Había dos cosas evidentes en ella, me cuenta Landelón. Una que era argentina, y otra que estaba triste.
"¿Estás triste, princesa?", le dije. Sí, me contó, pero no quiso explicarme por qué. Con mi talento natural para la conversación y una buena dosis de buen humor, traté de sonsacarle una razón, pero no conseguí siquiera hacerle esbozar una sonrisa.
Al menos, conseguí que accediera a tomar un café conmigo. Afortunadamente, era su primera vez en Neral, así que pude impresionarla llevándola al local más arómatico y exótico que ofrece la ciudad, el NueveVelos. Allí, entre cortinas de seda semitrasnparente y humos de incienso, ella pareció más relajada y dispuesta a hablar.
Pero no lo hizo. Se quedó ahí, mirándome, como si deseara decir algo pero no pudiera. Como si, detrás de toda su tristeza, no hubiera razón alguna que la explicase. Traté de escuchar sus silencios, como intentabas con
Alithia, o con
la chica de Kumei, pero ni un sólo mensaje cruzó el vacío entre los dos.
Cuando empezaba a pensar que la velada sería un aburrimiento, me dijo, con su suave acento. "Andá, contáme un cuento, Viajero". Un cuento, ¿eh?, bien veamos qué tenemos por aquí...
Érase una vez, le dije, un hombre que no tenía suerte. Cansado, dijo "Voy a buscar a Dios, para preguntarle por mi suerte", y se puso a caminar.
Encontróse con un lobo esquelético y débil, con el pellejo estirado sobre sus costillas, que yacía con la patas cruzadas a un lado del camino. "Hola, hombre, ¿adónde vas?" Voy a buscar a Dios, respondía, a preguntarle dónde está mi suerte. "Oh... si le encuentras, ¿podrías preguntarle por qué estoy tan delgado y débil?" Claro, claro, respondió el hombre, pero disculpa que me marche, porque tengo que encontrar a Dios para preguntarle por mi suerte.
Atravesando un bosque llegó a los pies de un gigantesco roble de ramas retorcidas y corteza putrefacta. "Hola, hombre. ¿Qué te trae a este bosque?" Voy a buscar a Dios, respondió otra vez, a preguntarle dónde está mi suerte. "Oh... si le encuentras, ¿podrías preguntarle por qué estoy tan enfermo y por qué se me pudre la corteza?" Por supuesto, replicó, pero disculpa que me marche, porque tengo que encontrar a Dios para preguntarle por mi suerte.
En el linde del bosque halló un prado verde en cuyo centro se levantaba una pequeña casa de blancas paredes rodeada de setos llenos de flores. Al pasar al lado, una joven de hermosos cabellos dorados salió a su encuentro, y le dijo con voz lánguida. "Hombre... ¿Adónde váis?" Voy a buscar a Dios, dijo una vez más, a preguntarle dónde está mi suerte. "Si lo encontráis, ¿le preguntaréis por mí, por qué me siento tan triste e infeliz ?" Faltaría más, respondió el hombre, pero disculpa que me marche, porque tengo que encontrar a Dios para preguntarle por mi suerte.
Ocurrió que a la vuelta de la esquina, el hombre halló a Dios. "¡Andá, es Dios!" se sorprendió. ¿Qué quieres, hombre?, le preguntó el Altísimo. "Bueno, quiero saber dónde está mi suerte...". Ah, así que de eso se trata. No te preocupes, que tu suerte está ahí fuera. No tienes más que salir a buscarla...
El hombre se puso muy contento al oír esto de Dios, así que marchó inmediatamente a buscar su suerte. Justo antes de irse, se acordó del lobo, el árbol y la joven, así que le preguntó a Dios lo que le habían pedido, y éste le contestó.
De vuelta llegó a la casa blanca en el prado. La joven salió a recibirlo "Hombre, ¿encontraste a Dios?" Sí, dijo alegre, me dijo que mi suerte está ahí en alguna parte. "¿Te dijo algo de mí?" Sí, dijo que te sientes desdichada porque vives sola, y que cuando encuentres con quien vivir, dejarás de estar triste. "Oh... hombre, ¡vive conmigo! Quédate a mi lado, y nunca serás infeliz" No, no puedo. Tengo que salir a buscar mi suerte, que está ahí, en algún lado.
A través del bosque volvió a estar ante el roble marchito. "Hombre, ¿encontraste a Dios?" Sí, me dijo que mi suerte está ahí en alguna parte. "¿Le preguntaste lo que te pedí?" Sí, dijo que tienes un tesoro enterrado bajo tus raíces y eso te hace enfermar. "Entonces, hombre, ¡llévatelo! Yo no lo quiero para nada, coge esa pala y líbrame de él." Me encantaría, pero no tengo tiempo. Debo salir a buscar mi suerte, que está por ahí, en alguna parte.
Por el camino se encontró de nuevo al lobo, que caminaba lentamente hacia él con la lengua fuera. "Hombre, ¿encontraste a Dios?" Sí, sí, me dijo que mi suerte está ahí, en alguna parte. "¿Y de mí? ¿Te dijo algo?" Claro, dijo que estás débil porque hace mucho que no comes, y que en cuanto comas algo dejarás de sentirte tan débil y volverás a ser el lobo feroz que eras.
Y el lobo se lo comió.
Esperé una reacción en su rostro durante dos, tres segundos. Y la obtuve. Su boca, delgada y pálida, se curvó, en una sonrisa que parecía valer más que una mina de diamantes o un cráter de
Dexlar.
"Me gustó. Tomá, Viajero, para que podás tener más cuentos la próxima ves que nos encontremos".
Sabes que yo no escribo cuentos, Dídac, así que te lo dejo a tí. Quizás tú le saques más partido. Es un juego de plumas, pero ella las llamó con otro nombre, ¿cómo era?
"Biromes", le respondo yo, pensativo.