martes, julio 15, 2008

Gimientes

Cuando Landelón cuenta la guerra de Kumei, nunca se le olvida relatar la cruenta huída del Octavo Regimiento del Puño de Seda a través del Valle de los Gemidos. Siempre es una historia que pone los pelos de punta: los supervivientes huyendo a través de una cuenca llena árboles raquíticos, de entre cuyas raíces salen como margaritas los huesos blanquecinos de aquellos que allí murieron años atrás. El viento que ulula entre los troncos huecos y putrefactos, gimiendo como almas en pena. La luna salía y se escondía tras las nubes, iluminando a intervalos el camino a los desesperados soldados que se retiraban del campo de batalla por el sombrío valle. No es una experiencia que a nadie le hubiera gustado vivir.

Hoy me he encontrado con algo similar en el salón de mi casa. Al llegar, tenía a media docena de personas yaciendo en diferentes posturas sobre los sofás, la mesa y el suelo, aún con el uniforme blanquirrojo de los Sanfermines, en un estado de semiconsciencia. Cada vez que alguien (o algo, uno ya no está seguro entre los montones de cuerpos que se formaban) se movía, un coro de gemidos y bostezos surgía de la masa de brazos y piernas, en un quejido lastimero que inspiraba lástima por los caídos.

En un sofá, el Extraño estaba sepultado por largoyconunavocal y por Alithia, una de las cuales tenía sus pies sobre el estómago de Landelón, quien estaba sentado en el otro sofá, con los pies encima de la mesilla. A su lado, Elisa dormía sobre las pantorrillas de Yanroud, que le acariciaba el pelo en un movimiento lento y automático. El mejor ladrón del mundo dirigía al techo la mirada perdida del que está de resaca, lo sabe, y no puede hacer nada por evitarlo. El hombre del piano yacía sobre el suelo con un cojín en la nuca como único apoyo.

Así que tengo mi propio Valle de los Gemidos. De todas las cosas de la Guerra de Kumei, ésta era quizás la que menos ilusión me hacía, pero a caballo regalado, qué le vamos a hacer. Mi mano fue rápida al interruptor de la luz, que llenó la penumbra de la sala como el agua llena un vaso vacío.

El coro de "aaaaahm" "aaargh" "mmmmpfff" y otras onomatopeyas de quejidos que se alzó de los sofás compensó infinitas veces el odio que se generó hacia mi persona en un sólo segundo. Apagué la luz. Los gemidos cesaron. Volví a encenderla. Más aaahms, aaarghs y mmmpffs. Volví a apagarla.

Creo que iré a por mi cámara de vídeo.

2 comentarios:

Voleuse dijo...

Hola ^^
Muchas gracias por tu comentario. La historia del blog está escrita según la escribí por primera vez, es decir; sin arreglos, para que los usuarios me den su opinión y contrastarla con la mía.
Lo de la descripción de Dàmian tampoco estaba segura de ponerla de esa forma ni en esa parte y creo que ya sé a que parte la voy a trasladar. Le daré un repaso y editaré la entrada.
Siento no tener tiempo de leer tu texto >_<
Saludos :)

Duneiel dijo...

Mmm con lo bien que se duerme durante el día...