viernes, febrero 15, 2008

Ingravidez y confianza

- ¿Estás convencido de que ésto es seguro?
- ¡Claro que sí! ¡Sabes que soy un titulado en ésto, confía en mí! - grita el Extraño, por encima del ruido de los engranajes.

Existen dos frases que, a pesar de que nadie cree en ellas, se siguen oyendo día a día. La primera es "Todo va a salir bien", la mayor mentira que nadie ha dicho jamás, y que aun así repito veces y veces a lo largo de mi vida. Silvia, por ejemplo, está harta de oírla, pero necesita escucharla, y ahí estoy yo para decirla.

La otra es "Confía en mí". Ya hablamos acerca del prejuicio y la desconfianza hace tiempo, pero no de la confianza. La confianza, creo yo, es como el amor: prácticamente, no eliges a quién entregársela. El acto de confiar es casi instintivo, respaldado en la sensación de tranquilidad que te da una persona que sabes que no te va a fallar.

Por eso existen personas de las que, instintivamente, no te fías. Esa sensación de intranquilidad, que puedes reforzar en ocasiones con argumentos racionales, hace que procures no situarte en una posición de vulnerabilidad con respecto a la persona que te imbuye de dicha desconfianza.

Yo, en este caso, no me fío del Extraño.

Confías en quien sabes que sabe, en quien tienes depositada la certeza de que sus acciones van a estar encaminadas a tu protección, de forma directa o indirecta. Confías en un médico, porque le presupones que no va a ponerse a jugar al tres en raya con un bisturí sobre tus vísceras. Confías en un mecánico para que haga andar en tu coche, porque es a lo que se dedica. Confías en un amigo para secar tus lágrimas, para guardar tus secretosy para compartir buenos momentos. Confías en un abogado porque... porque... vale, no confías en un abogado, porque es lo que sabe hacer.

Y en un ingeniero confías para que haga cosas que hagan cosas. Y que las hagan bien.

- ¿A ésta de aquí?- digo, mientras señalo una de las palancas del enorme amasijo de placas base, cables, conectores, hornos microondas, engranajes, poleas, jaulas de hámster, cigüeñales, tornillos sinfin y sin principio, centrifugadoras, antenas, emisores de ondas y resistencias que ha instalado en su bajera.
- ¡Sí, a esa!.

Con reticencia, aferro la barra de metal y la empujo hasta que suena un 'click' de lo más intranquilizador. El Extraño, desde el otro lado de la máquina, me grita algo así como "Y ahora, si todo va bien" y algo más que no llego a oír.

De repente, la gravedad no me afecta. Me noto flotar por el aire, proyectado por una fuerza misteriosa. El suelo da vueltas sobre mi cabeza, y mi espalda choca contra el muro antes de que todo mi cuerpo se estrelle contra el suelo. Me zumban los oídos, y tengo la visión nublada. El taller del Extraño está lleno de humo y de chatarra, y por el suelo corretean libres los hámsters que antes estaban dentro de la máquina. Al menos, unos cuantos se han debido de salvar.

- ¡¡¡¡Wooooooooah!!!! - le oigo gritar, desde encima del montón de cajas sobre las que ha aterrizado. Cuatro signos de exclamación, signo inequívoco de un desequilibrado mental, como diría el Maestro.- ¿Has visto eso?.

- Hombre, ver lo que se dice ver...- digo mientras me levanto y me sacudo restos de encima. Nada roto, por lo visto, salvo quizás una costilla, y el orgullo- ¿Qué ha ido mal?
- ¿Mal? ¡Ha ido de maravilla!
- ¿Cómo?
- ¡Por un segundo, lo hemos conseguido! ¡Hemos burlado la Ley de la Gravedad!
- Te vas a enterar de lo que significa "gravedad" como te coja...

Y luego me preguntan por qué no confío en él.

1 comentario:

Letichan dijo...

Me ha gustado la analogía del amor y la confianza. Nunca me lo había planteado así.