jueves, junio 17, 2010

Lectoreando

- Disculpe, ¿es usted Dídac, Cuentacuentos?

La voz que me hace levantar la mirada de la moleskine pertenece a un hombre más cercano a los treinta que a los cuarenta, con unos profundos surcos bajo los ojos cuyas pupilas brillan con fiereza. Pese a que temo que no me vaya a pedir un autógrafo, asiento con la cabeza.

- Sí, soy yo.
- Me gustaría confesarle que me ha decepcionado usted. No es más que un embustero, a pesar de que yo le seguía.

Noto que la punta helada de la crítica me hiere en el orgullo. Quizás sea el hecho de decepcionar a alguien, y en especial a un lector, lo que le ha permitido atravesar mi habitual barrera de amor propio.

- ¿Podría decirme por qué, exactamente?
- Verá- dice mientras, siguiendo mi invitación, toma asiento frente a mí- He sido frecuente lector suyo desde hace casi dos años. Se lo he perdonado todo, los ataques de autoindulgencia, de autocompasión, el periodo de silencio mientras se ausentó, todo. Pero un día decidí comprobar si sus historias eran reales, si las maravillas que cuenta de Badar, de Neral y Kumei y todos lugares están al alcance de todos. Así que aprovechando unas vacaciones, marché al Mont St. Michel, donde usted afirmó que parten barcos hacia Badar. ¿Y qué descubro? ¡Que no hay ningún puerto en Mont St. Michel! Comprenda lo engañado que me sentí, señor Cuentacuentos. Si aquello no era cierto, no podía imaginar cuántas mentiras más contenían sus escritos.
- Tranquilícese. A ver si puedo explicárselo...

"Cerca de Mont St. Michel hay un importante y rico puerto deportivo amurallado, llamado La Rochelle. Allí amarra siempre un barco con Badar en su itinerario. No obstante, ni se moleste en buscarlo, porque no figura en ningún registro, y nadie sabe nada de él. La única manera de conseguir un pase es con el beneplácito del Práctico de Badar, con quien se puede contactar desde Mont St. Michel"

- ¿Y dónde podría conseguir ese pasaje?
- Desde Francia, a Badar, sólo se llega con invitación. Han visto lo que puede hacer la llegada masiva de extranjeros a un país, y no están preparados para ese futuro.
- Usted... ¿usted podría invitarme?
- Ésa era exactamente la pregunta que me temía oír, y a la que no quería contestar. No, no puedo.
- Disculpe la osadía, pero ¿no puede o no quiere?
- No puedo. Mire, leer es sólo la mitad del trabajo de un lector. Pensar en torno a lo que ha leído, es la otra mitad. Así que si, como afirma, es asiduo lector mío, se habrá fijado que Tenhime, habiendo sido mi compañera durante años, no pisó Badar. Ni la Artrista.
- Pero sí el Extraño y el Hombre del Piano. Pensé que era un patrón. ¡Todos son hombres!
- Lamento desilusionarle, pero no es así. Ellos consiguieron su invitación, independientemente de mí. Uno fue invitado por la propia Reina para tocar en la corte. El otro, ignoro cómo la obtuvo, pero fue para ver el concierto de Diana Laguna. Y luego está Alithia Wellington, quien sí fue a Badar por invitación del Viajero...
- ¡Ah! O sea que él sí puede invitar.
- Sí, Landelón tiene permiso para invitar a extranjeros al país. Así llegué yo.
- Y no podría pedirle que...
- No. Y en esto, señor, soy tajante. El Viajero es celoso con quien trae al Reino. Si lo desea, se lo puede pedir usted mismo, pero no le extrañe si se lo niega.

El hombrecillo parece abatido. Puedo comprender por qué. Pasó mucho tiempo antes de que el Viajero me llevara a Badar, y sólo fue después de escuchar mil historias que no hacían sino incrementar mi impaciencia. De la misma forma, ante mí, mi lector devoraba mis historias a la espera del mismo momento.

- Es por ella, ¿verdad?- dice de repente.
- ¿Cómo dice?
- Es por la hija pequeña del Rey de Badar. Ella no quería que pudiese invitar a nadie a Badar, porque no soportaría verle con Tenhime, o con cualquier otra mujer.
- ¿Ve? Ahora sí que es usted un buen lector.

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