domingo, abril 01, 2012

Recurrencias

Las yemas de sus dedos recorren mi espalda, rozando la piel en aquellas partes en que la metralla y los cristales rotos han hecho jirones mi camisa. Me mira directamente a los ojos con aquellos pozos azules a los que nunca he sabido resistirme.
- ¿Será siempre así? - le pregunto. Mi corazón parece tener la mitad de tamaño, y quizás por estar tan comprimido tiene que latir tan rápido.
- Existe otra manera. Basta con que me dejes marchar.
- Antes muerto.
- También existe esa vía.

Mis brazos la atraen más hacia mí, las manos en sus costados. Su cuerpecillo pequeño y delgado, como el de una bailarina, parece querer estrellarse contra mis huesos como un galeón contra un acantilado. El viento caliente revuelve sus cabellos, arrojándolos contra sus labios. La ceniza hace enrojecer los ojos, los llena de lágrimas. ¿O existe otra razón?
- Lo arruinarás todo, Cuentacuentos. Toda tu vida, toda la mía. ¿Merecerá la pena?
- No sé qué esperas que responda a eso.

Parece encogerse, y respondo a mi instinto de rodear cada centímetro de espacio que ella cede, hasta que todo lo que la rodea es mi abrazo. A nuestro alrededor, como una tela pintada al fondo de un escenario, una ciudad entera ardía. Cadáveres calcinados yacen por todas partes. Los arboles parecen cerillas gigantes, ardientes farolas de fuego. La hija pequeña del Rey de Badar me deposita en los labios la promesa de un beso.
- Que sí, por todos los dioses. Que sí.

Todo Badar arde a nuestro alrededor. El Palacio, los Jardines, el puerto, las calles que dan al mercado. Y mientras la beso, descubro que no me importa.

Abro los ojos mientras inspiro una bocanada de aire entre el suspiro y la desesperación. A mi alrededor no hay nada más que el desorden de mi cuarto y el zumbido persistente del ordenador, que he debido de dejarme encendido. En ningún lado parece haber fuego ni badarienses. Con calma, me pongo en pie mientras normalizo el ritmo al que mi corazón, ya ocupando todo el espacio que debe en mi caja torácica, golpea el interior de mis costillas. Arrastro los pies hasta la cocina, echo un par de hielos a un vaso, y lo lleno con la primera botella que alcanzo del armario donde guardamos los licores.

Me va a costar volver a dormir.

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