lunes, enero 07, 2008

Retornos

Entré en casa arrastrando los pies, la maleta y el alma. Menudas navidades. Ha oscurecido hace rato. Afortunadamente, la cama está hecha. Me quito la ropa y me desplomo sobre el colchón. Dios, no hay nada como estar en casa.

Hay quien dice que viaja para tener ganas de regresar al hogar. No es el caso de Landelón, pero yo he de reconocer que existe un acogedor sentimiento que se dispara cuando atraviesas el umbral. Es una especie de alivio suave, un abrazo emocional, que deja atrás la siempre intensa turbulencia del viaje y te devuelve a tu aburrida cotidianeidad como un ancla espiritual que te dice "Mañana no será un día interesante; estás a salvo".

No os confundáis: me encanta viajar. Y mi concepto del hogar no es del todo ortodoxo. Sin embargo, me gusta tener un lugar al que regresar. Aunque, también he de reconocer que me suele gustar que alguien me reciba cuando llego.

Desnudo sobre el colchón, entrelacé los dedos de las manos detrás de mi cabeza mientras miraba al techo y respiraba profundamente. Yanroud y Landelón quedaron en Badar, al menos una temporada más, hasta que los ánimos volvieran a ser un valor en alza. Quizás con la distancia, todo fuese más fácil. De todas formas, echaré de menos a la Reina. Pero, mientras pueda escribir sobre ella, no morirá del todo. Quizás sea ése el fenómeno literario: como la religión, trata de dar ilusiones de inmortalidad a algo tan efímero como es el ser humano.

Estaba demasiado cansado para hacer nada. Me envolví en el edredón y le dí una patada al interruptor. No había sido un gran día, pero ya lo dijo Shinsei: el mejor día de tu vida siempre es mañana.

No sé cómo ni cuándo me quedé dormido, pero recuerdo despertarme cuando Tenhime se deslizó bajo las sábanas, y apretó su pecho contra mi espalda. Su voz me acarició el oído:
- ¿Qué te han traído los Reyes Magos, Cuentacuentos?
- Esperanza.

No hay comentarios: