lunes, noviembre 17, 2008

Mundelismos

- ¡Mundele, mundele!, le gritaban.
El Viajero estalla en una carcajada seguida de incontenibles ataques de risa que se escapan de su boca como el agua que se desborda de una presa. El Extraño y Yanroud esbozan ambos sonrisas amplias, disfrutando de la anécdota que contaba Landelón. Por primera vez, yo era el que tenía un rictus de sonrisa leve en el rostro.

Landelón, que siente una predilección especial por jugarse el cuello, había decidido ir al Congo ahora que estallaba un nuevo conflicto armado por allá. "Mira, Dídac, Kumei era bonito antes de la guerra y lo es después. La guerra lo arruina todo, pero hay cosas que perduran hermosas". Quizás debido al que el Extraño me hacía gestos de prevención, detecté la mentira en su voz. No iba al Congo por su belleza.

Cuando volvió, trajo fotografías de los lagos que hay por allá. De los niños, que acuden a mansalva detrás de los blancos que caminan por allá, completamente fuera de hábitat. De los guías que no enseñan nada especial pero te cobran por enseñártelo, de la gente que ríe, que habla, que enseña y que muestra, gente que lo veía como un dólar con patas, sombrero y pañuelo, y gente que quiso caminar a su lado sólo por el placer de hacerlo.

Pero sobre todo, me trajo fotos de mi primo.

Sé que no hablo mucho de mi familia, pero en esta ocasión es distinto. Mi primo es médico. No sanador, ni curandero, ni nada de eso. Es médico con todas sus letras, y actualmente se encuentra en el Congo colaborando donde le dejan, llevando un pseudo hospital, manejando un grupo de diabéticos como buenamente puede y soportando la corrupción (la congoleña, y la de las organizaciones internacionales que pululan por allí con diferentes intereses, económicos la mayoría de ellos) mientras trata de hacer lo que en él es casi un talento: hacer feliz a la gente.

Landelón, preocupado por mí, sabía que estaría al tanto de las noticias del Congo por si mencionaban algún ataque a un hospital. Decidió pasar por allá y asegurarse de que mi primo se encontraba sano y salvo (y nunca mejor dicho). Este pequeño gesto vino acompañado de fotografías donde se veía reflejado, más delgado, más moreno, el sanitario de la familia. Le acompañaba su novia, cooperante también, en compañia de la cual yo tenía la certeza de que mi primo se encontraba seguro.

Y pese a que agradecí el gesto de Landelón, había resultado totalmente innecesario: yo sabía que mi primo estaba bien. Era un sentimiento estúpido, irracional, que deseaba cierto por pura acumulación de fe.

Mi primo es tan bueno que hasta el mayor tirano lo consideraría la Gallina de los Huevos de Oro, y lo conservaría vivo para poder aprovecharse de él.

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