lunes, abril 21, 2008

La inefabilidad de lo inefable

Mansión de los Wellington, Inglaterra. Casi pensaba que estas fiestas de la 'high society' británica eran mitos, pero Landelón y el Hombre del piano me demostraron lo contrario cuando aparecieron con dos invitaciones extra, un frac que me negué a ponerme y un vestido de seda precioso para Tenhime.

La fiesta de Charles y Margaret Wellington parecía sacada de la parte más glamurosa de una película de James Bond. Todo era seda y trajes, con canapés exquisitos si bien ridículamente pequeños, champán en cubiteras y ensaladeras llenas de ponche esmeralda en cada mesa. Conversaciones muy diplomáticas llevadas a cabo con el labio superior bien apretado sobre el tiempo, cotilleos de gente que no conocía, discusiones de economía internacional y una acerca de la posición de Málevich en el arte moderno. Tuve que sacar a Landelón discretamente antes de que se le abriera la úlcera en el estómago y comenzase a lanzar espumarajos ácidos a los presentes.

En un remanso de paz, Landelón nos señaló una figura en un vestido de terciopelo dorado que bajaba por la alfombra que recubría las escaleras centrales del salón.
- Esa es Alithia. Y es mi última conquista.

Me giré rápidamente hacia Landelón, cuya sonrisa de triunfo parecía ocupar todo el espacio entre el pañuelo amarillo de su cuello y el sombrero de ala ancha. Estúpido bastardo. Por eso nos quería traer a este sitio. A saber cuánto le dura la tontería con ésta. Si es más de tres meses, comenzaré a preocuparme. El hombre del piano, a mi lado, resopla como si fuese un caballo al que, de repente y sin avisar, le tiran de las riendas con saña por algo que no ha hecho.

- Es un poco... pequeña, ¿no?
- Ser bajita no es un problema. Añade hermosura a una mujer.
- No, si no es bajita, es... pequeña, tú ya me entiendes.
El Viajero parpadea, como diciendo "Sé que me intentas decir algo, pero no sé qué"
- Joder, Viajero. ¡Que es casi una niña!
- Es mayor de edad. Con eso vale.
- A tí te vale con que le dejen cruzar sola la calle- el hombre del piano parece estar al borde del ataque de indignación.
- ¡No es cierto!
- Bueno, Señor "Si Pesa Más Que Un Pollo Me Lo Follo", no creo que ésta adquisición te permita defender esa teoría mucho tiempo. Es como hacer trampas.

En el penúltimo escalón, la pequeña Alithia se pisa el dobladillo del vestido, trastabillando hacia delante. La copa que sostenía en la mano izquierda sale volando por los aires. Un invitado logra reaccionar y atraparla al aire, pero la inercia arroja su contenido contra la espalda descubierta de otra invitada, quien, soprendida, chilla y arroja una bofetada a ciegas a su espalda, creyéndose ultrajada por una asaltante misterioso. Su mano golpea, en uno de esos homenajes que hace la ironía al mundo, a aquel buen samaritano que logró interceptar la copa de cristal antes de que golpeara a la ofendida, desplazándole paso y medio hacia la izquierda. Este breve movimiento es justo el que necesita para tropezar con otro invitado, cayendo casi abrazados sobre el extremo de una mesa. Las patas ceden ante el peso conjunto, y lo que debería ser paralelo al suelo se convierte en un triángulo rectángulo. Una ensaladera de ponche se desliza por la superficie de la mesa hacia los cuerpos que torpemente han caído sobre ella, pero, para entonces, Alithia ya ha llegado entre trompicones y tropiezos varios, tratando de recuperar el equilibrio, desde la escalera hasta el otro extremo de la mesa, y se apoya con fuerza en él, en un intento de devolverle verticalidad y salvar a los invitados de una ducha de ponche. Desafortunadamente, su exceso de entusiasmo provoca una catapultación más que literal de la ensaladera, que cruza la sala mientras todos los presentes contemplan con horror e impotencia como traza una semicircunferencia perfecta antes de caer, en un elogio a la justicia poética, sobre el carísimo abrigo de piel de la Señora Edgeworth, quien no ha parado de pavonearse del mismo en toda la noche. De repente, todo son gritos de la señora Edgeworth, asistentes tratando de levantar a los caídos, de secar a los empapados, murmullos en círculos, dedos señalando, y miradas acusadoras. Por encima de la confusión general se oye el "Oh, Margaret, I told you she was going to do it again" de Charles Wellington, que suena casi aliviado, como cuando se cumple una predicción inefable.

Landelón sigue sonriendo, sin mover los ojos de una cada vez más avergonzada Alithia.
- Quizás. Pero es taaaaaan adorable.

8 comentarios:

Duneiel dijo...

Lo curioso es que yo también puse aquello de "Oh, Margaret..." en mi blog :).

Dídac dijo...

Esta bien, está bien, te daré la mitad de los derechos de los Wellington...

Duff dijo...

Te ha faltado Benny Hill por ahí. Divertido relato ^^

Duff dijo...

Y el tiririitritiirtiritiirtiritir del final corriendo todos detrás de él

Duraglar dijo...

Me recuerda poderosamente al dia en que se me cayó la lasaña que tantas horas me habia llevado hacer, me pegué con un armario de la cocina en la cabeza y tiré dos huevos dentro de la nevera...

¬¬

Letichan dijo...

Hasta que he llegado al final, no sabía si Landelón encontraría a Alithia adorable o si su tropiezo justificaría los reproches del Hombre del Piano.
Es justo lo que necesitaba hoy, después de dos días un poco diferentes (y también un poco difíciles) en el trabajo: reír y acordarme de que los tropiezos nos son inherentes (a unos más que a otros).
Lo que no me imaginaba era al Viajero como un asaltacunas, pero ya sabes: no está mal sorprenderse de vez en cuando ;p

Duff dijo...

escribe

Dídac dijo...

Dur... jo, que mala suerte. Mírate la de "Esos Días", un poco más abajo, que viene a ser de lo mismo.

Duff, es "humor inglés". Y ya voy, ya voy.

Leti... ¡Sonríe, mañana puede ser peor!