domingo, abril 25, 2010

Re-Velaciones

Según me contó, amanecieron con los cuerpos entrelazados. Él no le encontró sentido, porque había sido una noche veraniega y él había estado caluroso y sudado tiempo después del sexo, pero ella no se alejó de su piel en toda la noche.

Desafortunadamente, la chispa del genio raya la locura, y en su caso, un puntito de insonmio.

Despertó pronto, mientras ella aún dormía. Incapaz e indispuesto a abandonar su abrazo, su mente comenzó a funcionar a toda velocidad, recapacitando sobre los pasos que los habían llevado a este amanecer desnudo y despreocupado.

Ella había llegado con lágrimas en sus ojos, pero afirmando estar bien. Tardó en sincerarse el tiempo que le llevó al microondas preparar una valeriana, a pesar de que él ya conocía la historia: Chica se enamora de chico equivocado (todos se lo habían advertido), chico equivocado le rompe el corazón, y ella llora sobre su hombro, jurando que no le volverá a pasar jamás.

Por más que le daba vueltas a la cabeza, no encontraba el factor que cambió la sesión habitual de abrazos y pañuelos por una de besos y preservativos.

Quizás fue cuando ella rechazó la valeriana y sugirió vino. O cuando ella se negó a beber sola y le sirvió otra copa. O cuando dijo que no se podía confiar en ningún hombre, menos en él. O cuando le besó mientras él tenía el "Sabes que no es verdad" en los labios. No, no fue cuando ella me besó. Fue cuando yo le devolví el beso.

Y se dió cuenta de tantas, tantas cosas que no había tenido en cuenta. Cosas que sólo en la claridad post coital tenían sentido. La primera, que acababa de cometer un error gravísimo, y por más que le doliera, sin solución.

La segunda, que ella no sólo no le quería, sino que jamás lo haría.

Aquella verdad le desgarraba por dentro como dos sierras girando en direcciones opuestas dentro de su hígado. Le reconcomía una culpa que él sabía que no debía sentir, pero ahí estaba. No se podía confiar en ningún hombre, menos en él, quien no duda en acostarse con ella cuando ella lo necesita. Porque no lo había besado, ni desnudado, porque sintiese algo por él. Ella necesitaba simplemente más afecto del que le brindaba normalmente, y lo había buscado bajo sus pantalones.

Lo que le llevaba a su segunda afirmación.

Ella jamás le querría porque él no le importaba. Ella sabía cuánto significaba para él, y sólo había acudido a sus brazos cuando necesitó unos que no la soltaran. Sólo había buscado sus labios cuando quiso unos que no la rechazaran.

Se movió con delicadeza, para no despertarla. Con todo el sigilo que pudo, metió en su mochila un par de mudas, su portátil, y la única foto de ellos dos juntos que tenía enmarcada. Después programó el microondas para que le calentase un café en dos horas (el tiempo, calculó, que le queda para despertarse), y salió de su casa.

Aunque no me lo confiese jamás, estoy convencido de que lloró todo el camino hasta Badar. Y es que Inés siempre ha tenido lo que hace falta para hacerle daño.