viernes, octubre 31, 2008

Destinos: en el NueveVelos (II)

- Oye, Viajero. Siendo tan exótico... ¿por qué nunca hemos ido al NueveVelos?
- Aparte de porque me gustaba ir acompañado de féminas, porque el destino del local fue el mismo que el de toda Neral: fue completamente destruido.
- Oh... ¿Y a la argentina, la has vuelto a ver?
- Tú tienes tu chica de Kumei. Yo, a la mía de Neral. Pero cuando alguien se pone a destruir edificios, a romper ventanas y a causar explosiones, se destruyen muchas más cosas que bienes materiales. Los lazos humanos se rompen, los amigos desaparecen entre el polvo y los cascotes, y las palabras se pierden en el estruendo de la destrucción y el odio. Incluso si no hay muertos, incluso si ni siquiera hay heridos. Cuando existe destrucción, la devastación es siempre más profunda de lo que las ruinas y los escombros dejan ver.

miércoles, octubre 29, 2008

En el NueveVelos

Había dos cosas evidentes en ella, me cuenta Landelón. Una que era argentina, y otra que estaba triste.
"¿Estás triste, princesa?", le dije. Sí, me contó, pero no quiso explicarme por qué. Con mi talento natural para la conversación y una buena dosis de buen humor, traté de sonsacarle una razón, pero no conseguí siquiera hacerle esbozar una sonrisa.

Al menos, conseguí que accediera a tomar un café conmigo. Afortunadamente, era su primera vez en Neral, así que pude impresionarla llevándola al local más arómatico y exótico que ofrece la ciudad, el NueveVelos. Allí, entre cortinas de seda semitrasnparente y humos de incienso, ella pareció más relajada y dispuesta a hablar.

Pero no lo hizo. Se quedó ahí, mirándome, como si deseara decir algo pero no pudiera. Como si, detrás de toda su tristeza, no hubiera razón alguna que la explicase. Traté de escuchar sus silencios, como intentabas con Alithia, o con la chica de Kumei, pero ni un sólo mensaje cruzó el vacío entre los dos.

Cuando empezaba a pensar que la velada sería un aburrimiento, me dijo, con su suave acento. "Andá, contáme un cuento, Viajero". Un cuento, ¿eh?, bien veamos qué tenemos por aquí...

Érase una vez, le dije, un hombre que no tenía suerte. Cansado, dijo "Voy a buscar a Dios, para preguntarle por mi suerte", y se puso a caminar.

Encontróse con un lobo esquelético y débil, con el pellejo estirado sobre sus costillas, que yacía con la patas cruzadas a un lado del camino. "Hola, hombre, ¿adónde vas?" Voy a buscar a Dios, respondía, a preguntarle dónde está mi suerte. "Oh... si le encuentras, ¿podrías preguntarle por qué estoy tan delgado y débil?" Claro, claro, respondió el hombre, pero disculpa que me marche, porque tengo que encontrar a Dios para preguntarle por mi suerte.

Atravesando un bosque llegó a los pies de un gigantesco roble de ramas retorcidas y corteza putrefacta. "Hola, hombre. ¿Qué te trae a este bosque?" Voy a buscar a Dios, respondió otra vez, a preguntarle dónde está mi suerte. "Oh... si le encuentras, ¿podrías preguntarle por qué estoy tan enfermo y por qué se me pudre la corteza?" Por supuesto, replicó, pero disculpa que me marche, porque tengo que encontrar a Dios para preguntarle por mi suerte.

En el linde del bosque halló un prado verde en cuyo centro se levantaba una pequeña casa de blancas paredes rodeada de setos llenos de flores. Al pasar al lado, una joven de hermosos cabellos dorados salió a su encuentro, y le dijo con voz lánguida. "Hombre... ¿Adónde váis?" Voy a buscar a Dios, dijo una vez más, a preguntarle dónde está mi suerte. "Si lo encontráis, ¿le preguntaréis por mí, por qué me siento tan triste e infeliz ?" Faltaría más, respondió el hombre, pero disculpa que me marche, porque tengo que encontrar a Dios para preguntarle por mi suerte.

Ocurrió que a la vuelta de la esquina, el hombre halló a Dios. "¡Andá, es Dios!" se sorprendió. ¿Qué quieres, hombre?, le preguntó el Altísimo. "Bueno, quiero saber dónde está mi suerte...". Ah, así que de eso se trata. No te preocupes, que tu suerte está ahí fuera. No tienes más que salir a buscarla...

El hombre se puso muy contento al oír esto de Dios, así que marchó inmediatamente a buscar su suerte. Justo antes de irse, se acordó del lobo, el árbol y la joven, así que le preguntó a Dios lo que le habían pedido, y éste le contestó.

De vuelta llegó a la casa blanca en el prado. La joven salió a recibirlo "Hombre, ¿encontraste a Dios?" Sí, dijo alegre, me dijo que mi suerte está ahí en alguna parte. "¿Te dijo algo de mí?" Sí, dijo que te sientes desdichada porque vives sola, y que cuando encuentres con quien vivir, dejarás de estar triste. "Oh... hombre, ¡vive conmigo! Quédate a mi lado, y nunca serás infeliz" No, no puedo. Tengo que salir a buscar mi suerte, que está ahí, en algún lado.

A través del bosque volvió a estar ante el roble marchito. "Hombre, ¿encontraste a Dios?" Sí, me dijo que mi suerte está ahí en alguna parte. "¿Le preguntaste lo que te pedí?" Sí, dijo que tienes un tesoro enterrado bajo tus raíces y eso te hace enfermar. "Entonces, hombre, ¡llévatelo! Yo no lo quiero para nada, coge esa pala y líbrame de él." Me encantaría, pero no tengo tiempo. Debo salir a buscar mi suerte, que está por ahí, en alguna parte.

Por el camino se encontró de nuevo al lobo, que caminaba lentamente hacia él con la lengua fuera. "Hombre, ¿encontraste a Dios?" Sí, sí, me dijo que mi suerte está ahí, en alguna parte. "¿Y de mí? ¿Te dijo algo?" Claro, dijo que estás débil porque hace mucho que no comes, y que en cuanto comas algo dejarás de sentirte tan débil y volverás a ser el lobo feroz que eras.

Y el lobo se lo comió.

Esperé una reacción en su rostro durante dos, tres segundos. Y la obtuve. Su boca, delgada y pálida, se curvó, en una sonrisa que parecía valer más que una mina de diamantes o un cráter de Dexlar.

"Me gustó. Tomá, Viajero, para que podás tener más cuentos la próxima ves que nos encontremos".

Sabes que yo no escribo cuentos, Dídac, así que te lo dejo a tí. Quizás tú le saques más partido. Es un juego de plumas, pero ella las llamó con otro nombre, ¿cómo era?

"Biromes", le respondo yo, pensativo.

martes, octubre 28, 2008

Ley de Mason sobre la sinergia

El día en que uno vendería su alma a cualquier precio, sobran almas

lunes, octubre 27, 2008

Verbiscripciones

- Es cierto- me confesó Aayla, poco antes de la fiesta del número pi- que en ocasiones uno no es totalmente dueño de lo que escribe.
- ¿En tu caso?
- En mi caso, más a menudo de lo que debería.

Se puso a rebuscar en el bolso, y de entre la ingente cantidad de objetos útiles pero prescindibles que las mujeres suelen llevar ahí, extrajo un cuaderno de tapas de cuero y me lo alcanzó. Estaba completamente lleno, salvo por unas cuantas hojas en blanco al final, de una escritura elegante y femenina, y de dibujos y símbolos en los márgenes. Obviando la parte del arte de la que no podía emitir un juicio válido, me concentré en los relatos y poemas que había abocetado a lo largo, ancho y profundo de ese receptáculo de tinta.

Pasé las páginas con cuidado, como si estuviera de verdad sosteniendo los sentimientos de Aayla entre mis torpes manos, y convencido de que realmente así era. A cada nueva página, versos nuevos asaltaban mis retinas, mientras se me hacía cada vez más difícil no recitarlos en voz bajita, como un niño de primaria a quien le acaban de enseñar a leer.

Los relatos eran buen material. Necesitaban pulido, pero destilaban un estilo propio, lleno de sentimiento y de arte. Buenas ideas. Muy buenas, a decir verdad. Pero lo que me impactó de verdad fueron los versos.

Uno no es entendido en poesía. Garabateo de vez en cuando, y reescribo letras de canciones porque soy incapaz de idear melodías nuevas. Pero, oh dios mío, no había que ser crítico para dejarse llevar por los versos de Aayla. Allí había lágrimas, había pasión, había abandono, había dolor. Versos suaves como caricias, repentinos ataques de cólera, descripciones del vacío que uno siente cuando alguien querido abandona tu lado.

Por un momento, sólo por una fracción de segundo, menos de lo que tarda una persona en pestañear, una milésima parte de la duración de un latido de corazón, quise ser la persona a la que Aayla había escrito todo esos versos. Le había entregado mucho más que su amor y su dedicación durante el tiempo que permanecieron juntos: le había regalado pensamientos, palabras y obras que perdurarían en ese cuaderno incluso cuando los rasgos del destinatario se hubieran agrietado y roto en los estériles ríos de la memoria.

Porque verbi volant, pero scripta manent.

jueves, octubre 23, 2008

Ley de la salchicha

Hay personas a quienes les gustan las salchichas y respetan las leyes, y es debido a que no han visto cómo se elaboran ninguna de las dos cosas.

lunes, octubre 20, 2008

Peces y marineros

Cuando uno se encuentra atrapado por un determinado curso de acontecimientos, la verdad inamovible de que nada puede hacer para cambiarlo lo sacude con tal intensidad que es habitual caer en un estado de frustración tal, que la ira reprimida puede escoger cualquier vía de escape para evitar provocarle un aneurisma al infortunado.

Y es que, según el hombre del piano, existen determinadas clases de crisis que se asemejan a una tormenta en alta mar: todo lo que un hombre puede hacer es recoger las velas, enfilar la quilla en dirección al viento, y rezar por que el oleaje ni agriete ni vuelque la embarcación.

Más o menos en esa situación me encontraba yo. Me había buscado un trabajo vacío y sin contenido, malpagado y peor agradecido, pero tristemente necesario para vivir si pretendía seguir escribiendo. Y es que la muerte y la literatura se llevan tan bien, que a veces bailan agarrados. Desafortunadamente, no pensaba morir de hambre sólo por no conseguir que me publicasen un mísero recopilatorio, así que me ví rodeando ofertas de trabajo en el diario una mañana, y, con crisis o sin ella, a la semana siguiente ya estaba en el curro de mierda.

Landelón se había ido otra vez a Neral (según dijo, a ver a la hija pequeña del Rey de Badar, para ver si la convencía de venir a visitarnos), y el Extraño se encontraba diseñando un no-se-qué para una mujer de identidad desconocida con la cual no para de quedar últimamente. Inés, que de vez en cuando se muestra empática, había tenido la buena voluntad de venirse a pintar a mi piso, y trabajaba afanosamente sobre un lienzo mientras yo tecleaba bocetos de relatos.

- Oye, Inés, ¿crees que el hombre del piano tiene razón? En lo de las crisis y las tormentas, digo...

Pareció pensárselo por medio segundo, pero a las veinticinco centésimas ya estaba respondiéndome.
- Sí. Bueno, no. Quiero decir, sí que existen momentos en que no puedes hacer mucho salvo aguantar a que todo pase, pero lo que puedes elegir es cómo lo pasas. Eliges tu actitud, como los del pescado, y tratas no sólo de capear el temporal, sino además de capearlo sonriendo.
- ¿Cómo pretendes que sonría ahora?
- Agarrándote a una soga, balanceándote a la vez que el mar sacude tu barco, y cantando canciones de marineros. - comienza a cantar, con gestos exagerados, una de las canciones de piratas borrachos que le enseñé a Alithia en sus noches de insomnio:

Si el marinero está borracho
Si el marinero está borracho
Si el marinero está borracho
¡dale un remojón!

Y si el barco está escorado
y si el barco está escorado
y si el barco está escorado
¡Todos a estribor!

Me arranca una sonrisa, aunque sea por el espectáculo que me ofrece en el salón de mi propia casa. Y quizás lleve razón. No puedo elegir lo que hago, pero sí como lo hago.

Consejo de Fish! número 1: Elige tu actitud.

lunes, octubre 13, 2008

Su historia

A ella le gustaba él. Desde que había entrado en el local, no habían parado de intercambiar miradas. Era una historia típica, pero al ser ella la protagonista, se le antojaba única. Le gustaba él, con su mirada provocativa y su sonrisa socarrona. Quizás no fuese el más guapo de los que conocía, pero, ay, cuando la miraba con esos ojos tan llenos de ideas traviesas y de promesas de placer prohibido, cuando esgrimía esa sonrisa brillante como el filo de una navaja, ella se sentía morir por dentro.

"Ten cuidado" oía que le decía Ramón, a su lado "que ése tiene aires de perdonavidas".

Ella lo ignoró, por supuesto. Ramón siempre miraba por ella, pero era más que evidente que tenía razones ocultas para ello. La envidia de su amigo la enojaba tanto como le cegaba a él, y no iba a permitir que el juicio nublado por los celos de Ramón le arruinase la historia de esta noche.

Él sonreía desde su mesa, y ella se deshizo al descubrir que miraba en su dirección. Por un momento la sangre hirvió en sus venas, llenando su cabeza de ideas alocadas pero libidinosamente satisfactorias. ¿Y si cruzaba el local hasta su mesa, se sentaba a horcajadas sobre él y lo besaba? ¿Y si esperaba a que él fuera al baño y ahí lo asaltaba? Dudaba de tener el valor para dar rienda suelta a sus deseos. ¿ Y si él la rechazaba, o peor, se reía de ella?

"Oye, ¿no está mirando hacia aquí?" la voz de Ramón le llegaba lejana, más allá de los muros de su fuero interno. Pues claro que mira hacia aquí, idiota. Es más, ¡oh, Dios mío!, ¿acababa de señalarla? Qué señal tan poco sutil, pero, por otro lado, que inequívoca. "Bueno, pues mejor te dejo a solas"

Ramón se levanta y ella alcanza a despedirle con la mano mientras se marcha. Al otro lado del local, el origen de su deseo le pide la cuenta al camarero. Ella lo imita, con la prisa mezclada con el nerviosismo corriendo por sus venas en un cocqtail letal. Él se levanta y se dirige a los servicios. Es ahora o nunca, piensa, mientras aparta las dudas y deja un billete grande junto a la factura, decidida a no preocuparse por el cambio.

Se lanza a la persecución, retocándose ligeramente el pelo por el camino, reafirmando su propio atractivo. ¿Rechazarla? ¿Reírse de ella? ¡Ja! Tendría que ser ciego o estar loco para cometer una desfachatez así.

Cuando abre la puerta de los servicios masculinos, dispuesta a arrastrarle al placer y a la locura, lo primero que ve es que ya está besando a otra persona.

Le lleva una fracción de segundo de más comprender que la otra persona es Ramón.

Blancos

Al apretar el gatillo, un mecanismo provocó que el percutor golpease el casquillo, detonando el propelente cuyo gas, al expandirse, propulsó un proyectil a través del cañón. El estriado de éste imprimió un movimiento en espiral a la bala, lo que contribuyó a que mantuviese su rumbo durante los mil doscientos metros que recorrió hasta impactar con el cráneo del líder de la extrema derecha de un país de Europa, cuya ideología rivalizaba en intransigencia y totalitarismo con la del Tercer Reich Alemán. El trauma cerebral masivo fue causa de muerte instantánea, acabando con sus discursos discriminatorios, su odio racial y su futuro político.

Mientras desmontaba el rifle, el operativo sin nombre de una agencia a la que se referían únicamente con siglas sonreía pensando en el éxito de su experimento científico. Después de toda su palabrería pro-aria, el objetivo había demostrado ser un blanco perfecto.

jueves, octubre 09, 2008

Lágrimas en mi jardín

Mentiría si dijese que no tengo a nadie en mente cuando escribí este boceto de canción. No me he parado a repasarla, lo cual la convierte precisamente en lo que es: un garabato inacabado. Supongo que su cantante, dado que la voz es femenina, la pulirá antes de que llegue el momento de cantarla. Porque, como dice el Dr. Manhattan, esta historia está ocurriendo. Pero se la estoy escribiendo a su protagonista, un par de meses en el pasado, para cuando ella tenga que cantarla.

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Cuando dices entre sollozos
'no lo entiendo, qué hago mal'
me doy cuenta de que al final
de todo no te puedo culpar.

No te lo puedo explicar.
Pasan las cosas y los días.
La gente no cambia,
pero los fuegos se enfrían.

Y podrás seguir regando
de lágrimas mi jardín,
pero eso no conseguirá
hacerme ser feliz.

El futuro espera que actuemos,
desea que nosotros hagamos
las cosas que debemos hacer.
El destino escrito por otras manos

No puedo seguir a tu lado
sabiendo que voy a perderte.
Prefiero herirte ahora
en lugar de retenerte

Y podrás seguir regando
de lágrimas mi jardín,
pero eso no conseguirá
hacerme ser feliz.

Otro día seguirá al mañana,
ambos seguiremos vivos.
Yo miraré con ojos claros,
tu reirás con tus amigos.

Sé feliz, eso deseo;
que nadie vuelva a herirte.
Encuentra algo que te apasione,
un sitio al que dirigirte.

Me encontrarás en mi futuro
que me aguarda ahí delante.
Quizás si creces entenderás
que no pude esperarte.

Y podrás seguir regando
de lágrimas mi jardín
pero eso no conseguirá
hacerme ser feliz
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miércoles, octubre 08, 2008

Cosas que me hacen sonreír (I)

Recuerdo una vez que Landelón volvió de Hong Kong, y mientras se calentaba el cuerpo con un chocolate caliente, me mostró una foto. En ella se veía a una jovencísima Aayla, sonriente, abrazada a un descomunal oso de peluche.

En aquel momento no entendí por qué a Landelón le fascinaba tanto una foto de una dieciseisañera abrazada a un muñeco relleno gigante. Aayla, en principio, no había sido más que una más en la lista de las innumerables amantes del Viajero, una muesca en su revólver de conquistas, de canalla reformado y rompecorazones profesional. Aayla, la sonriente y simpática Aayla, quien había huído de la gigantesca urbe de Hong Kong buscando la paz de Pamplona, y cuando llenó sus pulmones con aire puro y aburrimiento concentrado, nos había dejado con un beso en la mejilla y un "hasta cuando podáis". ¿Por qué de repente ese interés en ella?

Se lo pregunté al Viajero, y pareció divertirle el hecho de que lo hiciera. Dejó la foto de pie, en equilibrio con uno de los innumerables trastos, remanentes de mi vida con Tenhime, que adornaban mi salón, y se marchó silbando una canción que me resultaba familiar.

No le presté atención a la fotografía durante días, o incluso semanas. Hasta ayer. Fue un día triste, sin mucho ánimo. No de esa tristeza que responde a una razón, esa que es como un muro entre la alegría y tú, sino de una desidia perversa, sibilina, que me invadía por los dedos de los pies y se extendía hasta rodear mi corazón. Era más bien una desesperanza gris, una falta de ánimo que me robaba las ganas de hacer algo para cambiar la situación. Por supuesto que el día pesimista del Viajero y el Extraño no ayudó en absoluto.

Entonces vi la foto en mi salón. Retiré con la manga la fina capa de polvo que la cubrí, y la estudié con atención. Aayla estaba jovencísima (¿Sería acné esas manchas en su rostro?), pero tenía un brillo en los ojos que no había muerto pese a los diez años transcurridos desde que se tomó la instantánea. No, no era en sus ojos. Era su boca. Sonreía igual que sonrió cuando estuvo aquí, con el Viajero y conmigo, cuando vio la Mimosa de Benus, cuando Landelón le trajo una joya de Dexlar, o cuando celebramos el día Pi. Una Sonrisa con S mayúscula, una especie de faro de vida y juventud, de ganas de vivir, de ser feliz.

Me descubro sonriendo. Los recuerdos de Aayla son escasos, pero agradables todos ellos. También recuerdo nuestra breve visita a Hong Kong, cuando estuvimos enfrentándonos a su acompañante. Descubro un bastión de alegría en mi interior, que no tarda en ocupar yacimientos de risa en mi pecho. Recuerdo las cosas que pasan por las mañanas. Y memoria agradable tras memoria agradable, logro hacer retroceder la tristeza.

Veo entonces el detalle en la fotografía que no había detectado. El oso parece tener algo alrededor del cuello.

Es un pañuelo. Un pañuelo amarillo.

martes, octubre 07, 2008

Un Día Pesimista

Landelón y el Extraño se encuentran taciturnos frente a dos vasos vacíos cuando entro en el bar. No he terminado de pedirme mi cerveza y sentarme, cuando Landelón dice, casi con desgana:
- Hemos encontrado la solución a la mitad de los problemas a medio y largo plazo del mundo. Y ahora sabemos con certeza que la raza humana se autodestruirá, pero no por su avaricia, sino por sus conceptos morales.
- ¿Por qué?
- Porque la solución es reducir de forma expeditiva la población mundial.
Es el Extraño el que, como viene a ser costumbre, dice la frase lapidaria que ningún ser humano tendría la osadía de expresar en voz alta.
- Y dado que el genocidio no es éticamente aceptable, estamos todos condenados.

miércoles, octubre 01, 2008

Civilizaciones

- Ya está- se queja el Extraño- Ya lo han conseguido. Han fundido el puto acelerador de hadrones. Ya la han liado. A tomar por culo.

No había visto al Extraño tan enfadado desde la bronca de los malotes, y eso que esa vez estaba más indignado de furioso.

- Con la de energía que hace falta para ponerlo en funcionamiento, con la pasta que se han gastado en ponerlo en funcionamiento, ¡joder!- patea el rodapié con tanta fuerza que cruje, y amenaza con separarse de la pared.
- Eh, Extraño. Quéjate lo que quieras, pero no me rompas la casa.- Tras un momento de silencio durante el cual trata de controlar su ira, le pregunto- ¿Por qué te importa tanto ese chisme?
- ¿Por qué? ¡Tengo veinte euros apostados a que destruye el mundo!
- Ehm... ¿Y cómo pretendes cobrar, si es así?
- No pretendo cobrarlos. Pero apostar dinero es la única manera que conozco de no tener razón.

Así que esa es la causa. El Extraño REALMENTE cree que el LHC va a crear un agujero negro que destruya el mundo, y, consciente de que siempre tiene razón, realiza una hazaña de valor épico para salvar la Tierra: apostar dinero. El Extraño, a pesar de ser un jugador empedernido, nunca gana las apuestas si hay dinero de por medio. Así que sacrifica su cartera para darle al mundo un plazo más de vida. Su heroicidad me conmueve.
- Oye... ¿Cómo va a crear eso un Agujero Negro? Tenía entendido que eso no podría suceder nunca.
- Esas serán las últimas palabras que oiga la Tierra, de labios de un Ingeniero.
- Oh, venga. ¿Y todos los Agujeros de la Galaxia? ¿Eh?
- Toda civilización crece de las cuevas al barro y del barro al cemento hasta que su curiosidad científica le lleva a crear un Colisionador que la destruya por completo. Cada Agujero Negro en el Universo es el vestigio de una civilización exitosa.
- Eso es imposible. ¿Acaso no hay un gigantesco Agujero en el centro del Universo?

El Extraño me deja un par de segundos de margen para que me anticipe a su respuesta. Llego a la misma conclusión justo a tiempo.
- Pues imagina el tamaño del Colisionador que lo creó.