jueves, mayo 31, 2012

Con la cabeza en las nubes de algodón de azúcar

Para evitar apariciones nocturnas de mi obsesión, llevo tres días durmiendo en el sofá. Tres, y con hoy serán cuatro. La espalda me cruje como si en lugar de vértebras tuviera corn flakes, y bajo los ojos se me están formando unas bolsas muy poco estéticas. Es sábado, y estoy intentando dormir un rato más antes de la comida mientras el Extraño, aparentemente, reordena todos los objetos de la casa mientras, de fondo, escucha Amaral. ¡Amaral! Es como si quisiera matarme de sobredosis de azúcar. Conforme va y viene por la casa, va tarareando los estribillos. Con un sonrisa en los labios.

Cómo hablar, 
si cada parte 
de mi mente es tuya
y si no encuentro
la palabra exacta
cómo hablar...

Recoge la tabla de planchar del salón, la esconde en el hueco que queda detrás de la puerta del baño.

Te necesito
como a la luz del sol
en este invierno frío
pa' darme tu calor

Vacía el lavavajillas. Pone una cazuela con agua a calentar. Creo que me estoy volviendo diabético.

Haces que se vaya mi melancolía
me devuelves de nuevo la vida

Pasa un paño a la mesa del salón. No lo soporto más.
- Extraño.
- ¡Dime!
- ¿Por fin entiendes el significado de las canciones de amor?
- No. Siempre me ha gustado Amaral.

Y continúa limpiando, silbando las estrofas que no se sabe y tarareando las que sí. Bastardo mentiroso, pienso. Siempre te ha gustado Amaral, pero nunca me ha impedido dormir. Hasta hoy.

lunes, mayo 28, 2012

"Ten cuidado. Estoy muy cerca"

Entró apresurado en el despacho, con la mano sudorosa sosteniendo el sobre como si contuviera su vida. Y, de alguna forma, así era. Notó como el sudor se acumulaba sobre su ceja mientras, con el corazón desbocado, sacaba las fotografías del envoltorio.

Y allí salía él. Nítido, evidente, en todas ellas. Ella era la que cambiaba de pose en cada foto, desde inocentemente sentada a su lado, hasta arrodillada frente a él con su miembro en la boca. Detrás de la última foto había un papel, escrito en rotulador negro con la letra de su mujer.

“Ten cuidado. Estoy muy cerca”

Notó el frío del cañón en su nuca.

domingo, mayo 27, 2012

Esa misma noche

¿Alguna vez os habéis encontrado con ese momento incómodo de la madrugada en el que descubrís que no estáis solos en la cama, aunque creíais estarlo?

Disfrutaba de un plácido sueño cuando el fantasma de la hija pequeña del Rey de Badar se materializó entre mis sábanas, arrimando su cuerpecillo desnudo a mí.
- ¿Los oyes? - me susurró, con un tono de lo más juguetón.
- No. ¿A quiénes?
- Son el Extraño y su Pareja. Lo están ha-cien-do - canturrea, como si fuera una niña de doce años. Me pone de los nervios que use ese tono, pero al aguzar el oído, ahí están: el crujir del colchón bajo un  movimiento rítmico, y esos gemidos que ella trata de reprimir.
- Dales un poco de intimidad, pequeña.
- No quiero. Quiero que compitamos con ellos. Quiero que me cojas y me hagas el amor apasionadamente, como me lo hiciste la primera vez, y la segunda, y...
- Y ya basta.  Fuiste tú la que te marchaste la última vez que fui a por ti.
- Fuiste tú el que no viniste a por mí.

Lo que me faltaba por oír. La sonrisa de mi cara se vuelve una mueca sarcástica.

- Y una mierda, pequeña. Yo he ido siempre, una y otra vez, a Badar, a por ti. He viajado en avión, en barco, en tren, para verte. Me he escondido de partidas de caza kurganís, me he escapado de hospitales de Ishashi, he acudido a conciertos de ópera, me he sumergido en pozos de Dexlar, he dibujado relojes de arena por todas partes. Siempre te he perseguido, pequeña. ¿Y tú qué has hecho?
- Esperarte. ¿No es eso lo que las princesas hacen? Esperan, esperan, y esperan, subidas a su balcón, mirando lánguidas al horizonte, esperando ser rescatadas. ¿No es eso lo que te gusta de las mujeres? Que todas esperamos que nos salves, aunque sea de nosotras mismas. Y tu estás siempre ahí, tratando de ayudarnos, de animarnos. De hacernos sentir queridas, que extirparnos los complejos, de sacar a la princesa que tú crees que todas llevamos dentro. Pero, ah, no puedes, no puedes, porque eres un Cuentacuentos infantil y tonto, y nada de lo que dices es tomado en serio, porque alguien que dice tantas cosas, ¿cómo va a decir alguna verdad?.

No me cabe su mirada en los ojos. Tengo que apartar la cabeza, y deseo con todas mis fuerzas alejar su cuerpo del mío, pero aun con todo, la idea se me hace insoportable. No es que tenga una mujer atravesada en la garganta, es que la tengo clavada con la precisión de un cirujano en un ventrículo. Si me la quito del corazón, me desangraré hasta la muerte.

- ¿Te acuerdas de nuestra primera vez? ¿Cuántos años hace de eso?
- Yo tenía veinte años, mi pequeña. Y tú, diecisiete.
- Era joven, e impresionable.
- Eras joven.
- Y me enamoré de ti, oh, cómo me enamoré. ¿Cómo no hacerlo? Seguías al Viajero, le acompañabas en sus estrambóticas aventuras. ¡Qué interesante me parecías!
- Pero te has hecho mayor, y ahora mis historias son cuentos para niñas, ¿cierto?. Para, ¿cómo dijiste?, jóvenes impresionables. Claro. Te has vuelto muy madura de repente, tú. Oh, la gran humanitaria, la hija pequeña de un Rey que no puede amar a un Cuentacuentos. Sin futuro, sin responsabilidad, sin destino, sin nada en la vida salvo una vida acomodada mientras siga en casa, o un futuro incierto junto a la poetambre del Siglo XXI.
- Nunca harás de mí una princesa, Cuentacuentos.
- Nunca me enamoré de una. ¿Tan difícil te parece entenderlo?
- Hasta hoy, jamás me habías hablado así.
- Sigo sin hacerlo, porque ahora mismo eres un sueño, y en cualquier momento despertaré solo en la cama, con la sábana arrugada empapado en sudor frío. El Extraño duerme hoy fuera de casa. Eso que oímos cuando nos callamos son los ruidos de mi propia mente en el cuarto vecino. Márchate, pequeña, márchate y no vuelvas si no es en carne y hueso. No vengas sólo para joderme la mente y el sueño.

Me vuelve a mirar, y se ríe, la hija de puta, con esa carcajada limpia y pura que me desarma. Me besa en los labios.
- Eres mío, tonto. Pelea lo que quieras, siempre serás mío.

Es entonces cuando despierto tal y como predije: desnudo, solo, con la sábana arrugada y empapado en sudor frío. No se oye un sonido en el piso. El Extraño no ha vuelto a dormir a casa. Quizás sea la única buena señal de la noche.

jueves, mayo 24, 2012

"La cabeza del taxista"

La cabeza del taxista descansaba en el cubo de la basura, cubriéndose de desperdicios entre el ir y el venir de los pinches de cocina. Al otro de la puerta de servicio, la joven promesa de la cocina vasca volvía a sorprender con sus pintxos de novedosos sabor.

jueves, mayo 17, 2012

Una mentira más

- ¿Cómo se le da a una mujer una cita que no olvide jamás?

Al final deja de sorprenderte que las preguntas del Extraño te sorprendan. Supongo que viene aparejado al hecho de que, para ser un ser completamente racional, no parece seguir ninguna otra lógica que la que él cree evidente.

- ¿Por qué me lo preguntas a mí? Creía que, después de lo del otro día, Landelón o el Clasificado serían personas de mayor autoridad en estos temas.
- Landelón sería válido si sus conquistas pudieran recordarle sin apenarse.
- No siempre es así.
- En una proporción elevada de casos, el Viajero termina por hacerlas llorar, Dídac. No es capaz de reconocer que los sueños que las hace vivir son situaciones de las que ellas no quieren despertarse.
- ¿No es lo que tú quieres?
- Yo quiero que cada vez que piense en esa noche, quiera volver a pasarla conmigo.
- Hum... ¿Y qué hay del Clasificado?
- No tengo las instalaciones necesarias para ejectuar sus operaciones. 
Tiene razón. Todos conocemos nuestras limitaciones, o deberíamos. Landelón tiene encanto pícaro, yo siempre tengo una historia a mano, y el Clasificado tiene, digamos, buena planta.
 - Hasta donde soy capaz de conocerlas, las mujeres quieren sentirse únicas. Viven sumergidas en inseguridad y quieren que alguien las separe del mundo. Así es como le das a una mujer una cita que no olvide jamás. Separándola del mundo.
- ¿Separar como hacerla destacar o separar como llevarla a otra parte? Desambigua, por favor.
- La ambigüedad no era fortuita. Vas por buen camino. El resto, es asunto tuyo.

El Extraño sale de la habitación murmurando y agitando la cabeza. Me quedo con la sensación de que esperaba que le repitiera un tópico. Ya sabéis, flores, champán, un sitio lujoso con un violinista que toque los cojones y no permita una conversación fluida. Tópicos, joder. No hay que caer en los tópicos.

Tenhime se enamoró de mí porque le supe regalar tres flores. No es el qué, es el cómo. Es todo lo que tiene que entender el Extraño.

Esa noche, el Extraño arrastra a su cita por varios tramos de escaleras más allá del último piso al que el ascensor puede llegar. Ella tuerce la boca con desagrado cuando él la lleva por el estrecho pasillo de mantenimiento, sugiriéndole que se mantenga apartada de los cables si no quiere llenarse el vestido de polvo. El Extraño encoge su considerable estatura para caber en un claustrofóbico montacargas de paredes de poliespán y le susurra al oído.
- Ya casi estamos.
Ella no alberga ya muchas esperanzas. Piensa en ese mensaje que ya tiene escrito y que para enviarlo sólo tiene que apretar un botón. Un mensaje que hará que una amiga la llame fingiendo una emergencia y le dará una excusa para abandonar esta horrible cita.

El pasillo se retuerce una vez más en un tramo de escaleras, el último, promete él. Y al fondo, una puerta oscura a través de la cual se filtra una canción que ella no conoce. Le da la sensación de que está en italiano.

Y cuando la cruza,  tiene que detener el impulso de cubrirse el rostro ante el resplandor de las luces. Toda la ciudad parece estar a sus pies, salvo aquellos edificios que le ganan altura a la fachada y arrojan sus luces artificiales sobre ella. Más allá, sólo queda Madrid iluminada. La luna arroja un tenue brillo plateado sobre las farolas, los únicos puntos de color sobre un mar negro y, por un segundo, la ciudad parece en paz.

La azotea está cubierta de polvo, y aquí y allá se puede aún ver un calcetín, una pelota de golf, una percha. Pero en una esquina alguien había colocado una mesita con un mantel de encaje blanco, sobre la que descansaban dos cubiertos y una fuente cubierta. Dos velas solitarias iluminaban el pequeño oasis de la azotea, tratando de hacerse valer por encima de los fluorescentes y los rótulos publicitarios. Bajo la mesa, la voz de Gianna Nannini se escapa de un pequeño reproductor, cantando su Meravigliosa Creatura justo en el momento en que ella se gira hacia él.

El Extraño la observa con atención. No sabe si ha logrado preparar una escena lo bastante romántica como para enternecerla, y lo bastante original para separarla del resto del mundo. Ella le contempla sin decir nada, con las luces de todo Madrid reflejándose en sus pupilas.

No sabe qué hacer. Así que extiende sus brazos, lo bastante largos para rodearla entera, pidiendo mudo un abrazo. Y cuando ella lentamente, entre el shock y la duda, ocupa el hueco entre sus brazos, él comienza a bailar. Ella hunde su rostro en su esternon, y se aferra a la cintura del Extraño con los brazos. Despacito, casi arrastrando los pies, para no pisarla, para no hacerle daño, se balancea girando sobre sí mismo, envolviendo a su acompañante con su cuerpo, con la noche sin estrellas de Madrid, con los sembrados de luces que rodean la azotea.
 - ¿Te acuerdas que te dije que no me gustaban los gestos caballerescos?
- Sí.
- Quizás exageraba un poco.

Quizás yo exageraba un poco, también, cuando decía que nunca haría nada como esto por nadie, piensa el Extraño. Quizás, en el fondo, lo que nos digamos a nosotros mismos no sea sino una mentira más.

jueves, mayo 10, 2012

Pifias en seducción: epílogo

- Ahora en serio, Clasificado, ¿alguna vez has tenido alguna relación que se pueda definir como estable?

La pregunta del Extraño llega al filo de la mañana, cuando los bares han cerrado hace horas y hemos movido nuestra conversación a los sofás de mi salón (nuestro salón, me obliga a puntualizar el Extraño). Ya no hay botellas de cerveza vacías en la mesa, sólo una botella a medio acabar de cocacola a la que ya no le queda gas. Tampoco quedan muchas confesiones sobre la mesa: no porque lo hayamos confesado todo, sino porque hemos cerrado casi todos la puerta a nuestra sinceridad y creemos que ya se nos ha escapado suficiente por el momento.

Pero ahí está el Extraño quien, fiel a su espíritu de jugador, no abandona la partida antes del turno cuatro. Aunque el juego dure sólo cuatro turnos.

- Hubo una.
- ¿Y cómo fue aquella historia?
- Difícil.

Tras un momento de expectación, es el gesto de mi mano pidiendo que continúe lo que hace que el Clasificado deje la parquedad de lado.
- Al principio fueron todo risas y alegría. Ya sabéis.
- Sabemos.
- Y de repente un día no fue lo mismo. Y me marché. 
- ¿Y?
- No hay más que contar.
- ¿Y esa chica tiene nombre?
- Sí.

Ha dicho poco, pero ha dicho lo suficiente. En mi cabeza, la historia tiene sentido, y mi imaginación rellena los huecos, como mortero deslizándose entre ladrillos. Supongo que mi mente meterá más amaneceres románticos y menos sexo sudoroso en la ecuación, pero la imagen sigue allí.

El Clasificado, enamorado, abraza a una jovencita con aire de princesa, que lo mira desde abajo con los ojos llenos de admiración. Pero el tiempo pasa, y, ¡ay! que difícil es mantener la pasión viva. Cómo hemos llegado hasta aquí, dice ella mientras el amor se le escapa por las grietas en la voz, cómo, cuando creía que te conocía tan bien. Él no responde. Mira al suelo, aguantando el peso de la culpa en un silencio que quizás sólo él en el mundo sabe mantener. ¿Qué clase de hombre eres?, le espeta de repente ella arrojándole lo primero que tiene a mano, si es que eres un hombre en absoluto. Y él le devuelve entonces la mirada sin saber qué decir, o aun sabiéndolo, no encontrando las palabras para hacerlo. No abre la boca. Ni siquiera lo intenta. Se levanta, recoge la capa plateada que le convierte en el hombre que él sabe que es, y sale por la puerta.

El sonido de la puerta cerrándose hace más ruido que todas las vajillas del mundo rompiéndose al mismo tiempo.

El Extraño se ha quedado dormido. El Clasificado sigue sentado el sofá, con la vista perdida más allá de los muros del salón. Una frase sale de sus labios.

- Supongo que al final, siempre es más fácil estar con una persona que te quiera más a ti de lo que tú la quieres a ella.

 Y no sé si se refiere a aquella chica, o a todas las que la han seguido.

jueves, mayo 03, 2012

Internet/1

Acabo de descubrir que tengo una bomba de relojería debajo de la mesa. Si pudiera, trataría de desactivarla, pero acabo de descubrir que tengo una mina de presión bajo el culo.