domingo, mayo 27, 2012

Esa misma noche

¿Alguna vez os habéis encontrado con ese momento incómodo de la madrugada en el que descubrís que no estáis solos en la cama, aunque creíais estarlo?

Disfrutaba de un plácido sueño cuando el fantasma de la hija pequeña del Rey de Badar se materializó entre mis sábanas, arrimando su cuerpecillo desnudo a mí.
- ¿Los oyes? - me susurró, con un tono de lo más juguetón.
- No. ¿A quiénes?
- Son el Extraño y su Pareja. Lo están ha-cien-do - canturrea, como si fuera una niña de doce años. Me pone de los nervios que use ese tono, pero al aguzar el oído, ahí están: el crujir del colchón bajo un  movimiento rítmico, y esos gemidos que ella trata de reprimir.
- Dales un poco de intimidad, pequeña.
- No quiero. Quiero que compitamos con ellos. Quiero que me cojas y me hagas el amor apasionadamente, como me lo hiciste la primera vez, y la segunda, y...
- Y ya basta.  Fuiste tú la que te marchaste la última vez que fui a por ti.
- Fuiste tú el que no viniste a por mí.

Lo que me faltaba por oír. La sonrisa de mi cara se vuelve una mueca sarcástica.

- Y una mierda, pequeña. Yo he ido siempre, una y otra vez, a Badar, a por ti. He viajado en avión, en barco, en tren, para verte. Me he escondido de partidas de caza kurganís, me he escapado de hospitales de Ishashi, he acudido a conciertos de ópera, me he sumergido en pozos de Dexlar, he dibujado relojes de arena por todas partes. Siempre te he perseguido, pequeña. ¿Y tú qué has hecho?
- Esperarte. ¿No es eso lo que las princesas hacen? Esperan, esperan, y esperan, subidas a su balcón, mirando lánguidas al horizonte, esperando ser rescatadas. ¿No es eso lo que te gusta de las mujeres? Que todas esperamos que nos salves, aunque sea de nosotras mismas. Y tu estás siempre ahí, tratando de ayudarnos, de animarnos. De hacernos sentir queridas, que extirparnos los complejos, de sacar a la princesa que tú crees que todas llevamos dentro. Pero, ah, no puedes, no puedes, porque eres un Cuentacuentos infantil y tonto, y nada de lo que dices es tomado en serio, porque alguien que dice tantas cosas, ¿cómo va a decir alguna verdad?.

No me cabe su mirada en los ojos. Tengo que apartar la cabeza, y deseo con todas mis fuerzas alejar su cuerpo del mío, pero aun con todo, la idea se me hace insoportable. No es que tenga una mujer atravesada en la garganta, es que la tengo clavada con la precisión de un cirujano en un ventrículo. Si me la quito del corazón, me desangraré hasta la muerte.

- ¿Te acuerdas de nuestra primera vez? ¿Cuántos años hace de eso?
- Yo tenía veinte años, mi pequeña. Y tú, diecisiete.
- Era joven, e impresionable.
- Eras joven.
- Y me enamoré de ti, oh, cómo me enamoré. ¿Cómo no hacerlo? Seguías al Viajero, le acompañabas en sus estrambóticas aventuras. ¡Qué interesante me parecías!
- Pero te has hecho mayor, y ahora mis historias son cuentos para niñas, ¿cierto?. Para, ¿cómo dijiste?, jóvenes impresionables. Claro. Te has vuelto muy madura de repente, tú. Oh, la gran humanitaria, la hija pequeña de un Rey que no puede amar a un Cuentacuentos. Sin futuro, sin responsabilidad, sin destino, sin nada en la vida salvo una vida acomodada mientras siga en casa, o un futuro incierto junto a la poetambre del Siglo XXI.
- Nunca harás de mí una princesa, Cuentacuentos.
- Nunca me enamoré de una. ¿Tan difícil te parece entenderlo?
- Hasta hoy, jamás me habías hablado así.
- Sigo sin hacerlo, porque ahora mismo eres un sueño, y en cualquier momento despertaré solo en la cama, con la sábana arrugada empapado en sudor frío. El Extraño duerme hoy fuera de casa. Eso que oímos cuando nos callamos son los ruidos de mi propia mente en el cuarto vecino. Márchate, pequeña, márchate y no vuelvas si no es en carne y hueso. No vengas sólo para joderme la mente y el sueño.

Me vuelve a mirar, y se ríe, la hija de puta, con esa carcajada limpia y pura que me desarma. Me besa en los labios.
- Eres mío, tonto. Pelea lo que quieras, siempre serás mío.

Es entonces cuando despierto tal y como predije: desnudo, solo, con la sábana arrugada y empapado en sudor frío. No se oye un sonido en el piso. El Extraño no ha vuelto a dormir a casa. Quizás sea la única buena señal de la noche.

1 comentario:

Letichan dijo...

Mejor, Diego.

Quizás me equivoco, pero al leer la entrada, me ha dado la sensación de ha salido "de las entrañas", que dirían en mi tierra.
Es más dura, menos amable que otras; ha conseguido que me dé cuenta de que podías mejorar. Y lo has hecho.