martes, enero 15, 2008

Rebuscando en cuadernos antiguos encontré...

- Recuerdas Irlanda.
Dice, no pregunta. Es algo a lo que tienes que acostumbrarte. Al final, no respondes, sino que corroboras.
- Por supuesto.
- Recuerdas a Anabel.
Otra vez. Tomo un sorbo de mi café, que se ha quedado frío. Cuando mi mujer comienza a dejar caer afirmaciones en cadena, es porque quiere llegar a algo.
- Cómo no.
- Se va a divorciar.
Finjo sorpresa de una forma tan dramática que resulta burlesca.
- Pero, ¿estaba casada?
- Eso parece.
- ¡Camarero, otro café!
- ¡Va!
A lo mejor está molesta porque no le invitó a la boda. No lo creo. Mi mujer piensa que las bodas son un espectáculo para presumir de estatus social, y la boda de Anabel no fue muy lujosa. El marisco se me repitió toda la noche, y la barra libre acabó tres copas antes del momento adecuado.
- ¿Y? ¿No dices nada?
- Esto... ¿me alegro por ella?
- Eres idiota. Se va a divorciar porque se la estaba pegando a su marido con otro.
Ya estamos. Lo mismo cuando la hija de Paco, el del cuarto, se quedó embarazada.
- ¿Y ese tengo que ser yo?
- Eso quiero saber. Porque oportunidades, has tenido. La volviste a ver en el aniversario de Luisa y Carlos, vive a tres manzanas de aquí, y ya llevo un mes sospechando que los viernes no te vas al Bar Andilla a jugar al mus con tus amigotes.
Se termina su café de un trago y lo deja sobre el platillo del golpe, con el mazazo que da el juez después de dictar sentencia. Levanto las manos como si me apuntaran con un arma cargada.
- Ante tal cantidad de pruebas irrefutables, sólo una conclusión es posible.
- Que idiota estás cuando te pones así.
- ¿Por qué tengo que ser yo el causante de todo?
- Porque sueles serlo.
- El café es para mí, gracias.
Ante mí es depositada una nueva taza humeante. Me detengo un minuto a observar como se eleva el vapor desde la superficie del líquido, como una cortinilla de pequeña niebla cálida.
- ¿Me estás escuchando?
- Perdona, no te estaba escuchando, ¿qué decías?
- Que eres idiota.
- No, después de eso.
- Ya lo sabes. Más de una vez me confesaste que Anabel te parecía guapa.
- ¡Pero si eso fue antes de casarme contigo!
Agito la bolsita de azúcar y la abro lentamente, disfrutando de la sensación de rasgar el papel antes de verter su contenido en la taza muy despacio.
- No te eches tanto azúcar, que luego te quejas de haber engordado.
- No, ésa eres tú. Yo quiero morir calvo y gordo, como mi padre.
- ¿Y también quieres divorciarte y morir solo, como tu padre?
- Hace un minuto te estaba engañando con otra, y ahora quiero estar solo.
- Digo que quieres parecerte a tu padre.
- Al menos no me parezco a mi madre.
- ¡Yo no me parezco a mi madre!
- Todas acabáis pareciéndoos a vuestra madre.
- ¿Anabel también? Porque su madre era feísima.
Saboreo el café. Me encanta esa sensación hirviente que desciente por tu garganta, quemándote el esófago hasta que te calienta el estómago como una estufa en las vísceras.
- ¿Nadie te enseñó que el físico no es lo más importante?
- Tú siempre has actuado demostrando lo contrario.
- Y eso no lo dices para satisfacer tu ego.
- Idiota.
- Yo también te quiero.
Se cruza de brazos y frunce el ceño y los morros, como una niña pequeña, durante el tiempo que tardo en terminarme el café. Conforme se va relajando su arruga, se le va pasando el enfado. Siempre es así.
- Por cierto, Luisa nos invitó a cenar en su casa el viernes que viene, así que nada de mus en el bar, ¿eh?
En todas las discusiones matrimoniales, yo tengo la última palabra.
- Sí, cariño.

5 comentarios:

Letichan dijo...

¡Es delicioso! Tiene humor, es tierno... Y consigues crear una atmósfera muy simpática y particular con el café de fondo.

Pd.: Me he trasladado a Madrid, a vivir durante al menos un año... Entre las cosas que llevaba en mi equipaje figuran tus relatos.Un abrazo. Ya sabes que te admiro.

Dídac dijo...

Eres demasiado generosa con tus críticas. Ésto lo escribí hace bastante, y lo he pulido un poco recientemente.

Te dejé un comentario en tu blog. En cuanto recupere la posesión de mis fines de semana, trataré de bajar a verte.

Duffne y tu, mis dos lectoras más asiduas, en la misma ciudad. Demasiado tentador como para resistirlo.

Letichan dijo...

Pues baja: creo que Duffne estará de acuerdo conmigo en que las dos te recibiremos con los brazos abiertos ;-D

No, no soy generosa o al menos, no lo soy sin justificación.

Cris dijo...

Pues por mi puedes seguir rebuscando porque espero que compartas mas hallazgos como este ;)

Besos!

Duff dijo...

jejejeje.

Si.