jueves, febrero 23, 2012

Destacamientos (y II)

- Hm... ¿Qué hace un esquimal como tú en un iglú como éste?
- Es lo mejor que se te ha ocurrido, ¿verdad?
- Reconoce que al menos nadie te lo había preguntado jamás.
- Realmente sí, pero no con esas palabras.
- ¿Ah sí? ¿Con cuáles?
- Ehm... "Estudias o trabajas", "Te conozco de algo", "Quieres rollo conmigo"...
- Yo no te he preguntado eso.
- Sí lo has hecho, pero no con esas palabras.
- La interpretación es libre. Los hechos son que lo que yo te he preguntado es qué haces aquí.
- Acompaño a una amiga. Escucho música.
- Libre interpretación de nuevo. Yo escucho ruido. ¿Vamos fuera a hablar?
- ¿A hablar o a discutir?
- Lo que mejor te parezca, realmente. Estoy en condiciones de disfrutar las dos cosas.
- Eres muy raro, tío.
- Extraño es la palabra con la que suelen dirigir a mí.
- Joder, qué frío hace aquí fuera.
- Toma, ponte esto.
- No hace falta.
- Realmente sí. Estas temblando de frío.
- No me gustan los gestos caballerosos.
- ¿No? Creía que a las mujeres os gustaban los gestos de atención.
- Nos gusta que nos presten atención, sí. Pero es sexista.
- ¿Disculpa?
- Me parece súper machista la imagen de la princesita que se deja proteger constantemente.
- No entiendo por qué. Hay hombres que dependen completamente de sus parejas.
- Pero es diferente.
- No lo entiendo.
- Las mujeres hemos estado abajo durante cientos de años.
- Más que abajo, yo diría detrás.
- ¿Detrás?
- Siempre han existido mujeres poderosas. Pero siempre han llevado a cabo sus grandes acciones manipulando a los hombres del primer plano.
- ¿Estás diciendo que somos manipuladoras?
- ¿Estás diciendo que no lo sois?
- No. No todas. Bueno, algunas.
- O sea, que algunas no lo son. ¿Más, o menos del cinco por ciento?
- ¡Yo qué sé!
- Una lástima. Parecías tan segura...
- Eres un capullo.
- No entiendo por qué.
- ¡Si os manipulamos es porque os dejáis manipular!
- Eso sería como decir que los que abusan lo hacen porque los demás se dejan abusar.
- ¡Es distinto!
- No veo en qué.
- En que... oh, a la mierda, me voy dentro.
- ¿Ya sin argumentos?
- No, pero... ¡paso de perder el tiempo contigo!
- ¿Perderlo? ¡Si yo me lo estaba pasando de miedo!
-...
- Ey, Extraño, ¿qué tal con la amiga de Gloria?
- Creo que no nos entendemos. La he invitado a discutir, y cuando hemos discutido se ha enfadado y se ha ido dentro.
- No te esfuerces mucho. Nadie las entiende.
- Creo que ha conseguido su objetivo. Creo que voy a entrar a disculparme.
- ¿Disculparte por qué?
- Tampoco estoy seguro de por qué.

martes, febrero 14, 2012

Destacamientos (I)

Papagallos. Destacábamos como papagallos en una bandada de cuervos, pero al menos nosotros teníamos la decencia de reconocerlo.

Landelón y su camiseta de los Ramones era quizás el que más disimulado iba, aunque el pañuelo amarillo estropeaba el conjunto. Tanto Yanroud como el Extraño y yo habíamos cogido aquella pieza de nuestro armario que más podría mimetizarnos en el ambiente, pero por lo visto aquellas prendas de Queen o Iron Maiden que tan rockeras nos parecían hace años se quedaron obsoletas tiempo atrás. El Clasificado no había hecho ni el esfuerzo. Sin hombreras ni capa, pero por una camisa de manga larga y cierto aire marcial, destacaba vivamente en medio del aquella manada monocromática de fans del Heavy Metal, el Death Metal, y todos los Algo Metal que pudieras imaginarte, que se sacudían violentamente en aquel oscuro tugurio en el que habíamos acabado casi por casualidad.

La metáfora de papagallos y cuervos iba más allá del color. Parecíamos ser los únicos que queríamos hablar entre graznidos, y el elevadísimo volumen de la música evitaba cualquier intento ya no de oír cualquier comentario, sino de decir algo en voz alta sin tener que desgañitarte como un bárbaro Kurganí a la carga por las llanuras badarienses.

Pero, insisto, nosotros al menos reconocíamos que no encajábamos en aquel lugar.

La culpa de todo la tenía Tara, jovencísima Tara, locuela Tara, de piel que más que morena era tostada vuelta y vuelta, de ojos oscuros y ligeramente rasgados, y aquella melena negra como el fin de los tiempos, siempre sujeta en elegantes coletas y trenzas. Tara había insistido en sacarme por los bares de Madrid para celebrar mi regreso. Silvia también lo había prometido, pero a la hora de la verdad, sólo Tara apareció en mi puerta. Eso sí, disfrazada de princesa de las tinieblas, con más rejilla y encaje del que un hombre soltero podría resistir.

No le llevó mucho convencernos para acudir a sus lugares favoritos, donde, evidentemente, un grupo tan pintoresco como el nuestro contrastaba tanto como un vegano en una barbacoa argentina. Fue en ese momento en el que descubrí que este hecho producía el efecto contrario al que generalmente provoca: nuestra colorida compañía no atraía ninguna mirada.

- ¿Son ciegos al color?- preguntó, casi con curiosidad científica, el Clasificado.
- No, no creo. Yo creo que es más bien que nos ven como extranjeros en lo que consideran su lugar sagrado. - interviene Yanroud con tono distraído, sus ojos sobre Tara, que bailaba enloquecida, ajena a nuestro desconcierto - Es como si no formáramos parte de la tribu, y por lo tanto, del mundo. Lo he visto alguna vez entre los aborígenes de Maan.
- Ssh. Mirad. - señaló discreto el Extraño.

Y así llegamos al punto que me ha traído aquí. Para mi sorpresa, en el local hay otra excepción a las aspirantes a vampiro, las chupas de cuero y las camisetas de grupos cuyos nombres no reconozco. Una mirada rápida es intercambiada entre los miembros de la bandada de papagallos. Yanroud da un paso atrás con calma, volviendo a su poco discreta admiración de Tara. El Clasificado agita la cabeza. Landelón, sorprendentemente, también niega con la cabeza mientras su vista de depredador nocturno busca otra acólita de la oscuridad a la que seducir.
- Quedamos tú y yo, Extraño.
- Me quedo con la amiga.
- ¿Seguro?
- Lleva una camiseta de Piedra, Papel, Tijera, Lagarto, Spock. Es una señal.

No se puede negar una señal cuando se ve, pienso, mientras nos abrimos paso entre armarios empotrados envueltos en cuero y cadenas hasta la posición en la barra donde la otra excepción de local trata, infructuosamente, de encargar algo de beber.

Viéndolo en retrospectiva, yo encontré precisamente lo que esperaba. Pero el Extraño no tenía ni la menor idea de dónde se estaba metiendo.

jueves, febrero 09, 2012

Complementerios

La única persona que contactó conmigo mientras estaba en Suebia no fue, sorprendentemente, el Viajero. Ni Silvia. Ni, por supuesto, la hija pequeña del Rey de Badar. De hecho, tanto la persona como la ocasión de la visita fue completamente inesperada.

Fue aquella magnífica noche de verano en el balcón del palacio de Suebia. El Rey apostaba siempre un guardia en mi puerta para que ninguna de sus mujeres tratara de visitarme por la noche, así que me dedicaba a apoyarme en la barandilla y mirar el cielo nocturno. Y cuando eso me aburría, a escribir tirado en la tumbona que el Rey había mandado instalar allí para mí.

- Ayer maté a Hulián.
- ¡Rediós!
- No me gustaba como amante.

Reconozco que aquella breve conversación levantó cierta sensación de déjà vu en mi interior, como si ya hubiera visto, oído o, más posiblemente, leído algo similar, posiblemente de alguien con más talento que yo. Por otra parte, no era momento de ponerse quisquilloso cuando, estando yo apoyado en la barandilla del balcón, escuché la confesión de Fátima a apenas diez centímetros de mi oreja.
- ¿Qué haces aquí?
- Te lo acabo de decir. He matado a Hulián.
- Eso no es nuevo en ti, Fátima.
- ¿No me vas a preguntar por qué?

A lo largo de mis años de vida he aprendido dos cosas: que Fátima mata con la misma ligereza que da los buenos días, y que nunca se tienen demasiados años de vida. Por lo tanto, cada vez que la miro lo hago casi a hurtadillas, con temor a que aquel cuerpo, flexible como un junco, me ejecute en un movimiento tan elegante que casi parecería que lo ha hecho sin pretenderlo. He visto a Fátima matar a alguien mientras se tomaba el té. Literalmente, mientras levantaba la taza para apoyarla en aquellos labios, mientras el líquido descendía por su garganta. No existen momento de intimidad con ella. Y si existen, se esconden aterrorizados entre los largos segundos en los que sabes que está valorando si tienes el suficiente valor añadido en su vida como para conservar la tuya. Decidí crear valor añadido.
- ¿Por qué, Fátima?
- No sé por qué tiendes a repetir mi nombre al final de cada frase. Aquí estamos solos tú y yo.
- Y el guardia frente a mi pue... ya, claro, cómo no. A ver cómo se lo explico mañana al Rey. - dejo escapar un largo suspiro, para que sepa que ya me tiene encerrado en su conversación - ¿Por qué, Fátima?
- Se acostaba con otra. Al parecer no se lo dejé lo bastante claro. Aunque me lo esperaba en él. Cuerpo duro, mente blanda. Dominante en la cama, de ego grande pero necesitado de constante autoreafirmación. Hay muchos así en el mundo.

Dirigí mi vista al cielo de Suebia, con la esperanza de encontrar otra cosa que mirar que no fueran las caderas de Fátima. El cielo de Suebia, por su parte, se burlaba ofreciéndome un mar de negrura y pocas respuestas. En ocasiones me canso de esto, de esta eterna guerra de sexos donde el mío tiene las de perder y el otro no reconoce que tiene las de ganar. Me canso de tratar de explicar una y otra vez las mismas ideas, de ver una y otra vez las mismas reacciones, las mismas batallas. Entonces Fátima atrajo mis ojos con una frase que, sin duda, no le pertenecía a ella, sino al Viajero por el que tanto suspira.

- El clásico gilipollas que habitualmente ves con una tía buena colgada del brazo.
- Tú lo has dicho. Muchos así en el mundo. Rara vez verás a uno sin la otra.
- ¿Rara vez?
- Si estuviera aquí el Extraño te daría estadísticas. Yo me limitaré a señalar que las excepciones, por numerosas que sean, no dejan de ser excepciones.
- Si hubiera suficientes, dejarían de ser excepciones.
- Claro. Pero entonces tendrías que retirar las palabras "clásico" y "habitualmente" de tu frase, y entonces carecería de sentido.

La sombra de la boca de Fátima, bajo el velo, se muerde el labio.
- Pregúntame por ella.
- ¿Tengo que hacerlo?
- No, no tienes. Por eso te pido que lo hagas.
- ¿Y ella? ¿También la mataste?
- No. No estaba lo bastante buena para el gilipollas que tenía al lado.