miércoles, junio 18, 2008

Melodrama tras melodrama

Los descansos en los espectáculos guardan un significado distinto a la publicidad en las películas. En éstos últimos, la gente aprovecha para ir al baño, rellenar de patatas fritas los platos, y sacar una cerveza fría del frigorífico. En los descansos de los espectáculos, la gente se levanta para estirar las piernas y comentar como va la noche. De acuerdo, también para ir al baño. Incluso a veces, para conspirar entre los cortinones.

Volvía silbando del baño cuando, en un revuelo de cortinas y vestidos, me pareció reconocer la mirada almendrada y oscura de Fátima, tras su velo negro, en el fondo del pasillo. Corrí hacia ella, empujando a un par de invitados que estiraban las piernas y comentaban cómo iba la noche, mientras les gritaba mis disculpas. No obstante, y como en toda persecución que se precie, para cuando llegué a donde me había parecido ver a Fátima, ella había desaparecido sin dejar rastro.

Un dedo pulgar recorrió mi cuello imitándo una técnica de degüello. Al girarme, ví a un Yanroud sonriente ante mí. Vestía de gala (algo extraño en él; detecté la larga mano de la hija pequeña del Rey de Badar en todo esto), e incluso cubría su frente con una banda de seda oscura, en lugar de con su pañuelo habitual, para ocultar la marca que había debajo.
- Hey. ¿Cómo andamos?
- Con los pies. -repliqué, haciendo uso de mi derecho a ser sarcástico.- El Extraño se ha cabreado con el hombre del piano y con razón, y yo no veo a la hija pequeña de tu padre por ningún lado.
- No está, Cuentacuentos. Tu queridísima no ha venido. De hecho, vas a tardar en verla de nuevo. Partió para Neral hace dos meses.

No lo entiendo. Si fue a Neral... ¿quién ha hecho que Yanroud se engalane? ¿Quién ha evitado que los capas plateadas placasen a Landelón? ¿Cómo sigue Alithia viva? ¿Qué hago yo aquí?
- ¿Cómo... Por qué?
- Las cosas han cambiado. Después de tu última pelea con Tenhime ella... no quería hacerte daño. Dijo que le vendría bien un cambio de aires, y se fue para ayudar a la reconstrucción de la capital. Se llevó a la mitad de los capas plateadas de mi hermana, por si encontraba al Viajero de camino, y me dejó prácticamente al cargo de Isabel.
- No me lo puedo creer.
- Anda, tonto. Te invitaré a una copa de la bodega real.- su brazo se desliza sobre mis hombros, en uno de los pocos gestos de afecto que aceptamos los hombres. Por un minuto, me dan ganas de agachar la cabeza y solucionarlo todo como siempre, brindando al amanecer.
- Creo que no, Yanroud. No estoy de humor.
- ¿Para beber?
- Para nada.

No quiero aguar la noche a los demás. Me muevo hacia el ala del Palacio de Mármol donde el Rey nos ha reservado unas habitaciones, sin levantar la vista de la moqueta púrpura que marca mi camino. Estoy cansado, pienso. Cansado de no conseguir nunca nada. Cansado de no cambiar las cosas. Landelón suele decir que lo importante en una vida es marcar la diferencia. Si consigues marcar la diferencia, en algún aspecto, te separas del pelotón y se te puede reconocer por algo. Pero últimamente me doy cuenta de que me voy tropezando con el borde de todas las alfombras, trastabillando de momento a momento. La sensación de ir a trompicones por la vida no se me quita, y no me gusta llevar ese sentimiento en la espalda.

Me llegan voces. Una de ellas es la del Extraño, que parece hablar pausada y tranquilamente a una voz mucho más femenina, pero más llena de tensión.
- Gracias- dice la mujer.
- Qué va. Gracias se dice cuando alguien hace algo por tí, y yo no he hecho nada.
- No, no. En serio. Gracias.
- Ehm...- la voz del Extraño parecía confundida de un momento a otro.- ¿Qué... estás...?

La puerta se cierra antes de que llegue a su altura, pero algo me dice que las cosas no le van tan mal al Extraño como podía parecer. Echo un vistazo a la habitación del Viajero, y veo que su sombrero está sobre la cama. Qué curioso. No se lo suele quitar muy a menudo. Oigo el incofundible sonido de succión de dos personas besándose viniendo del balcón de la habitación, y decido no indagar más. Para cuando abro la puerta de mi habitación, ya voy arrastrando los pies, aflojándome el nudo de la corbata, y bostezando sin reprimirme. Todo indica que voy a ser el único de la fiesta que no va a compartir su cama.

Hasta que descubro a Alithia llorando en mi cuarto.

¿Y si todos vamos a trompicones, de momento en momento de la vida, como si en realidad no fuésemos sino barcos en el océano, que aprovechan las calmas entre tempestades para reparar el velamen y el casco del navío, y así aguantar el envite de la siguiente marejada hasta que una ola lo bastante grande logra enviarnos hacia la tranquilidad y el remanso de aguas más seguras?

Debí aceptar esa copa de Yanroud. Es excesivamente fácil caer en el melodramatismo, y a ver cómo sales de ese agujero de pareces cenagosas y resbaladizas.
Me siento en mi cama, al lado de Alithia, y le acaricio el pelo a la pequeña.
No estoy seguro de poder hacer mucho más por ella.

3 comentarios:

Duff dijo...

cuentos temporales Didac? Y "blancos"?

ElJUaNKeR dijo...

Eso digo yo, ¿ande esta blancos?

Duff dijo...

Desescritor...