lunes, octubre 27, 2008

Verbiscripciones

- Es cierto- me confesó Aayla, poco antes de la fiesta del número pi- que en ocasiones uno no es totalmente dueño de lo que escribe.
- ¿En tu caso?
- En mi caso, más a menudo de lo que debería.

Se puso a rebuscar en el bolso, y de entre la ingente cantidad de objetos útiles pero prescindibles que las mujeres suelen llevar ahí, extrajo un cuaderno de tapas de cuero y me lo alcanzó. Estaba completamente lleno, salvo por unas cuantas hojas en blanco al final, de una escritura elegante y femenina, y de dibujos y símbolos en los márgenes. Obviando la parte del arte de la que no podía emitir un juicio válido, me concentré en los relatos y poemas que había abocetado a lo largo, ancho y profundo de ese receptáculo de tinta.

Pasé las páginas con cuidado, como si estuviera de verdad sosteniendo los sentimientos de Aayla entre mis torpes manos, y convencido de que realmente así era. A cada nueva página, versos nuevos asaltaban mis retinas, mientras se me hacía cada vez más difícil no recitarlos en voz bajita, como un niño de primaria a quien le acaban de enseñar a leer.

Los relatos eran buen material. Necesitaban pulido, pero destilaban un estilo propio, lleno de sentimiento y de arte. Buenas ideas. Muy buenas, a decir verdad. Pero lo que me impactó de verdad fueron los versos.

Uno no es entendido en poesía. Garabateo de vez en cuando, y reescribo letras de canciones porque soy incapaz de idear melodías nuevas. Pero, oh dios mío, no había que ser crítico para dejarse llevar por los versos de Aayla. Allí había lágrimas, había pasión, había abandono, había dolor. Versos suaves como caricias, repentinos ataques de cólera, descripciones del vacío que uno siente cuando alguien querido abandona tu lado.

Por un momento, sólo por una fracción de segundo, menos de lo que tarda una persona en pestañear, una milésima parte de la duración de un latido de corazón, quise ser la persona a la que Aayla había escrito todo esos versos. Le había entregado mucho más que su amor y su dedicación durante el tiempo que permanecieron juntos: le había regalado pensamientos, palabras y obras que perdurarían en ese cuaderno incluso cuando los rasgos del destinatario se hubieran agrietado y roto en los estériles ríos de la memoria.

Porque verbi volant, pero scripta manent.

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