sábado, julio 26, 2008

Otro Lugar Mejor

Cuando el padre de Sara murió, Landelón me contó uno de sus mayores miedos.

"No importa cuánto haga un hombre en su vida, sino cuánto no haga. Si en algún otro plano de existencia los espíritus de los caídos se alimentan del poder de los recuerdos que los vivos conservan de ellos, dictadores, tiranos y asesinos serían más poderosos que aquel amable señor que te abría la puerta del ascensor o aquel chico que te prestaba los apuntes en el instituto y que murió atropellado tres días antes de la graduación"

- Landelón, ningún compañero mío murió atropellado tres días...
- Era una metáfora.
- Ah.

"Como iba diciendo, el poder del recuerdo se obtiene de una forma más sencilla haciendo el mal que haciendo el bien. Si mi teoría es cierta, si existe ese plano donde el recuerdo de los vivos es el poder de los muertos, entonces ser un auténtico villano no sólo compensa en la vida, sino que también compensa en la muerte. Imagina el poder del Hitler, o de Stalin, comparado con la de aquella chica que nunca hizo mal a nadie y que viajó hasta el Congo para ayudar a los más necesitados con un ONG porque no tenía otra manera de sanar a un mundo que ella consideraba herido".

- Landelón.
- ¿Si?
- ¿Cómo puedes creer en algo tan desesperanzador?
- Cuando alguien muere, los demás nos tranquilizamos unos a otros diciendo "Están en Un Lugar Mejor". Pero, por un momento, imagina que no es Un Lugar Mejor, sino simplemente en Otro Lugar. Compensaría ser un canalla en cada una de tus vidas, indiferentemente de castigos divinos o reencarnaciones inferiores.
- ¿Ser un canalla compensa?
- La mayor parte de las veces.
- ¿Y qué hace que no lo seamos los demás?
- La esperanza de que, tarde o temprano, compense ser bueno.
- ¿Tarde o temprano?
- No te engañes. Toda la esperanza de que exista Un Lugar Mejor es inútil si no crees que tu recompensa va a llegar antes de que te mueras. Si no, la bondad sería como un seguro de vida: tienes que morir para cobrar tu inversión. No, no, Dídac. La gente buena desea que los demás sean buenos con ella, porque así han sido con los demás. No lo hacen por miedo a una azotaina de Dios, sino a modo de inversión.
- ¿Y entonces, para qué serviría Un Lugar Mejor?
- Para aquellos casos en los que ser bueno resulta ser una mala inversión.

miércoles, julio 16, 2008

La chica de Kumei

La conocí en Kumei, en aquellos días en los que Landelón estaba en prisión, y yo no conocía aún a Yanroud ni a la hija pequeña del Rey de Badar. Se pasaba tanto tiempo en la taberna que llegué a pensar que vivía o trabajaba allí, y sólo tiempo después de conocerla descubrí que ambas suposiciones eran equivocadas.

Era una mujer dura como el canto de una roca, áspera y cortante al primer contacto. Resultaba extraño hablar con ella, porque bajo toda la hostilidad con la que se manifestaba, podías detectar algo en su tono de voz, algo en los ojos con los que te miraba. Quizás fuese ese indicio de algo oculto lo que no me hizo detenerme. Quizás sólo fuese el aburrimiento de tener que esperar a que el Viajero saliese de la cárcel.

Conocí a más personas que la conocían, y todos me hablaban bien de ella. Que si era buena persona, que si era simpática. Yo no lo comprendía. Ella era agresiva, e incluso violenta, abiertamente hostil y me despreciaba en cada comentario. Es su protección, me decían. Se esconde de los que no la conocen. Le han hecho mucho daño.

No tiene sentido, pensaba yo. Si se esconde de los demás, ¿cómo es que todo el mundo menos yo parece conocerla?. Tienen que tener razón. Si fuese con todos los demás como es conmigo, nadie la soportaría, y en cambio la gente parece tenerle cariño.

La taberna se llenaba de vida cada noche, y la ví reír y bromear. Era simpática y divertida con sus amigos, un círculo del que me rechazaba constantemente con comentarios cortantes y una manifiesta descortesía. ¿Qué le habría hecho yo? Existen personas con las que no te puedes llevar bien, por mucho que lo intentes. Simplemente, eran incompatibles. Supuse que ese sería mi caso, y dejé de intentar acercarme a ella.

Una noche, la taberna se vació antes de lo normal. Nos quedamos solos en la sala, ella apoyada en la barra mientras se terminaba la última copa, yo en una mesa al otro extremo, mirando el fondo de la jarra mientras esperaba a que Landelón llegara para poder marcharme de allí. Al cabo de un rato, se levantó y se acercó a mí, sin vacilar ni un segundo. Por un minuto, estuve preocupado de sus intenciones. Pero habló, y su tono tenía algo distinto a las otras veces.
- No quiero irme sola a casa. ¿Me quieres acompañar?
Recuerdo parpadear de perplejidad. No parecía la misma persona. Asentí con la cabeza, y me puse en pie. Caminamos lado a lado, sin tocarnos, casi sin mirarnos. No abrí la boca en todo el camino, por temor a ofenderla o enojarla. Ella no dijo nada, tampoco.

Llegamos a su puerta, una casa de Kumei como tantas otras. Sólo entonces habló.
- ¿Quieres dormir aquí hoy? - su voz cambió al tono amenazante habitual para añadir- Sólo dormir. No te pienses que vas a conseguir otra cosa de mí esta noche.
Y cuando la miré entonces, la ví distinta. Generalmente parecía más fuerte, más sólida. Ahora la veía etérea, desamparada y necesitada de un abrazo. Quizás incluso más atractiva, sin toda aquella hostilidad y miedo flotando a su alrededor. No era la misma, creí en ese momento. Alguien la ha cambiado en el camino.

No me atreví a entrar. Aún no estaba preparado para confiar tanto en ella, no tan de repente. Pero recuerdo su mirada triste al entrar sola en casa, y su despedida con sabor a "rescátame". Landelón llegó a la mañana siguiente y nos fuimos de Kumei inmediatamente. No volví a verla hasta poco antes de la guerra, y después de la misma no he hallado quien de ella me dijese nada.

Así que de ella me quedan aquellos sentimientos enfrentados: el miedo a su aparente hostilidad, y la curiosidad de aquella soledad muda, de aquel "abrázame" silencioso que no dijo, y cuyo regusto a tristeza sigue empapando el recuerdo de aquella noche en la que nada pidió, y nada me atreví a darle.

martes, julio 15, 2008

Gimientes

Cuando Landelón cuenta la guerra de Kumei, nunca se le olvida relatar la cruenta huída del Octavo Regimiento del Puño de Seda a través del Valle de los Gemidos. Siempre es una historia que pone los pelos de punta: los supervivientes huyendo a través de una cuenca llena árboles raquíticos, de entre cuyas raíces salen como margaritas los huesos blanquecinos de aquellos que allí murieron años atrás. El viento que ulula entre los troncos huecos y putrefactos, gimiendo como almas en pena. La luna salía y se escondía tras las nubes, iluminando a intervalos el camino a los desesperados soldados que se retiraban del campo de batalla por el sombrío valle. No es una experiencia que a nadie le hubiera gustado vivir.

Hoy me he encontrado con algo similar en el salón de mi casa. Al llegar, tenía a media docena de personas yaciendo en diferentes posturas sobre los sofás, la mesa y el suelo, aún con el uniforme blanquirrojo de los Sanfermines, en un estado de semiconsciencia. Cada vez que alguien (o algo, uno ya no está seguro entre los montones de cuerpos que se formaban) se movía, un coro de gemidos y bostezos surgía de la masa de brazos y piernas, en un quejido lastimero que inspiraba lástima por los caídos.

En un sofá, el Extraño estaba sepultado por largoyconunavocal y por Alithia, una de las cuales tenía sus pies sobre el estómago de Landelón, quien estaba sentado en el otro sofá, con los pies encima de la mesilla. A su lado, Elisa dormía sobre las pantorrillas de Yanroud, que le acariciaba el pelo en un movimiento lento y automático. El mejor ladrón del mundo dirigía al techo la mirada perdida del que está de resaca, lo sabe, y no puede hacer nada por evitarlo. El hombre del piano yacía sobre el suelo con un cojín en la nuca como único apoyo.

Así que tengo mi propio Valle de los Gemidos. De todas las cosas de la Guerra de Kumei, ésta era quizás la que menos ilusión me hacía, pero a caballo regalado, qué le vamos a hacer. Mi mano fue rápida al interruptor de la luz, que llenó la penumbra de la sala como el agua llena un vaso vacío.

El coro de "aaaaahm" "aaargh" "mmmmpfff" y otras onomatopeyas de quejidos que se alzó de los sofás compensó infinitas veces el odio que se generó hacia mi persona en un sólo segundo. Apagué la luz. Los gemidos cesaron. Volví a encenderla. Más aaahms, aaarghs y mmmpffs. Volví a apagarla.

Creo que iré a por mi cámara de vídeo.

lunes, julio 14, 2008

SanFermineando

Cuenta Landelón que el origen de la fiesta de Sanfermines se encuentra en el martirio y ejecución de San Fermín ("el firme"), predicador nacido en Pamplona en el siglo IV, que fue ejecutado en Amiens por un jefe de los paganos, clavándole una lanza en un costado y cortándole la cabeza. De ahí salen los dos símbolos más famosos de Sanfermines: la faja y el pañuelo rojo, simbolizando la sangre derramada por el mártir.

También cuenta que en las fiestas, los mozos visten de blanco para eliminar toda señal de casta o rango social: la fiesta hace a todo el mundo igual a lo largo de su duración. No hay ricos ni pobres: sólo pamploneses. O al menos así era hasta que Hemingway le dio por patrocinar la fiesta y atrajese a turistas (Turistas, aclara Landelón siempre, no viajeros) de todo el mundo.

Existen en Sanfermín tantas cosas que la caracterizan, que bien podría decirse que tiene lugar en otra Pamplona. La ciudad entera adquiere un intenso olor a orines y alcohol desde el momento del Chupinazo, en el que las calles adoquinadas del casco viejo son regadas de cava, y comienza el día más largo del año: el que dura desde las doce del día seis de julio, hasta la medianoche del día catorce, hoy, momento del "Pobre de Mí".

Generalmente solía huír de mi ciudad en estas fechas. Ishashi es un sitio más acorde con mis gustos, más tranquilo y donde mejor se puede escribir en esta época del año. Antes Kumei era buena opción, pero la guerra terminó por arruinar muchas cosas que me gustaban de ese país. Este año, no obstante, Landelón logró convencerme para quedarme.

En Sanfermín, todo cambia: las personas, la ciudad, la misma comida que comes, el aire que respiras. Landelón deja atrás su sombrero, y el pañuelo amarillo que suele rodear su cuello es sustituído por el de color rojo que ordena la tradición. Se pierde la noción del tiempo y los días. Te acuestas cuando no puedes más, se come lo que se puede adquirir sin importarte dietas o composiciones. Nada es tan sano como debería, pero resulta más gratificante de lo que le corresponde. Se comen churros fríos a las tres de la mañana. Se desayunan kebabs a las ocho, antes de acostarte. Se mira la televisión, con el estómago revuelto por un bocadillo de lomo con queso que trata de ser digerido en un mar de alcohol. Se prepara kalimotxo, la bebido más emblemática de las fiestas, como si fuese el último día de la tierra. Sales de casa tapándote los ojos, a pesar de que ya ha oscurecido y no hay Sol que pueda dañarte. La gente canta y baila, más o menos bebida, por las calles. Familias llevan a sus niños de la mano, y por un día no parece importarles que los pequeños vean adónde conduce una irresponsable y masiva ingesta de alcohol, quizás pensando que puedan escarmentar en cabeza ajena. Las murallas de la ciudad se llenan de vallas para evitar que la gente se caiga por ellas. La Ciudadela se cierra en banda, como lo hiciera en el siglo dieciséis hasta que la tomaran los hombres de Napoleón en la derrota más humillante que hayan podido sufrir los pamploneses.

Alithia ríe y se abraza a mi cintura. La enfermera badariense se arroja sobre el Extraño, pero la gravedad es más poderosa que ella, y todo su cuerpo choca contra el suelo con un sonido preocupante. Una vez comprobado que lo único roto es el orgullo, las risas se extienden por las atiborradas calles de la ciudad, que no está preparada para contener las mareas que por ella se extienden. Pamplona se convierte en un pequeño corazón que debe impulsar mucha más sangre de la que puede. En cada metro cuadrado de césped de la ciudad, la gente yace recuperando fuerzas o purgando su sangre de influencia etílica. Landelón toca la guitarra mientras un coro de voces completamente desafinadas cantan lo que podría ser una letra alternativa para la melodía que está tocando, con la salvedad de que la versión actual posee un mayor índice de obscenidades por estrofa que la original.

Una broma da lugar a un desafío, y largoyconunavocal se enfrenta a mí en un duelo cuerpo a cuerpo que termina cuando prácticamente una botella de kalimotxo se derrama sobre nosotros, tiñendo el blanco de nuestras ropas de carmesí y risas. Otro grupo arroja bromas sobre nosotros mientras alaba la belleza de nuestras mujeres de la forma menos romántica que jamás se haya escuchado. Tenemos que irnos, pero les dejamos unos hielos para sus bebidas con los que nosotros no podemos cargar. Nos lo agradecen brindando por nosotros mientras nos alejamos.

Para haber tanta gente borracha en Sanfermines, se producen muy pocas peleas. La gente interviene en masa como una marea que separa a los dos combatientes que se tambalean, y la pelea pierde el poco sentido que pudo haber tenido. Nada debe arruinar la alegría de estas fiestas.

Una alegría sin más razón que la de la fecha. Pero esa especie de nube de carpe diem que cubre Pamplona durante ocho días es terriblemente contagiosa. Se puede estar deprimido en Sanfermines, pero existe el riesgo de no estarlo cuando se terminan.

sábado, julio 05, 2008

Secretuelos

- Se la debes, Viajero.
- ¿Y en qué van a cambiar las cosas?
- Ella se sentirá mejor.
- ¿De verdad lo crees?
- Y es posible que quiera decirte algo.

El Viajero se me queda mirando, extrañado. Su ceja izquierda se eleva, poco a poco, en una expresión de sorpresa superior a su parpadeo habitual de "sé que me quieres decir algo pero no sé qué". Antes de que se le desencaje la mandíbula, decide darme una pista.
- ¿No... lo sabes?
- ¿El qué?
- Alithia es muda.

Vale. Eso explica muchas cosas, como el hecho de que no la haya oído articular palabra en todo este tiempo. Pero sigue sin cambiar las cosas.
- ¿También es sorda?
- No.
- Pues le sigues debiendo una disculpa. Ella no sabía nada de Fátima, ¿verdad? -El Viajero sacude la cabeza- Pues ahora vas y se la cuentas. Entera. Le cuentas cómo os conocisteis, cuando se quiso casar contigo, cuando juró matarte, cuando casi lo consigue, la tregua, la joya en la caja de cristal, todo.
- Pero...

Le sostengo la mirada trece segundos. Más que suficiente para que se dé cuenta. Con un suspiro, va hacia el sofá donde Alithia le espera. Desde que el Viajero llegó, se abrazó a un cojín y se atrincheró tras una manta en la esquina de mi salón, de la misma forma que los perros se esconden bajo la mesa cuando hay tormenta. Esperaría a que pasase todo y luego volvería a ser la niña callada y risueña que es siempre. Pero ahora Landelón va hacia ella, para darle la razón y la disculpa que se ha ganado.

- Oye, ¿por qué no me lo contaste?
El Extraño se encoge de hombros.
- Pensé que te darías cuenta. Me equivoqué. Será mi lado femenino.
- ¿Y por qué es muda?
- Landelón dice que le robaron la voz.
- ¿Como a La Sirenita?
- ¿Qué ocurre? ¿Que no existe problema en el mundo que no le haya pasado antes a una princesita de Disney?
- No, yo quería decir que...
- Ya, ya. "Pobres almas en desgracia"... Anda, ve con el Viajero, a ver si los tres juntos hacéis un musical, y me dejáis en paz un rato. Me voy.
-¿Ingenieradas?
- Mujer.

Cuando cierra la puerta, me doy cuenta del silencio sepulcral que hay en mi casa. Al mirar hacia Landelón, veo que tanto él como Alithia siguen mirando hacia donde estaba el Extraño, con la cara congelada y los ojos desorbitados. ¿Mujer? ¿El Extraño? Esto sí que es algo sorprendente. Landelón y Alithia han pasado a mirarme, pidiendo una explicación con un silencio extremadamente prolongado, que me hace sentir incómodo y necesitado de una planta rodadora que pase por el fondo de la escena. Al final, soy yo el que estallo.

- ¿¡Qué!? ¡Yo ni siquiera sabía que no podías hablar! ¿Cómo pretendes que sepa algo de ésto, ahora? ¡Podríais ser vosotros los que me contáseis algo a mí, para variar!

miércoles, julio 02, 2008

Destinos: Viva La Vida

Cortesía de Coldplay,
traducción lo-menos-libre-posible

Solía regir el mundo
los mares se hubieran alzado si daba la orden
Ahora en las mañanas duermo solo
barro las calles que solía poseer

Solía tirar los dados
sentir el miedo en los ojos de mis enemigos
escuchar como la multitud iba a cantar
"Ahora el viejo rey ha muerto, larga vida al rey"

En un minuto sostenía la llave
en el siguiente los muros se cerraban sobre mí
Y descubrí que mis castillos se alzaban
sobre pilares de sal y pilares de arena

Oigo las campanas de Jerusalen repicando
Los coros de caballería Romana cantan
Sed mi espejo, mi espada y escudo
mis misioneros en tierras extranjeras
Por alguna razón que no puedo explicar,
una vez te has ido ya no hay
ninguna una palabra sincera
Eso era cuando regía el mundo.

Fue un malvado y salvaje viento
derribó las puertas para permitirme entrar
Resquebrajó ventanas y el sonido de los tambores
La gente no se podía creer en lo que me había convertido

Los Revolucionarios aguardaban
mi cabeza en una bandeja de plata
Sólo una marioneta en un hilo solitario
Oh, quien querría jamás ser rey?

Oigo las campanas de Jerusalen repicando
Los coros de caballería Romana cantan
Sed mi espejo, mi espada y escudo
mis misioneros en tierras extranjeras
Por alguna razón que no puedo explicar,
sé que San Pedro no dirá mi nombre
Ninguna palabra sincera
Eso era cuando regía el mundo.

Ohh...

Oigo las campanas de Jerusalen repicando
Los coros de caballería Romana cantan
Sed mi espejo, mi espada y escudo
mis misioneros en tierras extranjeras
Por alguna razón que no puedo explicar,
sé que San Pedro no dirá mi nombre
Ninguna palabra sincera
Eso era cuando regía el mundo.

Ooh...

Despertaciones

Alithia miraba al Extraño desplomado en el sofá con gesto de curiosidad. Luego cogió un palillo chino de encima de la mesa y le dio un par de golpecitos. Tap tap. No se mueve. Tap tap. ¿Estará muerto?.
- Déjale, Alithia.
La niña me mira sonriente. Landelón dijo que tenía dieciocho años, pero con esa carita de inocencia, uno podría decir que tiene catorce. No me ha dicho una sola palabra desde que la conocí. De hecho, no ha dicho una palabra en ningún momento, pero sus ojos parecen hablar por ella. Cierto es que, en ocasiones, es difícil de entender, pero ¿qué mujer no lo es? Incluso las que hablan son complicadas.

Tap tap. Tap tap.
- No, en serio, Alithia. Déjale.
El Extraño lleva muerto en el sofá cama desde ayer al mediodía. Vino a mi casa, y me dijo "Me voy a hacer ingenieradas. Cuídame a Perro hasta que vuelva", me dejó la jaula con su bicho, y se fue. Volvió treinta y tres horas después. Al abrirle la puerta, dijo "Ya he vuelto, sí, tan pronto, y no, no he dormido desde que me fui", se tambaleó hasta el sofá, y se derrumbó sobre él como la segunda torre del World Trade Center.

Cuando Alithia se despertó, vagó por mi piso en su camisón de seda lleno de florecitas, como un alma en pena que se hubiera extraviado y hubiese pasado un tiempo atormentando a una comuna hippie en Ibiza, antes de la invasión alemana de los ochenta y los noventa. Después de un rato de estar revolviendo en mis estanterías, leyéndose cada pliego de folios arrugados donde había abocetado algún relato o novela, le pudo el aburrimiento, y se dedicó a molestar al Extraño, que no se movía por mucho que le clavase el palillo.

Tap tap.
- Alithia... que se va a enfadar...
Tap tap.
- Te lo advierto.
Tap tap... tap.

El Extraño se incorpora de repente, con el puño en alto y los ojos desencajados en la mirada de un demente. Alithia abre la boca y salta, tratando de escapar del enloquecido ser que se abalanza sobre ella gruñendo como un animal. Alithia se esconde detrás de mí y me abraza aterrorizada, cuando yo grito.
- ¡Eh, Extraño! ¡Para!
Él parpadea y me mira, como si fuese la primera vez que es consciente de su entorno. Baja el puño, mira al sofá, y vuelve a girar la cabeza hacia mí y Alithia.
- ¿Me habéis despertado?
- Eso parece.
- Es que estaba soñando algo, y...
- ¿Qué soñabas?
- Soñé que me dormía y me despertaban, y luego me volvía a acostar pensando "Al siguiente que me despierte le arranco la cabeza"...

martes, julio 01, 2008

Planificación

Ante su enemigo recién descubierto, el Paladín aún tenía que hacerle La Pregunta.
- ¿Por qué secuestraste a la Princesa?
El Señor Malvado que se Esconde rió de forma maligna (como corresponde a su posición). Ningún malhechor que se precie sería capaz de no contar su plan maestro:
- ¡Ha-ha! ¡Para que se enamorara de mí, y poder casarme con ella!
- No lo entiendo... Existen mejores maneras de conquistar a una dama, en lugar de secuestrarla.
- ¿Como cuáles? ¿Flores? ¿Bombones? Yo no confío en el romanticismo. Tengo más fe en el Síndrome de Estocolmo.