jueves, marzo 29, 2012

La Alubia

Cortesía de El Gran Leonardo, quien me enseñó a reciclar.

-Ayer maté a Venancio.
-¡Rediós!
-No me gustaba como alcalde.

Eran ya las doce de la mañana y Eusebio y Antonio continuaban dialogando cabeza abajo. Tenían los pies apoyados en la pared de la farmacia de Ricardo y las cabezas descansaban en sus respectivas boinas. Llevaban cabeza abajo desde las nueve.

-Me ha crujido una vértebra –se queja Antonio.
-Pues yo no pienso moverme hasta que me des la razón. Una alubia está muerta si no es plantada.
-El alcalde sí que está muerto.

La postura en la que se encuentran tiene su origen en una discusión. Eusebio sostiene que una alubia está muerta si no se planta y Antonio afirma que si la metes bajo tierra revive, lo que demuestra que estaba viva. El caso es que se han puesto boca abajo para tener otros puntos de vista y comprobar quien resiste más con su postura. Ya de niños se pegaron tres días subidos a un árbol para comprobar quien hacía mejor de rama. Llevaban toda la vida compitiendo.

-Buenos días, Pilar –saluda Eusebio.
-Hola, buenos días. Por cierto Eusebio, ¿Qué estás haciendo? ¡Quítate ese cigarro de la boca! ¡Te va a matar!
-Si me das un beso. ¡Maciza!
-¡Siempre estás igual!–protesta Pilar sonriendo por lo bajo mientras se marcha
-¿Has visto como tenemos otros puntos de vista? ¿No te has fijado en sus piernas? –pregunta Eusebio.
-¡Ya lo creo! ¡La Pilar no tiene bragas! Pero la Pilar no tendría bragas aunque no la hubiésemos visto desde esta posición.
-Pero si no es por este nuevo punto de vista pensarías que sí las tiene –se reafirma Eusebio.
-Pero el nuevo punto de vista no cambia nada. Sigue sin llevarlas.
-Sí que cambia.
-¡No!
-¡Sí!

Mientras suenan las campanadas de las dos de la tarde viene la Guardia Civil a interrogarles.
-Buenas tardes. ¿Saben ustedes dónde se encuentra el alcalde?
-Lo maté ayer –contesta Antonio.
-Hizo usted muy bien, no valía para el puesto.
-¿Qué sentencia me impondrán?
-En estos casos es fusilamiento. ¿Cuándo le viene bien?
-Cuando termine la apuesta con Eusebio. Vengan más tarde.
-De acuerdo, que pasen buen día.
-Igualmente.

A sus setenta y cinco años Eusebio se conservaba en plena forma. Era alto y de gran cabeza. La modista le hizo una boina a medida. Tenía los ojos hundidos bajo la poblada ceja y se conservaba delgado y fuerte. Antonio era otra cosa. Tenía setenta y siete años y su cuerpo era una enciclopedia de dolores. De cara redonda y rojos mofletes su barriga le impedía verse los pies.

-Se me ha dormido una pierna –comenta Eusebio.
-Creo que se nos está subiendo la sangre a la cabeza –reflexiona Antonio.
-Entonces seremos más inteligentes.
-No tiene que ver.
-Sí que tiene.
-¡No!
-¡Sí!

En estas estaban cuando se acerca la gente que salía de misa de cinco.
-Buenas tardes –saluda el médico
-Buenas tardes –responde Eusebio. -¿Me puede decir si a más sangre en la cabeza mas inteligencia o, no tiene nada que ver?
-Sí que puedo decirle. Hasta pronto.
-Cuando el médico se decida a decirlo verás como no influye –comenta Antonio.

Cabeza abajo se aprecia mejor el calzado de la gente. Las caras quedan lejos y uno se da cuenta de la importancia del pie. Los pies sujetan todo, incluso las ideas de la cabeza. Demasiada carga. Cabeza abajo se liberan a los pies y la cabeza asume el caminar. Las ideas pasean mejor por la mente al recibir la influencia refleja de los pies.

-Son las siete, empieza a nevar. ¡Ríndete! –desafía Antonio.
-¡Ni hablar!
-No siento nada de los pies al ombligo.
-Eso es lo que debe sentir una alubia, nada –recuerda Eusebio.
-Pero está viva como yo. Solo necesita tierra, energía.
-Cuando te fusilen estarás bajo tierra, como la alubia, a ver qué sientes entonces.
-Mira, viene Don Julio.

Don Julio era el cura. Decía las misas en árabe para que el pueblo aprendiese otro idioma. Trasladó la Iglesia al Puticlub como homenaje a la Magdalena y, desde entonces, se veía a más hombres en misa.

-Buenas noches tengan ustedes. ¡Mira que sois raros! Las nueve y sin ver el fútbol.
-Tenemos una discusión entre manos.

Eusebio le relata el problema de la alubia y Don Julio, después de una larga reflexión, les comenta:

-Un buen plato de pochas sienta de maravilla. ¡Siembren! ¡Siembren alubias! ¡Con Dios!

La respuesta del cura les deja igual. La nieve cubría la ceja de Eusebio que le servía de protección pero Antonio ya la tenía en la nariz.

-Se nos van a congelar las ideas –afirma Antonio.
-Pues voy a pensar en las piernas de la Pilar para que se congele esa imagen. ¿No te parece? ¿Eh? ¡Dime! ¡Antonio! ¡Antonio!

Antonio se ha muerto. Eusebio no puede moverse. Tiene el cuerpo dormido. Pasan las horas. La nieve le tapa la cabeza pero respira. Viene la Guardia Civil.
-Venimos a fusilar a Antonio.
-Se ha muerto ya.
-Entonces nos vamos. Que pase buena madrugada.
-Igualmente.

A la mañana siguiente el sol sube el termómetro a 45 grados. Se derrite la nieve y el cuerpo de Eusebio despierta. Piensa que ha ganado la discusión. A su lado ya no estaba Antonio. Había una planta de alubia en su lugar.

miércoles, marzo 21, 2012

Escenarios

- Si ahora mismo me acercara a ti y te besara, ¿qué posibilidades habría de que no te apartaras?

Supo en ese momento que había lanzado los dados, y casi le pareció oír cómo rodaban por la mesa mientras esperaba su respuesta. En aquellos breves instantes su mente, en el límite inferior de lo que se consideraba un genio, procesó centenares de escenarios en función de docenas de variables que desconocía. Las agrupó estadísticamente en cinco posibles cúmulos de respuestas.

Ella podría indignarse. Era la opción más sencilla según Ockham, y supuso que tomaría una forma como la que sigue:
- ¿Qué? ¡No! ¡Cómo te atreves a preguntarme semejante cosa! ¡Lárgate de aquí! ¡No quiero volver a verte!
Él se encogería de hombros, se levantaría de la cama y se marcharía del piso, deteniéndose lo justo para recuperar sus deportivas del suelo y su abrigo de la silla donde lo había dejado al llegar. En cuanto a la película que habían comenzado a ver juntos, en fin, tendría que averiguar cómo terminaba por su cuenta.

O ella podría quedarse en shock. Había comprobado que la confusión, o la simulación de la misma, es una estrategia que las mujeres empleaban a menudo para evitar situaciones comprometedoras.
- ¿Qué? Pero... esto... cómo... ¿qué clase de pregunta es esa?
Él se encogería de hombros y diría "Sólo lo preguntaba como hipótesis". Desviaría rápidamente su atención a la película y seguiría tumbado en la cama, como si estuviera en su casa y no en la de ella, y como si no hubiera abierto la maldita boca en ningún momento.

Cabía también la posibilidad de que ella respondiera ambiguamente, o como prefieren llamarlo ellas, "indicando que debía ganárselo más", posiblemente junto con una lánguida mirada que podría indicar tanto lascivia como que no era el momento ni el lugar para estar con tonterías.
- No lo sabrás hasta que lo intentes.
El Extraño nunca entendía exactamente por qué él tenía que ganárselo, y ellas no tenían ni siquiera que merecerlo. Así que lo intentaría. Pero otro día. Si consideraba que ella lo merecía.

Otra posibilidad era que ella fuera sincera, y la respuesta fuera similar a:
- No muchas.
Resolvió actuar en este escenario de la misma forma que si ella quedaba en shock y/o fingía confusión. Reprimiendo lágrimas, en el caso de que surgieran.

Consideraba también otra posibilidad.
- Todas.

Su cerebro no había decidido qué hacer en ese posible escenario cuando ella respondió.

miércoles, marzo 14, 2012

Festividades

"Hay un amigo en mí" versionada por los Gispy Kings suena en alguna parte de la casa, pero las esquinas hacen llegar el sonido hasta mi cuarto, donde en ese mismo instante me estaba poniendo la corbata cuidadosamente sobre la camiseta. Me da tiempo a pensar "Oh, mierda" y a aflojarme casualmente el nudo para aparentar que no llevo doce minutos tratando de perfeccionarlo antes de que el Extraño golpee mi puerta con sus nudillos.
- ¿Qué pasa?
- Era ella. Quiere que...

Se detiene, dudando. Me puedo imaginar por qué. Llega un momento en la vida de todo amigo en la que le toca descubrir que, aunque siempre estará ahí, no siempre estará arriba. Supongo que me tendré que acostumbrar a esto, pienso, si la cosa va a mayores. Regla número uno, me repito. No se puede tener todo en esta vida.
- Ve. Anda, ve. Total, ya te habías arreglado.
- Me había puesto corbata para nuestra Noche de la Corbata. Hoy es...
- Sé qué día es hoy. Por eso me parece incluso mejor que lo pases con ella. Además, yo tengo cosas que hacer aquí.
- Podrías venirte con nosotros.
- No me insultes. Reconozco un sujetavelas cuando lo veo.

No es común que el Extraño tenga citas. Salvo en las dos últimas semanas, en las que la chica de estrafalario atuendo no para de buscar excusas para enfrentarse dialécticamente con él. Y cenar fuera. Esta chica está arruinando la economía del Extraño, pero una vez más, no se puede tener todo en esta vida. Me quito la corbata y enciendo el ordenador, con la intención de escribir algo y aparentar que no he desperdiciado una fecha tan señalada.

El Extraño se gira hacia la puerta, pero antes de salir se detiene un momento, y acompañado del gesto de quitarse un invisible sombrero, se despide.
- Feliz día Pi, Cuentacuentos.
- Feliz día Pi, amigo mío.

jueves, marzo 08, 2012

La oportunidad

Catorce versos, me dijiste,
tienes para enamorarme.
La oportunidad existe,
conquístame con tu arte.

Catorce versos son escasos
para hablar de flores y pájaros.
De mariposas, de todas esas cosas
que se dicen borracho de pasión.
Catorce versos son pocos
para mi situación.

Una sola queja más, replicas
y estarás cometiendo un desliz.

Catorce versos son pocos
para hacerte feliz.

jueves, marzo 01, 2012

Consecuentos

El olor a bacon friéndose es algo así como el cantar del gallo en días de resaca. Logra despertarte sin importar cuántas horas de sueño efectivas realmente lleves. En aquél caso habríamos dormido unas cinco o seis horas, pero un buen brunch lleno de cosas con grasa y vitamina B12 cura el mal de amores, la resaca y las enfermedades cardiovasculares. O al menos, dos de tres de las anteriores.
- Gmfrlglgl.
- Yo aún diría más. Frlgfrlgm. - dice el Extraño, con cierto aire alegre, desde el salón.
- ¿Qué haces en mi casa? - logro articular, mientras arrastro lo pies dentro de las zapatillas y consigo llegar al salón, donde me derrumbo en el primer hueco que encuentro en el sofá, densamente poblado.
- Vivo contigo, Dídac.
- ¿Me estás haciendo bacon?.
- A ti no, a mí.- contesta, dejando un plato lleno de tiras de bacon frito y salchichas alemanas de marca blanca en la mesita del salón. - Pero me he hecho mucho, así que si quieres coger, puedes. Ahora me voy a hacer huevos fritos.
- Los míos revueltos, por favor.
- Una vez más, son para mí. Aunque no creo que me coma la media docena.
- Qué cruz de hombre.

Cierro los ojos, pero sólo ayuda a que la negrura de mi cabeza dé vueltas. El latido de mis sienes se hace más intenso, y el sabor a bilis en la parte de atrás de mi garganta me recuerda que ya no soy tan joven como cuando empecé a escribir este blog. El sonido de un móvil vibrando contra la madera martillea mi cabeza antes incluso de que la versión de los Gipsy Kings de "Hay un amigo en mí" comience a sonar por toda la habitación. El Extraño, con su delantal del David de Miguel Ángel aún puesto, recoge su iPhone.
- ¿Sí?... Ah, hola. No, no tengo. Vale, me parece bien. ¿Las doce? Un poco tarde para cenar, ¿no? Eh, pero eso es en cinco minutos. No, estoy en casa ahora. ¿Cómo que si no molestas?

El timbre interrumpe la mitad de la conversación que estamos escuchando. En un parpadeo, el Extraño me dirige una mirada en la que distingo un destello de pánico momentos antes de que, como una exhalación, entre una chica con las medias a cuadros blancos y negros en la habitación.
- ¡Los koalas sí que forman parte del ecosistema! ¡Mira, he encontrado un libro en el que indica que su desaparición dañaría la flora Australiana!
- Como no sea por el crecimiento parasitario del Eucalipto, no veo en qué manera.
- ¿Os importa bajar el tono? Aquí hay alguien de resaca.
- Yo te conozco... ¡tú fuiste el que le entraste ayer a Gloria!

Quiero gruñirle algo ácido, algo que le provoque la misma sensación que una estrella de mar introduciéndose en un determinado orificio corporal, pero el persistente latido de mis sienes hace que "Tu padre" sea lo más inteligente que me veo capaz de articular. Nota mental: pedirle al Extraño que me detenga cuando lleve dos copas de más. Incluso si esas dos resultan ser las dos primeras.
- ¿Qué haces en mi casa? - logro farfullar.
- Vengo a verlo a él.
- Lo que sea, mientras no tenga que escucharte.
- ¿Un poco maleducado, tú, no?
- Dice la que se ha presentado en casa sin invitación.
- Técnicamente - interviene el Extraño, siempre dispuesto a ayudar - la he invitado yo al decir que no molestaba.

La bilis en mi garganta, la sensación de que hay un vertido radioactivo en mi estómago, y meses de deseos de venganza vuelvan en dos palabras que salen de mi boca como una catarata de ácido.
- Le mentiste.