jueves, mayo 10, 2012

Pifias en seducción: epílogo

- Ahora en serio, Clasificado, ¿alguna vez has tenido alguna relación que se pueda definir como estable?

La pregunta del Extraño llega al filo de la mañana, cuando los bares han cerrado hace horas y hemos movido nuestra conversación a los sofás de mi salón (nuestro salón, me obliga a puntualizar el Extraño). Ya no hay botellas de cerveza vacías en la mesa, sólo una botella a medio acabar de cocacola a la que ya no le queda gas. Tampoco quedan muchas confesiones sobre la mesa: no porque lo hayamos confesado todo, sino porque hemos cerrado casi todos la puerta a nuestra sinceridad y creemos que ya se nos ha escapado suficiente por el momento.

Pero ahí está el Extraño quien, fiel a su espíritu de jugador, no abandona la partida antes del turno cuatro. Aunque el juego dure sólo cuatro turnos.

- Hubo una.
- ¿Y cómo fue aquella historia?
- Difícil.

Tras un momento de expectación, es el gesto de mi mano pidiendo que continúe lo que hace que el Clasificado deje la parquedad de lado.
- Al principio fueron todo risas y alegría. Ya sabéis.
- Sabemos.
- Y de repente un día no fue lo mismo. Y me marché. 
- ¿Y?
- No hay más que contar.
- ¿Y esa chica tiene nombre?
- Sí.

Ha dicho poco, pero ha dicho lo suficiente. En mi cabeza, la historia tiene sentido, y mi imaginación rellena los huecos, como mortero deslizándose entre ladrillos. Supongo que mi mente meterá más amaneceres románticos y menos sexo sudoroso en la ecuación, pero la imagen sigue allí.

El Clasificado, enamorado, abraza a una jovencita con aire de princesa, que lo mira desde abajo con los ojos llenos de admiración. Pero el tiempo pasa, y, ¡ay! que difícil es mantener la pasión viva. Cómo hemos llegado hasta aquí, dice ella mientras el amor se le escapa por las grietas en la voz, cómo, cuando creía que te conocía tan bien. Él no responde. Mira al suelo, aguantando el peso de la culpa en un silencio que quizás sólo él en el mundo sabe mantener. ¿Qué clase de hombre eres?, le espeta de repente ella arrojándole lo primero que tiene a mano, si es que eres un hombre en absoluto. Y él le devuelve entonces la mirada sin saber qué decir, o aun sabiéndolo, no encontrando las palabras para hacerlo. No abre la boca. Ni siquiera lo intenta. Se levanta, recoge la capa plateada que le convierte en el hombre que él sabe que es, y sale por la puerta.

El sonido de la puerta cerrándose hace más ruido que todas las vajillas del mundo rompiéndose al mismo tiempo.

El Extraño se ha quedado dormido. El Clasificado sigue sentado el sofá, con la vista perdida más allá de los muros del salón. Una frase sale de sus labios.

- Supongo que al final, siempre es más fácil estar con una persona que te quiera más a ti de lo que tú la quieres a ella.

 Y no sé si se refiere a aquella chica, o a todas las que la han seguido.

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