domingo, enero 27, 2008

Como a todas las demás

Me aburría, eso estaba claro. Ningún otro sentimiento, salvo el amor, la tristeza, o la desesperación podrían moverme a rebuscar en mis estanterías y en mi cajas para ver qué encontraba. En una caja de cartón, debajo de mi cama, encontré un sobre acolchado, del tamaño de un folio, lleno de cartas, textos y cuadernos. No todos los textos son míos, de la misma forma que no todas las cartas son ajenas.

No me sorprendo. La costumbre de Badar es que, cuando contestas a una carta, adjuntas aquélla que te envió tu destinatario, para que él te la devuelva junto con la que tú le envías. Es un sistema curioso al que tardas en acostumbrarte. Así, cuando la correspondencia es fluida entre dos personas, acabas acumulando cartas que enviaste de la misma manera que acumulas cartas que te enviaron.

Así, que, en pleno ramalazo de tristeza solitaria (porque, una vez más, la luz de mi vida había respondido a la llamada del deber, en la la City de Londres, y yo me quedaba sólo en casa) descubro cartas que le envié la hija pequeña del Rey de Badar, e incluso una que no llegué siquiera a meter en un sobre. Debe ser de las últimas. La leo de arriba abajo varias veces, y aunque noto las lágrimas acumularse en mis ojos, sé que ninguna rodará por mi mejilla.

"Podría, como a todas las demás niñas, contarte un cuento. Podría empezar diciendo "en las noches oscuras, cuando toda esperanza se encuentra escondida debajo de las sábanas por miedo a los monstruos que vagan en la negrura, el recuerdo de una preciosa joven brilla entre las tinieblas, como un faro de vida y de alegría, una señal que aligera las cargas en los corazones de los seres que caminan a la deriva en las noches oscuras, esas noches en las que la esperanza se encuentra escondida bajo las sábanas, bajo tus sábanas".

Pero ya eres mayor para que yo te cuente cuentos. Han ido pasando los años, los mismos años que se me han escapado entre los dedos sin poder estar contigo. Ahora ya eres toda una mujer, una joven preciosa que tiene sus propias metas. Me has olvidado, puesto nada he podido significar para tí todo este tiempo. No soy ya sino el recuerdo de tus años de juventud alocada, ese joven gallardo que hace años quiso conquistar el mundo para ponerlo a tus pies, que quiso abrazarte y no soltarte, y robarte todo el dolor para enviarlo lejos, a las nubes, para que le lloviese a otra persona toda la tristeza que albergabas en tu interior.

Tarde, demasiado tarde, descubro que en parte conseguí robarte la infelicidad, y la expulsé al cielo, quien, amablemente, ha esperado a que madurase para dejarla caer sobre mí, pasado todo este tiempo. Volver a verte fue un golpe en mi interior, tan duro que llegué a pensar que alguien había convertido mis entrañas en cristal, para que tu sonrisa las resquebrajase.

Te he extrañado mucho, estos años. He sido feliz, es cierto, pero siempre me ha quedado una espina de amargura en mi corazón, tallada con tu rostro. Echo de menos cada una de tus sonrisas, cada gesto característico de tí, cada cabello tuyo que ondea con el cierzo. Quizás te siga amando. Quizás nunca deje de hacerlo.


No me entiendo, porque no entenderme es parte de ser artista. A tí, quizás, sí que te entienda, y por eso sé que jamás acudirás a mis brazos, quienes nunca se cerrarán para tí. Nunca he dejado de amarte, creo yo, y nunca dejaré de hacerlo. No sé si te amo a tí, o amo lo que representas, o amo a algo que se te parece. Pero te amo, te amo con una fuerza inusitada. Te amo con un amor de otra época, puesto que no me preocupa ser el que besa tus labios o el que te abraza por las noches cuando la esperanza se esconde bajo tu sábana. No me preocupa vestirte de blanco frente a un altar, ni crear niños con tus virtudes y mi nombre. No me preocupa siquiera morir a tu lado. No me preocupa ser enterrado junto a tí.


Sólo me preocupa verte feliz. Saber que estás bien, que tu corazón late con vida y esperanza, con la misma esperanza que se esconde en tu cama cada noche. Saber que sonríes, sonríes como sólo tú lo haces cuando eres feliz. Que cada paso que das es un paso que merece la pena ser dado, porque he conseguido que tu vida merezca la pena ser vivida. Nunca conseguiré robarte toda la tristeza, pero mío podría ser el pecho por el que resbalasen tus lágrimas cuando no te cupiesen más en el alma.


Podría contarte cuentos, y de hecho, lo seguiré haciendo el resto de mi vida. Seguiré escribiendo, día tras día, relatos para niños y cuentos para adultos, poesías que no deben leerse y textos que nunca deberán publicarse. Escribiré y escribiré, derramando mi sangre y mi alma sobre el teclado, volcando el siempre escaso tiempo de mi vida en hacer todo lo posible para que te des cuenta de que, quizás hasta el fin de los días, soy el único hombre que conocerás dispuesto a hacerte feliz hasta el momento de tu muerte. De tu muerte, sí, porque la mía no será un final, sólo un cambio, y no existe cambio capaz de cambiar lo que por tí siento.


Hasta aquí llega mi testimonio. Hasta aquí tengo fuerzas para purgar mi deseo de tí, y destilar mi deseo de tu felicidad. Queda entre tu y yo, todo ésto, aunque sé que, en realidad, queda entre yo y yo. Porque no importa en cuantas palabras, en cuantos cuentos, ni en cuantas poesías siembre mi corazón. Porque te conozco y te comprendo.


Y sé que tú nunca las leerás
".

Pliego la carta entre mis dedos. Algún día, pienso, leerá todo lo que he escrito pensando en ella, y se dará cuenta. Es un pensamiento adolescente e inmaduro, pero es tan propio de un cuentacuentos que me veo en la obligación de creer en él.

Landelón dice que creer en algo nos da fuerzas. Que le gusta la gente que cree en cosas imposibles, porque es mucho más difícil creer en lo imposible, que no creer en nada.

4 comentarios:

Duff dijo...

Echar de menos es sin hache. Y igo esta grosería porque no tengo ánimo para nada bueno.

Baja algún día. Tengo Vodka Rojo.

Dídac dijo...

Cierto. Avistado y corregido. Lamento el despiste.

Y, créeme, estoy deseando bajar a verte.

Letichan dijo...

Mmmm... La carta a la hija pequeña del rey de Badar me ha gustado un poco menos que otras cosas que has escrito. La descripción del principio (en la que hablas de la negrura, etc.) quizás me resulte un pelín farragosa, por repetitiva.
Por otra parte, no entiendo la naturaleza del amor que refiere: ¿enamorado de ella, o enamorado de la idea de sí mismo intensamente enamorado?
Bueno, espero que así compruebes que cuando te digo que algo me ha gustado mucho, no lo digo por decir. ;-D
Un abrazo, Diego.

Pd.: Yo tengo Cruzcampo. Es menos poético y menos inspirador que otro tipo de licores, pero... Está buena.

Dídac dijo...

De hecho, me gusta que no te guste. Así me da la opción de escribir cosas que te gusten más que otras, que nunca está mal.

La carta está escrita en un mal momento, y como tal, adolece de toda clase de faltas. Las de ortografía pueden corregirse al transcribirla al ordenador, pero las demás, no.

El inicio es farragoso intencionadamente, al menos en parte. Por ejemplo, la frase "el recuerdo de una preciosa joven brilla..." es horrible, pero está ahí porque es su sitio.

En cuanto al amor... ay, esto es de una discusión de otro post, que me recordó la existencia de esta carta.

En general, es el amor completamente desinteresado, en el que uno se abandona por completo en manos del otro. De ese que no acaba funcionando a menos que lo sientan los dos de forma recíproca.

Su desgracia es casi eterna. La ama, pero sabe que nunca podrán estar juntos. Ella no es para él, porque ella no lo ama de la misma forma. Esa bilateralidad es casi metafórica en el aspecto que él escribe y escribe versos para alguien que no los lee. Él se entrega. Ella no.

La historia es un tópico, lo sé. Pero lo tópico es típico, al fin y al cabo.

Me voy a ver que más encuentro rebuscando en sitios viejos.