martes, septiembre 30, 2008

Justo Castigo

Si hay algo que no me gusta de los Wellington, es su manera esnob de tratar a las visitas. En función de quien seas (y quien eres suele ir asociado al grosor de tu cuenta bancaria), te reciben en su salón de actos, si eres de los que más, o en su balcón para visitas, si eres de los que menos. Dado que nosotros acudimos en grupo, y no dejamos que Alfred, el mayordomo, nos separe por nuestros ingresos, acabamos siendo todos recibidos como gladiadores en el coliseo.

La situación con Alithia en casa se había vuelto insostenible. Aparecía en mi cuarto en plena noche y me despertaba, para tratar de explicarme con gestos y miradas sus pesadillas. Al principio jugué a adivinar sus miedos, pero pasados los días dejé de tratar de traducir sus gestos a horas intempestivas, y simplemente le permití dormir conmigo. Comenzaba a actuar de forma errática y de alguna forma compulsiva, y tras unos diez días no lo soporté más, y decidí devolverla a Inglaterra con su familia. Insistí a Landelón para que me acompañase, dado que la joven era responsabilidad suya cuando partimos de la fiesta. Así que, junto a Yanroud y a Alithia, cogimos el primer avión que pudimos y nos plantamos frente a la mansión Wellington.

Alfred, el estirado pero cortés mayordomo de la familia, nos recibió con un "Debo suponer que saben la entrada que les corresponde", así que entramos por la puerta que da a la sala del balcón. Desde el centro del salón, se contempla un mirador desde el cual Mr. y Mrs. Wellington pueden observar a sus visitantes desde un plano de superioridad absoluta. Alithia corrió a brazos de sus padres, subiendo por las escaleras que llevan desde la sala inferior al balcón, mientras Landelón se adelantaba y, quitándose el sombrero mientras doblaba la rodilla, comenzaba su larga explicación y su esperada disculpa tanto a Alithia como a sus padres, por su falta de tacto a la hora de romperle el corazón a la joven sin voz.

- Ah, así que fue de esa forma como le rompiste el corazón a mi hija- dice Mr. Wellington, con un marcado acento en cada palabra- ¡Veremos si te atreves a volver a hacerlo después de luchar contra mi Rancor!.

Presionó entonces un botón, abriendo bajo los pies de Landelón una trampilla que le hizo caer hacia un sótano oscuro cuyo contenido no podíamos ver bien desde nuestra posición. El rugido hambriento que surgió de la oscura trampilla no dio lugar a dudas de lo que allí abajo había.

- Oye... ¿necesitará mi ayuda?- dijo Yanroud, a mi lado, mirando preocupado hacia el tenebroso agujero.
- No creo, suele cuidarse bien solito.
- Aun así me preocupa... Landelón es nombre de Viajero, no de Jedi.
- Míralo de esta forma. Un Rancor no es lo único que los Wellington tienen ahí abajo, y seguro que Charles está deseando igualar las tornas.

viernes, septiembre 19, 2008

Cronoteorías

El Parque de Yamaguchi, Pamplona, 06:26 h, domingo. Un banco solitario se ve ocupado por cuatro figuras de pies cansados, aliento a alcohol, y ojos enrojecidos de una noche de farra. De izquierda a derecha, con la mirada perdida en el lago, el Extraño, Inés, Alithia y yo descansamos nuestros maltrechos cuerpos en la hora más fría del amanecer. Inés se quita los tacones, para encoger y estirar los dedos de los pies. Alithia tiembla de frío a mi lado, así que, en un gesto de estúpida caballerosidad, me quito la chaqueta y se la pongo sobre los hombros. Pasado el momento de satisfacción personal por una buena obra, el que empieza a pelarse de frío soy yo, pero aprieto los dientes para no tiritar y no me quejo, no vaya a ser que la pequeña Alithia se sienta culpable. El Extraño cruza las manos detrás de la nuca mientras se recuesta, y dice:

- No podemos cambiar el pasado, porque ya ha sucedido en el presente del futuro.
- ¿Qué?
- Pues eso. En el presente del futuro, nuestro presente es el pasado. En el presente del pasado, el futuro es nuestro presente. Si nosotros pudiesemos viajar al pasado, no podríamos cambiar nada, porque nuestro presente ya está configurado teniendo en cuenta que ha ocurrido lo que haya sucedido en el pasado. Por tanto, el presente ya ha tenido en cuenta cualquier alteración que pueda haber sucedido en el futuro.

Alithia no dice una palabra, lo cual no es raro en ella, pero mira con aire interrogante al Extraño. Yo aún estoy tratando de descifrar su teoría, pero Inés se adelanta.
- Si yo voy a pasado y mato a mi abuelo...
- Nunca llegarías a hacerlo, porque si no, no nacerías, y por tanto no podrías viajar al pasado para matar a tu abuelo. O sí, lo podrías hacer, pero alguno de tus padres ya hubiese nacido antes de que tú matases a tu abuelo.
- ¿Quieres decir que si pudiera viajar al pasado y tratar de asesinar a mi abuelo, la Realidad no permitiría que mis intentos tuvieran éxito?
- Exacto. Por ejemplo, si Dídac tratase de viajar al pasado y cambiarlo de forma que él no hubiera conocido a la hija pequeña del Rey de Badar, no conseguiría nada, porque el pasado ya ha sucedido en el presente, y por lo tanto tiene en cuenta las variaciones que hayan podido hacer desde el futuro. Ya ha conocido a la hija pequeña del Rey de Badar, nada puede cambiar eso. Quizás, en el futuro, alguien deba viajar al pasado para realizar algún cambio que conduzca a este presente, pero eso ya habrá sucedido en un futuro más lejano, por lo que no debemos preocuparnos por ello.
- Me preocupa esa teoría, Extraño.- confiesa Inés.
- ¿Por qué? ¿Por la idea de la predestinación, la posible anulación del libre albedrío, y la posibilidad de que todas tu acciones ya estén establecidas de antemano?
- No. Porque mi abuelo murió asesinado misteriosamente poco después del nacimiento de mi madre.

lunes, septiembre 08, 2008

Onirismos

- Esta noche he soñado con Inés- dice el Extraño, arrastrando los pies hasta mi salón.
- ¿Ah, sí?- le alcanzo una cerveza y le invito a que se siente- ¿Y de qué iba el sueño?
- Partiendo de que aparecía desnuda en mi cocina, era sensual, tierno, cargado de deseo, de lujuria y de pasión.
- Ya... un auténtico infierno, ¿eh?
- Sólo después de despertar.

viernes, septiembre 05, 2008

Instintos

El Extraño se queda helado en la puerta del salón al contemplar a Silvia, deshecha en lágrimas entre los vanos intentos de Alithia y yo por consolarla. Sobre la mesilla del salón, un sembrado de pañuelos de papel usados, con sabor a campo de batalla, le dicen que hace ya un rato que el espectáculo de llanto comenzó. Me hace señas para que me acerque a él, y después de susurrar unas palabras que tratan de ser reconfortantes al oído de Silvia, me aparto del salón con el ingeniero.

- ¿Qué ocurre?
- Inés, Alithia, Silvia... ¿Por qué tu casa se está convirtiendo en un refugio de mujeres despechadas?
- Mi casa parece ser un refugio para todo el mundo- respondo, con un encogimiento de hombros.
- El novio, ¿no?
- Previsible.
- ¿No le avisastes la última vez de que acabaría así?
- La última y las anteriores. Pero ella suele decirme que no, que esta vez era distinto.
- ¿Cómo era?
- Te lo puedes imaginar.

Y, oh, sí, se lo puede imaginar. Silvia, como una gran proporción de las mujeres, había comenzado a verse con un hombre (por llamarlo de alguna forma) cuyas características primordiales están tan estereotipadas que forman parte de la integridad arquitectónica de los tipos como él. Un ego sobredimensionado sirve de base a la estructura, que se rodea de las prioridades necesarias para alimentarlo. Una seguridad en sí mismo aparentemente sólida, que puede llegar a ser frágil si la golpeas en depende qué puntos. La actitud es del todo sincera: aires de perdonavidas, con un toque ligeramente soberbio y tendencias territoriales en cuanto a campos de conocimiento, dominio de habilidades, y atracción de mujeres. El Extraño los etiquetó como "malotes", quizás como disociación al personaje de instituto, quizás porque es la evolución más lógica de éste, en un estado más maduro de fermentación (o de putrefacción).

Desafortunadamente, el ser humano posee un sentido del instinto, por mucho que los filósofos hayan tratado de negarlo. La conducta instintiva del macho alfa sigue predominando en la actitud de muchos adolescentes (en respuesta a estímulos tales como el miedo, la competencia de otros machos alfa, la necesidad de un sentimiento de seguridad frente al cual no sentirse desamparados en el futuro, y un largo etcétera), mientras que el perfil buscado por las mujeres (el sector femenino de la manada, en términos más biológico-sociales) es precisamente ése: el macho protector, con aires de duro de pelar, horizontes centrados en su ombligo, capaz de atraer a las hembras meramente por su actitud lupina y amenazadora.

De este factor se derivan consecuencias variadas: la primera, que los ejemplares considerados óptimos a un largo plazo para una relación estable son de largo ignorados. Las virtudes buscadas por mujeres desde los dieciséis (momento culmen del desarrollo hormonal) hasta los veintiséis años (estado en el cual las prioridades en la búsqueda de acompañante sufren un cambio radical y prácticamente irreversible en un alto porcentaje de la muestra) no son la fidelidad, la comprensión, la paciencia y la perseverancia, sino la agresividad, la altanería, el egocentrismo y el instinto territorial. Otra de las consecuencias se deduce de la primera: un macho alfa es incapaz de mantener a la misma mujer durante mucho tiempo, y, si se diera el caso, no la conserva atada por los mismo sentimientos. Ante la falta de atracción sexual por parte del instinto de la hembra, el "malote" torna a tácticas tales como la amedrentación física o psíquica, o la exteriorización de sentimientos como la soledad y el desamparo que despiertan en la hembra en cuestión un efecto de codependencia y compasión suficientes para conservarla a su lado.

El macho alfa emplea, además, los habituales sentimientos de inseguridad femeninos para su provecho. Frases como "nadie más querría estar contigo" o "dónde vas, si el único que te soporta/entiende soy yo" suelen ser habituales. Sus arranques de furia suelen ser excusados con hábiles traslaciones de culpa, de la mano de frases como "¿Ves lo que me obligas a hacer?", y cuando cruza la frontera, la respuesta para obtener la condonación por todos los males causados es "Te prometo que no lo volveré a hacer" o "Puedo cambiar, te lo prometo, esta vez será distinto".

El macho alfa, o malote, suele distinguirse por emplear muchas veces palabras de la familia "Yo, Mí, Me, Conmigo". También por tener una mayor ponderación de sus intereses personales en sus prioridades, convenientemente camuflada en una aparente preocupación por el bienestar de la pareja (rara vez habla de "ella", sino de "Ellos/Nosotros": considera a la pareja su pequeña manada a la que proteger y salvaguardar según su criterio personal).

Poco se puede hacer para cambiar el hecho de la existencia, o la actitud, del macho alfa, al tratarse de relaciones sociales con base en instintos atávicos. Es bien conocida la existencia de los mismo, así como su actitud en corto y largo plazo. Desafortunadamente, lo que no es previsible es si la actitud degenerará en violenta o meramente en controladora y narcisista. No obstante, puede predecirse un candidato peligroso al poco tiempo de estar con él, lo que debería prevenir a las hembras para no permanecer mucho tiempo junto a personas de talante agresivo o con brotes de ira que deriven en violencia.

- Te lo juro, Alithia- dice, entre sollozos, Silvia- Estoy cansada de los hombres como él. ¿Para qué? Están buenos para un rato, pero luego...
En el cuello del Extraño comienza a acumularse tensión. En la fracción de segundo en la que Silvia no dice nada, rezo para que no siga hablando, porque sé lo que va a decir, y sé que el Extraño no podrá soportarlo.

-Lo que yo necesito es un hombre que me quiera, que me comprenda y quiera hacerme feliz.- Oh, oh. Al infierno.
- ¡UNA PUTA MIERDA!- el Extraño entra como un huracán en el salón, con el dedo corazón extendido mientras, como un elemental de indignación, interrumpe el sollozo de Silvia.- ¡Una Puta Mierda, quieres tú eso! ¡Si fuese eso lo que buscas, no estarías lamentándote por perder a ese capullo! ¡Estarías buscando en tu agenda a todos esos buenazos de los que pasaste desde el instituto, a todos esos a los que dijiste "No, si yo te quiero, pero como amigo", a todos a los que vas a llorar cuando el hijodeputa con el que sales te la juega, porque son ellos los que serían capaces de hacerte feliz! Pero, ¡claro!, no tienen el morbo de ser unos cabrones, así que, ¿cómo podrías estar con ellos? Bienvenida a la selva social. No llores si tu macho ha encontrado otra hembra con la que procrear.

Silvia permanece en estado de shock dos segundos y medio, antes de volver a derrumbarse en lágrimas sobre Alithia, que se ha quedado congelada ante el ciclón de exabruptos del Extraño. Yo llevo desde el segundo "una puta mierda" golpeándome la cabeza con el marco de la puerta. Silvia no ha llegado aún a los veintiséis años. Aún busca un líder de manada que la proteja, no un padre para sus hijos. Aún le quedan malotes que anotar en su agenda. Cuando sus prioridades cambien será cuando personas como el Extraño comiencen a resultar sujetos a considerar para el futuro. Lo cual, como comprendo yo, y comprenderéis vosotros, no deja de indignarle.

jueves, septiembre 04, 2008

Comunicación

Ella le decía que siempre estaría a su lado, a pesar de que sabía que no era posible. Le decía lo importante que era en su vida, le hablaba de sus planes, de sus sueños, de sus proyectos para el futuro, aunque sabía que era muy probable que no los cumplieran juntos. Incluso, en algunas noches de soledad, ella le contaba sus miedos más incofensables, incluído el de perderle.

A él le daba igual, porque nunca le escuchaba.

lunes, septiembre 01, 2008

Homenaje

No suelo hablar nunca de Ana, porque me parece jugar contra el destino. Además, sé que ella odiaría que lo hiciera, es más, se burlaría de todo lo que yo escribiera en un gesto cuya motivación es imprecisa y poco clara; bien puede ser la modestia, bien puede ser la mera crueldad de criticar mi trabajo.

A pesar de todo, debo hacerlo, quizás como el pequeño y triste homenaje que puedo ofrecer a una persona que, quizás sin saberlo, ha aportado mucho de mi vida y de mi pensamiento. Discúlpenme mis pocos lectores si lo que viene a continuación no les interesa. Sencillamente, es algo que debo hacer.

A los quince años, Ana veranea un mes entero en Irlanda, en un viaje organizado por una agencia que trata de que sus adolescentes clientes aprendan inglés con la mayor fluidez posible. Ésto lleva a la susodicha agencia a emplazar a los estudiantes en familias granjeras, desperdigadas por todo Donegal, una región con un sorprendente parecido a Galicia. La dispersión evita que los españolitos de bien contacten entre ellos, obligándoles a adaptarse al su entorno chapurreando el inglés que pueden y evolucionando tan rápido como su don de gentes se lo permita. A pesar de las dificultades, bastan un par de coincidencias para que varios españoles puedan quedar, una vez a la semana, en un centro comercial para ponerse al día de sus desventuras idiomáticas. Ahí conocí a Ana, cuya primera impresión fue la de la clásica empollona de ciencias, pero tremendamente segura de sí misma. Combinaba la fuerza de las mujeres del norte (que no se dejan amedrentar por nadie; es decir, que son más cortantes que el filo de un mandoble) con una mente aguda que dejaría asombrado a cualquier miembro de MENSA.

A los dieciséis, Ana ya lee Dostoievsky. Mientras un servidor "pierde el tiempo" con dragones, naves espaciales, y guardias de la ciudad de Ankh-Morpork, ella evoluciona en sus lecturas hacia Kafka, Nietzche, Chéjov y Pessoa. Recomienda libros como Helada, de Thomas Bernhard, de una profundidad filosófica envidiable, mientras en su mente se debate entre Biologías y Físicas. Nuestras discusiones dejan de tratar de ética moral y conocimiento, para entrar en terrenos tan fangosos como religión, espaciotiempo, humanidad y predestinación.

A los dieciocho, Ana abandona Pamplona por un sitio más acorde con su capacidad: la Universidad Complutense de Madrid, donde cursa simultáneamente Física y Matemáticas, obteniendo un éxito más que notable en ambas. Ya para entonces la física cuántica comienza a ser tema de estudio y Stephen Hawkins, autor de lectura en sus tiempos libres. Como era de esperar, se desarrolla en ella cierta simpatía hacia personajes televisivos como Gregory House, M.D., con quien comparte ciertos rasgos de carácter, y el agente criminalista Gil Grissom, cuya omnisciencia es envidiable.

Los años de universidad hacen estragos en la periodicidad de nuestras visitas. Las fechas no coinciden, las vacaciones no se planean, los exámenes son en días distintos... Ana y yo dejamos de vernos durante largas temporadas, pero los breves encuentros siempre están llenos de novedades, de discusiones, de confianza y de un cariño que no se menciona por ninguna parte, pero se nota.

Y aunque parezca, por todo lo anterior, que Ana es un cerebrito pedante, dicha imagen no puede estar más lejos de la realidad. Ana no sólo evolucionó en lecturas y estudios, sino que también desarrolló una personalidad arrolladora (quizás demasiado, para algunos hombres de ánima débil), una conversación envolvente, un sentido de humor agudo y una elegancia impropia de aquellas mujeres que parecen estar condenadas a la bata blanca de un laboratorio.

Ana ha demostrado que la amistad entre hombres y mujeres, sin tensión sexual interpuesta, es posible. Quizás sea la primera cosa que demuestre, antes de convertirse en una científica de la física de fama mundial, a la altura de los autores cuyos libros lee.

Y aunque no la conozcáis, lo haréis dentro de unos años, porque Ana es grandiosa. Y la auténtica grandeza no se puede ocultar por mucho tiempo.