jueves, marzo 01, 2012

Consecuentos

El olor a bacon friéndose es algo así como el cantar del gallo en días de resaca. Logra despertarte sin importar cuántas horas de sueño efectivas realmente lleves. En aquél caso habríamos dormido unas cinco o seis horas, pero un buen brunch lleno de cosas con grasa y vitamina B12 cura el mal de amores, la resaca y las enfermedades cardiovasculares. O al menos, dos de tres de las anteriores.
- Gmfrlglgl.
- Yo aún diría más. Frlgfrlgm. - dice el Extraño, con cierto aire alegre, desde el salón.
- ¿Qué haces en mi casa? - logro articular, mientras arrastro lo pies dentro de las zapatillas y consigo llegar al salón, donde me derrumbo en el primer hueco que encuentro en el sofá, densamente poblado.
- Vivo contigo, Dídac.
- ¿Me estás haciendo bacon?.
- A ti no, a mí.- contesta, dejando un plato lleno de tiras de bacon frito y salchichas alemanas de marca blanca en la mesita del salón. - Pero me he hecho mucho, así que si quieres coger, puedes. Ahora me voy a hacer huevos fritos.
- Los míos revueltos, por favor.
- Una vez más, son para mí. Aunque no creo que me coma la media docena.
- Qué cruz de hombre.

Cierro los ojos, pero sólo ayuda a que la negrura de mi cabeza dé vueltas. El latido de mis sienes se hace más intenso, y el sabor a bilis en la parte de atrás de mi garganta me recuerda que ya no soy tan joven como cuando empecé a escribir este blog. El sonido de un móvil vibrando contra la madera martillea mi cabeza antes incluso de que la versión de los Gipsy Kings de "Hay un amigo en mí" comience a sonar por toda la habitación. El Extraño, con su delantal del David de Miguel Ángel aún puesto, recoge su iPhone.
- ¿Sí?... Ah, hola. No, no tengo. Vale, me parece bien. ¿Las doce? Un poco tarde para cenar, ¿no? Eh, pero eso es en cinco minutos. No, estoy en casa ahora. ¿Cómo que si no molestas?

El timbre interrumpe la mitad de la conversación que estamos escuchando. En un parpadeo, el Extraño me dirige una mirada en la que distingo un destello de pánico momentos antes de que, como una exhalación, entre una chica con las medias a cuadros blancos y negros en la habitación.
- ¡Los koalas sí que forman parte del ecosistema! ¡Mira, he encontrado un libro en el que indica que su desaparición dañaría la flora Australiana!
- Como no sea por el crecimiento parasitario del Eucalipto, no veo en qué manera.
- ¿Os importa bajar el tono? Aquí hay alguien de resaca.
- Yo te conozco... ¡tú fuiste el que le entraste ayer a Gloria!

Quiero gruñirle algo ácido, algo que le provoque la misma sensación que una estrella de mar introduciéndose en un determinado orificio corporal, pero el persistente latido de mis sienes hace que "Tu padre" sea lo más inteligente que me veo capaz de articular. Nota mental: pedirle al Extraño que me detenga cuando lleve dos copas de más. Incluso si esas dos resultan ser las dos primeras.
- ¿Qué haces en mi casa? - logro farfullar.
- Vengo a verlo a él.
- Lo que sea, mientras no tenga que escucharte.
- ¿Un poco maleducado, tú, no?
- Dice la que se ha presentado en casa sin invitación.
- Técnicamente - interviene el Extraño, siempre dispuesto a ayudar - la he invitado yo al decir que no molestaba.

La bilis en mi garganta, la sensación de que hay un vertido radioactivo en mi estómago, y meses de deseos de venganza vuelvan en dos palabras que salen de mi boca como una catarata de ácido.
- Le mentiste.

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