martes, febrero 14, 2012

Destacamientos (I)

Papagallos. Destacábamos como papagallos en una bandada de cuervos, pero al menos nosotros teníamos la decencia de reconocerlo.

Landelón y su camiseta de los Ramones era quizás el que más disimulado iba, aunque el pañuelo amarillo estropeaba el conjunto. Tanto Yanroud como el Extraño y yo habíamos cogido aquella pieza de nuestro armario que más podría mimetizarnos en el ambiente, pero por lo visto aquellas prendas de Queen o Iron Maiden que tan rockeras nos parecían hace años se quedaron obsoletas tiempo atrás. El Clasificado no había hecho ni el esfuerzo. Sin hombreras ni capa, pero por una camisa de manga larga y cierto aire marcial, destacaba vivamente en medio del aquella manada monocromática de fans del Heavy Metal, el Death Metal, y todos los Algo Metal que pudieras imaginarte, que se sacudían violentamente en aquel oscuro tugurio en el que habíamos acabado casi por casualidad.

La metáfora de papagallos y cuervos iba más allá del color. Parecíamos ser los únicos que queríamos hablar entre graznidos, y el elevadísimo volumen de la música evitaba cualquier intento ya no de oír cualquier comentario, sino de decir algo en voz alta sin tener que desgañitarte como un bárbaro Kurganí a la carga por las llanuras badarienses.

Pero, insisto, nosotros al menos reconocíamos que no encajábamos en aquel lugar.

La culpa de todo la tenía Tara, jovencísima Tara, locuela Tara, de piel que más que morena era tostada vuelta y vuelta, de ojos oscuros y ligeramente rasgados, y aquella melena negra como el fin de los tiempos, siempre sujeta en elegantes coletas y trenzas. Tara había insistido en sacarme por los bares de Madrid para celebrar mi regreso. Silvia también lo había prometido, pero a la hora de la verdad, sólo Tara apareció en mi puerta. Eso sí, disfrazada de princesa de las tinieblas, con más rejilla y encaje del que un hombre soltero podría resistir.

No le llevó mucho convencernos para acudir a sus lugares favoritos, donde, evidentemente, un grupo tan pintoresco como el nuestro contrastaba tanto como un vegano en una barbacoa argentina. Fue en ese momento en el que descubrí que este hecho producía el efecto contrario al que generalmente provoca: nuestra colorida compañía no atraía ninguna mirada.

- ¿Son ciegos al color?- preguntó, casi con curiosidad científica, el Clasificado.
- No, no creo. Yo creo que es más bien que nos ven como extranjeros en lo que consideran su lugar sagrado. - interviene Yanroud con tono distraído, sus ojos sobre Tara, que bailaba enloquecida, ajena a nuestro desconcierto - Es como si no formáramos parte de la tribu, y por lo tanto, del mundo. Lo he visto alguna vez entre los aborígenes de Maan.
- Ssh. Mirad. - señaló discreto el Extraño.

Y así llegamos al punto que me ha traído aquí. Para mi sorpresa, en el local hay otra excepción a las aspirantes a vampiro, las chupas de cuero y las camisetas de grupos cuyos nombres no reconozco. Una mirada rápida es intercambiada entre los miembros de la bandada de papagallos. Yanroud da un paso atrás con calma, volviendo a su poco discreta admiración de Tara. El Clasificado agita la cabeza. Landelón, sorprendentemente, también niega con la cabeza mientras su vista de depredador nocturno busca otra acólita de la oscuridad a la que seducir.
- Quedamos tú y yo, Extraño.
- Me quedo con la amiga.
- ¿Seguro?
- Lleva una camiseta de Piedra, Papel, Tijera, Lagarto, Spock. Es una señal.

No se puede negar una señal cuando se ve, pienso, mientras nos abrimos paso entre armarios empotrados envueltos en cuero y cadenas hasta la posición en la barra donde la otra excepción de local trata, infructuosamente, de encargar algo de beber.

Viéndolo en retrospectiva, yo encontré precisamente lo que esperaba. Pero el Extraño no tenía ni la menor idea de dónde se estaba metiendo.

1 comentario:

Cels dijo...

princesita de las tinieblas... esta sí que es buena ;-)