domingo, diciembre 21, 2008

A la Pata Coja

La mujer de mi vida está triste en Navidad.
Mi sobrina Helena mira con envidia a los niños, a través de la ventana, jugando en la calle. Su esguince de tobillo le impide bajar a la calle y tirarles bolas de nieve a sus amigos, saltar sobre los charcos y rodar sobre el suelo cubierto de blanco.
- Menudo rollo de Navidad. Todas las vacaciones sin hacer nada.
- Bueno, al menos puedes ir a la pata coja.
- ¡Pero eso es inútil! ¡No sirve para nada!
- ¿Inútil? No. Hubo una vez que Landelón el Viajero y yo cruzamos un desierto a la pata coja…
La mujer de mi vida se remueve en su asiento, poniéndose cómoda y mirándome fijamente, como siempre que le cuento aventuras del Viajero.
“Landelón y yo salimos de Badar, y al alejarnos del río fuimos acercándonos al desierto de Kishka, hasta que llegamos a Último”
- ¿Al último qué?
- A Último. Con Ú. Es el nombre del pueblo de los Brincariones. Son un pueblo divertido…

“… porque todos se mueven a la pata coja. Cuando se cansan, cambian de pierna y saltan sobre la otra. Landelón habló con algunos de ellos para saber cómo cruzar el desierto. Ellos le miraban los pies, me los miraban a mí, y se reían.”

- ¿Ellos se reían de vosotros? ¡Pero si son ellos los que van a la pata coja!
- Luego sabrás por qué. Los Brincariones le ofrecieron a Landelón unas botas hechas por ellos para el desierto, hechas de un material muy ligero y frío.

“Landelón les dio las gracias, pero no quiso comprar botas nuevas. Dijo que confiaba en sus viejas botas, a lo que los Brincariones contestaron con risillas entre los dientes.
Así que a la mañana siguiente, pusimos los pies en el desierto de Kishka. ¡Qué Sol! Landelón se abanicaba con el sombrero mientras avanzábamos. ¡Qué caliente estaba la arena! La notábamos incluso a través de las suelas.”

Mi sobrinita se arremanga el jersey, como si ella cruzara Kishka con nosotros.

“Yo sabía que algo no iba bien… no llevábamos una hora andando, cuando empezamos a oler a quemado. Miramos hacia abajo, y… ¡Dios Mío! Nuestras botas se estaban friendo, como si caminásemos sobre una sartén. Volvimos corriendo a Último, con la arena quemándonos los pies y pensando que éramos unos tontos por no haber hecho caso de los Brincariones.
A pesar de que siguieron riéndose entre dientes, los Brincariones se portaron bien con nosotros, curándonos los pies quemados y enseñándonos a usar sus botas del desierto.
Éstas se enfrían si las sacudes en el aire, así que tienes que saltar a la pata coja por el desierto hasta que la bota esté muy caliente, y entonces ¡zas! cambias de pierna, y mientras saltas con una, enfrías la otra.”

-¡Qué guay! Pero ¿No os cansabais de saltar?
- Sí. Por eso no llevamos unas muletas como las tuyas, para descansar de vez en cuando.
- ¿Y lograsteis cruzar el desierto?
- Casi. Cuando ya veíamos a lo lejos el final del desierto de Kishka, fuimos atacados por los terribles Saltariones, los enemigos de los Brincariones.

"Rodeados por todos lados por estos guerreros a la pata coja, no tuvimos más remedio que rendirnos. Al ver que llevábamos botas de los Brincariones, el jefe Saltarión salió para retarnos a un combate. Si Landelón ganaba, nos dejaría libres. Pero si el jefe era el vencedor, él y su tribu saltarían sobre nuestra espalda hasta convertirnos en papilla.
Mientras Landelón se preparaba para luchar, vi como se aflojaba los cordones de una bota, una estrategia que no entendí en ese momento.”

- ¿Ganó, tío? ¿Venció al Saltarión?
- Al principio no. El jefe saltaba a su alrededor con un pie, y le empujaba con el otro, para intentar tirarlo a la arena caliente del suelo.

“Pero hubo un momento en que se quedó quieto, y entonces Landelón actuó. Dio una patada al aire, y con los cordones sueltos, la bota se escapó disparada. Alcanzó al jefe Saltarión en la cabeza, que cayó desmayado al suelo de inmediato.”

- ¡Bien!- Helena da un salto de alegría en su sillón.
-Así que los Saltariones no tuvieron más remedio que dejarnos libres. Seguimos saltando a la pata coja hasta que salimos del desierto, y en cuanto vimos un campo de hierba nos tumbamos a descansar, riéndonos victoriosos por haber escapado de los terribles Saltariones.
- ¿Y después que pasó?
Cuando iba a prometerle otro cuento para mañana, mi hermano llega a casa y entona su grito navideño tradicional:
- ¡Estoy de vacaciones!
- ¡Papá! – chilla la mujer de mi vida, y levantando su tobillo lesionado, se arroja a saltitos hasta los brazos de su padre.
- Helena, te hemos dicho que no te muevas con el tobillo así.
- Pero papá, el tío me ha contado que cruzó un desierto a la pata coja, y cuando Landelón le lanzó un zapato al jefe de los Saltariones, y…
- Vale, vale, salta lo que quieras. ¡Pero nada de apoyar el pie!- dice, severo. Luego relaja su ceño, y sacando una caja de la bolsa que portaba, añade- Y ahora, ¿Qué tal si jugamos todos juntos a ésto?
- ¡Sí!
Mientras Helena desempaqueta el juego recién comprado, mi hermano se me acerca al oído y me dice en voz baja.
- Vas a volverla idiota con tus fantasías.

3 comentarios:

Yashkia dijo...

Precioso ^.^

Rua Cailín dijo...

Yo... bueno, estoy con el padre. La volverás idiota, buscará duendes, leerá libros, soñará despierta, imaginará, verá, pensará. Aunque, supongo, puede que eche en cara, más adelante, cuando sea rara y adolescente. Luego crecerá y le contará todo eso a sus amigos, que serán idiotas como ella, y lo contará con orgullo, creo. Podría pasar.

Una vez dicho ésto... Jo, es muy bonito. Llevas varios días contando historias que me recuerdan a un libro que amaba cuando era pequeña. Lamentablemente no recuerdo el título... Era, a grandes rasgos, la historia de un viajero occidental perdido en un país oriental increíblemente curioso, mezcla de China, el Tíbet y el Japón más zen. Era... filosofía y moral en pedacitos manejables. Era increíble.

Alethea dijo...

Fomentar la imaginacion de un ninio es lo mejro que se puede hacer.. hoy en dia carecen de ella totalmente