domingo, diciembre 30, 2012

No hay año malo

- Oye, Viajero, - le dije, levantando la copa de vino- ¿Por qué brindamos, antes de que se acabe el año?

Es una pregunta con trampa. Landelón sólo tiene un brindis: "porque se repita". Pero viene preparado.

- Por el 2012. Bien que hayas venido, pero mejor aún que te marches.

Doy un sorbo al tinto, intenso en el paladar y potente en la garganta. Y añado el corolario.

- Y no vuelvas.

jueves, diciembre 27, 2012

¿Pero a quién se le ocurre grabarme mientras le estaba comiendo la polla?


Me han pillado. Me han pillado, y cuando a una la pillan, bueno, pues no queda más remedio que asumir las consecuencias, y apechugar. 

Y mira que lo mío había sido una obra maestra del sigilo y la discreción. Nadie me vio venir. Nadie me esperaba allí, hasta que lo tenía todo al alcance de mi boca. 

Porque aquella polla, sí que era una polla bonita. Que era mirarla e imaginarme saboreando esa carne en mi boca. Mi madre me había advertido de pollas como esa. Por qué no le hice caso. Pero fue metérmela entera en la boca y ver la cámara. Me imaginé que a una distancia prudencial habría un becario de Biología, observando atentamente. ¿Pero a quién se le ocurre grabarme mientras le estaba comiendo la polla? ¡Con lo tímida que soy! 

Así que la escupí enseguida, y me fui corriendo de la granja. Luego dirán que el lince ibérico está en peligro de extinción.

viernes, diciembre 21, 2012

De poetas y cuentacuentos.

Sé que lo sabéis todos, pero cuando digo que no hago poesía, miento descaradamente. Eso sí, la considero de tan baja calidad, que no me gusta. Pero, y esto sí que es cierto, menos me gusta la de los demás. La hija pequeña del Rey de Badar dice que es porque leo la tinta. Cuando le digo que no entiendo, siempre replica que no le importa: que a ella le gusto así, un poco más ignorante de lo que tendría que ser.

La única poesía que recuerdo haber escrito con gozo fue la que tracé en su espalda desnuda con las yemas de mis dedos la noche del baile, cuando ella me conoció a mí. Quizás es porque no recuerdo las palabras que empleé, sino el sentimiento que usé para escribirla. Supongo que eso le pasa al resto de la gente, digo yo.

Que no leen la tinta, sino la pasión con la que fue escrita.

jueves, diciembre 20, 2012

Llovía, y sin embargo estaba deseando salir a la calle


Te lo dije. Mira que te lo dije: saca a tu perro a pasear. Si lo hubieras hecho, no estaríamos ahora en este lío. 

¿Te acuerdas de cómo nos conocimos? Yo aún salía con Sonia, y tú, oh, tú vivías ya con Jaime, que acababa de entrar en la Guardia Civil. Aquel día llovía, y sin embargo estaba deseando salir a la calle. Así que llamé a tu puerta, y le pedí a Jaime que me dejara sacar a su perro a pasear. Recuerdo su mirada agradecida, con ese brillo de sospecha de a quién se le hace de repente un favor, y no se le pide nada a cambio. 

Y nos fuimos bajo la lluvia, el viejo Sultán y yo. Cómo me gustaba ese perro. Cuando fui a devolverlo, fuiste tú la que me abrió la puerta, en un camisón de seda que insinuaba más que mostraba. 

La siguiente vez que nos vimos fue ya en el funeral de Sultán. Jaime me llamó para contármelo porque sabía que su perro me caía bien. `Mejor que yo’ solía bromear. Cómo se hubiera callado de haber sabido que era verdad. En el funeral fue cuando me dijiste tu nombre, y dos semanas después Sonia y yo habíamos roto. 

Más o menos por esas fechas te conseguiste el cachorro que nos metería en este aprieto. ‘Sácalo a pasear’, te dije ese día en el portal, ‘que es pequeño y se te meará en todas partes’. Pero no me hiciste caso, y cada día que no lo sacabas, el cachorro se subía a tu colchón, y se meaba en él. 

Para cuando el cachorro creció, tú te empezaste a aburrir de él, y de Jaime, y me empezaste a meter en tu cama por diversión. Y yo te ponía el requisito de que sacaras al perro, porque no respetaba que estuviéramos al lío, y más de un coitus interruptus se lo debo a aquel can incontinente. 

Pero claro, Jaime comenzó a sospechar de que cambiaras tanto las sábanas, de que no sacaras al perro a pasear, de que pasaras tanto tiempo en casa. 

Y llegó el día de hoy, cuando Jaime entró pistola en mano, alarmado por tus gritos de sorpresa cuando el perro nos interrumpió en pleno acto, y allí nos encuentra, perro, tú y yo sobre la cama. Y disparó. 

Casi deseé que fuera a mí. Pero no, no fue a mí. Ahora los tres llevaremos con vergüenza nuestra merecida fama. Él, asesino. Tú, infiel. Y yo, zoofílico.

martes, diciembre 18, 2012

No dudó en desenfundar la porra (y IV)


Cuando, en mitad del atraco, los delincuentes se distrajeron con una sombra oscura, no dudó en desenfundar la porra. Aquella noche saldría en todos los titulares: Arresta a dos atracadores, y a Batman.

martes, diciembre 11, 2012

No dudó en desenfundar la porra (III)


Desde aquella manifestación de septiembre en la que un camarero no dudó en desenfundar la porra y repartir grasientas bofetadas a diestro y siniestro, el agente García sólo desayunaba churros.

martes, diciembre 04, 2012

No dudó en desenfundar la porra (II)


Atacado su orgullo, no dudó en desenfundar la porra, como él la llamaba. Escogió mal el sitio: la convención de actrices y actores porno se mostraron poco impresionados.

jueves, noviembre 29, 2012

No dudó en desenfundar la porra (I)


Al ver a aquel canalla escupir en la calle, no dudó en desenfundar la porra y proceder al arresto. Cuando, después de la monumental paliza, llegó a casa llorando, su madre decidió esconderle el triciclo de policía que le habían regalado por su cumpleaños.

martes, noviembre 27, 2012

Dieciséis Días de Oscuridad

- ¿Te he hablado alguna vez sobre el evento conocido como los Dieciséis Días de Oscuridad?
- No. ¿Es un cuento?
- Es un hecho real. Fue la primera vez que Fátima y el Viajero se separaron.

Estaban, entonces, en Yrsuvia, un pequeño país que no linda con el Dwat. Landelón se estaba dirigiendo tierra adentro para terminar su mapa, y Fátima, entonces errante, lo acompañaba.

La hassassiyyin había aceptado muy pocos trabajos desde que viajaba con Landelón. No es que al Viajero le molestara su profesión, sino que por alguna razón, ella no se sentía cómoda arriesgando la vida. Ya sabes de lo que hablo.

Pero hete aquí que tras casi un año de viajar juntos, al volver Fátima de cobrar el último de esos esporádicos trabajos, se encuentra con que Landelón ha desaparecido. Sin rastro, sin una despedida, sin nada.

Sintiéndose engañada, furiosa y abandonada, Fátima asesinó a cuarenta y ocho personas en dieciséis dias; todos los contratos de Yrsuvia, realizados a la vez. Todos sin pago exigido a cambio.

Hay que entender la magnitud de los acontecimientos en perspectiva: Yrsuvia perdió, en dos semanas, a políticos, jefes del crimen, catedráticos universitarios, jefes de policía y aspirantes al trono. Y al rey, por supuesto. Esto desencadenó, simultáneamente, elecciones adelantadas, una carrera por el trono, guerras de bandas en los bajos fondos,  descontrol aduanero, disturbios, huelgas estudiantiles, y un sinfín de otros sucesos.

El decimoséptimo día, Landelón regresó, encontrando Yrsuvia en el caos y las llamas. Fátima acudió a él con los ojos llenos de lágrimas, las manos llenas de sangre, y la frase equivocada en los labios.

- Vuelve a dejarme atrás, y te mataré.

Presta atención, que ésta es la metáfora de la historia. Quien sabe lo diferente que serían sus vidas, las nuestras, el mundo en general, si la frase que hubiera escapado de los labios de Fátima hubiera sido 'no me dejes'.

martes, noviembre 20, 2012

Primadonnas

Mis labios apenas rozan sus dedos, pero mi mano, la que sostiene la que beso, nota que reprime un escalofrío. Quizás de placer, pero como mínimo de satisfacción. Cuando levanto la vista de esos delgados dedos de uñas perfectamente pintadas, me topo con una sonrisa capaz de salvar al Titanic mediante el siempre eficaz método de derretir el iceberg. Sobre ella, dos ojos enmarcados con lápiz de maquillaje que me encañonan, a punto de dispararme algo más letal que un trozo de plomo ardiente.
- Un placer, Cuentacuentos. Espero verle en el baile del Solsticio.

¿Y voy a tener que esperar hasta entonces?, pienso, mientras se da media vuelta y ella, y media docena de sicofantes, aspirantes a amante y fans la acompañan adondequiera que vaya.

La culpa es de Landelón, que sólo me presenta primadonnas. No sé si lo hace porque sabe que me gustan, o porque realmente sólo es capaz de no acostarse con esta clase de mujeres. Tienen mucha personalidad para él. O quizás él tenga demasiada para ellas. Sea como fuere, la verdad es que Diana Laguna, Ysabell Mylene, Juana de Gimeno, y la propia hija pequeña del Rey de Badar todas son damas dignas del apelativo de primadonnas.

- Te ha gustado, ¿eh? Ya no parece tan mala idea venir a Neral en invierno, ¿eh?
- Oh sí. Te odio por ello.
- Antes del solsticio de invierno te tendré que recordar su nombre, porque no creo que seas capaz de recordarlo ahora mismo. Hay gente que no lo olvida jamás. Se dice que una vez, usó un hierro al rojo blanco para marcar a uno de sus amantes más olvidadizos.

Pero lo peor es que, aunque no es necesario que sean poderosas o adineradas, es la actitud de la primadonna la que me pierde por completo. Una mujer que actúa no sólo como si lo quisiera todo en la vida, sino como si además lo mereciera. Mujer de núcleo triste, envueltas en elegancia, que adoran que las adores, que lucen una corona plateada que por lo visto sólo sus presas predilectas (esto es, gente como yo) pueden ver. Mujeres que son un gran problema para ti, lo sabes y no puedes evitarlo. Mujeres que son difíciles, pero siempre se las apañarán para explicarte que es culpa de otro. Generalmente, tuya.

- ¿No hay opción de verla antes? ¿Otra fiesta, otra gala, otra recepción?
- Esto no es Badar, Cuentacuentos. Aquí la crema, la nata, la pompa y el boato sólo se sacan a pasear en los festivos. El resto del tiempo, cada zapatero atiende sus zapatos.
- No son sus zapatos lo que me interesa volver a ver.

Y a pesar de todo, pareces sentir que un fleco de su vestido se ha enganchado en tu corazón, y cada vez que se alejan te van deshilachando por dentro, como si fueras un estúpido jersey de punto al que se le acaba el tiempo.

- Veré qué puedo hacer.

La promesa del Viajero, de repente, es suficiente.

viernes, noviembre 16, 2012

Razones

Lo mejor que tiene Badar es que siempre me está esperando, y que nunca me hace preguntas.

martes, noviembre 13, 2012

el Horror

Una vez, la hija pequeña del Rey de Badar me preguntó cómo era mi ideal de Paraíso. Como no supe qué responderle, me puse a hablar de los paraísos de diferentes religiones, pero ella me acalló poniéndome un dedo en los labios, precursor de besos que llegarían esa noche. Si no eres capaz de imaginarte un Cielo, me dijo, cuéntame cómo te imaginas el Infierno.

- Sencillo. Es un edificio de cuarenta y cinco pisos de la Administración Pública, cuya antesala es un aeropuerto.

lunes, noviembre 05, 2012

Fiabilidad

- No llega. - dice el Viajero, cuando la joven corre torpemente sobre sus tacones, tratando de alcanzar el metro antes de que éste abandone la estación sin ella. El Viajero se lleva su punto cuando, segundos antes de que ella termine de bajar por las escaleras mecánicas, las puertas de los vagones se cierran y el metro abandona la estación, condenando a la muchacha a llegar tarde adondequiera que estuviera yendo.

Hacía mucho que no jugábamos a esto. Aunque también hacía mucho que no veía al Viajero.

- Llega- digo yo. Por mi parte, también puntúo: el joven en traje gris y corbata fina llega corriendo al andén y se desliza dentro del vagón, y en ese momento justo las puertas se cierran tras él.
 - Cinco a siete - Comenta el Viajero, llevando el recuento. Voy perdiendo. - ¿Mala noche?
- Increíblemente mala.
- ¿Tus sueños, otra vez?
- No, no. No tiene que ver con ella.
- ¿Con qué, entonces?

No sé por dónde empezar a contarle lo de Tara, así que señalo a una pelirroja en vaqueros cómodos y manoletinas, e indico "No llega". Pierdo el punto y la oportunidad de mirar a esa atractiva joven mientras espera al siguiente metro cuando, de un salto, cruza las puertas del vagón a la vez que éstas comienzan a cerrarse y, por décimas de segundo, no pierde el metro.

- He vuelto a ver a Alithia. - confiesa Landelón.
- No jodas.
- Y le he pedido perdón. Otra vez.
- Le hiciste mucho daño.
- Se colgó demasiado de mí. Me asfixiaba.
- ¿Literal, o figuradamente?
- Ya sabes a lo que me refiero.

Y lo sé. Landelón aprecia que las mujeres con las que comparte alguna clase de relación necesiten algo más que a él. Era quizás lo único que no le gustaba de Tenhime: ten cuidado, Dídac (me decía), que no tiene otra cosa en su vida que tú. Y su trabajo. Alithia Wellington cometió un error, y dejó toda su felicidad en manos del Viajero. Manos que, si bien diestras y curtidas en campos de batalla de guerra y amor, no eran de fiar.

Tarde o temprano fallarían.

- ¿Y cómo quedó la cosa?
- Bueno, no me respondió.
- ¡Porque no tiene voz!
- Ni siquiera con gestos. Asintió con la cabeza, y me señaló unas tazas sobre la mesa. Tomamos el té sin hablar nada en absoluto. Supongo que fue su manera de decir que habíamos hecho las paces.
- O de envenenarte.
- No caí en su momento. Pero sigo aquí, así que tampoco es que me encuentre indispuesto.
- Llega - interrumpo. El joven en vaqueros que acaba de bajar corriendo las escaleras de la parada de metro entra en el último segundo en el vagón antes de que las puertas se cierren. Esto deja el marcador en seis a siete. Deseo que el Viajero siga hablando, pero sé que su parte ha terminado ya.

- ¿Me vas a contar lo de Tara, o vas a esperar a que el Extraño se vaya de la boca?
- Aparentemente, ya lo ha hecho.
- Sin detalles. Además, no hay más que verte.
Sentados en el banco de la estación de Metro, los dos debíamos ser un espectáculo. El Viajero, con su sombrero de ala ancha en una rodilla, el pelo revuelto y el perenne pañuelo amarillo al cuello. Y a su lado yo, en pijama y abrigo. ¿Cómo me iba a cambiar? Tara estaría aún durmiendo la resaca en mi cama.
- Creo que está enamorada de mí.
- ¿Y tú?
Opto por la evasiva, ahora que me la ha dejado fácil.
- Yo también estoy enamorado de mí.
- No me había dado cuenta. Sólo espero que tu ego sea mejor compañía que, no sé, una persona de verdad, porque a este paso va a ser lo único con lo que compartas el resto de tu vida.
- No seas así, Viajero. Me quedan amigos, aún.
- ¿Durante cuánto tiempo, Cuentacuentos? Ya sabes que yo seguiré aquí, pero sabes que no puedo parar mucho tiempo. Tarde o temprano, el Clasificado se dará cuenta de que le estoy evitando de nuevo, y se marchará. Y el Extraño, lo creas o no, tiene novia. Eso viene a ser la barrita de cargando de una boda, o al menos, de un 'Me voy a vivir con ella'. ¿Has pensado qué harás entonces?
- Hacer nuevos amigos.
- Porque eso se te da bien.
- Auch.
- Desde el cariño, Dídac. El último amigo que hiciste fue el Clasificado, y prácticamente a la fuerza.
- Me iré a ver a Yanroud. O al Hombre del Piano.
- Hay gente que no sabe ser feliz. Que, sencillamente, quiere lo que no puede alcanzar, sin ni siquiera alegrarse por lo que ya tiene. Con cierta tendencia a joder las cosas que le van bien para poder seguir con un agujero en el pecho.
- No hace falta que seas tan cruel con el Hombre del Piano.
- No hablaba de él.

Durante un rato, ninguno de los dos dice nada. Hasta que una joven en leggins ajustados comienza a bajar las escaleras mecánicas a toda prisa.
- No llega - dice el Viajero. Y el punto es todo suyo.

jueves, noviembre 01, 2012

La última y nos vamos



Odio ir de compras. Lo odio con una pasión sólo equiparable a la que me invade cuando se trata de franceses.

- Recaredo, hijo, no pongas esa cara. Ale, pruébate estos pantalones, que son muy bonitos.
- Pantalones no, Mamá, que ya tengo muchos.

Pero, sobre todo, odio ir de compras con mi madre. Y es que cuando uno rebasa la barrera de los treinta, se da cuenta de dos cosas: que nunca ha sabido elegir qué ponerse, y que hay que odiar mucho a tu hijo para ponerle de nombre Recaredo.

- Venga hijo, la última y nos vamos – me dice, acercándome la camisa más horrible de la tienda, una auténtica obra maestra del mal gusto.
- No me pienso poner eso.
- ¡Pero si es de las que se llevan ahora!
- ¡Claro que se las llevan, mamá, pero sin pagar!

No se puede discutir con tu madre. Así que cogí la camisa y entré a toda prisa en el probador, sin darme cuenta de que ya estaba ocupado. En aquél minúsculo cubículo, sentada en el pequeño taburete de la esquina, se sentaba una mujer de unos treinta años, vestida de forma completamente estrafalaria, que me hacía señas para que me mantuviera en silencio y no la delatara.
- Es que afuera me está esperando mi madre. Hola. Me llamo Hermenegilda, con hache. ¿A que es un nombre horrible, con hache?

Supe en ese momento que mis días de comprar ropa con mi madre estaban contados.

jueves, octubre 25, 2012

Después le corté un pie


Me agobiaba tanto que mi marido fuera tan dependiente, que terminé por estallar. ¡Es que no sabía hacer nada solo! Así que aquel día le corté las uñas de las manos, y los pelos de la nariz. Después le corté un pie, luego la chorra, y para entonces, Señor Juez, no veía ya ninguna razón para no seguir cortando.

jueves, octubre 18, 2012

Pues entonces vete, Princesa.



- Le falta un poco de luz… y el suelo necesitaría que le pasaran una escoba. Una manita de pintura tampoco le iría mal, y si tirásemos alguna de estas montañas de basura…
- No es basura, ¡es mi tesoro!
- La mayoría está muy viejo, y si al menos lo mantuvieras limpio…
- Nunca los he limpiado, no veo por qué empezar ahora.
- Típico de los machos, vivís solos un tiempo y os volvéis unos guarros.
- No va a haber manera de que te acostumbres a vivir aquí, ¿verdad?
- No, no lo creo.
- Pues entonces vete, Princesa.
- Hasta nunca, Dragón. Suerte con la próxima.

jueves, octubre 11, 2012

Y Merkel se quitó la bragas



Habla el de Educación.

- Y entonces llega él, con su chaqueta de pana, y esa barba que le hace parecer una mezcla de Topogigo y Panorámix, y me dice nada hombre, si a los del sindicato los tengo convencidos. Tú me dejas chupar un poco de cámara en las manifestaciones de la Reforma Laboral, y yo te controlo lo de los maestros.
- Si es que es un chaquetero, ése. ¡Aunque la chaqueta sea de pana!

Entre el humo y el coñac, los asistentes le ríen la gracia al Presidente, que hay que congraciarse. Sea o no tan bujarrón como dicen, es el Presi, y cuando deje de serlo será el Ex-presi, que tampoco está nada mal, y es un cargo que nadie te puede quitar.

Se reúnen una vez al mes, en la Moncloa, todos trajeados y encorbatados. Pero, tras la primera copa, hasta el Ministro de Interior se afloja los tirantes y la cosa va más relajada. Y es que es lo que tiene gestionar como propio lo que es de todos, que se cansa uno de mantener la fachada dando explicaciones, y le apetece pasar una noche en la intimidad con los amigos.

- Pues a mí el gabacho ése me tocó el culo en la última conferencia –comenta Esperanza, la de la Comunidad – Y es que tengo un trasero que ya lo querría la cantantucha esa con la que está casado. ¡Mi dinero me ha costao!
- Para costar – comenta el de Economía, con un hilillo de voz – lo que nos ha costado el rescate. Un horror…
- Pero qué dices, Luis, si tenemos pasta para Rato. Al final nos va a sobrar, y todo. ¿No decías que querías arreglar tu casa en Milán?
- No, no lo sabéis. En la última reunión, cerró la puerta del despacho y corrió las cortinas. Y Merkel se quitó la bragas, y dijo que hundiera mi bratwurst en su chucrut hasta la kartoffeln, o si no, ni Bundesbank, ni Bundesliga, ni nada.

Se hace un silencio incómodo. Sólo se oye el chisporroteo suave de los puros consumiéndose solos, y los hielos del vaso de Luis, el de Economía, chocando entre sí.  Le tiemblan las manos. Esperanza es la que rompe el silencio.
- Bien hecho, Luis, ahí te quiero ver yo. Aguantando el tirón.
- El tirón… y la arcada.

jueves, octubre 04, 2012

Estamos en una costa con un solo pez



- Hola, ¿estás solo? – la chica pelirroja le sonríe cuando se sienta a su lado.
- Hombre, solo, solo – Adalberto miró a su alrededor: a la morena de falda inapropiadamente corta, a la chica de pantalones para sordomudos (tan apretado que le podía leer los labios), a la rubia de pechos exuberantes que desde hacía rato se apartaba el pelo tras los hombros para que la vista cayera directamente en su profundo escote – Solo sí que estoy.
- ¿Y a qué te dedicas, guapo?
Guapo, dice, mientras ve el revuelo que se forma en la puerta al entrar al bar el único otro ser vivo con polla del lugar.
- A la poesía.
- ¿A la poesía? – la pelirroja juguetea seductoramente con un tirabuzón del color del atardecer - Qué interesante…

El chico que entra es joven, y guapo. Quizás haya merecido la pena venir, piensa Adalberto. Las chicas que pueblan el bar acuden a su alrededor como hormigas a la miel.
- ¿Sí? Mira, bonita, estamos en una costa con un solo pez, y acaba de cruzar ese umbral.

martes, septiembre 11, 2012

Consejos.

'Cuando le confiese que lo que realmente quiere es estudiar Física, no le diga que lee demasiada Ciencia Ficción', le dijo el primer Viajero del Tiempo a su madre.

jueves, agosto 09, 2012

Cosas que me hacen sonreír (II)

Hay días perfectos, que nacen de la anticipación de un acontecimiento. Hoy es una gran ocasión, un día de esos que es maravilloso sólo porque lo has estado esperando mucho tiempo.

La preparación de la cita es todo un ritual, porque la realización ha de ser impecable. Dedico gran parte de la tarde a tener bien preparada la cena: mi invitada es exigente, y sólo cenará satisfecha si es su comida favorita. Mientras la pasta hierve, me dedico a ordenar el salón y tenerlo todo preparado: los dulces, posicionados al lado del sofá para poder sacarlos cuando sean necesarios, pero ocultos a la vista para que no haya tentación de comerlos antes de la cena. Una manta, lo bastante grande como para cubrirnos a los dos, también encuentra sitio cerca del sofá, por si hace frío. La nevera llena de hielo, y un par de botellas de su refresco favorito. Mi invitada no bebe alcohol, y yo no lo querría de otra forma.

Varias películas amontonadas en la mesilla del salón: algunas no las ha visto, otras las ha visto millones de veces. Y un par de velas. Le gustan las velas. A su lado, una baraja de cartas. Nunca la hemos utilizado, pero siempre que nos despedimos me dice que la próxima vez, jugaremos. En el dormitorio, varios libros y cuentos, algunos míos, otros no.

Y una toalla en el baño, para mañana por la mañana.

Termino de hacer la cena, y antes de que la olla deje de humear, me he arreglado apropiadamente, incluyendo un afeitado y conveniente aplicación de su after shave favorito. Dice que si no, no me besa. Suena la puerta. Llega pronto.

Ahí está. Quizás nadie más que yo en el mundo opine que es la más bonita de todas, pero no hay mujer en el mundo por la cual la cambie. Pequeña, su presencia se extiende hasta ocupar todo el umbral, el recibidor, la casa entera. El mundo es distinto sólo porque ella está en él. Si existen los ángeles, tienen que parecerse a ella. Y si no los hay, es lo más parecido que encontraremos en la Tierra.

- ¡Tío! - chilla, llena de alegría, y yo la recibo con mi mejor sonrisa en los labios.

lunes, julio 30, 2012

"La zapatilla se estampó en su cara"

La zapatilla se estampó en su cara, y el resto de la pierna que seguía hizo que diera una vuelta en el aire y cayera, como un muñeco roto, al suelo.

¿Estaba muerto? A lo mejor sí. Morir por un papel. Por una puta servilleta de bar. Eso tenía que ser un récord en alguna parte. No, no estaba muerto. Notaba la sangre en el paladar, y los muertos no tienen paladar, sólo gusanos. 

Puta servilleta. La había doblado hasta darle la forma de una pajarita, y se la había regalado a Mariela. Le había gustado Mariela desde que la conoció, con sus ojos azules y las piernas llenas de cardenales por ir chocándose con las cosas.

Huy, no notaba los pies. Los sentía adormecidos y no podía mover los dedos. Quizás sí se estaba muriendo, después de todo. Qué putada. Morir por una servilleta de bar en forma de pajarita que le había regalado a Mariela, estando su novio delante: un mastodonte de ciento veinte kilos, y brazos como pistones de locomotora, y piernas como columnas jónicas. No había cogido la broma. Los matones no entienden las bromas.

No, no estaba muerto. Se incorporó dolorosamente hasta la barra del bar, y usó una nueva servilleta para escupir la sangre. El matón no estaba allí. En su lugar, apretando una pajarita de papel arrugada, estaba Mariela.

lunes, julio 23, 2012

"Entonces ella me tiró un pepino"

(Léase con afectado acento francés).

La gente cree que todo el revuelo lo empezó esa costurera, Manuela, pero la verdad, fue todo culpa de una frutera.

Llegamos a Madrid desde París para modernizar la ciudad. Qué digo la ciudad, el país entero. Pero ya conocéis a los españoles, culogordos pobretones que no encontrarían ni su propio ombligo. Recibieron los cambios a regañadientes, aprovechándose de lo que podían y siempre empeñados en añadir patata a su tortilla, ya me entienden.

Así que después de arreglarles el país entero, mal que les pesara a algunos, ya no podíamos pasear por las calles de Madrid sin que nos llovieran los improperios: que si "vete a fregar, madelón", que si "gabacho de mierda", y cosas peores.

Al final llegó ese día en que bajé a la frutería, porque había que dar de comer a la tropa, y la joven ya me recibió con mala cara. A pesar de todo, traté de ser amable:

"Oh-la-la, mademoiselle, que magníficos melones tiene. Ojalá tuviera también un par de buenos jamones, cómo iban a disfrutar mis soldados".

Y  la chica se puso hecha una furia, poniéndose a gritar, y vinieron más vecinos, y más soldados, y más gente. Entonces ella me tiró un pepino, sonó un disparo, y todo se fue al garete.

Así que le juro, Emperador Bonaparte, que el próximo Mayo a mí no me pilla en Madrid.

lunes, julio 16, 2012

"Era magnífica su colección de idiotas"

Apenas se abrió la puerta, aquella mano de uñas rojo pasión lo agarró por la corbata, y de repente estaba sobre él, besándolo, restregándose, esposándolo a la cama.
Lo dejó allí, junto al cartero, el comercial de Endesa y el Testigo de Jehová. 

Era magnífica su colección de idiotas.

lunes, julio 09, 2012

"Ojalá hubiera sabido esto antes"

Ojalá hubiera sabido esto antes, dijo, cuando vio que su prostituta tailandesa venía con más longitud de la esperada.

miércoles, julio 04, 2012

Decepceraciones

No es raro que el timbre de mi casa suene insistentemente. Es poco frecuente, es más, hasta sospechoso, cuando suena a las cinco de la mañana de un domingo. Arrastro los pies hasta la entrada, con los párpados casi pegados y al abrir la puerta, es Tara la que prácticamente se abalanza sobre mí alanceándome con su índice estirado.
- ¡Tú! ¡Es todo culpa tuya!
- ¿Qué?
- ¡Tú, tú y tus cuentos, tú y tus consejos, tus cuentos y tus historias! ¡Es todo culpa tuya!
- Tara, de qué me estás habl...
- ¡Calla! Tú, tú me hiciste creer que existían hombres decentes. Tú me contabas cuentos de caballeros que cuidaban de sus princesas. Me hiciste creer que eso era cierto. ¡Me hiciste querer que lo fuera! Pero a pesar de todo yo no paraba de encontrar hombres equivocados, decepción tras decepción...
- Tara, ¿estás borracha?
- ¡No! Bueno, quizás un poco. Sí. ¡No cambies de tema!
- Tranquilízate. Siéntate un rato.
- ¡No! - Su dedo vuelve a clavarse en mi pecho, envenenado de alcohol.- No, no te vas a librar de ésta. Te has librado de todas, pero no de ésta.
- Aun no sé de qué estás hablando, pero escucharé. Es lo que quieres.
- Oh, ahora sabes lo que quiero, ¿no?. ¡Pues sí! ¡Siempre has sabido lo que quiero! ¿En qué te convierte eso, eh? ¡En un listillo!
- Lo que dices no tienes sentido alguno.
- ¡Cállate! ¿Sabes de dónde vengo? ¡Vengo de beber sola en un bar!
- Me imaginaba algo así. ¿Una mala cita?
- ¡Horrible! ¡Sólo sabía hablar sobre él! ¡Un gilipollas integral! ¿Y lo peor que es? ¡Que tratando de olvidarlo en esa mierda de bar se me han acercado al menos otros dos tíos! ¡Igual de horribles que el primero!
- ¿Tan feos eran? - No puedo evitar esbozar una sonrisa - Pobres...
- ¡No es eso! Bueno, uno sí que era feote... ¡Pero era idiotas, todos ellos! ¡De manual! Yo creía que existían los hombres decentes, ¡tú! tú me hiciste creer que existían, que podía conseguir a alguien que me valorara, que apreciara lo que soy pero luego siempre, siempre...
- Te acababan decepcionando.
- Y me canso, me canso de que me rompan el corazón una y otra vez, y otra...
Tara se arrima a mí, para que la abrace. ¿Qué hace uno en mi situación? Decirle lo que quiere oír. No le puedes decir "Siempre has probado con los hombres equivocados. Nunca has probado otra cosa que el mismo tipo de hombre, y siempre te ha salido mal. ¿No ves la relación?". Necesita oír su opinión en un tono de voz más grave.
- No te preocupes, Tara. Te prometo que hay alguien ahí fuera para ti. Sólo tienes que ser paciente.
- No me da la gana. - dice, y estrella sus labios contra los míos.

El beso, o el intento del mismo, dura cuatro latidos de corazón. Entonces Tara se aparta, mirándome con ojos vidriosos, y con un espasmo, se dobla por la cintura y vomita violentamente en un cubo que el Extraño, salido de la nada, logra interponer entre su boca y el suelo de nuestro recibidor.
- ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
- El suficiente. Acuéstala en el sofá, donjuán. Voy preparando el equipo de emergencia para resacas.

jueves, junio 28, 2012

Fans y groupies

"Vamos a quedar para tomar unas cervezas, deberías apuntarte" dijo ella. Su mente de acosador sólo entendió que habían quedado ellos dos, así que se abrochó la camisa con una elegante pajarita, se puso su traje más elegante, y cambió su hacha por un ramo de flores.

miércoles, junio 27, 2012

La última mentira


A cámara lenta se podría apreciar cómo la piel forma ondas cuando la taza golpea mi frente, de la misma forma que la superficie del agua cuando le arrojas un guijarro. Asimismo, a cámara lenta se podría apreciar cómo la grieta nace de mi piel y se extiende, cómo una epidemia, por la cerámica, hasta que la taza pierde su nombre, su integridad y su forma, convirtiéndose en una lluvia de cascotes afilados y esquirlas cortantes que desgarran piel y chocan contra la pared, rebotando y dispersándose por el suelo.

Me estás gritando. Me gritas cosas, pero yo no las comprendo. Tu boca se mueve pero a mí me llegan sólo las palabras que quiero oír. No te consolaría aunque supieras que las que escucho yo son mucho peores que las que me estás diciendo.

No te pienso mentir. De hecho, si estoy aguantando con entereza el chaparrón de cerámica es porque nunca te he mentido.

Frente a mí, seleccionas otro frágil elemento de decoración, y lo arrojas con vuelo recto y fuerte, rápido como un disparo. El impacto es certero y esta vez noto algo húmedo resbalar por mi cara, cálido y con un sabor dulce a óxido.Parpadeo aturdido. ¿Es eso lo mejor que sabes hacer? Si es así, te va a costar mucho tumbarme. Y tienes que hacerlo. Necesito que estés furiosa conmigo.

Sí, la besé. Te podría decir que fue porque estaba muy borracho, porque me sentía sólo, porque ella se lanzó a mis brazos y no tuve voluntad para pararla, para apartarme. Pero he dicho que no te mentiría. La besé porque ya no te quiero, y en cambio quizás, sólo quizás, a ella sí.

Un plato choca contra mi cabeza, el borde duro contra el cráneo. El mundo se pone oscuro y lleno de puntitos brillantes. Trastabillo. Te oigo coger aire, por un momento preocupada por haberme hecho más daño del que necesitas para reponer tu ego. Pero permanezco en pie, y ese instante de tregua pasa, y vuelves como una carga de caballería, como un tornado con el ruido y la furia que tratan de ocultar el sonido de un corazón rompiéndose.

Y cuando los platos se acaben, las lágrimas se te agoten y te marches de esta casa, la única frase que quedará por decir será "Siempre podemos ser amigos".

lunes, junio 25, 2012

jueves, junio 21, 2012

Vacaciones

A Marcelo Luján. Cuidado con lo que deseas.

- Le juro, Señoría, que me refería a mis vacaciones cuando dije que me iba a coger conchas con la Pija.
- Márchese de Buenos Aires.

lunes, junio 18, 2012

"Tendríamos que haber venido solos"

- Tendríamos que haber venido solos, -dije avergonzado, en ese momento incómodo en que Seguridad del hotel saca a mis amigos, desnudos, del restaurante.
- ¿En serio? – responde ella - ¿A nuestra Luna de Miel?

jueves, junio 14, 2012

Un momento de debilidad

"Rescátame
si me caigo en tus ojos,
y no encuentro la salida.
Huyamos,
que no nos alcance el respeto
ni atrapemos la estabilidad.
Perdóname,
si no sé decir las cosas
si no sé hacer las cosas
si no sé,
sencillamente, ni ser"

- ¿Qué te tengo dicho de hacer poesía?- me dice el Extraño, leyéndome por encima del hombro mientras escribo.
- Ya, ya - replico, arrancando la hoja de cuaderno, y arrojándola, hecha una bola, a la papelera de la esquina.

lunes, junio 11, 2012

"¿Y si te rompo la cara?" (I)

- ¡Es usted un payaso!
Él calló. No podía hacer otra cosa.
- Pa-ya-so.
Repitió, lentamente, su agresor. Lo odiaba, lo odiaba con una furia que le quemaba por dentro, que le latía como magma en las sienes. Pero no dejó que ello le afectara. Mantuvo su expresión. Continuó con su trabajo.
- Buuuuh. ¡Gilipollas! ¡Caracandao! ¡Destiñerrubias!
No se indignó. No replicó. Absorbió le golpe en su ego con la entereza del boxeador.
- ¿Y si te rompo la cara?
No, por favor, pensó. La cara no. Es mi trabajo, mi afición, mi vida. Pero aunque el miedo lo atenazara, la ira lo cegase y el dolor lo agrietase por dentro, su expresión no cambió  lo más mínimo.
- Está bien, lo reconozco. Ha demostrado ser apto. Bienvenido al Colegio de Mimo de Madrid.

jueves, junio 07, 2012

De medio cuento

- Cuentacuentos.
El dedo de Tara empuja mi frente. Recibe un gruñido como respuesta.
- Cuentacuentos, ¿qué te pasa?
- Déjame tranquilo, Tara.
- El Cuentacuentos está triste por su princesa, un suspiro se escapa de sus labios de fresa.
- Menta otra vez a Rubén Darío en mi presencia y tendremos un altercado.

Tara me empuja hasta hacerse un hueco en el mismo sofá en el que yazco con desgana. Se tumba a mi lado, sonriente. El espacio personal, para ella, debe ser algo que necesitan los que no se duchan con la frecuencia que deberían.
- ¿Pero tengo razón?
- No.
- ¿No estás triste?
- No estoy triste por ninguna princesa.
- Claro. Porque no es una princesa. Es la hija pequeña de un Rey, y eso lo cambia todo. ¿Hace cuánto no la ves?
- Dos años. Dos largos y jodidos años, Tara.
- ¿Y por qué no vas a buscarla?
- No funciona así.
- Pues debería.

Pues debería, dice. Como si con ella las cosas funcionaran como deberían. Me revuelvo en el sofá intentando separarme lo bastante como para que vea que estoy molesto mientras le clavo una mirada significativa, pero todo se queda en un intento. Cada movimiento en busca de espacio tiene como contrapartida una jugada suya recortando esa misma distancia. Para mí, es imposible discutir con Tara. Siempre que me termina por frustrar y me dan ganas de gritarle, me sonríe y me ignora, achuchándose a mí hasta que se me pasa el enfado. Es una mujer increíblemente felina, en el sentido que consigue salirse siempre con la suya, y a pesar de todo terminas creyendo que ella es tu mascota y no al revés.

- No estés triste... - y entonces, con el tono que se emplearía para gritar 'Eureka' desde una bañera, dice - ¡Cuéntame un cuento! Eso siempre te anima...
- No, Tara. Eso siempre te anima a ti.
- Pues prueba. A lo mejor ayuda.
- Mmmh... veamos. "Una vez, un Viajero llegó a un reino lejano, y vio que era el sitio más miserable en el que jamás había estado..."
- Ése ya me lo has contado. Otro.
- Ehm... "Cuando el Rey de Badar, satisfecho por haberse librado de la bruja, le ofreció la mano de su hija al Viajero..."
- Ése también me lo sé. ¡Cuéntame uno nuevo!
- "Landelón y yo nos estábamos bañando tranquilamente en las charcas de Ishashi, cuando por el rabillo del ojo vimos como desde la orilla se nos acercaba un porcodrilo..."

Ah, éste no se lo sabe. Genial. Por lo que a mi experiencia como Cuentacuentos respecta, existen dos clases de niño, público, y mujer: las que yo llamo chicas de medio cuento, y las chicas de cuento y medio. Las primeras, como mi sobrina Helena, se suben la sábana hasta las mejillas y te piden un cuento, del que escuchan más o menos la mitad antes de quedarse dormidas plácidamente.

Las segundas, las peores, se aprietan contra tí y te piden un cuento para dormir tranquilas. Pero cuando a la mitad te detienes, creyéndolas dormidas, con ojos cerrados y voz que gotea sueño te dicen "Te estoy escuchando... sigue". Y no es hasta que has terminado cuando murmuran "Qué bonito... cuéntame otro". Éste segundo sí que no lo terminan. Pero ya les has contado un cuento entero, obligándote a pensar, a buscar y a leer, a escribir y a prepararte para su siguiente visita.

Siempre tienes que ir un cuento por delante de sus pesadillas.

lunes, junio 04, 2012

"Me temo que es inevitable: se le va a caer la cara"

- Me temo que es inevitable: se le va a caer la cara.
- Pero cómo, la cara. ¿De vergüenza, dice?
- No, no, caballero: se le va a caer la cara, genuina, literalmente. Al suelo, dejando el cráneo al descubierto.
- ¡Pero cómo va a caérseme la cara! ¿No ve que no dice más que tonterías?
- Me perdonará, pero aquí el médico soy yo.
- No, si eso no lo dudo, pero…
- Pero nada. Se lo digo para que así vaya tomando las medidas que crea oportunas, como comprarse otra.
- ¿Comprarme otra? ¡Qué dice!
- Huy, no crea, todo el mundo lo hace últimamente. ¿Usted cree que Brad Pitt nació con ese rostro? ¿O Robbie Williams? ¿O Scarlet Johansson?
- Así que es posible, ¿no? La cara…
- Como oye. Las mejores las venden en Timor Oriental. Es una cirugía altamente especializada…
- ¿Timor Oriental?
- Sí. Timor Oriental
- Suena a país lejano.
- Lo es. Pero debería darse prisa. No sé cuánto tiempo le queda.
- Muchas… muchas gracias, doctor. Me marcho ahora mismo para allá. ¡Hasta luego!
- Con Dios… Y esto, hijo de puta, te enseñará a acostarte con mi mujer.

jueves, mayo 31, 2012

Con la cabeza en las nubes de algodón de azúcar

Para evitar apariciones nocturnas de mi obsesión, llevo tres días durmiendo en el sofá. Tres, y con hoy serán cuatro. La espalda me cruje como si en lugar de vértebras tuviera corn flakes, y bajo los ojos se me están formando unas bolsas muy poco estéticas. Es sábado, y estoy intentando dormir un rato más antes de la comida mientras el Extraño, aparentemente, reordena todos los objetos de la casa mientras, de fondo, escucha Amaral. ¡Amaral! Es como si quisiera matarme de sobredosis de azúcar. Conforme va y viene por la casa, va tarareando los estribillos. Con un sonrisa en los labios.

Cómo hablar, 
si cada parte 
de mi mente es tuya
y si no encuentro
la palabra exacta
cómo hablar...

Recoge la tabla de planchar del salón, la esconde en el hueco que queda detrás de la puerta del baño.

Te necesito
como a la luz del sol
en este invierno frío
pa' darme tu calor

Vacía el lavavajillas. Pone una cazuela con agua a calentar. Creo que me estoy volviendo diabético.

Haces que se vaya mi melancolía
me devuelves de nuevo la vida

Pasa un paño a la mesa del salón. No lo soporto más.
- Extraño.
- ¡Dime!
- ¿Por fin entiendes el significado de las canciones de amor?
- No. Siempre me ha gustado Amaral.

Y continúa limpiando, silbando las estrofas que no se sabe y tarareando las que sí. Bastardo mentiroso, pienso. Siempre te ha gustado Amaral, pero nunca me ha impedido dormir. Hasta hoy.

lunes, mayo 28, 2012

"Ten cuidado. Estoy muy cerca"

Entró apresurado en el despacho, con la mano sudorosa sosteniendo el sobre como si contuviera su vida. Y, de alguna forma, así era. Notó como el sudor se acumulaba sobre su ceja mientras, con el corazón desbocado, sacaba las fotografías del envoltorio.

Y allí salía él. Nítido, evidente, en todas ellas. Ella era la que cambiaba de pose en cada foto, desde inocentemente sentada a su lado, hasta arrodillada frente a él con su miembro en la boca. Detrás de la última foto había un papel, escrito en rotulador negro con la letra de su mujer.

“Ten cuidado. Estoy muy cerca”

Notó el frío del cañón en su nuca.

domingo, mayo 27, 2012

Esa misma noche

¿Alguna vez os habéis encontrado con ese momento incómodo de la madrugada en el que descubrís que no estáis solos en la cama, aunque creíais estarlo?

Disfrutaba de un plácido sueño cuando el fantasma de la hija pequeña del Rey de Badar se materializó entre mis sábanas, arrimando su cuerpecillo desnudo a mí.
- ¿Los oyes? - me susurró, con un tono de lo más juguetón.
- No. ¿A quiénes?
- Son el Extraño y su Pareja. Lo están ha-cien-do - canturrea, como si fuera una niña de doce años. Me pone de los nervios que use ese tono, pero al aguzar el oído, ahí están: el crujir del colchón bajo un  movimiento rítmico, y esos gemidos que ella trata de reprimir.
- Dales un poco de intimidad, pequeña.
- No quiero. Quiero que compitamos con ellos. Quiero que me cojas y me hagas el amor apasionadamente, como me lo hiciste la primera vez, y la segunda, y...
- Y ya basta.  Fuiste tú la que te marchaste la última vez que fui a por ti.
- Fuiste tú el que no viniste a por mí.

Lo que me faltaba por oír. La sonrisa de mi cara se vuelve una mueca sarcástica.

- Y una mierda, pequeña. Yo he ido siempre, una y otra vez, a Badar, a por ti. He viajado en avión, en barco, en tren, para verte. Me he escondido de partidas de caza kurganís, me he escapado de hospitales de Ishashi, he acudido a conciertos de ópera, me he sumergido en pozos de Dexlar, he dibujado relojes de arena por todas partes. Siempre te he perseguido, pequeña. ¿Y tú qué has hecho?
- Esperarte. ¿No es eso lo que las princesas hacen? Esperan, esperan, y esperan, subidas a su balcón, mirando lánguidas al horizonte, esperando ser rescatadas. ¿No es eso lo que te gusta de las mujeres? Que todas esperamos que nos salves, aunque sea de nosotras mismas. Y tu estás siempre ahí, tratando de ayudarnos, de animarnos. De hacernos sentir queridas, que extirparnos los complejos, de sacar a la princesa que tú crees que todas llevamos dentro. Pero, ah, no puedes, no puedes, porque eres un Cuentacuentos infantil y tonto, y nada de lo que dices es tomado en serio, porque alguien que dice tantas cosas, ¿cómo va a decir alguna verdad?.

No me cabe su mirada en los ojos. Tengo que apartar la cabeza, y deseo con todas mis fuerzas alejar su cuerpo del mío, pero aun con todo, la idea se me hace insoportable. No es que tenga una mujer atravesada en la garganta, es que la tengo clavada con la precisión de un cirujano en un ventrículo. Si me la quito del corazón, me desangraré hasta la muerte.

- ¿Te acuerdas de nuestra primera vez? ¿Cuántos años hace de eso?
- Yo tenía veinte años, mi pequeña. Y tú, diecisiete.
- Era joven, e impresionable.
- Eras joven.
- Y me enamoré de ti, oh, cómo me enamoré. ¿Cómo no hacerlo? Seguías al Viajero, le acompañabas en sus estrambóticas aventuras. ¡Qué interesante me parecías!
- Pero te has hecho mayor, y ahora mis historias son cuentos para niñas, ¿cierto?. Para, ¿cómo dijiste?, jóvenes impresionables. Claro. Te has vuelto muy madura de repente, tú. Oh, la gran humanitaria, la hija pequeña de un Rey que no puede amar a un Cuentacuentos. Sin futuro, sin responsabilidad, sin destino, sin nada en la vida salvo una vida acomodada mientras siga en casa, o un futuro incierto junto a la poetambre del Siglo XXI.
- Nunca harás de mí una princesa, Cuentacuentos.
- Nunca me enamoré de una. ¿Tan difícil te parece entenderlo?
- Hasta hoy, jamás me habías hablado así.
- Sigo sin hacerlo, porque ahora mismo eres un sueño, y en cualquier momento despertaré solo en la cama, con la sábana arrugada empapado en sudor frío. El Extraño duerme hoy fuera de casa. Eso que oímos cuando nos callamos son los ruidos de mi propia mente en el cuarto vecino. Márchate, pequeña, márchate y no vuelvas si no es en carne y hueso. No vengas sólo para joderme la mente y el sueño.

Me vuelve a mirar, y se ríe, la hija de puta, con esa carcajada limpia y pura que me desarma. Me besa en los labios.
- Eres mío, tonto. Pelea lo que quieras, siempre serás mío.

Es entonces cuando despierto tal y como predije: desnudo, solo, con la sábana arrugada y empapado en sudor frío. No se oye un sonido en el piso. El Extraño no ha vuelto a dormir a casa. Quizás sea la única buena señal de la noche.

jueves, mayo 24, 2012

"La cabeza del taxista"

La cabeza del taxista descansaba en el cubo de la basura, cubriéndose de desperdicios entre el ir y el venir de los pinches de cocina. Al otro de la puerta de servicio, la joven promesa de la cocina vasca volvía a sorprender con sus pintxos de novedosos sabor.

jueves, mayo 17, 2012

Una mentira más

- ¿Cómo se le da a una mujer una cita que no olvide jamás?

Al final deja de sorprenderte que las preguntas del Extraño te sorprendan. Supongo que viene aparejado al hecho de que, para ser un ser completamente racional, no parece seguir ninguna otra lógica que la que él cree evidente.

- ¿Por qué me lo preguntas a mí? Creía que, después de lo del otro día, Landelón o el Clasificado serían personas de mayor autoridad en estos temas.
- Landelón sería válido si sus conquistas pudieran recordarle sin apenarse.
- No siempre es así.
- En una proporción elevada de casos, el Viajero termina por hacerlas llorar, Dídac. No es capaz de reconocer que los sueños que las hace vivir son situaciones de las que ellas no quieren despertarse.
- ¿No es lo que tú quieres?
- Yo quiero que cada vez que piense en esa noche, quiera volver a pasarla conmigo.
- Hum... ¿Y qué hay del Clasificado?
- No tengo las instalaciones necesarias para ejectuar sus operaciones. 
Tiene razón. Todos conocemos nuestras limitaciones, o deberíamos. Landelón tiene encanto pícaro, yo siempre tengo una historia a mano, y el Clasificado tiene, digamos, buena planta.
 - Hasta donde soy capaz de conocerlas, las mujeres quieren sentirse únicas. Viven sumergidas en inseguridad y quieren que alguien las separe del mundo. Así es como le das a una mujer una cita que no olvide jamás. Separándola del mundo.
- ¿Separar como hacerla destacar o separar como llevarla a otra parte? Desambigua, por favor.
- La ambigüedad no era fortuita. Vas por buen camino. El resto, es asunto tuyo.

El Extraño sale de la habitación murmurando y agitando la cabeza. Me quedo con la sensación de que esperaba que le repitiera un tópico. Ya sabéis, flores, champán, un sitio lujoso con un violinista que toque los cojones y no permita una conversación fluida. Tópicos, joder. No hay que caer en los tópicos.

Tenhime se enamoró de mí porque le supe regalar tres flores. No es el qué, es el cómo. Es todo lo que tiene que entender el Extraño.

Esa noche, el Extraño arrastra a su cita por varios tramos de escaleras más allá del último piso al que el ascensor puede llegar. Ella tuerce la boca con desagrado cuando él la lleva por el estrecho pasillo de mantenimiento, sugiriéndole que se mantenga apartada de los cables si no quiere llenarse el vestido de polvo. El Extraño encoge su considerable estatura para caber en un claustrofóbico montacargas de paredes de poliespán y le susurra al oído.
- Ya casi estamos.
Ella no alberga ya muchas esperanzas. Piensa en ese mensaje que ya tiene escrito y que para enviarlo sólo tiene que apretar un botón. Un mensaje que hará que una amiga la llame fingiendo una emergencia y le dará una excusa para abandonar esta horrible cita.

El pasillo se retuerce una vez más en un tramo de escaleras, el último, promete él. Y al fondo, una puerta oscura a través de la cual se filtra una canción que ella no conoce. Le da la sensación de que está en italiano.

Y cuando la cruza,  tiene que detener el impulso de cubrirse el rostro ante el resplandor de las luces. Toda la ciudad parece estar a sus pies, salvo aquellos edificios que le ganan altura a la fachada y arrojan sus luces artificiales sobre ella. Más allá, sólo queda Madrid iluminada. La luna arroja un tenue brillo plateado sobre las farolas, los únicos puntos de color sobre un mar negro y, por un segundo, la ciudad parece en paz.

La azotea está cubierta de polvo, y aquí y allá se puede aún ver un calcetín, una pelota de golf, una percha. Pero en una esquina alguien había colocado una mesita con un mantel de encaje blanco, sobre la que descansaban dos cubiertos y una fuente cubierta. Dos velas solitarias iluminaban el pequeño oasis de la azotea, tratando de hacerse valer por encima de los fluorescentes y los rótulos publicitarios. Bajo la mesa, la voz de Gianna Nannini se escapa de un pequeño reproductor, cantando su Meravigliosa Creatura justo en el momento en que ella se gira hacia él.

El Extraño la observa con atención. No sabe si ha logrado preparar una escena lo bastante romántica como para enternecerla, y lo bastante original para separarla del resto del mundo. Ella le contempla sin decir nada, con las luces de todo Madrid reflejándose en sus pupilas.

No sabe qué hacer. Así que extiende sus brazos, lo bastante largos para rodearla entera, pidiendo mudo un abrazo. Y cuando ella lentamente, entre el shock y la duda, ocupa el hueco entre sus brazos, él comienza a bailar. Ella hunde su rostro en su esternon, y se aferra a la cintura del Extraño con los brazos. Despacito, casi arrastrando los pies, para no pisarla, para no hacerle daño, se balancea girando sobre sí mismo, envolviendo a su acompañante con su cuerpo, con la noche sin estrellas de Madrid, con los sembrados de luces que rodean la azotea.
 - ¿Te acuerdas que te dije que no me gustaban los gestos caballerescos?
- Sí.
- Quizás exageraba un poco.

Quizás yo exageraba un poco, también, cuando decía que nunca haría nada como esto por nadie, piensa el Extraño. Quizás, en el fondo, lo que nos digamos a nosotros mismos no sea sino una mentira más.

jueves, mayo 10, 2012

Pifias en seducción: epílogo

- Ahora en serio, Clasificado, ¿alguna vez has tenido alguna relación que se pueda definir como estable?

La pregunta del Extraño llega al filo de la mañana, cuando los bares han cerrado hace horas y hemos movido nuestra conversación a los sofás de mi salón (nuestro salón, me obliga a puntualizar el Extraño). Ya no hay botellas de cerveza vacías en la mesa, sólo una botella a medio acabar de cocacola a la que ya no le queda gas. Tampoco quedan muchas confesiones sobre la mesa: no porque lo hayamos confesado todo, sino porque hemos cerrado casi todos la puerta a nuestra sinceridad y creemos que ya se nos ha escapado suficiente por el momento.

Pero ahí está el Extraño quien, fiel a su espíritu de jugador, no abandona la partida antes del turno cuatro. Aunque el juego dure sólo cuatro turnos.

- Hubo una.
- ¿Y cómo fue aquella historia?
- Difícil.

Tras un momento de expectación, es el gesto de mi mano pidiendo que continúe lo que hace que el Clasificado deje la parquedad de lado.
- Al principio fueron todo risas y alegría. Ya sabéis.
- Sabemos.
- Y de repente un día no fue lo mismo. Y me marché. 
- ¿Y?
- No hay más que contar.
- ¿Y esa chica tiene nombre?
- Sí.

Ha dicho poco, pero ha dicho lo suficiente. En mi cabeza, la historia tiene sentido, y mi imaginación rellena los huecos, como mortero deslizándose entre ladrillos. Supongo que mi mente meterá más amaneceres románticos y menos sexo sudoroso en la ecuación, pero la imagen sigue allí.

El Clasificado, enamorado, abraza a una jovencita con aire de princesa, que lo mira desde abajo con los ojos llenos de admiración. Pero el tiempo pasa, y, ¡ay! que difícil es mantener la pasión viva. Cómo hemos llegado hasta aquí, dice ella mientras el amor se le escapa por las grietas en la voz, cómo, cuando creía que te conocía tan bien. Él no responde. Mira al suelo, aguantando el peso de la culpa en un silencio que quizás sólo él en el mundo sabe mantener. ¿Qué clase de hombre eres?, le espeta de repente ella arrojándole lo primero que tiene a mano, si es que eres un hombre en absoluto. Y él le devuelve entonces la mirada sin saber qué decir, o aun sabiéndolo, no encontrando las palabras para hacerlo. No abre la boca. Ni siquiera lo intenta. Se levanta, recoge la capa plateada que le convierte en el hombre que él sabe que es, y sale por la puerta.

El sonido de la puerta cerrándose hace más ruido que todas las vajillas del mundo rompiéndose al mismo tiempo.

El Extraño se ha quedado dormido. El Clasificado sigue sentado el sofá, con la vista perdida más allá de los muros del salón. Una frase sale de sus labios.

- Supongo que al final, siempre es más fácil estar con una persona que te quiera más a ti de lo que tú la quieres a ella.

 Y no sé si se refiere a aquella chica, o a todas las que la han seguido.

jueves, mayo 03, 2012

Internet/1

Acabo de descubrir que tengo una bomba de relojería debajo de la mesa. Si pudiera, trataría de desactivarla, pero acabo de descubrir que tengo una mina de presión bajo el culo.

domingo, abril 29, 2012

Pifias en seducción (y III)

- Y entonces - nos comenta el Clasificado, inclinándose sobre las botellas de cerveza vacías que formaban la pequeña muralla que le separaba del Extraño y de mí - se me acercó lidinibo... libini... de forma seductora, y me susurró en la oreja...

"¿Sabes? Estoy desnuda debajo de mi ropa"

Estallamos en carcajadas. Quizás más sonoramente de lo que debíamos, dada la calidad de la anécdota, pero una vez más la muralla de cervezas dejaba claro en qué punto de la noche nos encontrábamos. Secándose el rabillo del ojo izquierdo con el dedo, el Clasificado se recompuso.

- Pobre chica. No tuve corazón para explicarle que yo también.

Hubo un segundo de silencio donde la mirada del Extraño hacía la pregunta que se formulaba en mi mente. El Clasificado no tuvo que oírla para contestarla.

- Pero me la tiré de todos modos.

jueves, abril 26, 2012

Pifias en Seducción (II)

- Y te besó.
- Y nos besamos.
- ¡Hurra! - brindamos, por encima de la mesa, el Clasificado y yo, rugiendo como dioses nórdicos de vuelta de una gran batalla, o mejor aún, de dondequiera que se acuesten las valquirias.
- ¿Pasó algo más?
- Soy un caballero y no hablo de esas cosas.
- Claro, y yo soy el rey de Timor Oriental.
- No te inventes países, Cuentacuentos - interviene el Clasificado, antes de terminar su cerveza.
- Te toca. - dice el Extraño, inclinando su botella lo suficiente como para que resulte evidente que me está señalando a mí.- Cuéntanos alguna historia con mujeres.
- Sobre seducirlas, o algo.
-Bien, cuando conocí a Tenhime...
- No, no, no. Todos nos conocemos ya la historia de Tenhime y las tres flores. Queremos otra cosa.
- Algo sobre la hermana de la Princesa Ysabell.

Tengo la sensación de estar acorralado. Llevamos cuatro cervezas, la noche es cálida y no me quiero ir a casa, así que tengo que hablar.

"No os pienso contar cómo conseguí quitarle el gesto de fastidio de la cara la noche del baile, pero sí os contaré que cuando tuvimos nuestro pequeño momento de intimidad, en el balcón, mirando al infinito, no recuerdo a cuento de qué, le dije:
- Nadie tiene todo lo que quiere. No se puede tener todo en esta vida. Mírame a mí, por ejemplo. Yo siempre quise ser bajito, guapo y divertido. Y, bueno, dos de tres no está mal.

Ella, supongo, respondió lo primero que se le pasó por la cabeza.
- ¿Bajito?"

miércoles, abril 18, 2012

Pifias en Seducción (I)

- Espera, espera, ¿qué le dijiste, exactamente?
- "Si ahora mismo me acercara a ti y te besara, ¿qué posibilidades habría de que no te apartaras?"

Ya hay tres botellines vacíos sobre la mesa, y cada uno calienta en su mano el segundo de la noche. El Clasificado es el que rompe el momento de reflexión.
- ¿Y funcionó?
- Veréis, yo había previsto una serie de escenarios. Si ella se hubiera ofendido, yo me hubiera encogido de hombros y...
- Sh sh sh sh, Extraño. No te está preguntando eso.
- ¿Funcionó? - repite el Clasificado.
- Para ello habría que definir exactamente a qué te refieres con "funcionar". Si por funcionar te refieres a un contacto físico que pudiera o hubiera podido ser un prólogo a un coi...
- Extraño, por Dios, si terminas esa palabra me encargaré de que Helena entre en tu cuarto la próxima vez que venga a casa.
- Tú sobrina no me da miedo.
- Acompañada de Tara.
- Tara sí me da miedo. ¿Te crees que estuvo hojeando mis monografías? ¡No se hojea una monografía!
- No des rodeos. Nosotros queremos saberlo, y tú quieres contarlo. Así que contesta al Clasificado.
Éste asiente, mientras eleva el culo de su segundo botellín hasta vaciarlo.
- No hace la pregunta adecuada.- refunfuña.
- Santo Cthulhu... - maldigo por lo bajo.
- Entonces cambiaré mi pregunta.

Hay un duelo épico de miradas chispeantes y rayos de energía, que yo me pierdo porque estoy terminándome el botellín mientras trato de llamar la atención de una camarera de culo prieto para pedirle otra ronda. Repentinamente el Extraño abre los ojos, y puedo ver su "¡No!" silencioso brillar en ellos.
- Ante la pregunta que siguió a "si ahora mismo me acercara a ti y te besara" ¿qué respondió ella?
- ¿Literalmente? "Cállate, tonto".

miércoles, abril 04, 2012

Cremalleras

Me gustan las cremalleras. Es un hecho poco conocido, pero no por ello menos cierto. 

Me gustan las cremalleras porque cuando deslizas el cierre y se abren suavemente me embarga una extraña sensación de victoria. Porque abrir una muy despacio, acompasando mi respiración, me ayuda a relajarme en días de estrés. Porque se abren como párpados perezosos para mostrar el tesoro que hasta hace un instante ocultaban al mundo. 

Me gustan las cremalleras porque son una de esas cosas pequeñas de la vida que hacen su trabajo sin esperar reconocimiento por tu parte. A ellas no les importa que no les agradezcas la tensión que sufren, puesto que siempre tendrán la satisfacción del deber cumplido. 

Me gustan las cremalleras. Especialmente la que recorre tu vestido, por la espalda, de arriba abajo .

domingo, abril 01, 2012

Recurrencias

Las yemas de sus dedos recorren mi espalda, rozando la piel en aquellas partes en que la metralla y los cristales rotos han hecho jirones mi camisa. Me mira directamente a los ojos con aquellos pozos azules a los que nunca he sabido resistirme.
- ¿Será siempre así? - le pregunto. Mi corazón parece tener la mitad de tamaño, y quizás por estar tan comprimido tiene que latir tan rápido.
- Existe otra manera. Basta con que me dejes marchar.
- Antes muerto.
- También existe esa vía.

Mis brazos la atraen más hacia mí, las manos en sus costados. Su cuerpecillo pequeño y delgado, como el de una bailarina, parece querer estrellarse contra mis huesos como un galeón contra un acantilado. El viento caliente revuelve sus cabellos, arrojándolos contra sus labios. La ceniza hace enrojecer los ojos, los llena de lágrimas. ¿O existe otra razón?
- Lo arruinarás todo, Cuentacuentos. Toda tu vida, toda la mía. ¿Merecerá la pena?
- No sé qué esperas que responda a eso.

Parece encogerse, y respondo a mi instinto de rodear cada centímetro de espacio que ella cede, hasta que todo lo que la rodea es mi abrazo. A nuestro alrededor, como una tela pintada al fondo de un escenario, una ciudad entera ardía. Cadáveres calcinados yacen por todas partes. Los arboles parecen cerillas gigantes, ardientes farolas de fuego. La hija pequeña del Rey de Badar me deposita en los labios la promesa de un beso.
- Que sí, por todos los dioses. Que sí.

Todo Badar arde a nuestro alrededor. El Palacio, los Jardines, el puerto, las calles que dan al mercado. Y mientras la beso, descubro que no me importa.

Abro los ojos mientras inspiro una bocanada de aire entre el suspiro y la desesperación. A mi alrededor no hay nada más que el desorden de mi cuarto y el zumbido persistente del ordenador, que he debido de dejarme encendido. En ningún lado parece haber fuego ni badarienses. Con calma, me pongo en pie mientras normalizo el ritmo al que mi corazón, ya ocupando todo el espacio que debe en mi caja torácica, golpea el interior de mis costillas. Arrastro los pies hasta la cocina, echo un par de hielos a un vaso, y lo lleno con la primera botella que alcanzo del armario donde guardamos los licores.

Me va a costar volver a dormir.

jueves, marzo 29, 2012

La Alubia

Cortesía de El Gran Leonardo, quien me enseñó a reciclar.

-Ayer maté a Venancio.
-¡Rediós!
-No me gustaba como alcalde.

Eran ya las doce de la mañana y Eusebio y Antonio continuaban dialogando cabeza abajo. Tenían los pies apoyados en la pared de la farmacia de Ricardo y las cabezas descansaban en sus respectivas boinas. Llevaban cabeza abajo desde las nueve.

-Me ha crujido una vértebra –se queja Antonio.
-Pues yo no pienso moverme hasta que me des la razón. Una alubia está muerta si no es plantada.
-El alcalde sí que está muerto.

La postura en la que se encuentran tiene su origen en una discusión. Eusebio sostiene que una alubia está muerta si no se planta y Antonio afirma que si la metes bajo tierra revive, lo que demuestra que estaba viva. El caso es que se han puesto boca abajo para tener otros puntos de vista y comprobar quien resiste más con su postura. Ya de niños se pegaron tres días subidos a un árbol para comprobar quien hacía mejor de rama. Llevaban toda la vida compitiendo.

-Buenos días, Pilar –saluda Eusebio.
-Hola, buenos días. Por cierto Eusebio, ¿Qué estás haciendo? ¡Quítate ese cigarro de la boca! ¡Te va a matar!
-Si me das un beso. ¡Maciza!
-¡Siempre estás igual!–protesta Pilar sonriendo por lo bajo mientras se marcha
-¿Has visto como tenemos otros puntos de vista? ¿No te has fijado en sus piernas? –pregunta Eusebio.
-¡Ya lo creo! ¡La Pilar no tiene bragas! Pero la Pilar no tendría bragas aunque no la hubiésemos visto desde esta posición.
-Pero si no es por este nuevo punto de vista pensarías que sí las tiene –se reafirma Eusebio.
-Pero el nuevo punto de vista no cambia nada. Sigue sin llevarlas.
-Sí que cambia.
-¡No!
-¡Sí!

Mientras suenan las campanadas de las dos de la tarde viene la Guardia Civil a interrogarles.
-Buenas tardes. ¿Saben ustedes dónde se encuentra el alcalde?
-Lo maté ayer –contesta Antonio.
-Hizo usted muy bien, no valía para el puesto.
-¿Qué sentencia me impondrán?
-En estos casos es fusilamiento. ¿Cuándo le viene bien?
-Cuando termine la apuesta con Eusebio. Vengan más tarde.
-De acuerdo, que pasen buen día.
-Igualmente.

A sus setenta y cinco años Eusebio se conservaba en plena forma. Era alto y de gran cabeza. La modista le hizo una boina a medida. Tenía los ojos hundidos bajo la poblada ceja y se conservaba delgado y fuerte. Antonio era otra cosa. Tenía setenta y siete años y su cuerpo era una enciclopedia de dolores. De cara redonda y rojos mofletes su barriga le impedía verse los pies.

-Se me ha dormido una pierna –comenta Eusebio.
-Creo que se nos está subiendo la sangre a la cabeza –reflexiona Antonio.
-Entonces seremos más inteligentes.
-No tiene que ver.
-Sí que tiene.
-¡No!
-¡Sí!

En estas estaban cuando se acerca la gente que salía de misa de cinco.
-Buenas tardes –saluda el médico
-Buenas tardes –responde Eusebio. -¿Me puede decir si a más sangre en la cabeza mas inteligencia o, no tiene nada que ver?
-Sí que puedo decirle. Hasta pronto.
-Cuando el médico se decida a decirlo verás como no influye –comenta Antonio.

Cabeza abajo se aprecia mejor el calzado de la gente. Las caras quedan lejos y uno se da cuenta de la importancia del pie. Los pies sujetan todo, incluso las ideas de la cabeza. Demasiada carga. Cabeza abajo se liberan a los pies y la cabeza asume el caminar. Las ideas pasean mejor por la mente al recibir la influencia refleja de los pies.

-Son las siete, empieza a nevar. ¡Ríndete! –desafía Antonio.
-¡Ni hablar!
-No siento nada de los pies al ombligo.
-Eso es lo que debe sentir una alubia, nada –recuerda Eusebio.
-Pero está viva como yo. Solo necesita tierra, energía.
-Cuando te fusilen estarás bajo tierra, como la alubia, a ver qué sientes entonces.
-Mira, viene Don Julio.

Don Julio era el cura. Decía las misas en árabe para que el pueblo aprendiese otro idioma. Trasladó la Iglesia al Puticlub como homenaje a la Magdalena y, desde entonces, se veía a más hombres en misa.

-Buenas noches tengan ustedes. ¡Mira que sois raros! Las nueve y sin ver el fútbol.
-Tenemos una discusión entre manos.

Eusebio le relata el problema de la alubia y Don Julio, después de una larga reflexión, les comenta:

-Un buen plato de pochas sienta de maravilla. ¡Siembren! ¡Siembren alubias! ¡Con Dios!

La respuesta del cura les deja igual. La nieve cubría la ceja de Eusebio que le servía de protección pero Antonio ya la tenía en la nariz.

-Se nos van a congelar las ideas –afirma Antonio.
-Pues voy a pensar en las piernas de la Pilar para que se congele esa imagen. ¿No te parece? ¿Eh? ¡Dime! ¡Antonio! ¡Antonio!

Antonio se ha muerto. Eusebio no puede moverse. Tiene el cuerpo dormido. Pasan las horas. La nieve le tapa la cabeza pero respira. Viene la Guardia Civil.
-Venimos a fusilar a Antonio.
-Se ha muerto ya.
-Entonces nos vamos. Que pase buena madrugada.
-Igualmente.

A la mañana siguiente el sol sube el termómetro a 45 grados. Se derrite la nieve y el cuerpo de Eusebio despierta. Piensa que ha ganado la discusión. A su lado ya no estaba Antonio. Había una planta de alubia en su lugar.

miércoles, marzo 21, 2012

Escenarios

- Si ahora mismo me acercara a ti y te besara, ¿qué posibilidades habría de que no te apartaras?

Supo en ese momento que había lanzado los dados, y casi le pareció oír cómo rodaban por la mesa mientras esperaba su respuesta. En aquellos breves instantes su mente, en el límite inferior de lo que se consideraba un genio, procesó centenares de escenarios en función de docenas de variables que desconocía. Las agrupó estadísticamente en cinco posibles cúmulos de respuestas.

Ella podría indignarse. Era la opción más sencilla según Ockham, y supuso que tomaría una forma como la que sigue:
- ¿Qué? ¡No! ¡Cómo te atreves a preguntarme semejante cosa! ¡Lárgate de aquí! ¡No quiero volver a verte!
Él se encogería de hombros, se levantaría de la cama y se marcharía del piso, deteniéndose lo justo para recuperar sus deportivas del suelo y su abrigo de la silla donde lo había dejado al llegar. En cuanto a la película que habían comenzado a ver juntos, en fin, tendría que averiguar cómo terminaba por su cuenta.

O ella podría quedarse en shock. Había comprobado que la confusión, o la simulación de la misma, es una estrategia que las mujeres empleaban a menudo para evitar situaciones comprometedoras.
- ¿Qué? Pero... esto... cómo... ¿qué clase de pregunta es esa?
Él se encogería de hombros y diría "Sólo lo preguntaba como hipótesis". Desviaría rápidamente su atención a la película y seguiría tumbado en la cama, como si estuviera en su casa y no en la de ella, y como si no hubiera abierto la maldita boca en ningún momento.

Cabía también la posibilidad de que ella respondiera ambiguamente, o como prefieren llamarlo ellas, "indicando que debía ganárselo más", posiblemente junto con una lánguida mirada que podría indicar tanto lascivia como que no era el momento ni el lugar para estar con tonterías.
- No lo sabrás hasta que lo intentes.
El Extraño nunca entendía exactamente por qué él tenía que ganárselo, y ellas no tenían ni siquiera que merecerlo. Así que lo intentaría. Pero otro día. Si consideraba que ella lo merecía.

Otra posibilidad era que ella fuera sincera, y la respuesta fuera similar a:
- No muchas.
Resolvió actuar en este escenario de la misma forma que si ella quedaba en shock y/o fingía confusión. Reprimiendo lágrimas, en el caso de que surgieran.

Consideraba también otra posibilidad.
- Todas.

Su cerebro no había decidido qué hacer en ese posible escenario cuando ella respondió.

miércoles, marzo 14, 2012

Festividades

"Hay un amigo en mí" versionada por los Gispy Kings suena en alguna parte de la casa, pero las esquinas hacen llegar el sonido hasta mi cuarto, donde en ese mismo instante me estaba poniendo la corbata cuidadosamente sobre la camiseta. Me da tiempo a pensar "Oh, mierda" y a aflojarme casualmente el nudo para aparentar que no llevo doce minutos tratando de perfeccionarlo antes de que el Extraño golpee mi puerta con sus nudillos.
- ¿Qué pasa?
- Era ella. Quiere que...

Se detiene, dudando. Me puedo imaginar por qué. Llega un momento en la vida de todo amigo en la que le toca descubrir que, aunque siempre estará ahí, no siempre estará arriba. Supongo que me tendré que acostumbrar a esto, pienso, si la cosa va a mayores. Regla número uno, me repito. No se puede tener todo en esta vida.
- Ve. Anda, ve. Total, ya te habías arreglado.
- Me había puesto corbata para nuestra Noche de la Corbata. Hoy es...
- Sé qué día es hoy. Por eso me parece incluso mejor que lo pases con ella. Además, yo tengo cosas que hacer aquí.
- Podrías venirte con nosotros.
- No me insultes. Reconozco un sujetavelas cuando lo veo.

No es común que el Extraño tenga citas. Salvo en las dos últimas semanas, en las que la chica de estrafalario atuendo no para de buscar excusas para enfrentarse dialécticamente con él. Y cenar fuera. Esta chica está arruinando la economía del Extraño, pero una vez más, no se puede tener todo en esta vida. Me quito la corbata y enciendo el ordenador, con la intención de escribir algo y aparentar que no he desperdiciado una fecha tan señalada.

El Extraño se gira hacia la puerta, pero antes de salir se detiene un momento, y acompañado del gesto de quitarse un invisible sombrero, se despide.
- Feliz día Pi, Cuentacuentos.
- Feliz día Pi, amigo mío.

jueves, marzo 08, 2012

La oportunidad

Catorce versos, me dijiste,
tienes para enamorarme.
La oportunidad existe,
conquístame con tu arte.

Catorce versos son escasos
para hablar de flores y pájaros.
De mariposas, de todas esas cosas
que se dicen borracho de pasión.
Catorce versos son pocos
para mi situación.

Una sola queja más, replicas
y estarás cometiendo un desliz.

Catorce versos son pocos
para hacerte feliz.

jueves, marzo 01, 2012

Consecuentos

El olor a bacon friéndose es algo así como el cantar del gallo en días de resaca. Logra despertarte sin importar cuántas horas de sueño efectivas realmente lleves. En aquél caso habríamos dormido unas cinco o seis horas, pero un buen brunch lleno de cosas con grasa y vitamina B12 cura el mal de amores, la resaca y las enfermedades cardiovasculares. O al menos, dos de tres de las anteriores.
- Gmfrlglgl.
- Yo aún diría más. Frlgfrlgm. - dice el Extraño, con cierto aire alegre, desde el salón.
- ¿Qué haces en mi casa? - logro articular, mientras arrastro lo pies dentro de las zapatillas y consigo llegar al salón, donde me derrumbo en el primer hueco que encuentro en el sofá, densamente poblado.
- Vivo contigo, Dídac.
- ¿Me estás haciendo bacon?.
- A ti no, a mí.- contesta, dejando un plato lleno de tiras de bacon frito y salchichas alemanas de marca blanca en la mesita del salón. - Pero me he hecho mucho, así que si quieres coger, puedes. Ahora me voy a hacer huevos fritos.
- Los míos revueltos, por favor.
- Una vez más, son para mí. Aunque no creo que me coma la media docena.
- Qué cruz de hombre.

Cierro los ojos, pero sólo ayuda a que la negrura de mi cabeza dé vueltas. El latido de mis sienes se hace más intenso, y el sabor a bilis en la parte de atrás de mi garganta me recuerda que ya no soy tan joven como cuando empecé a escribir este blog. El sonido de un móvil vibrando contra la madera martillea mi cabeza antes incluso de que la versión de los Gipsy Kings de "Hay un amigo en mí" comience a sonar por toda la habitación. El Extraño, con su delantal del David de Miguel Ángel aún puesto, recoge su iPhone.
- ¿Sí?... Ah, hola. No, no tengo. Vale, me parece bien. ¿Las doce? Un poco tarde para cenar, ¿no? Eh, pero eso es en cinco minutos. No, estoy en casa ahora. ¿Cómo que si no molestas?

El timbre interrumpe la mitad de la conversación que estamos escuchando. En un parpadeo, el Extraño me dirige una mirada en la que distingo un destello de pánico momentos antes de que, como una exhalación, entre una chica con las medias a cuadros blancos y negros en la habitación.
- ¡Los koalas sí que forman parte del ecosistema! ¡Mira, he encontrado un libro en el que indica que su desaparición dañaría la flora Australiana!
- Como no sea por el crecimiento parasitario del Eucalipto, no veo en qué manera.
- ¿Os importa bajar el tono? Aquí hay alguien de resaca.
- Yo te conozco... ¡tú fuiste el que le entraste ayer a Gloria!

Quiero gruñirle algo ácido, algo que le provoque la misma sensación que una estrella de mar introduciéndose en un determinado orificio corporal, pero el persistente latido de mis sienes hace que "Tu padre" sea lo más inteligente que me veo capaz de articular. Nota mental: pedirle al Extraño que me detenga cuando lleve dos copas de más. Incluso si esas dos resultan ser las dos primeras.
- ¿Qué haces en mi casa? - logro farfullar.
- Vengo a verlo a él.
- Lo que sea, mientras no tenga que escucharte.
- ¿Un poco maleducado, tú, no?
- Dice la que se ha presentado en casa sin invitación.
- Técnicamente - interviene el Extraño, siempre dispuesto a ayudar - la he invitado yo al decir que no molestaba.

La bilis en mi garganta, la sensación de que hay un vertido radioactivo en mi estómago, y meses de deseos de venganza vuelvan en dos palabras que salen de mi boca como una catarata de ácido.
- Le mentiste.