miércoles, octubre 08, 2008

Cosas que me hacen sonreír (I)

Recuerdo una vez que Landelón volvió de Hong Kong, y mientras se calentaba el cuerpo con un chocolate caliente, me mostró una foto. En ella se veía a una jovencísima Aayla, sonriente, abrazada a un descomunal oso de peluche.

En aquel momento no entendí por qué a Landelón le fascinaba tanto una foto de una dieciseisañera abrazada a un muñeco relleno gigante. Aayla, en principio, no había sido más que una más en la lista de las innumerables amantes del Viajero, una muesca en su revólver de conquistas, de canalla reformado y rompecorazones profesional. Aayla, la sonriente y simpática Aayla, quien había huído de la gigantesca urbe de Hong Kong buscando la paz de Pamplona, y cuando llenó sus pulmones con aire puro y aburrimiento concentrado, nos había dejado con un beso en la mejilla y un "hasta cuando podáis". ¿Por qué de repente ese interés en ella?

Se lo pregunté al Viajero, y pareció divertirle el hecho de que lo hiciera. Dejó la foto de pie, en equilibrio con uno de los innumerables trastos, remanentes de mi vida con Tenhime, que adornaban mi salón, y se marchó silbando una canción que me resultaba familiar.

No le presté atención a la fotografía durante días, o incluso semanas. Hasta ayer. Fue un día triste, sin mucho ánimo. No de esa tristeza que responde a una razón, esa que es como un muro entre la alegría y tú, sino de una desidia perversa, sibilina, que me invadía por los dedos de los pies y se extendía hasta rodear mi corazón. Era más bien una desesperanza gris, una falta de ánimo que me robaba las ganas de hacer algo para cambiar la situación. Por supuesto que el día pesimista del Viajero y el Extraño no ayudó en absoluto.

Entonces vi la foto en mi salón. Retiré con la manga la fina capa de polvo que la cubrí, y la estudié con atención. Aayla estaba jovencísima (¿Sería acné esas manchas en su rostro?), pero tenía un brillo en los ojos que no había muerto pese a los diez años transcurridos desde que se tomó la instantánea. No, no era en sus ojos. Era su boca. Sonreía igual que sonrió cuando estuvo aquí, con el Viajero y conmigo, cuando vio la Mimosa de Benus, cuando Landelón le trajo una joya de Dexlar, o cuando celebramos el día Pi. Una Sonrisa con S mayúscula, una especie de faro de vida y juventud, de ganas de vivir, de ser feliz.

Me descubro sonriendo. Los recuerdos de Aayla son escasos, pero agradables todos ellos. También recuerdo nuestra breve visita a Hong Kong, cuando estuvimos enfrentándonos a su acompañante. Descubro un bastión de alegría en mi interior, que no tarda en ocupar yacimientos de risa en mi pecho. Recuerdo las cosas que pasan por las mañanas. Y memoria agradable tras memoria agradable, logro hacer retroceder la tristeza.

Veo entonces el detalle en la fotografía que no había detectado. El oso parece tener algo alrededor del cuello.

Es un pañuelo. Un pañuelo amarillo.

2 comentarios:

Daphne dijo...

tu pañuelo amarillo... Supongo que ya es como el bigote falso de groucho. Todo un símbolo.

Alethea dijo...

A mí me hace feliz el sonreir, porque es lo más parecido que tengo ahora que no estaís conmigo a lo que me hacíais sentir cuando ya no podía más :)