martes, junio 08, 2010

Quejidos y monetes

Cuanto más tiempo pase aquí, -pensé mientras me enmarañaba en el violento atasco de la fotocopiadora- menos posibilidades tengo de salir. Y no ese salir consistente en aliviar la gris rutina insertando otra gris rutina de ir de bar en bar y tomar una copa tras otra hasta conseguir la osadía necesaria para ser rechazado por alguien del sexo opuesto, sino ese salir consistente en escapar de todo y cambiar de aires.

Con Landelón rumbo a Holanda y el Extraño en Badar (ayudando a Diana Laguna con no-sé-qué proyecto), quedábamos el Hombre del Piano y yo, copa en mano esa misma noche, para comentarlo.

- Hazlo.- Fue lo primero que me dijo. - No te queda mucho aquí: un trabajo malpagado que no te gusta, una Inés deprimidísima y yo. Hasta Perro se encuentra en una situación mejor que tú - el Extraño había abandonado a su mascota en un refugio de animales, que viene a ser algo así como una perrera para bichos raros.- Vete.

El Hombre del Piano se encoge, tras dejar su whisky sobre la mesa. Probablemente en su interior, un corazón de hierro oxidado se arruga al comprender que si yo me marchase, le dejaría prácticamente sólo.

- Pero tú...
- Constantemente oyes las quejas de Inés. O las mías. Pues si no haces nada al respecto, no seremos más que tres llorones que no paramos de quejarnos sin solucionar nuestros problemas, para poder seguir hundidos en nuestra miseria.

"Vete. Quizás si te marchas de Pamplona, yo encuentre las fuerzas para marcharme también. Así dejaremos de quejarnos y haremos algo por mejorar nuestra situación."

Estoy tan anonadado que no se me ha ocurrido una respuesta coherente antes de que él sentencie:

- Y si no, al menos podremos quejarnos de algo nuevo.

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