentacuentos?
- Esperanza.

sábado, enero 05, 2008

Acciones y Palabras

El Rey de Badar apareció detrás del banco en el que estaba sentado, como salido de la nada. De todas formas, estaba tan enmimismado (la RAE lleva años negándole a Landelón esta conjugación) en mis pensamientos, que podría haber llegado montado a caballo con trompetas y fanfarrias, y seguiría habiéndome pillado de improviso.

- No te ví en el velatorio.- me dice, sentándose a mi lado.
- No me gustan. Flaco favor me parece aportar recuerdos.
- Tampoco te ví en el funeral.
- Estaba al fondo. Tampoco me gustan. No hay mucho que se pueda decir. Menos aún que se pueda hacer.
- ¿Cómo se lo está tomando mi pequeña?
- La he dejado dormida hace un rato. Cuando se despierte tendrá los ojos hinchados, pero sobrevivirá. Y a tu mayor la está cuidando el Viajero. No creo que pierdan la cabeza. ¿Cómo está Yanroud?.
- Aún no he hablado con él. No sé qué decirle.
- Majestad... Hace mucho que nos conocemos, ¿verdad?.
El Rey se mesa la barba, roja como el fuego. El cálculo no le lleva mucho, pero el silencio se me hace eterno.
- Siete años, ¿no?.
- ¿No crees que es mucho tiempo?
- Depende en relación a qué.
- En relación a Yanroud. Ya es hora de que hagas algo.
- Te he dicho que no sé qué decirle.
- Los hombres no solemos tener que decir las cosas. Es un tópico, pero es típico. Con nosotros, una acción vale más que mil palabras.
- Viniendo de tí, eso es una durísima declaración.
- La Reina ha muerto, Majestad. Poned vuestras diferencias aparte. Sentáos con él, igual que estáis sentado conmigo.
El Rey no dice nada. Se levanta, y se marcha. Cruzo los dedos, y rezo al de Arriba para que, al menos hoy, al menos por ahora, el Rey de Badar y Yanroud se apoyen el uno al otro. El mejor ladrón del mundo es testarudo, y en ocasiones muy introvertido. Le gusta purgar sus penas solo, y poco hay que los demás podamos hacer por él, pero la Reina ha muerto, y el Rey de Badar también necesita un apoyo.

Estoy seguro de que lo encontrará en Yanroud. Al fin y al cabo, es su hijo.